LIX. En silencio ha tenido que ser #4
«Madrid. Conferencia. Lanzamiento». Las palabras flotaban frente a Sofía como globos que no terminaban de tocar el suelo, suspendidas en una bruma onírica donde resultaba difícil distinguir si estaba despierta o si todo era una confabulación maquiavélica fabricada por su cerebro agotado; se sentía como un fantasma intruso en una vida ajena —en la de otra mujer más resuelta, más brillante, más segura—.
Le costaba aceptar que todo aquello lo había construido ella misma, desde los cimientos, con sus propias manos, incluso rotas y adoloridas.
—Pero di algo, mujer —insistía Niurka con entusiasmo, acercándose a la cámara, intentando sacarle las palabras desde el otro lado de la pantalla.
Sofía no podía. Tenía un nudo compacto en la garganta, no sabía si era felicidad, alivio o gratitud.
Tenía ganas de llorar. De abrazarse a sí misma, de decirse pues mira lo que hemos logrado .
Pero, al mismo tiempo, sentía miedo. Miedo de que la burbuja le estallara en la cara.
A fin de cuentas, estaba en Cuba y en el último año de una especialidad importante.
Quizá ni Niurka —ni nadie fuera de allí— podía comprender que aquello significara tener un pacto tácito con el demonio, un pie suspendido en el camino de sus sueños y el resto del cuerpo esposado a la resignación de no poder salir de aquella isla a luchar por ellos, peor aún, de no poder vivir los que ya había logrado.
En Cuba había una especie de ley ministerial que hacía que los residentes de especialidades médicas, cuando pasaran del segundo año, quedaran regulados por el Ministerio de Salud Pública.
Eso implicaba que no pudieran salir del país sin un permiso oficial solicitado con meses de antelación.
Y ese permiso, casi siempre, era denegado.
Cada vez más graduados preferían no optar por especializarse para evitar quedar atrapados.
No era falta de vocación; era instinto de supervivencia.
Absurdo o no, así funcionaba. Como he dicho antes: Cuba era —es— una cárcel rodeada de agua.
Sofía sacudió la cabeza y regresó al presente.
—Ahora mismo solo puedo decirle gracias, doctora… —Se enjugó una lágrima con el índice; la voz le temblaba—. Cuando la conocí pensé que sería muy difícil que congeniáramos… y resulta que usted solo me ha abierto una puerta tras otra.
Niurka negó suavemente con la cabeza.
—En eso te equivocas, Sofía. Cada puerta te la has abierto tú. Yo no tengo llaves maestras ni ando facilitándole la vida a quien no se atreve a lucharla. No es mi naturaleza.
Sofía asintió, tragando saliva.
—Tengo que consultarlo con mis profesores y con el director del hospital.
Son tiempos difíciles por acá… hasta para salir de vacaciones fuera del país.
Es un problema incluso que el Ministerio de Salud Pública nos libere los pasaportes.
No estoy segura de que pueda ir, pero me siento muy honrada con la invitación.
Niurka arqueó la ceja, y la miró con seriedad.
—Aunque no entiendo muy bien la frase de liberar los pasaportes .
Haré todo lo que sea necesario para ayudarte.
La visa la gestionamos nosotros desde aquí —le aclaró—.
Es una gran oportunidad, Sofía. Tal vez sea el inicio de muchas cosas.
Necesito que me envíes una copia de tu título de certificación en el diplomado de Neurociencias.
Niurka le guiñó un ojo de nuevo, antes de despedirse con cariño.
La pantalla quedó en negro, pero el corazón de Sofía seguía desbocado, atrapado entre el susto y la emoción.
Se persignó mentalmente, intentando surfear aquella avalancha de información entre olas alternas de gratitud e impotencia.
Una orgía de pensamientos rugía en su cabeza, todos tratando de expresarse a la vez.
El destino, cuando se trataba de ella, solía comportarse como un canalla creativo y desafiante; lo que nunca hacía era ponerle cómodo el trayecto.
A Sofía, los desenlaces fáciles, simplemente no le correspondían, los de ella llevaban vértigo incluido.
***
Después de una ducha más caliente de lo habitual, Sofía caminaba en círculos por su habitación, con la toalla apenas sostenida alrededor del cuerpo, todavía a medio secarse.
La uña del meñique había perdido la forma de tanto morderla lo cual le pareció una señal inequívoca de que estaba al límite.
Necesitaba bajarse de la nube, un ancla.
Pero no una complaciente, no una que dijera lo que quería oír; necesitaba una voz coherente, sincera, incluso incómoda.
Así que se puso el pijama, respiró hondo y fue a tocar la puerta del cuarto de su madre.
Luego de un: mamá, tenemos que hablar , pronunciado con la voz más temblorosa de lo que le hubiera gustado, y de una explicación detallada de todas las noticias del día, llegaron los abrazos, las felicitaciones y esa alegría que se instala en el pecho de las madres, pletóricas por los logros de sus hijos cual si fueran propios.
Su madre le tomó las manos; tenía los ojos aguados.
—Qué orgullosa estoy de ti… Aunque te he visto trabajar tan duro que no me sorprende.
—No lo sé… A veces creo que un poco de suerte también ha tenido que ver. —Se encogió de hombros—. Estoy asustada. Todo esto me sobrepasa.
—Porque te sientes presa aquí, en Cuba. En este país estas cosas que te están sucediendo parecen de mentiritas.
—Negó molesta con la cabeza—. Más de sesenta años lleva este gobierno poniéndonos vendas en los ojos para que no miremos el mundo exterior y creamos que aquí todo es como tiene que ser…
Menos mal que la era de Internet nos ha alcanzado, al menos, nos ha permitido limpiarnos un poco los lentes sucios.
Hizo una pausa, apretándole las manos.
—No tengas dudas de que todo esto que te está pasando lo has construido tú.
Con horas y horas de estudio, con disciplina y con renuncias.
Te he visto incluso poner en pausa ese corazoncito —le tocó el lado izquierdo del pecho con las yemas del dedo corazón e índice— para que no te traicione.
Te he visto seguir adelante con disfraces emocionales de los que pesan, con tal de no darte la espalda a ti misma. Y eso, hija, es muy difícil.
La miró directo a los ojos.
—Esto te lo has ganado tú. No es cosa de suerte, créeme.
—Gracias, mamá —exhaló Sofía—. Pero la incertidumbre de tener una oportunidad como esta y no saber si me dejarán viajar es muy frustrante. Es como tener un helado entre las manos y ver cómo se te derrite antes de que puedas probarlo.
—Estoy segura de que podrás ir. Solo debes hacer las cosas bien. —Le guiñó un ojo.
—Mamá… El doctor López de cirugía pidió permiso el año pasado y se lo negaron —dijo apretando los labios—. Ahí está en el hospital con una mala leche, el pobre, que no te imaginas.
—Tú no eres el tal doctor López. Mañana mismo habla en privado con el doctor Fernando —le sugirió con esa sabiduría maternal de manual—. Él sabrá decirte qué hacer.
—Sí, es lo que había pensado. Eso mismo haré…, igual si no puede ser, siempre habrá segundas oportunidades, ¿no?
—¡No! —respondió su madre categórica con la frente ceñuda, sin titubeos—. Lo tuyo no son las segundas oportunidades. Tú nunca has tenido problemas con la fuerza de voluntad. Eso de aceptar el destino y ya, es para los cómodos y nunca ha sido tu caso.
—Eso es verdad —aceptó con una sonrisa resignada—. Gracias por recordármelo.
Sofía atrapó un poco de aire antes de continuar.
—Mamá…, hay otra cosa que debo hablar contigo antes de que venga Isa a decírtelo sin anestesia. Y cuando ella lo haga, necesito que finjas que no sabías nada.
Su madre arqueó una ceja; los ojos volvieron a inundársele.
—Le aprobaron la beca, ¿verdad?
Sofía asintió con los labios fruncidos, sin dejar de mirarla.
—¿Cómo lo sabes?
—Una madre siempre lo sabe…, es una cosa rara en el pecho la que te avisa, una que ahora mismo, se está haciendo enorme en el mío. —Se deslizó los dedos por el puente de su nariz—. Pero dime, ¿cómo hago para poder ponerme todo lo feliz que ella se merece con esa noticia?
—No tienes que hacer nada… —Sofía la abrazó con fuerza—. Sabes que eso significa estar, como mínimo, un año sin verla. Es normal tener sentimientos encontrados.
—Ay, Sofi… tú sabes que obtener una beca de esas en este país lo que realmente significa es que no sé cuándo volveré a verla —la corrigió su madre, con la voz más baja—.
No hay que maquillarlo para que me sienta mejor.
Es normal que vuele, que vuelen… con sus propias alas y yo nunca seré un obstáculo para ustedes.
Las dos me hacen sentir muy afortunada… Pero no estoy lista para tenerlas lejos, y nunca lo estaré.
Después de que perdimos a tu padre, ustedes han sido mi mayor fortaleza para seguir.
Y no dejo de pensar en cómo me las arreglaré cuando se vayan a vivir sus vidas, lo cual sospecho… está a punto de suceder.
—A mí tendrás que aguantarme un poco más —intentó bromear Sofía—. Solo iré a un evento, y eso si me dejan.
—Y a la presentación de tu primer libro.
—Y a la presentación de mi primer libro —repitió subiendo las cejas dos veces—. Luego tengo que regresar a completar otra meta: mi examen estatal para ser especialista.
—Ya eres neuróloga, Sofía. Ese examen es solo un paso protocolar —su madre la miró fijo—. No olvides nunca eso, por favor… Ya ese sueño está cumplido. ¿Estamos claras?
Sofía no entendía muy bien por qué tanto énfasis en aquello… pero tampoco conocía el verdadero significado de una madre siempre lo sabe . No obstante, la abrazó mucho más fuerte, mientras su madre se enjugaba par de lágrimas con los nudillos, sin que ella se percatara.
***
—¿Te imaginas? —decía Isabel, acostada junto a su hermana en la cama, compartiendo la almohada como cuando eran niñas—.
Si te dejan viajar, podríamos irnos juntas, mi visa debe ser a partir del 15 de noviembre.
Y yo podría estar en la presentación de tu libro.
Sería como una película, pero de verdad.