LIX. En silencio ha tenido que ser #3
En cuanto a la portada, el departamento de diseño ya tiene una línea conceptual bastante avanzada. Si tienes alguna propuesta concreta o colaborador en mente, necesitaríamos recibirla en un plazo máximo de un mes para poder valorarla sin comprometer la fecha prevista.
Te confieso que vamos justos, pero el entusiasmo interno con el libro es enorme.
Estamos muy satisfechos con los resultados de la lectura beta y especializada. Es un libro valiente. Ha sido un placer editarlo, he aprendido mucho con él.
Un fuerte abrazo,
Roxana Acevedo
Editora | Departamento de No Ficción
Editorial Ínsula
El rostro de Sofía se iluminó con una sonrisa amplia.
No daba crédito a lo que acababa de leer y por unos segundos quedó atrapada en una sensación extraña entre el orgullo y la incredulidad.
Intentó disimularlo, pero se le notaba la emoción en todos sus microgestos: en el fibrilar de los párpados, en la respiración suspendida, en esa costumbre de morderse el labio inferior por dentro cuando algo le parecía demasiado genial para asumirlo como propio…
y no imaginaba que el día apenas estaba comenzando.
Maritza levantó la vista del monitor y, al ver su rostro, no pudo evitar reaccionar.
—Oye, ¿y esa cara de haberte ganado la lotería? —le preguntó—. ¿Qué te pasó?
Sofía volvió la vista al correo. La alegría le empañó los ojos antes de que pudiera controlarlo.
—Es un hecho —le dijo entre dientes para que nadie la escuchara—. Este año voy a publicar mi primer libro, hermana.
El grito desmedido de Maritza, seguido del abrazo y de un ¡voy a tener una amiga famosa! en pleno centro de Urgencias, produjo justo el efecto contrario al que Sofía pretendía. No obstante, se permitió celebrarlo.
Envió la captura de pantalla a su madre, a Isabel, a las chicas, a Cesar…
y sintió el impulso casi inevitable de enviársela también a Marcel, sabía que se pondría feliz con la noticia.
No pudo evitar recordarlo, lo imaginó inmerso en su estudio, mezclando su paleta de colores.
A él también le gustaban los días oscuros, cuando los tonos de los óleos se volvían más frontales y honestos, pero entendió que escribirle sería reabrir la ventana a una esperanza que ya había dejado clausurada. Y no lo hizo.
Iba de camino al tomógrafo mientras las chicas reaccionaban eufóricas en el grupo de WhatsApp , entonces recordó que a Rachel siempre le había gustado crear y que era una dibujante excelente, así que le envió un mensaje privado.
Sofía:
¿Te gustaría hacer la portada de mi libro?
Rachel:
¿Me lo dices en serio?
Sofía:
Pues claro, mujer…
Rachel:
Será un desafío tremendo… pero claro que me encantaría.
Sofía:
Tienes un mes…
Rachel:
Por favor, no empieces a ponerte intensa.
***
—Uy, pero qué feliz estoy por ti —decía Maritza a Sofía mientras la envolvía en un abrazo cuando estaban a punto de entrar al restaurant pequeño de las afueras del hospital, a donde la había invitado a almorzar para celebrar la noticia del libro.
—Maritza, por favor, no te excedas, que por hoy ya agoté la batería social y los megas destinados al contacto físico —dijo poniendo los ojos en blanco—. No sé cuántos abrazos me han dado en lo que va de mañana.
—Y falta uno —dijo una voz a sus espaldas.
Sofía se giró.
—William, qué alegría verte —Sofía lo estrechó entre sus brazos con entusiasmo.
Maritza los miró con desaprobación teatral.
—Ah, porque de este sí te dejas —protestó.
—Si me invitan a su mesa, el almuerzo va por mí —propuso William—. Ando corto de tiempo y hay mucha cola. Además, así presumo de la escritora famosa del hospital.
Sofía enarcó una ceja por lo de escritora , pero no dijo nada.
—Invitadísimo estás —respondió Maritza, divertida, dándole dos palmaditas en el hombro. Acababa de fichar un patrocinador para quitarle el susto a su monedero.
Se sentaron en una mesa con mantel floreado y una jarra de cristal con agua en el centro.
El sitio era de comida criolla, sin lujo ni barniz moderno, pero con una sazón excelente.
Sofía pidió un congrí con ensalada y masas fritas; Maritza, arroz blanco con yuca y fricasé de cerdo; William, congrí también, pero con tostones y cerdo asado.
Mientras esperaban, Sofía le contaba a William sobre cómo era de relajada la vida de los residentes en el instituto de Neurología y Neurocirugía en La Habana, pues él estaba a punto de ir a una rotación.
La conversación iba muy bien hasta que Maritza, que llevaba par de minutos orbitando en otra dimensión, sucumbió a la fuerza de gravedad con la misma delicadeza que un meteorito.
—Me pregunto qué dirá Adam cuando se entere de que vas a publicar un libro —interrumpió frunciendo los labios como si hablara del clima o del precio del tomate.
William alzó las cejas y se metió el tenedor en la boca con una parsimonia sospechosamente evasiva. Sofía, en cambio, necesitó un sorbo de agua para carraspear. El nombre se le había atragantado como una espina diminuta pero demasiado insidiosa como para ser ignorada.
Cómo era posible que solo de escucharlo se le tensaran los músculos del rostro y se le alterara el ritmo cardíaco de esa manera tan cuestionable. «Fantástico».
—No tiene por qué enterarse —masculló por fin Sofía, debatiéndose entre dos instintos muy poco dignos: el ojalá y se entere y el mejor que no lo sepa nunca.
—Se enterará —le aseguró William antes de dar un último mordisco al tostón—. Siempre termina enterándose. Basta con que en una de sus llamadas me pregunte, con premeditación y alevosía, cómo estás o cuándo te gradúas. Sé que no quieres escucharlo, pero él ha seguido muy pendiente de ti.
Sofía soltó el tenedor con cuidado y se cruzó de brazos, hundiéndose en su silla.
—Él calcula muy bien el momento —añadió William—. Hace que sus preguntas parezcan inofensivas. No te menciona siempre… pero sí, mínimo, una vez cada dos o tres llamadas.
—Pues que lo gestione —soltó Sofía tras una inspiración profunda.
—Se merece el arrepentimiento —dictaminó Maritza, lanzándole a su amiga una mirada de apoyo incondicional, como si no hubiera sido ella quien había propiciado el trago amargo—. ¿Y sigue solo?
—Solo… pero como el sol. Brillando con intensidad… —respondió William.
«Eso significa que le va muy bien», pensó Sofía.
—Y lejos… por suerte lejos —cortó ella apartando el plato con un gesto discreto—. ¿Por qué no cambiamos de tema? Se me ha quitado el hambre.
—Pero cómo es que este hombre todavía te quita el apetito —cuestionó Maritza con aires de indignación.
Y, aunque aquellas masas fritas con limón y mojito criollo humeaban todavía, indiferentes a los dramas humanos, Sofía no pudo terminar de engullirlas.
Algo le había paralizado el reflejo de la deglución, y no tenía fuerzas —ni intenciones— de descifrar esa melancolía extraña que comenzaba a inundarla por dentro.
Tampoco de diseccionar teorías sobre su suerte en el amor.
Ella no era un caso clínico pendiente de diagnóstico.
Por suerte, una videollamada sorpresa de la doctora Niurka la obligó a levantarse de la mesa y apartarse hacia la recepción, lejos de la comida… y de los recuerdos. Se colocó los audífonos para no molestar.
—Felicidades, Sofía. ¡Enhorabuena! —dijo la doctora a través de la pantalla, sentada en lo que parecía un salón de conferencias, con una sonrisa tan abierta que rozaba lo inverosímil tratándose de ella—.
Me han dicho los editores de Ínsula que piensan hacer el lanzamiento de tu libro el día de tu cumpleaños.
—Gracias, doctora. Aún no me lo creo.
—Lo mereces —respondió, mirándola con un orgullo poco habitual en ella—.
Has trabajado muy duro para hacerlo posible.
Y, por cierto —le guiñó un ojo. Otro gesto que no encajaba con su carácter hermético y que empezaba a preocupar a Sofía, por una posible sobredosis de cafeína o bebidas energéticas—, me encantó el título que escogiste.
Es bastante arriesgado y desafiante para la comunidad científica, pero tengo que reconocer que incluso a mí me arrancó una sonrisa.
«No se le nota nada», ironizó Sofía para sí.
—A ver si en el lanzamiento me cuentas de dónde salió esa idea —añadió.
—Eso lo tenemos complicado, doctora. Ya debe saber que salir de Cuba no es tan fácil como tener el dinero y comprar un pasaje.
—Algo de eso he oído… —respondió Niurka, inclinándose apenas hacia la cámara, como si así pudiera traspasar el Atlántico para alcanzarla—. Pero nunca digas nunca. De hecho, vengo con dos buenas noticias más.
—Pues soy toda oídos —respondió curvando las comisuras.
Intentó que la sonrisa pareciera profesional y no desesperadamente expectante.
—Lo primero es que nuestro manuscrito sobre los trastornos del sueño está terminado.
Has sido de gran ayuda. Lo publicaremos el año que viene y por supuesto, estarás como coautora.
— Wow … eso es genial…
«Que le den al amor, lo mío es el éxito académico». Quiso hacer el gesto inequívoco de triunfo con el codo flexionado y el puño. Sí, ese mismo, el de las victorias silenciosas. Pero se limitó a asentir con sobriedad. La compostura ante todo.
—Pero hay algo más —acotó Niurka—. Te enviaré una invitación formal para un evento internacional de neurociencias organizado por el centro Cajal, donde trabajo.
Se celebrará en Madrid, entre el veintitrés y el veintiocho de noviembre.
Mi única condición es que participes como ponente.
Me gustaría que impartieras una conferencia sobre uno de los temas que abordas en tu libro.
Sofía se quedó inmóvil. Perpleja. «Que alguien me pellizque, por favor».
—Ya sé que es mucho para procesar en un solo día —continuó Niurka, ahora un poco más despacio pues sabía que había activado conexiones importantes en la mente de Sofía—, pero sería maravilloso que vinieras.
Estoy segura de que las primeras copias del libro se agotarían solo con los asistentes al evento.
Y, además… piénsalo, podrías estar presente en el lanzamiento de tu primer libro.