LVII. Tesitura #2
Así que paró de resistirse y se dejó llevar.
Deslizó las manos por debajo de su pullover y con una caricia lenta fue desplazándolo hacia arriba.
Él terminó de quitárselo sin apartar la mirada.
Ella, casi al mismo tiempo, comenzó a deshacerse de su propia ropa con desespero.
Se lo quitó todo. No dejó nada a la imaginación.
Marcel la miraba embobado, sin medias tintas.
—No me mires así… que me da miedo —bromeó ella incorporándose lo justo para acercarse a desabrochar su pantalón, que amenazaba con explotar en cualquier momento.
—Qué más quisiera que no mirarte así —le respondió, con la respiración acelerada, volviendo sobre su cuerpo antes de hundir la nariz entre sus senos e inspirar allí, profundo y lento durante unos segundos.
Luego comenzó a hacer malabares con la lengua por cada rincón de su piel mientras ella le enredaba los dedos en el pelo y guiaba su cabeza hacia todos los sitios a donde deseaba que llegara; pero él lo hizo con tanta pericia, que cuando por fin estuvo entre sus piernas, también introdujo sus dedos para prolongarle la oleada de placer que se avecinaba.
Un espasmo anticipado tomó el control sobre ella y no pudo detener las sacudidas violentas que, de inmediato, se agitaron en su vientre.
Cuando Sofía logró abrir los ojos, él la miraba ufano… El pecho de ella subía y bajaba; el latido en su cuello delataba al corazón intentando traspasarle las costillas.
—¿Cómo puedes? —preguntó Sofía, jadeante— ¿Cómo puedes aguantar tanto?
Marcel se tumbó un poco sobre ella, le rozó el cuello con los labios entreabiertos hasta detenerse y darle un mordisco en el lóbulo de la oreja.
—Me gusta verte sentir placer… —le susurró, y sonrió al notar cómo la piel se le erizaba por completo—. No tienes idea de la manera en que exploto yo después de verte haciéndolo primero.
Sofía sintió la presión de él sobre su pelvis y, en un impulso visceral, logró voltearse hasta quedar sentada encima.
A él se le escapó una sonrisa, porque así era ella.
Imprevisible e incapaz de quedarse quieta cuando el corazón y la piel le exigían otra cosa.
Se detuvo a mirarla mientras le recorría la espalda despacio con las manos, aferrándose a cada curva, mientras ella se movía sobre él con la lentitud precisa para volverlo loco.
No pasó mucho tiempo para que Marcel comenzara a sentir ese corrientazo entre las vértebras que le advertía que apenas le quedaban unos segundos antes de desbordarse y, después de una sacudida de contracciones compartidas, sus bocas abiertas terminaron encontrándose, secas y jadeantes.
Sofía apoyó la frente contra la suya, cerró los ojos un instante y quiso quedarse allí…
en aquel espacio diminuto donde no cabían las decisiones difíciles ni los futuros inciertos.
—Te quiero, Sofía —le dijo en un suspiro que se le quebraba en la garganta.
Ella intentó esconderse en el hueco de su cuello, pero él le alzó la barbilla con los dedos para obligarla a mirarlo.
—Te quiero —repitió, sin pestañear, con la voz deshilachada y los ojos demasiado abiertos para permitirle que lo ignorara.
Sofía le rodeó el cuello como pudo, todavía con la respiración desordenada.
—Yo también te quiero —le respondió por fin, contra su boca.
Se quedaron así un rato más en la cama, todavía desnudos, todavía pegados, respirando esa atmósfera tibia que deja el sexo cuando se ha hecho bien.
Marcel tenía la mano extendida sobre la cadera de Sofía, acariciándola despacio, siguiendo el ritmo de su propia respiración.
Ella lo observó de repente y notó que, aunque el cuerpo de Marcel seguía allí a su lado, la mente se le había ido a algún sitio más oscuro.
Cuando él giró sus ojos hacia ella, lo confirmó.
Esa mirada ya no buscaba besarla otra vez. «Vale. Aquí viene».
No quiso cederle el más mínimo chance al drama, así que lo encaró.
—¿Qué pasa? —preguntó mientras se incorporaba y tanteaba el suelo con el pie hasta encontrar su ropa interior—. ¿Qué es lo que andas tratando de decirme y no puedes?
Marcel rodó sobre la cama para agarrar el pantalón y, al incorporarse, se lo puso despacio, concentrado en el acto.
Sofía se abrochó el sujetador y se colocó la blusa, notando el frescor de la tela contra la piel aún caliente.
Él todavía no la miraba, pero ella sabía que andaba midiendo cada palabra antes de soltarla.
Cuando terminó de vestirse, él se acercó. Le liberó un mechón que había quedado atrapado bajo el cuello de la blusa, flexionó la muñeca y le acarició el arco de la mandíbula con el dorso de la mano.
—En tres semanas me voy a Italia. Será una temporada corta. —Hizo énfasis en la palabra corta —. ¿Por qué no te piensas eso de pedir vacaciones y permiso para irte conmigo?
Ahí estaba. Sofía sintió primero el puñetazo en el estómago antes de que sus pensamientos corrieran a organizarse a toda velocidad. «Italia». «Temporada corta ». «Ven conmigo».
Se sentó en el borde de la cama, cruzó las piernas, y se apoyó con las palmas sobre el colchón.
Necesitaba ese pequeño anclaje. Lo miró con atención, buscando en su expresión el grado preciso de implicación.
Marcel permanecía erguido, enorme, recostado a la cómoda de brazos cruzados, ocupando el espacio sin esforzarse.
Pero se frotó la nuca una vez, luego otra y la tercera ya no fue casualidad.
Sofía intentaba comprender esa obstinación suya por tender puentes frágiles con razones que ya llevaban tiempo resquebrajándose.
Capas y más capas encima de lo evidente, brochazos rápidos, decorativos.
Nunca la espátula. Nunca raspar hasta que doliera.
Había un cortocircuito claro entre su cerebro y su corazón.
El primero llevaba semanas enviando señales.
El segundo se había hecho el distraído, pero ya era hora de aterrizar.
—No puedo, Marcel —dijo al fin inspirando más profundo de lo normal—.
Los permisos esos se demoran meses, si es que los conceden —continuó ella, hundiendo los dedos en su pelo para peinarse un poco—.
Y tengo que empezar a estudiar para el examen estatal y terminar la tesis de la Especialidad.
Ya se acerca. Y, además, está el proyecto con Niurka. Me queda nada para cerrar los detalles.
Él se pasó el pulgar por los labios. Serio, imponente. Demasiado quieto. Asentía al escucharla, pero el destello de sus ojos delataba su inconformidad.
—Siento que te estoy perdiendo y que estoy luchando contra una decisión que ya tienes tomada. —Hubo un leve titubeo en su manera de mirarla.
Sofía no respondió. Bajó la vista hacia sus propias manos, ahora entrelazadas sobre el regazo, buscando la forma correcta de procesar sus palabras.
—No paro de pensar en qué puedo decirte para cambiar los hechos, pero no tengo nada que ofrecerte, Sofía. Solo puedo asegurarme de quererte, de quererte mucho. Y eso… —tragó saliva— eso parece que no alcanza.
Se separó de la pared y empezó a caminar de un lado a otro con los brazos en jarra, luego se detuvo frente a ella…
—Sé que cada uno debe habitar su propio universo sin someterse a las reglas del otro —continuó él—. Pero a veces ambos mundos pueden encontrar la forma de convivir.
—Y a veces no —alegó ella, consciente de que aquellas palabras iban a lastimarlo, pero también de que seguir callando los estaba lastimando a ambos—. Los dos sabemos muy bien que esta es una de esas veces que no, solo que nos ha faltado el valor para decirlo en voz alta.
Marcel sintió el dolor de la impotencia hasta debajo de sus uñas y un rictus de rabia se apoderó de su expresión.
—Entonces quizá sea mejor terminar —soltó a quemarropa.
Sofía alzó el rostro hacia él. Tenía en el labio inferior un temblor mínimo que intentaba dominar mordiéndoselo por dentro y los ojos comenzaban a brillarle con esa humedad que antecede a las inundaciones.
—Quizá sí —respondió ella, contundente.
Pronunciar esas palabras había sido el equivalente a un puñal atravesándole su propio diafragma, pero eran necesarias. Él le dolía en esos sitios que nadie sabe que existen de tan hondos que están, hasta que un puñal afilado los desangra.
Marcel se quedó inmóvil. Apenas se le notó un parpadeo, pero luego lanzó el puño seco contra la pared.
El golpe resonó en el cuarto más de lo que Sofía esperaba.
Los nudillos se le quedaron blancos al instante.
La mandíbula se le tensó y se mordió el labio inferior con tanta fuerza que la sangre abandonó ese punto, dejando una franja pálida que tardó algunos segundos en desaparecer.
—Eres la puta reina del hielo, Sofía.
No lo dijo muy alto, pero sí con mucha ira… y eso hizo que la frase se sintiera más áspera.
A Sofía se le hizo un nudo en la garganta, y hasta se sintió un poco culpable. Era la primera vez que lo veía así…, pero no se movió de su sitio.
Él se dio la vuelta y salió de la habitación como poseído por el demonio, atravesó el pasillo hasta el minibar del comedor. Se sirvió un trago generoso de whiskey y se lo bebió de un sorbo. El alcohol le quemaba la garganta. Y qué bueno.
En la habitación, Sofía seguía en el mismo sitio.
Se pasaba las manos por el rostro, arrastrándolas desde los pómulos hasta la barbilla, como si al tensar la piel pudiera ordenar también todo el ruido que tenía dentro.
El flequillo le caía una y otra vez sobre los ojos y aquella insistencia empezaba a sacarle de quicio.
—No puedo creer que nos estemos perdiendo, Sofía.
Ella levantó la vista al escucharlo y lo vio con el hombro recostado al marco de la puerta y el vaso de whiskey en la mano.
Marcel era guapo incluso hecho pedazos. Tenerlo delante no ayudaba nada.
Tragó saliva. El corazón le golpeaba tan fuerte que le retumbaba en los oídos.
Notaba los ojos cargados, calientes, y al parpadear las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas sin remedio.