LVII. Tesitura #3
—No, Marcel —dijo levantándose de la cama, con la voz bastante rota—. Lo que estamos perdiendo es lo que podríamos haber sido juntos.
Él notó cómo la frase la traspasaba en ese cierre leve de sus párpados. Pero entender que a ella también le dolía no lo aliviaba. Al contrario. Eso fue lo que terminó de romperlo. Los ojos se le inundaron y también cedieron. Eran demasiado claros para esconder nada.
—Creo que es mejor que me vaya —dijo ella esquivándole la mirada, con tal de esconder cualquier cosa que sus ojos pudieran delatar.
Él negó con la cabeza, en un gesto casi suplicante. Le bloqueó los pasos y la sujetó por los hombros con suavidad.
—No hagas esto, Sofía.
Ella le sostuvo la mirada.
—No podemos seguir fingiendo que no pasa nada Marcel…, ni avanzando a ciegas en esta relación solo por miedo a perdernos. No somos unos niños. —Se llevó los dedos al puente de la nariz—. Que tengas que irte a Italia quizá ayude a que todo esto nos duela un poco menos.
Marcel sintió cómo dos fuerzas tiraban de él en direcciones opuestas.
Una lo empujaba a ser egoísta, a olvidar el mundo, a rodearla con los brazos y no soltarla jamás.
La otra, más lúcida, le recordaba que no podía atarle los sueños.
No a una mujer de veintisiete años de la que se había enamorado precisamente por eso, por su libertad, por esa manera tan suya de parecerse a la vida .
Sin embargo, el autocontrol férreo de Sofía ante el fin de todo lo que habían vivido en los últimos seis meses le resultaba casi ofensivo…
, aunque ya la conocía lo suficiente como para saber que todo ese hielo, no era más que el andamiaje que necesitaba para sostener sus impermeables murallas emocionales.
Lo que estaba sucediendo no era culpa de nadie.
Había pocas piedras en el camino, era verdad, pero las que existían eran enormes, y no había manera de sortearlas juntos sin terminar traicionándose a sí mismos.
Sus vidas se abrían ahora en una tesitura que los empujaba hacia futuros equidistantes, con exigencias reales, plazos y ambiciones que no admitían treguas románticas.
Terminar no era fácil, pero seguir así, conviviendo con el fantasma de todo lo que nunca ocurriría, acabaría por destruirles —incluso— los más bonitos recuerdos.
Él por fin bajó la mirada hasta su rostro y, con el pulgar ligeramente flexionado, le enjugó una lágrima que ya había llegado al borde de su barbilla.
—No llores, Sofía, por favor.
Pero ella se derrumbó contra su pecho y, mientras la sostenía, él se limitó a inhalar despacio sobre su pelo, sobre su cuello, grabándose aquel perfume cítrico mezclado con el aroma de su piel, el mismo que siempre asociaría con las noches compartidas y las mañanas sin prisa.
Marcel tenía la certeza de que estaba respirando su olor por última vez.
A Sofía se le hacía insoportable aceptar que todo lo que habían vivido juntos se estuviera desvaneciendo en aquel abrazo.
Apenas consiguió apartar la cara un segundo, mordiéndose el interior de la mejilla para aplacar todo lo que pugnaba por salirle de adentro y le subía como lava a la garganta.
La mano a ella le temblaba mientras rozaba el rostro de él, en un gesto que, intentando ser caricia, terminó resultando torpe, desesperado y cargado de una frustración que le dolía en los pulmones.
Le recorrió el pelo con lentitud y apoyó la frente contra la suya, buscando calmarse, pero cuando abrió los ojos y encontró los de él, sintió que el universo entero estaba conspirando en su contra.
«Ya deja de mirarme así…, que no puedo, coño».
Entonces lo besó, tiritando de miedo, con los dedos crispados en su cuello, aferrándose a él en un intento de resistencia mal gestionada. Le ardía el pecho por el vacío que ya estaba llegando, por la seguridad lacerante que también tenía, de que esa, sería la última vez.
Y ahí estaba Sofía, desplegando ese talento suyo para sufrir anticipado, en ese beso trémulo, cargado de todo lo que iba a extrañar, en la pulsión instintiva de volver a desvestirlo y dormir abrazada a él que entraba en guerra con la urgencia —poco elegante, pero necesaria— de huir de una vez y para siempre.
Lo cual, pensándolo bien, era bastante coherente con ella.
A Sofía le dolían las manos de quererlo y se le encogía el estómago de no poder hacerlo más.
Quiso alargarlo, demorarlo, convencerse de que ese instante no estaba dictando una sentencia definitiva.
Pero terminó separándose para poder respirar, consciente de que no lo estaba besando para quedarse, sino para despedirse.
—Te voy a extrañar, Marcel. Te lo juro —dijo, apoyando una mano en su pecho, antes de darse la vuelta para salir casi corriendo de allí.
—No te vayas, por favor —le suplicó él, agarrándole la mano—. Quédate esta noche.
—Si me quedo esta noche, vas a convencerme de no irme mañana —respondió, soltándose con suavidad—. Y eso es justo lo que la Sofía enamorada, impulsiva e insensata quiere que hagas.
—Déjame llevarte…—insistió—. Sofía, mírame.
—No te preocupes —dijo mientras avanzaba hacia la salida—. Tomaré un taxi.
No podía mirarlo. No podía permitirse ese contacto visual.
Sabía que, si volvía a encontrarse con aquel azul, no tendría el valor de irse.
La tristeza de Marcel era cortante, se le colaba en la voz, transpiraba por sus poros y, si la encontraba de nuevo en esos ojos —ahora rotos—, no tendría fuerzas para dejarlo atrás.
Cuando la puerta se cerró a su espalda, Sofía sintió que algo en su interior hacía lo mismo y que muchos trozos suyos se habían quedado en carne viva, atrapados allí, dentro de aquella casa de thriller en la que había sido tan feliz, en la que Marcel acababa de quedarse también…
con una ausencia nueva instalándose en cada rincón, una botella de vino por abrir y una melodía particularmente cruel desgarrándole las entrañas.
♪Le dije al cielo que te fuiste y empezó a llorar,
seguro se acordó del día en que te conocí,
tú con el pelo suelto y yo con esas ganas de hacerte reír,
buscando mil maneras pa´ no ser de nuevo eso que siempre fui… ♪ [54]