Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LVII. Tesitura
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LVII. Tesitura

Solo tuvo tres días libres antes de volver a la faena.

Tres días que Sofía pasó envuelta en el calor de su casa y de su madre, dejándose querer sin demasiadas preguntas y sorprendiéndose con las novedades de Isabel, que se bajó con el notición, casi sin respirar, de que había aplicado para una beca de estudios de posgrado en Barcelona.

La noticia se celebró, claro, pero dolió al mismo tiempo.

Últimamente, las becas universitarias para cubanos en el exterior se habían convertido en salidas de emergencia, en planes de huida que, aunque estaban en tendencia, nadie se atrevía a llamar así.

Bastó con poner un pie en el hospital de Puerto Príncipe para que el trabajo la absorbiera sin tregua.

Menos tacones y más zapatillas cómodas, menos levitar por los pasillos y más correr a toda velocidad.

Menos postureo y más vida real. Sus compañeros se alegraron de verla.

Algunos la abrazaron sin decir mucho, otros la interrogaron sobre cada detalle, el viaje, la certificación, La Habana y hasta el etcétera.

Sus profesores también estaban contentos y orgullosos.

Se les notaba. Sofía había cumplido, había vuelto…

y, lo mejor de todo, habría otra residente activa en el cronograma para cubrir guardias y consultas.

Y así, ella volvía a encajar en su sitio, en su segundo hogar, en el lugar donde se había formado primero como doctora, luego como neuróloga y siempre, como ser humano…

Y, en medio de aquella rutina que intentaba recomponerse, llegó la reconsulta de Sarah.

Ese día Sarah llevaba un pañuelo claro cubriéndole la cabeza.

El cabello se le había caído casi por completo y había decidido cortárselo muy bajo, pero la alopecia en parches le resultaba demasiado antiestética y las pelucas que Amber enviaría desde Madrid aún demorarían un poco.

Así que se compró varios pañuelos para combinar según la ropa, asegurándose de pintarse los labios y ponerse aretes bonitos, sin importar el estado de ánimo que la definiera.

Era un compromiso que había hecho con la chica del espejo.

Gestos pequeños, muy a lo Sarah, y maneras silenciosas de negarse a desaparecer.

Un acto dolorosamente precioso de resistencia estética y vital.

La evaluación fue larga y tranquila. Maritza y el oncólogo revisaron imágenes, compararon estudios, confirmaron resultados con meticulosidad para no dejar margen al error.

Después de las sesiones de quimioterapia combinada, la respuesta había sido muy favorable.

En una paciente joven, con un linfoma de Hodgkin diagnosticado a tiempo, ese era el escenario que se esperaba cuando el tratamiento funcionaba.

Las imágenes mostraban una regresión casi completa.

Persistían par de ganglios con cambios residuales, localizados, sin signos de actividad agresiva, pero eso no era una recaída ni un fracaso terapéutico, era parte del proceso.

No obstante, la palabra persistía , tardó un poco más en acomodarse en la sala, sobre todo en el cerebro de Sarah.

Decidieron que no era preciso exponer el cuerpo a más de lo necesario y que no había que repetir quimioterapia sistémica.

El siguiente paso sería una radioterapia localizada sobre esa zona concreta; un tratamiento corto, pensado para cerrar el ciclo y reducir al máximo el riesgo de recurrencia.

Después vendría el seguimiento. Controles periódicos.

Ajustes en el estilo de vida. Tiempo, y con él, la posibilidad de que Sarah empezara, poco a poco, a reincorporarse a su vida normal.

No como antes, no todavía, pero sí lo suficiente como para atreverse a creer que aquello estaba funcionando.

—Está muy mal que sienta que no debo hacerme ilusiones —preguntó Sarah al salir de la consulta, modulando la voz, para camuflar el miedo.

—No se trata de ilusiones, Sarah —respondió Sofía con calma—. Son resultados positivos, sostenidos en datos, en evidencia.

—Sofi… —Inspiró hondo—. No quise ni preguntar porque creo que decirlo en voz alta sería aceptarlo como posibilidad, pero lo sé, sé que esto puede regresar y eso me aterra.

No sé si podré vivir en paz después de todo lo que ha pasado.

No sé si podré volver a vivir sin este susto —le explicó tocándose la boca del estómago.

Sofía redujo el paso para acompasarse al suyo.

—A ver, Sarah, que te entiendo perfecto —«y sé que tienes toda la razón y tengo tanto miedo como tú»— pero esto puede regresar como mismo una persona sana puede tener un accidente cruzando la calle o un diabético caer en coma o un hipertenso quedarse hemipléjico por un infarto cerebral.

Hay quien nunca ha tenido cáncer y muere de una infección por una cortadura en un pie —«todo esto también es verdad, que conste»—.

La vida es eso…, nos toca saber lidiar con lo impredecible.

Así que, en vez de darle tantas vueltas a lo malo, dejemos que sea lo bueno lo que nos robe los pensamientos.

—Tienes razón —admitió Sarah—. Hoy hemos recibido noticias buenas y quiero poder agradecerlas. No me siento fuerte todavía, pero hay una parte de mí que está feliz.

Esa parte feliz se llamaba esperanza, aunque a Sarah le diera más terror reconocerla que vivirla, pero sería cuestión de tiempo. Le escribió un mensaje a Alejandro y él la llamó de vuelta para invitarla esa noche a una pizza y celebrarlo juntos sin hacer demasiado ruido.

El mensaje con las conclusiones de la consulta cayó en el grupo de Y ahora qué hiciste  como un soplo de aire fresco.

Las reacciones no se hicieron esperar: alivio, alegría, corazones que parecían latir al mismo tiempo, aunque cada una estuviera en un lugar distinto.

Organizaron una tarde de domingo juntas, ponerse al día y hacer una videollamada a Amber para que las actualizara de su nueva vida.

***

Cuando Sofía le contó a Marcel los resultados de Sarah, él reaccionó casi con la misma alegría que ella. Le había tomado cariño y, sobre todo, sabía cuánto peso había llevado Sofía durante esos meses. La sintió respirar distinto cuando terminó de hablar y, de alguna manera, él también lo hizo.

—Venga —le dijo—. Te paso a buscar y te preparo la cena esta noche…

Aquella semana Sofía la había tenido ocupada y casi no se habían visto. Quizá por eso no dudó en decirle que sí, aunque sabía que eso implicaría tener una conversación que llevaba tiempo posponiéndose.

Unos espaguetis a la carbonara —obscenamente buenos— protagonizaron la velada, acompañados por una botella de Chardonnay que nunca faltaba en la cocina de Marcel, parte ya del ritual innegociable que acompañaba a cualquier pasta que hacía con salsa blanca.

Luego recogieron la loza en silencio. Sofía fregaba; él secaba y colocaba cada cosa en su sitio.

No hablaron demasiado, había una bruma turbia flotando entre los dos, una calma rara, que escapaba de las palabras y producía escozor en la garganta.

Cuando terminaron, Marcel la llevó al estudio para enseñarle que por fin había acabado la pintura que a ella le había dado impotencia.

Sofía los observaba atenta a las zonas de luces y de sombras, a lo que quedaba insinuado bajo la superficie...

Sin embargo, ahora sentía otra cosa. Las manos seguían apretadas, los rostros seguían mirando a sitios distintos, pero, el sol comenzaba a asomarse, o al menos eso parecía.

—Espera —dijo ella acercándose a la pintura—. Entonces no era en el atardecer… ¿el sol está saliendo, no?

Él sonrió por lo bajo.

—Mira el título.

El sol también sale . Alcanzó ella a leer.

—¿Sigues sintiendo impotencia al mirarlo? —preguntó él.

—La verdad es que no —respondió rozando con las yemas algunas capas de pintura—, pero no es solo por el sol…, hay algo en sus rostros… no sé. Ahora siento... ¿calma?

—A mí me gustaría que dijeras esperanza, pero con lo de la calma me conformo.

Sofía siguió recorriendo el espacio, y no pudo evitar que sus ojos se desviaran casi por inercia, buscando aquel otro lienzo que había descubierto por accidente la mañana en que se fueron a la capital. Pero ya no estaba, y tampoco preguntó.

Marcel salió primero, rumbo al portal. Sofía esperó unos segundos antes de seguirlo y, cuando escuchó cómo los pasos de él se alejaban, enlenteció los suyos, para quedar fuera de su radar visual.

En ese instante abrió el bolso y sacó un cuaderno pequeño que dejó sobre la mesita auxiliar, en medio de unos pinceles secos.

Luego se apresuró a alcanzarlo, cerrando la puerta tras de sí con mesura.

Se sentaron abrazados en el viejo columpio del portal para terminarse el vino y se concedieron un rato de ligereza muy parecido a esa calma  que se escapaba de la pintura.

Tontearon un poco y rieron más de la cuenta.

Estiraron el tiempo con la intención de poder domarlo a fuerza de omisiones estratégicas.

Los besos empezaron suaves, suaves y distraídos, pero fueron cambiando de peso, de ritmo y de urgencia y, en algún punto, el columpio quedó atrás.

Entraron a la casa todavía besándose con la torpeza impaciente de no poder evitarlo.

Ya en la habitación, con el murmullo lejano de la calle amortiguado por el aire acondicionado, se tumbaron en la cama.

Marcel quedó sobre ella y comenzó a acariciarle el rostro con una ternura devastadora.

La miraba profundo y se mordía el labio inferior y, sus pupilas, más azules y más oscuras que de costumbre, la atravesaron con ese filo peligroso de las noticias importantes.

Pero no habló. Solo le tomó el rostro entre las manos y continuó besándola con la pasión desbordada.

Sofía cerró los ojos y apretó la tela que cubría el colchón entre los dedos.

—Marcel —intentó decir. Pero él volvió a besarla para callarla.