Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LVI. Pérdidas anticipadas
71%

LVI. Pérdidas anticipadas

Alejandro estaba sentado a su lado, contándole cómo todos los años se entrenaba con una disciplina casi religiosa para correr un maratón; que no pensaba quedarse a vivir en Cuba y que buscaría oportunidades de trabajo en cualquier otro país donde de verdad le pagaran por ser médico.

Nada nuevo, el mismo conflicto generacional de siempre, el de todos los jóvenes que querían ser algo más que resistentes dentro de un país fallido y escaso de libertades.

Sarah lo escuchaba con atención y sonreía en silencio, preguntándose si Alejandro también habría pedido alguna beca para Tailandia quizá…

aunque, tal y como estaba Cuba, hasta Haití entraba en la lista de posibilidades.

De vez en cuando él soltaba algún chiste y ella arrastraba la sonrisa junto con el agotamiento de su cuerpo.

Era la última sesión de quimioterapia. Después de esa tarde solo quedaría esperar a finales de mayo, cuando el oncólogo la reevaluaría y decidiría la conducta a seguir.

Sofía estaría terminando su certificación y entonces regresarían juntas a Puerto Príncipe.

Sarah intentaba no pensar en eso, ya no exigía milagros ni soñaba con futuros luminosos, le bastaba con que fueran posibles.

Solo quería seguir existiendo, estar presente, tener el chance.

Ni siquiera la relación a distancia con Ariel tenía cabida en su estrés.

Los horarios para hablar con él se volvían contraproducentes.

Cada vez se comunicaban menos y a ella le costaba más reunir empatía para escuchar lo bien que le iba en el continente asiático.

Sarah no era una mujer egoísta, pero era humana.

Tal vez por eso, y claro, también por supervivencia emocional, fue cediéndole terreno a Alejandro.

Él disfrutaba abiertamente de su compañía y no tenía ningún problema en pasar su tiempo libre con ella, en distraerla, en quedarse.

Por razones obvias aquella cercanía resultaba menos exigente que la distancia.

Una de esas tardes en las que Sofía y Alejandro ultimaban los detalles del proyecto final, cayó el primer aguacero de mayo.

Los tres, Marcel incluido, salieron a la terraza y se dejaron empapar sin pensarlo.

Sarah se quedó en la puerta, observándolos mientras la lluvia les traspasaba las ropas.

En Cuba decían que el primer aguacero de mayo siempre traía la mejor de las suertes, pero Sarah estaba atrapada en una contradicción muy jodida: mojarse podía traerle un resfriado y, un resfriado en ese momento, con las defensas bajas, era justo lo que no podía permitirse.

Pensó que, incluso, la buena fortuna tenía sus condiciones y que quedarse al margen en ese instante, era una de ellas.

Alejandro la observó detenida en el umbral y, aunque ella tenía una sonrisa dibujada en el rostro, no pudo evitar sentir una punzada de culpa por su propia alegría.

Entonces le pidió permiso a Marcel y fue hasta el área del lavado, tomó un balde, lo colocó en una esquina, lo llenó con agua de lluvia y se lo alcanzó.

Le dijo que se lavara la cara todas las mañanas con esa agua, hasta que se acabara…

, que así no perdería el ritual ni la suerte del primer aguacero de mayo.

Sarah le sonrió con los ojos encendidos y le dijo que aquel era uno de los gestos más bonitos que alguien había tenido con ella.

***

Ya habían pasado casi cuatro meses desde que Sofía y Marcel habían llegado a aquel apartamento de un tercer piso de El Vedado, con vistas a un paraíso que ya tocaba dejar atrás.

Era la última noche en La Habana. Ella estaba sola recogiendo las maletas en la habitación porque él había salido en la tarde sin decir a dónde iba.

Sofía se sentía orgullosa y aliviada pues acababa de cerrar una etapa importante de su carrera.

Junto a Alejandro había defendido el proyecto final y habían alcanzado la nota más alta con propuestas de continuar la investigación durante un año más; con ello, la certificación internacional en Neurorradiología —válida en Europa y Latinoamérica— ya era una realidad pero, en ese instante, no tenía la menor idea de lo que aquello podría llegar a significar.

Cuando Marcel regresó, cerca de las nueve de la noche, ya ella estaba acostada en la cama mirando videos en el celular sin demasiado interés.

Él no dijo mucho al entrar, le dio un beso en la coronilla y pasó directo a ducharse.

Su expresión no era la de siempre y Sofía lo notó enseguida.

En él, tanta seriedad resultaba extraña.

Cuando salió del baño, se puso ropa cómoda y se recostó a su lado en la cama. Sofía dejó el celular en la mesita de noche y le acarició el rostro intentando descifrarle la mirada, pero no lo consiguió.

—¿Te pasa algo? Estás muy serio —le preguntó, acomodando la cabeza sobre la almohada para poder mirarlo de frente.

—No lo sé —dijo él bajando la vista—. Supongo que me lo dirás tú después de que te explique.

Sofía se incorporó entonces y quedó sentada contra el respaldo de la cama.

—¿Que me expliques qué?

—Hoy fui a ver a un amigo mío. Es urólogo —Marcel respiró hondo y deslizó los dedos por el puente de su nariz, intentando ordenar en su cabeza lo que estaba a punto de decir—. Quería saber en qué condiciones estaba mi vasectomía.

A Sofía se le contrajeron las mandíbulas, pero no lo interrumpió.

—Prefiero ser claro contigo, Sofía. No voy a adornarlo —continuó—.

Esto no tiene vuelta atrás. Me la hice hace muchos años y fue una vasectomía cerrada.

Antes de hacerla le pedí al doctor encarecidamente que no dejara margen a la oportunidad si algún día cambiaba de opinión.

Supongo que tenía muy claro entonces lo que no quería.

A él se le formó un nudo en el pecho al notar el temblor leve en los párpados de Sofía y se detuvo un segundo, quizá para asegurarse de no estar exagerando nada.

—Me explicó que en ese tipo de vasectomía no solo se corta el conducto, sino que también se sella —dijo despacio—.

Que con los años, el cuerpo cicatriza así…

y la probabilidad de volver a unirlo y que resulte funcional es casi nula.

—Se encogió de hombros—. Tú debes saber mejor cómo funciona eso que yo.

—Entiendo —murmuró Sofía con un hilo de voz.

—Lo siento. —La miró sin poder mirarla—. No es una cuestión de intentar o no intentar. Es que ya no hay nada que hacer. No hay por dónde.

Sofía permaneció en silencio. Algo le dolía en el pecho, pero en un punto impreciso, como si una astilla se le hubiera incrustado en el ventrículo donde se había quedado rezagada una esperanza, y ahora todos los planes corrieran el riesgo de convertirse en recuerdos insidiosos, de todas las cosas que ya no pasarían.

—Vale —dijo.

Y eso fue todo lo que pudo responder.

—¿Vale? —repitió él—. ¿Eso es lo único que tienes para decirme?

Sofía no apartó la mirada, aunque tampoco la sostuvo demasiado tiempo.

—Es todo lo que puedo decir ahora. Necesito pensar, Marcel y este no es el momento. —Se pasó los dedos por la sien—. Dame un poco de tiempo para ordenar las ideas.

—Tiene que haber alguna manera de que salgamos adelante, Sofía. Nos queremos. Estamos enamorados. —Guardó silencio un instante—. Mi vida es mucho más bonita desde que tú estás en ella. Sé que cuando llegue el momento... encontraremos otra forma. No sé cuál. Pero la buscaremos.

Sofía volvió a mirarlo. Tenía los ojos llenos de agua, aunque seguía negándose a llorar.

—¿De verdad crees que podrías hacerlo sin traicionarte a ti mismo?

—preguntó con suavidad—. Dime una cosa, Marcel.

En la vida real... ¿qué pasa cuando alguien acepta renunciar a una parte de sí, solo para que la persona que ama no se marche?

Hablo de algo tan importante como tener un hijo... o, en tu caso, volver a ser padre.

Hizo una pausa, inspiró hondo y lo miró con los ojos rotos.

—¿Qué suele pasar después? Porque yo solo conozco un desenlace. Tarde o temprano esa renuncia pesa. Y cuando pesa... acaba rompiendo a alguien.

—Pero querer también es ceder a veces, Sofía.

Ella negó despacio.

—Sí. Pero hay cosas... y hay cosas . Tú no deseas volver a ser padre.

Joder Marcel, que eso lo tienes clarísimo.

Y vale, supongamos que dentro de unos años encontramos otra forma de tenerlos.

Lo harías por mí, no porque realmente lo desees.

—Se pasó una mano por el pelo y dejó escapar el aire despacio, intentando ordenar un pensamiento que ni ella misma sabía muy bien cómo explicar—.

Y yo no quiero eso. Creo que me gustaría compartir ese momento con alguien que lo espere con la misma ilusión que yo.

Ya sé que la vida luego hace lo que le da la gana.

Puede que cuando llegue ese día yo misma tal vez no pueda tener hijos.

O que cambie de opinión. O que todo salga distinto a como hoy lo imagino...

qué sé yo. Son temas muy densos y me asustan.

Pero creo que hay renuncias que no son justas.

Marcel bajó la vista. Aceptar que ella tenía razón también le dolía.

—¿Estás molesto? —preguntó ella al reparar en sus ojos.

—No —se mordió los labios—. Bueno… al menos no contigo. Estoy molesto con mi yo del pasado.

—¿Eso significa que estás arrepentido de haberte hecho la vasectomía?

—No —respondió él, incómodo, pero con rotundidad—.

No me arrepiento. Sigo creyendo que fue la decisión correcta para el hombre que era entonces.

Lo que pasa... —esbozó una sonrisa rota— es que nunca imaginé que un día conocería a una mujer que me hiciera desear que la realidad fuera distinta.

Si existiera una forma de cambiar esto, la intentaría.

No porque haya dejado de pensar como pensaba... sino porque no quiero perderte.

Aquellas palabras atravesaron a Sofía como un dardo.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de decirme? —Sofía apretó los labios y negó con la cabeza—. Precisamente por eso no puedes hacerlo, Marcel. Esa no es una buena razón. No funciona así.

Se quedaron mirándose en silencio, demasiado cerca y demasiado lejos al mismo tiempo.

Sofía estaba en medio de un conflicto embarazoso entre el amor y su propia identidad, entre el amor y los sueños que todavía no estaba dispuesta a enterrar.

Esta vez no se trataba de alguien que no supiera cómo elegirla, sino de alguien que la elegía por encima de todo, con una devoción sublime…

Alguien que la ponía por delante incluso de sí mismo, con una entrega que rozaba la imprudencia.

Alguien capaz de plantarse frente a sus propios fantasmas solo por tenerla cerca.

Si él hubiera podido, habría sido capaz de traicionarse a sí mismo, de darle la vuelta a todo lo que había decidido ser, solo por hacerla feliz.

Pero eso tampoco estaba bien, y ella lo sabía.

Marcel, por su lado, no intentaba manipularla ni presionarla desde el ego.

Actuaba desde el miedo, desde la pérdida anticipada, y eso lo volvía profundamente humano.

El amor, esta vez, era bonito, honesto, sin transgresiones, pero las circunstancias que lo envolvían resultaban muy injustas, y romantizarlas se parecía demasiado al autoengaño.

Él la arrastró a su lado, la rodeó con los brazos y la apretó contra su pecho con fuerza, como si al hacerlo pudiera mantenerlo todo en su sitio. Empezó a besarle el cuello, los labios, los hombros… con esa ternura que siempre había sido refugio.

Sofía se dejó llevar unos segundos, solo unos segundos. La piel parecía rendirse, pero la alarma emocional en su cabeza la hizo apartarse despacio.

—Mañana será un día largo —dijo—. Tenemos que levantarnos muy temprano y yo estoy agotada, Marcel.

Era la primera vez que lo detenía cuando intentaba hacerle el amor. Él no insistió. Sabía que ese cansancio no tenía que ver con el deseo, que no habitaba en el cuerpo sino en otro lugar más frágil que se atiborraba de incertidumbre y de miedos.

—Imagino que mañana no dormiremos juntos. Querrás estar en tu casa —dijo, apartándose un poco—. Mejor descansemos.

Sofía se giró hacia el otro lado dándole la espalda. Cerró los ojos y, sin poder evitarlo, una lágrima se le escapó. El espacio entre ellos ya no era solo el que los separaba esa noche en la cama, aunque ese, de pronto, también le pareció dolorosamente grande.

—Marcel… —susurró al cabo de unos minutos—. ¿Puedo pedirte un favor?

Él se volvió enseguida.

—Todos los que quieras.

—Abrázame.

♪ Si me callo, voy a de a poco

destruyéndome por dentro, agonizando despacio.

Y me creo que no te pienso… y al decirlo, ya has llegado,

ocupando tanto espacio.

¡Ay, de mí!, si es que me piensas. ♪ [53]