LV. En todas partes #2
Camila entró, se lavó la cara y se miró al espejo.
Llevaba un dolor en los ojos que le pinchaba muy adentro, uno al que había decidido no darle protagonismo en ese instante, dada la situación que atravesaba Sarah y que, estaba segura, no tenía competencia.
Solo que, aunque estaba convencida de que Raúl no era para ella, ya se había enamorado de él o de lo que creía que era él...
Pensar que lo había idealizado la absolvía parcialmente de algunas malas decisiones y aumentaba las probabilidades de una pronta recuperación sin secuelas para la vida.
Pero aún el corazón le retumbaba fuerte contras sus costillas cada vez que pensaba en él.
Estaba secándose el rostro cuando vio que había una tijera sobre la encimera, y la agarró sin pensarlo demasiado.
Con rabia, comenzó a cortarse lo que quedaba de las mechas californianas en su cabello largo, hasta dejarlo de su color castaño claro natural por encima de los hombros, casi a la misma altura que el de Sarah.
Tiró todo en la basura y se acomodó con los dedos las puntas un tanto disparejas.
Salió del baño y se plantó frente a sus amigas. Todas se quedaron boquiabiertas al verla.
—Mira, Sarah —dijo, girando el cuello—. Me inspiraste con tu look.
Sarah sonrió. Sabía muy bien por qué su amiga había hecho aquello. El alma sangraba de muchas maneras, y le dirigió una mirada cariñosa.
—Muy bien, Cami, te ves lindísima —le dijo—. Estás dejando cosas atrás, y eso habla mucho de tu valentía. Alguien me dijo hace unos días que el acto de soltar es necesario para renacer después y que eso también es bello.
Marcel observó la escena desde la cocina durante unos segundos y terminó acercándose con una ronda de porciones de pizza.
—Ustedes están locas de atar —les dijo.
Todas se echaron a reír.
—Brindemos por eso —propuso Rachel, alzando la copa.
***
El sábado pasaron el día todas juntas en pijamas en el apartamento.
Se hicieron las uñas, se arreglaron el pelo, se contaron chismes, escucharon casi todos los vinilos de adulto mayor que Marcel tenía en su colección y acabaron con las botellas de vino que quedaban.
Por la noche decidieron ir un rato al Submarino Amarillo [50] a escuchar música y, de paso, socializar.
Marcel sería el taxista designado para la ocasión.
El Submarino Amarillo no era un centro nocturno de los más típicos.
Se alzaba en una esquina de El Vedado habanero, muy próximo al parque John Lennon, y eso, seguro, no era casualidad.
El local rendía homenaje a la música de décadas pasadas, sobre todo al rock y al pop clásico, con una estética inspirada en la famosa canción de The Beatles.
Resultaba casi paradójico que aquel mismo gobierno que durante años había censurado esa música por considerarla un símbolo de rebeldía juvenil y cultura capitalista, terminara levantando una estatua al autor de Imagine . Cuba tenía esas contradicciones.
Por dentro, el lugar estaba decorado como un submarino, con detalles amarillos, vinilos y carátulas dispersas que evocaban las décadas de los sesenta y los setenta.
Escena tras escena, era un viaje a otro tiempo.
Pero lo mejor era la vibra que lo habitaba.
Allí la música era distinta a la omnipresente salsa o al reguetón de moda.
Bandas en vivo interpretaban versiones de clásicos del rock —The Beatles, Rolling Stones, Queen— y creaban un ambiente nostálgico en el que jóvenes y no tan jóvenes se mezclaban para cantar, bailar o conversar con una cerveza o un cóctel en la mano.
Las chicas se sentaron en una de las mesas del frente. Paula y Camila estaban entretenidas buscando tragos en la carta; Amber y Sarah se ponían al día respecto a tratamientos y dietas para reforzar la inmunidad, y Rachel, que observaba a sus amigas con devoción, se giró de pronto hacia Sofía.
—Qué suerte que Sarah pudiera venir a hacerse el tratamiento acá, en La Habana, ¿verdad?
—Y qué suerte haber conocido a Cesar —respondió Sofía—. Él fue quien lo gestionó todo.
—Y a Marcel —agregó Rachel—, que por lo visto se ha portado de maravillas.
Sofía la miró con algo de tristeza en los ojos.
—Marcel ha sido muy especial. Conmigo, con Sarah, con todo lo que tiene que ver con mi vida. —Se mordió las mejillas por dentro—, pero desde que tocamos el tema de la vasectomía hay un abismo entre los dos que ninguno se atreve a reconocer… o a saltar.
—Podrías seguir con él hasta que se te desborde el instinto maternal. —Rachel se encogió de hombros cuando Sofía la fulminó con la mirada—. No me mires así. Tienen una relación muy bonita y tú no estás pensando en hijos por el momento.
—Ya —Sofía arqueó las cejas—, y mientras tanto me meto más adentro hasta que, llegado el punto, prefiera quedarme con él y no tenerlos… o me reviente por dentro cuando se acabe.
—Visto así… —reflexionó Rachel, frunciendo los labios—. Pero, bueno, siempre podrían adoptar o pensar en otras vías de fertilización.
Sofía volvió a lanzarle una mirada afilada.
—En el amor no hay imposibles, amiga mía. —Le dio dos palmaditas en el hombro—. ¿No es eso lo que dicen las novelas?
—En el amor lo que no hay es información omitida —espetó Sofía—. Eso es lo que dictamina la vida real.
Paula se acercó con unos mojitos y un jugo de naranja para Sarah, esta vez sin zanahoria.
—Mejor cambiemos de tema —le dijo Sofía a Rachel, moviendo la pierna con rapidez debajo de la mesa.
—Pues, cambiando de tema y a propósito de las informaciones omitidas, debo decirte que Cesar también es una persona muy especial. —Curvó la comisura izquierda al probar su trago—. Y creo que te quiere… o tiene algo raro contigo que no ha podido soltar.
—Pues yo lo que creo es que nos hemos hecho amigos en la distancia —confesó Sofía—. Hemos aceptado que es lo único que podemos hacer y no estamos transgrediendo límites. Además, el hecho de que cada uno tenga pareja nos ha mantenido en terreno seguro.
—Sofía. —Rachel enarcó una ceja—. Cesar no tiene pareja desde hace como dos meses.
—¿Pero qué dices, loca? —preguntó Sofía entrecerrando los ojos.
—Sí —le confirmó—. No te lo ha querido decir para que te sientas cómoda interactuando con él, pero la verdad es que está frito contigo… Es que hasta eso. Es un tipo tan genial.
***
Miel con Limón era la banda, y el bajista —un flaco veinteañero con swing , de cabello rizado—, comenzó a tocar los primeros acordes de un tema que, sin duda, había marcado la era de los Rolling Stones.
♪I Can't Get No Satisfaction
I Can't Get No Satisfaction
Cause I Try, and I Try, and I Try, and I Try
I Can't Get no, I Can't get no… ♪ [51]
Las chicas empezaron a tararear la canción y todas —todas menos Sarah— se levantaron a moverse un poco frente al escenario, embriagadas por la música, por la complicidad y también por el alcohol que empezaba a acumulárseles en las venas.
Sarah aguantó esa noche todo lo que pudo.
Ver a sus amigas felices le daba vida y la llenaba de razones para continuar; además, que la incluyeran en sus planes le hacía sentir que algo de normalidad seguía intacto en su vida.
En ellas encontraba, incluso, la fe que a sí misma se le escapaba a ratos.
Sonrió, hizo el esfuerzo de quedarse un poco más pasada la medianoche, pero las náuseas volvieron antes de tiempo y el malestar terminó por imponerse.
Sofía llamó a Marcel para que fuera a buscarlas y regresaron pronto a casa. Amber se quedó esa noche con ellas en el apartamento.
***
El domingo por la mañana se juntaron en la terraza para compartir el último desayuno juntas.
El sol caía con una calma muy ofensiva para lo que estaba a punto de ocurrir.
El café se enfrió más de la cuenta y el pan quedó casi intacto.
Ninguna tenía hambre y era lógico. A la tristeza y a la comida casi nunca les gusta convivir.
Intentaron evadir el momento con risas torpes y comentarios sueltos que no decían nada.
Ninguna quería ser la primera en admitir que lo que estaba a punto de ocurrir las dejaría con los corazones astillosos.
Alguien dijo escríbenos y mándanos fotos cuando llegues ; otra le deseó buen viaje; otra habló de planes futuros que todas sabían que no serían iguales.
Algunas lágrimas se escaparon y muchas palabras se quedaron ahogadas.
Se hizo un silencio largo hasta que, sin avisar, Amber tomó su bolso y miró a sus amigas una última vez.
Lo hizo con orgullo, pero también con tristeza.
—Cuídense, arpías. Son lo más bonito que me ha pasado en la vida. Tenemos mucha suerte de tenernos —dijo desde la puerta del pasillo—. No me acompañen a la salida. Vuelvo pronto.
El portazo sonó a lo lejos, y ella no miró atrás, porque decir adiós le dolería demasiado. Pero ninguna le creyó. No iba a volver pronto. Nadie lo hacía.
Entonces lloraron, cada una a su manera.
♪ La amistad es una semilla que brota en cualquier lugar
y, cuando sientas frío, cúbrete con las ramas de mi destino
donde te lleven los pasos, te encontrará mi te quiero y mi abrazo.
Hay amor en todas partes y en cada rincón del mundo,
y todos buscando un sueño, cambiamos así de rumbo.
Si profunda es la distancia, profunda es la lejanía
en un alma peregrina no existe ciudadanía. ♪ [52]