Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LV. En todas partes
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LV. En todas partes

Que todo fluyera con calma en los últimos días no significaba que todo estuviera bien.

Marcel era un hombre que no le tenía miedo a la ternura y, en los tiempos que corrían, aquello resultaba tan atípico como adictivo.

Había logrado meterse en la mente de Sofía de una forma muy peculiar, pero el cuadro que ella había visto hacía unas semanas a medio pintar en el estudio, no dejaba de sembrarle dudas ni de cuestionarle, incluso en sueños, el futuro que podían tener juntos.

«¿Esto es él aceptando que no vamos a ninguna parte o él esperando que yo cambie de opinión sin tener que decirlo? Porque no ha vuelto a mencionar el tema. Nada. Cero. Ahora mismo no sé si hablar es valiente… o solo una manera elegante de complicarlo todo».

Sofía sabía que la burbuja iba a explotar de un momento a otro y que a los dos les iban a doler hasta los huesos, porque la ilusión ya estaba fracturada en pedacitos muy pequeños, porque estaba bien que él no quisiera más hijos y estaba bien que ella quisiera poder averiguar si los querría después, cuando le diera la gana, como mismo había hecho Melissa, que ya tenía más de treinta y cinco y no tenía hijos ni se había casado, pero por propia voluntad, suponía.

No obstante, el centro de sus días lo seguía ocupando el miedo con respecto al desenlace que tendría el tratamiento de Sarah…

***

Terminaba abril y costaba asumir que Amber ya se iría definitivamente de Cuba.

Iba a ser la primera de la tribu en marcharse y, aunque todas sabían que era lo mejor para ella, ninguna estaba preparada para que la sexta silla se quedara vacía en los desayunos, en los almuerzos, en el Templo…

ni para todo lo otro que aquella despedida dejaría tras de sí.

Dolía todo por dentro con solo anticiparlo.

Sarah no sabía nada, pero todas se habían puesto de acuerdo para darle la sorpresa y reunirse con Amber en La Habana el último fin de semana antes de que se fuera a Madrid.

Había sido necesario organizarlo a escondidas y fingir normalidad unos días más.

Marcel, incluso, le había propuesto a Sofía que Paula, Camila y Rachel se quedaran en el cuarto del medio, con un colchón extra que guardaba para las visitas, pues Amber y Nelson habían conseguido alquilar una habitación en un Airbnb en la primera planta del mismo edificio.

El viernes por la tarde, cuando Sarah abrió la puerta para recoger las sopas que habían pedido en un restaurant japonés, se las encontró a todas fuera, haciendo ruido y soplando cornetillas.

La alegría fue descomunal. Se dieron un abrazo grupal largo, de esos que nunca terminaban hasta que Paula y Amber comenzaban a reclamar su oxígeno.

En eso sí se parecían. Luego llegaron los halagos por lo sensual que lucía con el cabello corto.

—Bueno, pues vamos a ver cuánto dura —dijo Sarah—. Ya tengo que ir pensando en pelucas y pañuelos.

—Tú déjame eso a mí —se apresuró a contestar Amber.

Rachel se persignó. Para nadie era un secreto de los gustos multicolores y exóticos de Amber.

—Mira, tú mejor ocúpate de comprarlas en Madrid, pero, por favor, déjame escogerlas a mí.

La carcajada fue unánime.

Marcel estaba preparando unas pizzas desde cero y un caldo de res con vegetales, porque lo del restaurant japonés había sido una trampa, pero había suficiente jugo de naranja con zanahoria para que fueran adelantando.

Paula carraspeó al probarlo; Amber arqueó una ceja, y Sarah no pudo evitar burlarse con deseos, de las caras de sus amigas.

—No sean monas, eso está muy bueno —decía Adela, la madre de Sarah, mientras picaba quesos y jamones.

—Abran un vino tinto, niñas, por favor —les suplicó Sarah—. Y brinden por mí. Con que yo tenga que tomarme este mejunje es suficiente.

—Uy, qué alivio —soltó Camila, dejando su vaso en la isla de la cocina—. La verdad es que esto está de muerte.

—Sí y Camila definitivamente necesita vino —agregó Rachel.

—¿Qué me perdí? —preguntó Sofía de inmediato.

—Pues que Camila y Raúl se separaron —explicó Amber, sin adornos—, o, mejor dicho, Raúl la dejó.

Paula la empujó por el hombro, intentando que fuera un poco más empática.

—La verdad es que cuando se trata de tener tacto tú sí que viajas ligerita de equipaje —le dijo.

—¿Cómo que se separaron? —se apresuró a preguntar Sarah.

—Vale, les hago un resumen —Camila inspiró hondo—.

Lo encontré fumándose un porro hace unos días.

Le reclamé y, claro…, al principio intentó justificarse, pero cuando vio que sus excusas no me iban a convencer de nada, me dijo que, si eso estaba pasando, era por mi culpa, que estar conmigo le generaba mucho estrés, que nunca estaría a la altura y que siempre se sentía insuficiente.

Que mejor… —se mordió las mejillas por dentro— que mejor lo dejáramos.

Sofía enarcó una ceja, con ganas de decir te lo dije , pero no lo hizo. El problema de autoestima de Raúl había sido una red flag  desde el minuto cero. Era un hombre débil. Y eso no llevaba adornos.

—¿Y tú cómo estás? —le preguntó a su amiga en cambio.

—Pues extrañándolo como no te imaginas. Aunque ya llevaba más de un mes con unos bajones extraños que me estaban sacando de quicio.

Los ojos se le aguaron un poco y la voz se le cortó.

—Y lo peor es que creo que llevaba bastante más tiempo así y yo no quise verlo —admitió al cabo de unos segundos—.

O sí lo veía, pero yo misma me inventaba las explicaciones.

Que si estaba cansado, que si tenía problemas en el trabajo, que si su madre estaba deprimida.

Siempre había algo. —Bajó la vista hacia sus manos—.

Los dos últimos meses fueron rarísimos. Volvió a juntarse con viejos amigos  y empezó a cancelar planes conmigo, a dejarme plantada, a desaparecer durante horas.

Me dejaba sola por las noches con cualquier excusa y a veces sin ninguna.

Había días enteros en los que parecía estar conmigo, pero tenía la cabeza en otro sitio.

—Volvió a bajar la vista hacia la mesilla del centro y jugueteó con el borde de su vaso—.

Yo le preguntaba qué le pasaba y se enfadaba...

pero seguía empeñada en ayudarlo. Sabía que estaba fumando de nuevo.

Se lo noté en el olor de la ropa más de una vez.

—Tomó aire despacio y negó con la cabeza—.

Y me da mucha vergüenza reconocerlo, pero decidí mirar hacia otro lado.

Me decepcionó muchísimo, claro que sí, pero me convencí de que era una recaída pasajera y pensé que solo necesitaba apoyo, que, si estaba a su lado el tiempo suficiente, encontraría la forma de salir de ese agujero.

—Soltó una risa breve y rota, y los ojos se le llenaron otra vez de agua—.

Supongo que una parte de mí necesitaba creerlo.

Todas la miraban en silencio. Nadie se atrevió a interrumpirla. Camila alzó la vista y les sostuvo la mirada a sus amigas como pudo.

—Qué vergüenza me da reconocerlo, chicas, porque en el fondo yo sabía sabía que él no quería salir de ahí.

—Tragó saliva y negó una vez con la cabeza—.

No era solo que no tuviera fuerza de voluntad.

Era que tampoco hacía nada por apartarse de ese mundo.

Y ustedes me avisaron. Todas. Cada una a su manera.

—Sus ojos se detuvieron un instante en Sofía—. Y aun así me quedé.

Se le quebró la voz en la última frase.

—Porque estaba convencida de que, si tenía paciencia, si encontraba la forma correcta de hablarle, de apoyarlo, de quererlo...

iba a reaccionar. Que en algún momento iba a darse cuenta de todo lo que estaba tirando por la borda, porque creo que él está en un punto en el que aún es consciente y está a tiempo de apartarse de todo.

O sea, no necesita una clínica de rehabilitación.

Solo necesita querer otra vida, querer hacerlo diferente.

El tema es que no quiere… No quiere y yo le estorbo.

Y no quiero sufrir. No quiero sufrir más…

Camila se encogió sobre sí misma y se echó a llorar. Todas se acercaron a abrazarla y Rachel comenzó a negar despacio con la cabeza.

—Esa decisión tiene que comenzar en él. No en nadie más… —trató de calmarla—. Nosotras seguimos sin aprender que no es nuestro deber cambiar o criar a los hombres.

Paula se mordió el labio inferior y asintió, frunciendo las cejas.

—Ya... es que decirlo es fácil.

—Pero es verdad —insistió Rachel—. Podemos acompañarlos, quererlos, sostenerles la mano si deciden levantarse...

pero nunca vamos a poder levantarnos por ellos.

Y siempre nos pasa lo mismo. Nos enamoramos y empezamos a cargar con problemas que no son nuestros, terminamos sintiéndonos responsables de cosas que jamás estuvieron en nuestras manos.

Hay que hacer control de daños desde el principio.

—Pues seguiremos acumulando experiencias —masculló Sofía de repente, lanzando una mirada de soslayo hacia Marcel, que seguía en la cocina fingiendo que no escuchaba nada—.

Yo estoy cada vez más convencida de que nadie llega por casualidad a nuestras vidas.

Algunos aparecen para enseñarnos dónde están nuestros límites.

Y otros, como Raúl, para que acabemos de asumir de una jodida vez que querer mucho a alguien no siempre es suficiente para salvarlo…

—Pero bueno —interrumpió Camila enjugándose las lágrimas e intentando desviar el tema—, Paula no me ha dejado llorar mucho y, además, me ha estado alimentando.

—¿Paula es la que te está alimentando? —repitió Sofía escéptica—. Se viene el apocalipsis.

Intentó bromear, pero ella conocía lo suficiente a Camila como para saber que estaba deshecha, que su estómago se estaba vaciando muy lento y que no estaba comiendo lo suficiente. Estaba más flaca, y eso no era bueno.

—¿Dónde está el baño, Sofí? —preguntó Camila.

Sofía se lo indicó… y las otras la siguieron con la vista con la certeza muda de que iba a vomitar.