Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LIV. Déjalo ir
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LIV. Déjalo ir

Después de la segunda sesión de quimioterapia —dos semanas después de la primera— Sarah empezó a notar los cambios en otros detalles, en esas pequeñas traiciones domésticas que no se anunciaban.

En el cepillo de pelo encontró primero un mechón que no había estado ahí antes.

Lo sostuvo unos segundos, mirándolo con esa atención dolorosa que se le concede a lo inevitable.

«No pasa nada», se dijo. Luego se recogió el cabello con una liga, dejó el cepillo en su sitio y siguió con su rutina sin intentar descifrar el significado de aquello.

Pero al día siguiente apareció otro mechón en el suelo, y al otro en la ducha…

y al otro en la almohada, como una premonición silenciosa de lo que estaba por llegar.

Sarah se contuvo todo lo que pudo. Funcionó en automático, habló de cualquier cosa, sostuvo la normalidad de una forma valiente y admirable durante par de semanas…

hasta aquella tarde en la terraza, a solas con Sofía, en la que, entre la brisa suave que llegaba de la costa y la luz indecisa del atardecer, se le vino el mundo encima.

—Se me está cayendo el pelo, Sofi —soltó, sin filtro, con la voz extrañamente serena.

A Sofía se le enfrió el alma. En algún recoveco de su cerebro, había albergado la esperanza de que Sarah fuera uno de esos casos atípicos en los que esas cosas no pasaban. Tenía el pelo tan bonito…

—Bueno, Sari —le dijo, procurando no mostrarse afectada, posando su mano sobre el dorso de la de ella—, ya sabíamos que esto podía suceder.

—Lo sé… pero no dejo de cuestionarme, ¿sabes? —dijo ya con los ojos vidriosos—. A veces siento que esta no soy yo, y me entra una rabia con el mundo, como si los demás tuvieran la culpa de lo que me está pasando. He tratado mal a mi madre, a Ariel por teléfono, a mi padre también.

—Son cosas que hacemos cuando estamos molestos —respondió Sofía—. A veces ni siquiera hace falta estar enfermos para eso. Es nuestra naturaleza.

—Ya, pero como yo no soy así, me ha dado por echarme la culpa de todo.

—Sari —Sofía le apretó la mano—. Tú no tienes la culpa de nada.

Sarah suspiró.

—En estos días no dejo de pensar en lo mucho que nos esforzamos por agradar a los demás y en cómo vivimos pendientes de las miradas ajenas, de ojos que a veces ni siquiera nos ven…

, y en lo poco que nos ocupamos de mejorar la manera en la que nos miramos a nosotros mismos.

Quizá, si me hubiera prestado más atención…

—Desvió la vista al vacío—. Quizá lo habríamos detectado antes y…

No terminó la frase. La voz se le quebró y, con ella, la contención meticulosa de las últimas semanas. Lloró sin cubrirse el rostro, sin disimular, con la honestidad agotada, y sin energía para sostener ninguna versión fuerte  de sí misma.

Sofía se levantó de su silla, se agachó frente a ella y la rodeó con los brazos.

—No tengas ninguna duda de que lo encontramos a tiempo —le dijo, apoyando la frente en la suya—. No has hecho nada mal. La vida a veces es una cabrona, porque sí y ya, y no todo lo que sucede conviene; a veces lo que sucede simplemente nos jode. Y ya está. Está bien dejar de romantizarlo todo.

Se apartó lo justo para mirarla.

—Eres hermosa, Sarah. Hermosa de una forma que no se pierde. Da igual si se te cae el pelo, volverá a crecer. Y si quieres una peluca, encontraremos la más bonita que exista. Pero mírate tú… eres una jodida obra de arte. Eso no hay linfoma ni suero que lo pueda destruir.

—La vida es una cabrona —repitió Sarah con los ojos enrojecidos de la rabia.

—La vida es una cabrona —aseguró Sofía, apretando sus manos más fuerte—. Y, aun así, vamos a plantarle cara.

***

Alejandro y Sofía llevaban más de dos horas contrastando imágenes con signos clínicos en pacientes con demencia, en la mesa del comedor. Estaban abrumados cuando decidieron detenerse, y pusieron un poco de música para conversar y relajarse un poco con Marcel y Sarah en la sala.

Sarah no se sentía bien del todo, las náuseas no le daban tregua, pero ya estaba aprendiendo a estar mal sin quejarse, a entender que su cuerpo marcaba el ritmo y los límites sin necesidad de resistencia, a asumir con fe que todo aquello sería temporal.

Faltaba poco más de una hora para la puesta de sol, Alejandro se disponía a irse y comenzó a despedirse, pero cuando se encontró con los ojos de Sarah, algo hizo que sus músculos se entumecieran y no dio un paso más.

—¿Estás muy cansada, Sarita?

La expresión de Sarah cambió de angustiada a confundida. Sofía y Marcel también intercambiaron miradas, incrédulos. Por suerte, la madre de Sarah dormía la siesta.

—Un poco, lo de siempre —respondió ella—. ¿Por?

—Nada…, que el mar está a menos de cien metros y si te apetece ver el atardecer o agarrar un poco de aire, podríamos ir caminando despacio hasta allí y sentarnos un rato en el muro del malecón.

Sarah buscó aprobación en el rostro de su amiga y esta asintió con una sonrisa dibujada en el rostro.

—Podríamos llevar agua, un par de frutas… y, si te cansas, te traigo cargada —agregó Alejandro.

—¿Cargada? —repitió Sofía desde el sofá, divertida—. Todavía te faltan muchas horas de gimnasio para eso.

—Tú siempre subestimándome, Cruela —respondió Alejandro, sonriendo como siempre, apoyado con el antebrazo en la jamba de la puerta. Luego volvió a mirar a Sarah y le guiñó un ojo—. ¿Qué dices?

—Pues la verdad es que me gusta la idea. —Se encogió de hombros—. A fin de cuentas, si me pasa algo, él es médico, ¿no?

—No te fíes —bromeó Sofía—. Es radiólogo.

***

Sarah tomó la mano de Alejandro y arrastró sus pasos hasta el mar.

Él la ayudó a sentarse en el muro y se acomodó junto a ella con las piernas cruzadas.

Por un rato largo hablaron de sus vidas y de sus fiascos, se rieron de los pescadores que, para variar, no pescaban nada y discutían entre ellos, echándole la culpa a las mareas y a la posición de la luna.

Disfrutaron la puesta de sol y, durante unos minutos, Sarah no pensó en el linfoma, ni en la quimioterapia, ni en los deseos de vomitar… , ni en Ariel.

Cuando el crepúsculo comenzó a teñir el horizonte con luces naranjas violáceas, el viento comenzó a soplar con más fuerza haciendo que a Sarah se le desordenara el cabello.

Ella intentó acomodar la rebeldía de sus mechones, pero, en el gesto, uno de ellos se soltó y quedó atrapado en su mano.

Trató de disimularlo… sin embargo, Alejandro ya lo había notado.

A ella comenzaba a atravesársele la vida en la garganta y a desbordársele la vergüenza por los ojos, cuando él le tomó la mano donde escondía el pelo e hizo que la abriera despacio.

—Déjalo ir —le dijo con suavidad—. No pasa nada. Esto forma parte de lo que estás dejando atrás para poder renacer después de que todo esto pase, y eso, también es bello.

Sarah sonrió, aun un poco avergonzada… pero terminó de separar los dedos y dejó que el aire se llevara los cabellos.

—Todo esto es muy difícil Alejandro —tenía los ojos enrojecidos y la voz temblorosa—.

Es muy difícil y me da mucho miedo. He tenido que ponerme los pantalones…

y me ha costado bastante, aunque no se note.

No quiero que las personas que me quieren estén tristes por mi causa, no quiero arruinarles el día con mi estado de ánimo…

pero tampoco tengo fuerzas para fingir lo agotada que me siento, y eso no es solo algo físico.

En fin… La verdad siento que he madurado más en estos dos meses que en los últimos cinco años.

Alejandro se colocó frente a ella y volvió a tomar su mano con delicadeza.

—No hay nada que fingir… Vas a cansarte, vas a llorar, vas a querer rendirte y tienes que darte permiso de sentir esas cosas, para que luego puedas respirar profundo y dar la pelea.

Porque tienes que dar la pelea Sarah. Eso sí no es negociable.

—Le sonrió—. Y en cuanto al pelo… Eres una muchacha preciosa.

No creo que exista ningún look que no te quede bien.

Cuando la negritud de la tarde comenzaba a desaliñarles la esperanza, él la acompañó hasta la entrada del apartamento y se despidió de ella con un beso en la mejilla.

Sarah entró directo al baño sin comentar nada, ni siquiera respondió al hey, ¿cómo ha ido?

que le había lanzado Sofía desde el sofá.

Veinte minutos después, salió con el cabello cortado muy por encima de los hombros.

Todos ya estaban sentados a la mesa, esperándola para cenar, pero ella caminó primero hasta el espejo del pasillo y se sonrió a sí misma. Luego se volvió hacia ellos.

—¿Qué tal? —les preguntó—. ¿Cómo me queda este nuevo look ?

Su madre rompió a llorar y se levantó a abrazarla.

—Estás hermosa, hija. Estás hermosa.

Marcel apretó la mano de Sofía por debajo de la mesa.