LIII. Podemos resolverlo juntos #2
Cuando Sarah vio a Ariel entrar por la puerta, lo abrazó despacio y largo, consciente de su falta de energía para sostener todo el miedo que le daba pensar en tener que decirle adiós.
Quiso estar entera para él, pero no pudo.
Aun así, durante esos días, sonrió más de lo que se le antojó, escuchó más de lo que habló y, mientras lo veía cerrar su maleta para irse a China, comprendió que no le alcanzaría el cuerpo para sostener una despedida dolorosa.
Cuando Sarah vio a Ariel salir por la puerta, sintió que le arrancaban un trozo de pulmón.
Al principio la asfixia fue inmediata, pero después notó un poco más de espacio dentro del pecho.
Se sintió mal incluso por pensarlo. Sin embargo, llegar a la conclusión de que, del mismo modo en que Ariel había decidido ser consecuente con su futuro y con sus planes de vida, ella tenía que hacer lo mismo consigo misma.
En ese momento no podía permitirse desviar la energía para extrañarlo o para deshacerse en la nostalgia o para imaginar reencuentros que quizá no llegarían.
Mucho menos para sufrir. Y, sin embargo, sufría.
Sufría porque sabía que ya no se casarían, ni tendrían los hijos de los que habían hablado, ni crearían esa academia de idiomas que tanto habían proyectado…
Porque de nuevo quedaba claro que el amor, a veces, no era suficiente, o que cuando no era suficiente, entonces no era amor.
Sofía temió que Sarah se hundiera. Pero eso no ocurrió.
***
A Sofía y Marcel les tocó olvidarse un poco de sí mismos.
Él se volcó en atenciones con Sarah y con la madre, y también en asegurarse de que cuando Sofía llegara a casa se sintiera lo más cómoda posible.
Había notado la tensión que le producía la incertidumbre en cuanto al desenlace de la enfermedad de su amiga, la forma en que se le acumulaba el miedo en los hombros…
y, una vez más, decidió posponer las conversaciones importantes para tiempos mejores.
Pero entrado el mes de abril, Sofía por fin comenzó a desocuparse en las tardes…
y ellos volvieron a encontrarse y a pasar más tiempo juntos.
Una de esas tardes ella le preparó un café y se lo llevó al estudio de la terraza, donde él estaba pintando desde temprano. Al entrar, se detuvo sorprendida pues por primera vez desde que estaban juntos, el caballete no estaba de espaldas a la puerta.
—Te traje café —le dijo, sin apartar la vista del lienzo.
Marcel la observó mirarlo desde su taburete.
—¿Te gusta?
En el lienzo había una imagen hiperrealista de un hombre y una mujer de pie, agarrados con fuerza de la mano, se notaba la presión en los nudillos blancos.
Estaban juntos, pero no miraban hacia el mismo lugar.
Él la miraba a ella, con una lágrima marcándole la mejilla; ella, de perfil, sostenía la vista en el horizonte.
Sofía dejó el café sobre la mesita auxiliar y reparó que allí también estaba el libro de Hemingway que ella le había regalado. Dio un paso más cerca de la pintura antes de responderle.
—La verdad… no sé si me gusta.
Marcel ladeó la sonrisa. No esperaba otra respuesta.
—¿Qué sientes? —le preguntó curvando una comisura antes de darle un sorbo al café.
—Impotencia.
—¿Por qué?
—Porque destila miedo. Se nota en todas partes, no sé si en los trazos, en las capas superpuestas, en la mezcla de colores… o en ese sol que parece no querer salir.
Marcel respondió haciendo un ademán con la barbilla hacia el libro.
—La pintura aún no está terminada.
—¿A qué le tienes miedo, Marcel? —Lo miró hondo.
—A perderte.
—¿Tienes miedo de volver a ser papá? —preguntó Sofía sin rodeos.
—Tengo miedo de que, por no querer serlo, tú te vayas de mi vida. —Alzó un poco la vista y la miró con ojos de mar—. Decidí hacerme la vasectomía hace casi quince años, y fui categórico y coherente con la percepción que tenía de mí mismo como padre.
«Quince años… Wow ». Sofía era consciente de lo que eso significaba médicamente hablando. Arrastró una banqueta y se sentó a su lado.
—¿Y cuál era esa percepción?
—Que no era buen padre y que nunca lo sería.
—Tragó saliva—. Te juro que solo pensar en revivir todo lo que me pasó con Paola me genera mucha ansiedad.
En todo ese tiempo… o no era feliz o casi lo era un fin de semana cada tres meses cuando me dejaban volver a verla.
Y pasaba las horas nervioso intentando que me quisiera.
Sabía que tenía una hija, pero nunca supe cómo ser su padre.
—Paola te quiere Marcel —dijo Sofía, acariciándole la mano salpicada de pintura carmín y acortando la distancia hasta quedar parada frente a él, entre sus piernas —. Y está muy orgullosa de ti.
—Aquel tiempo fue muy doloroso, Sofía —dijo él sin indulgencias colocándole las manos sobre las caderas—. No sabía reconocerme frente el espejo, sentía que una vida en la que no encajaba se había apoderado de mi cuerpo.
—Entiendo —Sofía inhaló profundo, ahora jugueteando con su pelo—, pero también necesito que intentes entenderme a mí.
No puedo cargar con tus miedos ni con tus fantasmas, Marcel.
No son mi responsabilidad. Tengo veintisiete años y no es justo que me cohíba de pensar en cosas que puedo llegar a querer porque tú ya has decidido que no las quieres más.
Marcel bajó la vista.
—Yo no quiero hijos ahora —aclaró ella, alzándole el mentón con los dedos—.
Ni siquiera se me pasa por la cabeza como algo inmediato.
Sin embargo, no puedo evitar pensar en nosotros juntos rondando esa posibilidad en el futuro.
Supongo que es eso lo que pasa cuando decides ir en serio con alguien, ¿no?
A Marcel se le humedecieron los ojos y le tomó las dos manos.
—Yo te quiero, Sofía, y quiero estar contigo. Eso es todo lo que sé. Si averiguo si esto es reversible, ¿te quedarías más tranquila?
Sofía le sonrió con ternura y se sentó a horcajadas sobre él, rodeándole el cuello con los brazos y quedando muy cerca de su rostro.
—Yo también te quiero, Marcel. Te lo juro…
Lo que siento se me ha ido de las manos.
—Apoyó la frente en la suya—. Eres un hombre maravilloso y, en los momentos en los que me hago consciente de lo bonito que me quieres, ni siquiera sé si te merezco.
—Hundió aún más los dedos en el azabache de su pelo—.
Pero no lo sé, no lo sé. Creo que no queremos lo mismo de la vida.
Tú tienes muy claro lo que sí y lo que no…
y yo, de momento, solo tengo claro lo que no.
—No puedo evitar que te salpique mi pasado, Sofía, pero sé que podemos resolverlo juntos —le susurró él, rozándole los labios mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar.
—¿Podemos? —preguntó ella con un hilo de voz— ¿Estás seguro?
Marcel se acercó aún más y le atrapó el labio inferior con los dientes antes de cerrar los ojos para besarla. Y la besó. Con las ganas que tenía en ese instante y con las que temía quedarse después.
—Yo solo sé que en estos días que hemos estado tan distantes te he extrañado demasiado.
La respiración de Sofía comenzó a agitarse al tacto de la mano grande de Marcel, áspera por los restos de pintura, que inició el recorrido de su espina dorsal por debajo de la blusa.
El cosmos estalló en su cerebro cuando él le desabrochó el sostén y le rozó los pezones con las yemas de los dedos haciendo que el cuello se arqueara en un gesto involuntario que dejaba el camino libre al recorrido de su lengua.
Él terminó de quitarle la blusa y ella lo liberó del polo gris que se tensaba sobre sus brazos. Primero se abrazaron y luego él la sostuvo por la espalda para apartarla un poco y deslizar la lengua entre sus pechos, dejando que la barba incipiente le rozara la piel a su paso.
Sofía no aguantó más y se puso de pie, se despojó del short de mezclilla y de las bragas, y se quedó completamente desnuda frente a él.
—Eres preciosa —susurró Marcel sobre la piel de su abdomen, dibujando la curva de las caderas con las manos con una lentitud que rozaba la crueldad.
A Sofía le tembló el cuerpo al sentir cómo los labios de él bajaban por su vientre. Tuvo que sostenerse un instante, y clavó las uñas en los hombros hasta que él se apartó de forma inesperada y se incorporó ante ella para desabrocharse los vaqueros y dejarlos caer al suelo.
Cuando ambos estuvieron desnudos, Marcel la levantó a horcajadas y la llevó hasta la pared, junto a la ventana. Allí le apoyó la espalda y ella se sostuvo de su cuello sin dejar de mirarlo.
—Marcel —gimió Sofía, casi sin aliento.
Él inspiró detrás de su oído y luego se miraron. De verdad se miraron, plenamente conscientes de lo que estaban haciéndose sentir. Y ahí fue que él comenzó a introducirse en ella, tan profundo, que Sofía tuvo que pedirle que lo hiciera más despacio, atrapando bocanadas de aire en cada espasmo.
Ella se deshizo primero contorsionando cada músculo de su cuerpo. Él explotó segundos después. Casi siempre elegía esperar a que ella llegara primero.
«Qué control el de este hombre».
Marcel la sostuvo contra la pared unos segundos más, jadeando en el hueco de su cuello, dejando que se le pasara el latigazo de la espalda.
Le besó el arco de la mandíbula y ella se contrajo en un cortocircuito interno.
Luego le recorrió los pechos con los dedos y una sonrisa casi imperceptible asomó a sus labios.
Entonces la bajó, la giró con delicadeza hasta dejarle la espalda apoyada contra su torso y abrió la ventana desde donde se veía el atardecer más bonito del mundo.