LIII. Podemos resolverlo juntos
El horizonte al atardecer se desplegaba como un pequeño espectáculo desde aquel balconcito.
Los últimos rayos, ya cansados, le dejaban a Sarah reflejos ocres en el pelo que desaparecían en cuanto la luz cedía.
Estaba sentada en una de las sillas, quieta, dejándose arrastrar por la inmensidad y la calma frente a sus ojos, cuando Sofía apareció sin avisar y se hundió en otra silla a su lado.
—Es bonito, ¿verdad? —dijo tendiéndole un jugo de zanahoria con naranja que Marcel acababa de preparar.
—Es precioso —Sarah esbozó una media sonrisa—. Y el apartamento también. Gracias por el jugo.
—¿Cómo te has sentido estos días?
—Pues… aparte de preocupada, no he notado nada más —se encogió de hombros—. Bueno, ansiedad sí, pero esa viene patrocinada por mi madre, no por la enfermedad.
Se rieron.
—Por cierto, ¿dónde está ahora?
—Marcel la llevó al mercado —le informó Sofía—. Dice que necesitaba comprar malangas y frutas para ti.
—Madre mía… piensa que lo que coma me va a curar. —Sarah puso los ojos en blanco—. La idea de este jugo fue suya, ¿no?
—Es la primera vez que lo tomamos aquí y sabe fatal —admitió Sofía, haciendo un mohín—. Así que sí, casi seguro.
Sarah se terminó el jugo y Sofía se quedó a su lado en silencio, mirando el cielo, hasta que la pregunta se le escapó sin demasiado cuidado.
—¿Y Ariel? ¿Cuándo se va?
—Viene a La Habana el día primero de abril. —Sarah bajó la vista—. Quiere pasar conmigo los últimos cuatro días antes de irse a China. Nos quedaremos en un hotel.
—Puede quedarse aquí, si prefieres —le propuso Sofía, con una sonrisa suave—. La habitación del medio está vacía.
—Gracias, Sofi, pero creo que es mejor que estemos solos.
Sarah estaba apagada. Era comprensible, quizá inevitable, pero a Sofía le daba miedo que todos esos disparos emocionales terminaran jugándole en contra en un momento tan importante.
—Sari —dijo, enfocándola con intención—. Mañana es la consulta de admisión para el tratamiento. Te necesito más Sarah que nunca.
—No te preocupes —respondió ella—. Solo estoy intentando acomodarme a esta nueva etapa.
Miró hacia el horizonte lejano sobre el mar y esbozó una media sonrisa.
—Pero voy con todas.
***
El doctor Ernesto había hecho un estudio exhaustivo, incluso lo había contrastado con otros colegas.
La carga tumoral era baja y, aunque los ganglios seguían ahí, visibles y tercos, no había invasiones silenciosas ni órganos comprometidos, lo que permitía ser prudente.
Optó por un esquema corto de quimioterapia combinada, de ocho semanas, repartido en cuatro ciclos.
No sería un tratamiento continuo, sino en días concretos y espaciados, con margen suficiente para que el cuerpo se recompusiera y ver cómo respondía.
Si todo iba como esperaban, terminaría a finales de mayo.
Ese mismo día le colocaron el catéter en la vena basílica del brazo izquierdo, para evitar pinchazos repetidos y dejar que el medicamento entrara sin más pelea de la necesaria.
Así quedaría todo listo para empezar el lunes.
Por suerte, a partir de abril, Sofía habría concluido la rotación de Neurofisiología y tendría las tardes libres para poder cuidarla mejor.
***
El lunes amaneció con esa luz blanca y despiadada que tienen los hospitales y la primera sesión llegó sin música de fondo.
Sarah entró acompañada por su madre y por Sofía, que había pedido permiso para faltar a las prácticas y le había rogado a Alejandro que tomara apuntes de todo pues tenían un examen al día siguiente.
El universo académico siempre encontraba el momento justo para recordarle a Sofía que la vida no se detenía, incluso cuando estuviera absorta en la gestión silenciosa de sus pánicos interiores.
El impacto fue fuerte. La sala tenía los colores de la resignación.
Sillas alineadas. Revistas dobladas por las esquinas en las mesitas auxiliares.
Y personas…, personas que le doblaban o le triplicaban la edad a Sarah, con manos apoyadas sobre rodillas huesudas, y cuerpos vencidos por sus rutinas arrastrando miradas agotadas de lidiar con la esperanza.
Sarah miraba las manos ajenas, las venas marcadas por hematomas, esas formas de suspirar sin quejarse…
y, de pronto, la conciencia de su propia piel, intacta y tersa, le resultaba insolente.
«Soy demasiado joven para estar aquí», pensaba, mientras unos dedos invisibles parecían apretarle con mucha fuerza el estómago.
—Este lugar es triste —le susurró a Sofía, con la vista clavada en la mujer de la cama de enfrente, que traía un pañuelo estampado en plumas de pavo real, anudado en la cabeza y una expresión de puro desaliento.
Sofía tragó saliva.
—Pero tú no, Risitas —así le decían en la tribu—, tú no eres una mujer triste. Estoy segura de que eso hará la diferencia.
Sarah sonrió al recordar a sus amigas. Y era verdad, ella no sabía vivir sin reír…, ¿por qué parar de hacerlo ahora?
—¿Te acuerdas de aquella noche que te excediste con las micheladas… en la que las colas de camarones de la cena se enredaban en tu pelo y le decías a Paula que eran adornos exóticos? —le recordó Sofía.
Se miraron… y aquel recuerdo les destrabó las sonrisas, que de pronto se volvieron amplias e inevitables.
Pasados unos segundos ya no sabían de qué se reían; solo tenían claro que era necesario hacerlo y ya no pudieron detenerse.
De pronto, la mujer de enfrente curvó los labios hacia arriba, meneando la cabeza con suavidad; su acompañante, que debía de ser su hijo, la imitó en cuanto lo advirtió; luego el hombre de al lado, absorto hasta entonces en el móvil, alzó la vista y se contagió; y después el señor que protestaba porque la enfermera —con cara de turca divorciada que, al parecer, a las ocho de la mañana ya había tenido un lunes demasiado largo— no conseguía canalizarle la vena…
soltó una carcajada inesperada. Incluso la propia enfermera, durante un segundo se permitió dejar de luchar contra la angustia de la sala y sonrió también.
—Joder, Sarah —dijo Sofía, con los ojos aguados—. Tú nada más.
***
Cuando el medicamento empezó a bajar, Sofía comenzó a leerle cosas graciosas en el móvil y le contó ideas sueltas para una novela que se le había ocurrido escribir en el futuro en la que, sin dudas, ella inspiraría un personaje.
Sarah escuchaba, asentía, apretaba sus dedos, y aunque el miedo viajaba por sus venas a la misma velocidad que el suero, se recordó a sí misma que tenía veinticinco años y se prometió que aquella sala lúgubre no iba a ser el lugar donde se le rompiera la vida.
Casi tres horas después, sin previo aviso, Alejandro irrumpió en el espacio con la sonrisa de mil colores dibujada en su rostro de galán de Televisa.
Seguro que la había ensayado frente al espejo del ascensor.
Él se las había arreglado para encontrarlas porque Sofía le había dado sus coordenadas por si acaso , aunque en el fondo no esperaba que apareciera.
Tras inspeccionar la sala con un disimulo bastante poco convincente, se detuvo frente a ellas con la bata blanca abierta sobre la ropa y el pelo rubio despeinado, en versión hollywoodiense improvisada.
Sofía levantó la vista al mismo tiempo que Sarah, sorprendida de verlo allí.
—¿Y tú qué haces aquí? —le preguntó.
—Vine a traerte los videos y las notas —respondió él—. Todo entra en el examen de mañana.
Sofía curvó las comisuras agradecida y Alejandro giró entonces la vista hacia Sarah, con esos ojos casi dorados y curiosos.
—Hola, Sarah —dijo, tendiéndole la mano—. ¿Cómo te sientes?
Ella se la estrechó con amabilidad.
—Pues… ¿no me ves? —Le señaló el suero con una ceja enarcada—. Extraordinariamente bien.
Alejandro sonrió, porque entendía muy bien lo que ella quería decir y le sostuvo la mirada el tiempo justo para que notara que lo había comprendido. Luego sacó una bolsita de cartón con un sándwich envuelto y un refresco.
—Te traje esto —dijo tendiéndole la bolsa a Sofía—. A Sarah no le traje sándwich porque no quiero ser irresponsable y no sé qué puede comer ahora —añadió—. Pero estaban vendiendo manzanas en la entrada y le compré estas dos. No sé si eso lo podrá comer después.
La madre de Sarah arqueó las cejas inspeccionando al rubio desconocido con cara de pocos amigos. Sarah, en cambio, aceptó las manzanas y se las acercó al pecho antes de agradecerle con una sonrisa sincera. Alejandro se despidió pronto, discreto, no sin antes dedicarle una última mirada.
—Ya nos veremos, Sarah —dijo—. Tu amiga no puede vivir sin mí.
Sofía viró los ojos. Sarah sonrió, divertida, y le dijo adiós con la mano.
***
Días después de la primera sesión de quimioterapia el cuerpo de Sarah empezó a comportarse como un territorio desconocido.
Los cambios llegaron lentos, pero con constancia.
El cansancio apareció primero, un agotamiento soso que no se iba ni durmiendo; luego las náuseas leves, el sabor metálico en la boca, la cabeza más lenta de lo habitual.
Algunos días se despertaba convencida de que estaba bien y, a media mañana, tenía que volver a la cama derrotada, sin haber hecho nada que justificara esa rendición.
Emocionalmente era peor. Se sentía frágil, irritable, con una tristeza que aparecía sin avisar.
Muchas cosas comenzaban a desajustarse por dentro y alargaban el camino de regreso a la normalidad.
Su novio llegó a principios de abril, pero Sarah ya no era la misma que se había despedido de él en Puerto Príncipe unas semanas atrás.
El peso de una enfermedad que la condenaba a sus espaldas, la incertidumbre por un tratamiento agresivo martillándole la esperanza, y su cuerpo sufriendo para poder estar mejor, habían reajustado su lista de prioridades.
Pasaron del hotel, y se quedaron en el apartamento, donde tenían todos los cuidados al alcance, incluso los de Marcel, que no dejaba suelto ni un detalle.