LII. El sol también sale
Paola, por fin, había regresado a su vida.
El apartamento volvió a ser de dos y, el amor también.
«Por fin solos otra vez». Y sí, Sofía agradecía poder volver a ponerse los polos enormes de Marcel, dejar que le rozaran los muslos desnudos, y pasearse por toda la casa con solo las bragas sin tener que cuidar el pudor ajeno, pero tampoco se permitió demasiada luna de miel.
Había algo más ocupándole la cabeza, Sarah llegaría en cuatro días.
Preparó la habitación que había usado Paola cuidando cada detalle.
Limpió cada superficie despacio, puso sábanas nuevas, dejó el clóset vacío para que acomodara sus cosas.
Pensó en todo lo que su amiga podría necesitar, incluso en aquello que nunca pediría por pena, pero que estaba segura de que iba a olvidar traer.
A fin de cuentas… era Sarah, y ella la conocía muy bien.
El día antes de su llegada Sofía salió más temprano del hospital.
Marcel la recogió y, sin preguntarle si quería o no, se la llevó a ver el atardecer en la Marina Hemingway.
A él le encantaba ese lugar. No por los barcos ni por los yates de lujo que entraban y salían irreverentes, sino por la forma en que la luz se deshacía al caer la tarde.
Ya Sofía sabía que Marcel tenía esa alma sensible de los pintores, que era un lector voraz y que, en muchos momentos de su vida, Hemingway había sido una brújula, una inspiración, una manera de habitar en paz con la crudeza y la belleza de la humanidad.
Caminaron despacio por unos minutos, sin hablar mucho.
Un señor mayor, de barba blanca, vendía flores en una carretilla oxidada.
Marcel le lanzó a Sofía la mirada de ¿te gusta alguna?
a la cual ella respondió con la ceja arqueada típica de ni se te ocurra ; pero Marcel fue de todos modos.
Compró el ramo más caro, le dejó propina y se lo regaló a la dependienta de la librería donde entraron cinco minutos después.
El sitio era encantador. Pequeño, con muebles antiguos y un café casi escondido al fondo.
Sofía recorrió las estanterías hurgando en los títulos que sirvieran para transmitir mensajes, en tanto Marcel compraba un sándwich y un refresco para llevárselos al vendedor de flores.
Al parecer había pocos enamorados y demasiadas Sofías esa tarde, y las ventas no le iban bien al pobre hombre.
La bondad de Marcel resultaba inoportuna.
A ella le costaba sostener el enfado cuando él se empeñaba en ejercer su conciencia colectiva y su amor por el prójimo.
Después de unos minutos Sofía lo encontró.
El sol también sale, [48] de Ernest Hemingway.
Esta no era una historia amable ni luminosa, era una de esas novelas donde, entre otras cosas, el amor existía, pero llegaba herido por una imposibilidad física y emocional que lo contaminaba todo.
El libro era perfecto, y a ella le encantaba hacer eso: lanzar anzuelos a las emociones de quienes amaba desde las palabras de otros.
Tenía muy claro que, cuando regalaba un libro, no regalaba solo una historia.
Regalaba secretos, trozos de vida, confesiones y, en este caso… , una provocación bastante afilada.
Así que se lo compró a Marcel y cuando salieron de la librería se lo regaló con una sonrisa en el rostro. Él la interrogó con la mirada
—¿No te gusta? —le preguntó Sofía.
—No es eso…, sí, el gesto es muy bonito de tu parte, me encanta Hemingway, pero —volteó el libro hacia la sinopsis— este me lo leí hace mucho y, si mal no recuerdo, es el del joven que se queda impotente por una herida en la guerra y nunca puede consumar la relación con la mujer que ama. ¿No?
—El mismo —respondió Sofía, casi divertida, aunque en realidad no lo estaba—. Para que pintes algo nuevo.
—No sé si quiera pintar eso. —Marcel frunció el ceño y le rodeó el cuello con el brazo meneando la cabeza—. Mejor vamos por un chocolate caliente, que hace frío.
Se sentaron en un banco de madera al pie de la costa, con los vasos de chocolate entre las manos.
Hablaron de Sarah, de lo complicado que sería el tratamiento, de los tiempos inciertos y Sofía volvió a agradecerle por la oportunidad de tenerla en casa.
Poder estar cerca de Sarah en esos días significaba mucho para ella.
En algún momento se hizo un silencio largo y Marcel se quedó mirando por unos segundos, un yate que se alejaba antes de volverse a ella.
—Sofía, —le dijo—, ¿qué planes tienes cuando regresemos a Puerto Príncipe a finales de mayo?
Ella no entendió de qué iba la pregunta y se tomó un instante para responder.
—¿Planes? Ninguno. Tal vez pida vacaciones para descansar un poco y comenzar a estudiar para el examen estatal de la especialidad.
—Yo tengo que volver a Italia, al menos por dos o tres meses —le soltó—. Tengo que atender los negocios allá, estar un poco en casa. Ya sabes… ocuparme de la vida que he tenido en los últimos veinte años.
«La vida que ha tenido», se repitió ella.
Él volvió a mirarla, el labio inferior parecía temblarle.
—¿Qué tal si gestiono una visa de turismo y te vienes conmigo en tus días de vacaciones a Italia?
Sofía tragó saliva. Cuando se giró a observarlo tenía los ojos aguados.
Ya no podía más. La idea de conocer la costa amalfitana, el arte ancestral de Florencia, a Roma —la ciudad eterna— …
era hermosa y tentadora, pero el sentimiento que le exprimía los pulmones casi hasta la asfixia era de otro tipo.
Uno menos amable, uno que daba miedo, un miedo que no tenía que ver con aviones ni con mapas, sino con irse a vivir un sueño sedimentado sobre arenas movedizas.
La ilusión luchaba por abrirse paso pero, la incertidumbre, esa que nace cuando algo esencial se ha ocultado, era más fuerte.
Entonces, sin más, se lo preguntó.
—¿Te gustaría tener más hijos, Marcel?
Él levantó la vista bruscamente. La mandíbula se le tensó antes de lograr recomponer la expresión.
—¿Perdona?
—Eso —repitió Sofía, con una calma que no sentía—. ¿Quieres tener más hijos?
Marcel negó despacio con la cabeza.
—Pues… la verdad es que no. Pero… ¿por qué me lo preguntas?
Sofía sostuvo su mirada, sintiendo cómo el estómago se le encogía. No estaba segura de que iniciar el tema fuera sensato… pero necesitaba limpiar la neblina para moverse hacia adelante con claridad.
—¿Por qué no me dijiste lo de la vasectomía antes, Marcel?
La nuez de Adán de él subió y bajó con lentitud, antes de girar un poco el cuerpo hacia ella.
—No pensé que fuera un tema de momento, pero… —se pasó los dedos por las cejas—. ¿Cómo lo sabes?
—¿Que no pensaste que fuera un tema? —repitió ella, con una incredulidad que ya no intentó disimular—. Y le has propuesto una relación seria y a largo plazo a una mujer de veintisiete años.
Marcel hizo silencio. El mar seguía ahí, rompiendo en los arrecifes con una constancia casi ofensiva.
—Sofía, es que no pensé que…
—¿Que qué? —lo interrumpió—. ¿Que yo quisiera tener hijos?
—No, no es eso —continuó él, con la voz rasgada—. No pensé que ya estuvieras considerando el asunto, ni que siquiera te plantearas en serio incluirme en tu plan de vida y me he cuidado mucho de tocarte temas tan serios para no espantarte. Además, me parecía muy pronto para hablar de estas cosas.
—¿Muy pronto?... —repitió ella con ironía—.
¿Y no era pronto entonces, la otra mañana en el balcón?
—preguntó exaltada—. ¿Es que me he perdido algo porque no entiendo lo que me proponías?
¿Una relación larga y seria con fecha de caducidad?
¿Para qué querías que te presentara a mi familia? Perdona, pero es que no lo entiendo…
Marcel exhaló despacio.
—Pues no lo sé, Sofía. No lo sé. Tengo entendido que esto es algo reversible hasta cierto punto, qué sé yo…
—Pero si me acabas de decir que no quieres tener más hijos, Marcel.
—La verdad es que no, pero…
—¿Pero qué? —insistió ella—. ¿Los tendrías por complacerme si yo los quisiera?
Él negó con la cabeza, francamente molesto.
—Perdona Sofía, pero te veo muy adelantada a los acontecimientos, para ser alguien que no piensa mucho en el futuro. —Marcó comillas.
Ella se quedó mirándolo. Una sensación nueva y molesta le comprimía los pulmones.
—En eso tienes razón —dijo al fin.
Marcel crispó el rostro y crujió los nudillos al incorporarse de golpe.
Enarcó una ceja y recogió del banco el libro que Sofía le había regalado.
No quería que ella se sintiera mal, pero el tema lo había tomado desprevenido y lo sacaba de su eje.
Flexionó los brazos sobre las caderas y giró sobre sí mismo.
—Ya está oscuro —le dijo—. ¿Nos vamos a casa?
—¿A tu casa? —enfatizó ella—. Sí, cuando quieras.
—Sofía, por favor… —Se mordió los labios—. No hagas esto.
—Perdona —«aquí la razón es mía y no voy a perderla por un impulso mal administrado»—. Vámonos a casa.
El trayecto de regreso transcurrió en un mutismo absoluto.
Marcel iba concentrado en la carretera con una mano en el volante, aunque de vez en cuando giraba la cabeza para mirarla sin obtener respuesta.
Se mordió el labio varias veces más, con ganas de decir algo, cualquier cosa que rompiera el silencio, pero ninguna palabra le parecía oportuna.
Él tenía los recuerdos infectados y tenía sombras en el alma que creía irreparables.
Se culpaba por haberlo hecho mal, por no haber estado presente, por no haber sabido ser un buen padre y, su manera de castigarse —o de protegerse— era no darse otra oportunidad para hacerlo mejor.
Pero ella no sabía nada de eso y permanecía lejos cuestionándoselo todo, con la frente apoyada en el cristal, dejando que la Quinta Avenida pasara ante sus ojos, ajena e irreverente, dejándola atrapada en un diálogo interno que no le daba tregua y que insistía en desmontarle la ilusión pieza a pieza.
«Sofía, que solo han pasado dos meses y medio, nada más».
«¿Será que de verdad he ido demasiado lejos, muy rápido? Es que no entiendo qué hago yo, precisamente yo, que nunca he sabido moverme con soltura en esto de hacer planes a largo plazo, dándole tantas vueltas a este lío».
«Ay, no… que tan enamorada no estás, ¿o sí?».
La pregunta hizo que lo mirara de soslayo.
«Si por lo menos fuera menos guapo».
«Se te han ido los frenos, Sofía».
«Lo que pasa es que no le encuentro sentido a empezar algo serio con alguien que no puedo incluir en mis planes para luego. Si las cosas hubieran estado claras desde el principio, nunca habríamos hablado de compromisos y habría evitado sentir así… sentir tanto».
«Joder, no te pongas en ese plan que te quedan más de dos meses viviendo a tiempo completo con él todavía… ¿o te vas a ir sola».
«¿Es realmente posible estar con alguien sin proyectar nada, sin ilusionarse, sin crearse expectativas?».
«¿Qué es lo que de verdad te molesta, Sofía?».
«Pues que me tocará fingir que no me importa y dejarme llevar como si nada estuviera en juego».
«Y entonces… ¿para qué?».
Sofía sacudió la cabeza, a punto de soltarse un cállate a sí misma en voz alta.
¿Para qué? La respuesta a eso era desconcertante, porque tenía claro que seguir adelante sin considerar hacia dónde podía ir todo aquello no era fluir, era irresponsabilidad.
No obstante, el simple hecho de sentirse así le dejó algo todavía más revelador.
A Marcel lo tenía mucho más adentro de lo que había querido creer.
Cuando llegaron a la casa, Sofía fue directa a tomar un baño sin decir una palabra.
Marcel se quedó en la sala, con el televisor encendido, aunque no estaba prestando atención a nada.
Aquella noche no cocinó. Le preguntó si quería que pidiera algo y ella se limitó a negar con la cabeza, sin mirarlo siquiera.
Más tarde se llevó el ordenador a la cama y se hizo la que estaba muy concentrada en el estudio, aunque la verdad era otra muy distinta.
Ninguna sinapsis era funcional. Las ideas no se ordenaban, los conceptos se mezclaban y su mente volvía una y otra vez al mismo punto del que intentaba escapar.
Pasadas las diez, Marcel entró a ducharse.
El sonido del agua al caer tras la puerta del baño se le clavó a Sofía en los nervios sin que supiera muy bien por qué.
Él salió unos minutos después, con una toalla blanca ceñida a la altura de las caderas.
El agua le resbalaba aún por el abdomen, dejándole la piel brillante, y el pelo empapado le caía desordenado sobre la frente.
Cuando ella levantó la vista, esos ojos azules la enfocaron y la destrozaron en el acto.
«Ay no. No, no, no… No me mires así».
Sofía logró apartar la mirada demasiado tarde. El corazón ya palpitaba errático, traicionando sin piedad todo su intento de parecer indiferente. Las manos comenzaron a sudar. Solo pensaba en cómo poner en pausa todas las razones para no besarlo.
—Sofía —dijo él, agachándose en la esquina de la cama para quedar a la altura de sus ojos, y atravesarle las pupilas con aquel azul profundo—. Lo que sea…, pero contigo.
Y fue ella la primera que lo besó.
♪ Yo me seguiré negando pase lo que pase a exponer mi corazón en este escaparate.
Si tú me miras, si tú me miras… nos amaremos en la justa oscuridad. ♪ [49]