Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) LI. ¿Te enamoraste?
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LI. ¿Te enamoraste?

Sofía

No sé si están despiertas, pero…

Camila:

Soy todo ojos. Raúl está en casa de su madre…y me da insomnio.

Paula:

C uéntanos todo, Lady  Tremaine

Rachel:

A y, yo la veía más como Grimhilde… la Reina Malvada.

Sofía:

No hay ni cenicientas ni blancanieves a mi alrededor, eso se los puedo garantizar.

Sarah:

¿Pasó algo con tu hijastra?

Sofía:

¿Que me revelara información contraproducente cuenta?

Amber:

Que son más de las once de la noche, partida de locas. Duérmanse ya.

Camila:

¿Qué te dijo?

Paula:

¿Que tiene otra madrastra en Italia?

Sofía:

Que su padre se hizo una vasectomía porque no quiere tener más hijos.

Paula:

Ooh… ¿y no lo sabías?

Sofía

Si ustedes no lo sabían, yo tampoco.

Paula:

Bueno, y… ¿qué tan importante es esa información para ti?

Amber:

Aaah, ¿porque lo querías para padre de tus hijos? Bandidaaaaa

Paula:

¿Y tú no querías dormir?, chismosa.

Sofía:

Pues yo qué sé… No me lo había preguntado hasta ahora.

Rachel:

¿Y si la chiquilla lo hizo para molestarte?

Sofía:

No creo, al final no es tan mala. Tiene sus cosas, pero estoy segura de que no fue a propósito.

Sarah:

A mí lo que me deja en shock  es que te preocupe tanto.

¿te enamoraste?

Sofía:

Le dije hace unos días que lo quiero y acepté que fuéramos más en serio como pareja.

Paula:

Ahora sí está enamorada.

Rachel:

Pues… si te molesta tienes que hablarlo con él… sobre todo si de verdad estás dispuesta a ir en serio. He oído que estas cosas son reversibles.

Amber:

La vasectomía puede ser, pero el hecho no querer tener más hijos…

no sé si tanto.

Sofía:

Eso es verdad… y me jode que haya sido esa información lo que me haya hecho pensar en el futuro con él… Igual me da cosa hablarlo con él así. Cómo se hablan estos temas con alguien con quien solo llevas dos meses de relación. Pareceré desesperada.

Amber:

Ni que no lo estuvieras ya .

Sofía:

Solo sé que no me ha caído bien la noticia. No sé si porque nunca me lo ha contado o por lo que significa con respecto a nuestro futuro como pareja… o por el solo hecho de estar pensando en un futuro como pareja. En fin…

Paula:

Es un tema delicado, y que te importe es revelador… pero, si vas a seguir adelante, debes tener las cosas claras para no ilusionarte por gusto.

Me da escalofríos la conversación que te espera.

Sofía:

Ya… y a mí!

y bueno… cambiando el tema, ¿algo nuevo por aquí?

Paula:

Tengo un vecino nuevo buenorro.

Paula:

Y  no, no he olvidado al que no debe ser nombrado pero, gracias a Amber,

Tote no me deja mucho tiempo libre para la autocompasión. Además, he decidido no tener más pesadillas mientras él duerme como lirón soñando plácidamente con su futuro en el imperio.

Hay que moverse.

Camila:

Usa condón.

Paula:

Ojalá tenga el chance…

Sofía:

Sarita, ¿ya estás lista para el viaje?

Sarah:

Casi.

Buscando soluciones en la patafísica [47]  y apostando por las excepciones más inverosímiles de todas las reglas, pasaron los tres primeros días de la semana.

El miércoles no tardó en llegar, y con él, Paola y Marcel regresaron a la capital.

La estaban esperando con un vino abierto cuando regresó del hospital.

Marcel la abrazó con ganas, la besó en la frente y le dijo lo mucho que la había extrañado.

Ella respondió del mismo modo, aunque traía el corazón un poco rezagado.

Esa noche, Sofía y Marcel durmieron poco.

Durmieron poco porque, a pesar de que ella intentó escurrirse en el cansancio del día, cuando los dedos grandes de él se enredaron en su pelo y comenzaron a recorrer sus labios y su cuello, su espalda se arqueó en un gesto automático y desinhibido que no encontró riendas para contener al resto de sus músculos, y su cabeza se apagó.

Su cuerpo se rindió a la presión sobre sus muslos y a la lengua de él rozando sus pezones, porque la piel es astuta y está llena de terminaciones nerviosas que, cuando se activan, invalidan el pensamiento racional.

Es por eso que la desnudez es peligrosa. Después de cierto punto, una ya no sabe lo que hace y solo siente.

***

Durante el resto de la semana Sofía se escabulló trabajando y estudiando hasta tarde, enlazaba turnos, lecturas y correcciones.

Apenas coincidían más allá de la cena, cuando el cansancio ya no dejaba espacio para conversaciones profundas, lo que le daba cobertura para mantenerse distante, aunque Marcel acabó preguntándole qué le pasaba.

Ella lo atribuyó todo a una suma razonable de factores: el nerviosismo por el viaje próximo y el tratamiento de Sarah, el estrés del trabajo, el cansancio acumulado, la urgencia por terminar los arreglos de edición de su libro y el proyecto de investigación en el que estaba inmersa.

Nada de eso era mentira, pero tampoco era toda la verdad.

Marcel aprovechó ese tiempo para enseñarle La Habana a Paola, llevarla de un sitio a otro, mostrarle sus recovecos, sus heridas y sus encantos. También cerraron el plan de pasar el sábado en Varadero, antes de que Paola regresara a Italia el domingo.

***

Después de casi dos horas de rodar por la Vía Blanca, un paisaje paradisiaco se abría a mitad de la mañana, dominado por ese azul turquesa tan limpio que deslumbraba a cualquiera que se asomara por primera vez a Varadero.

No era verano, pero el sol se había empeñado en comportarse como si lo fuera, y el clima invitaba tanto a sentarse en la arena como a meterse en el agua.

Para Paola, de hecho, aquello parecía una tentación difícil de resistir.

El oleaje estaba fuerte, pero lo justo para divertirse, dejarse llevar y olvidar.

Antes de instalarse en la playa, dieron una vuelta por el pequeño pueblo.

Entraron al Parque Josone, un remanso verde con senderos sombreados por árboles frondosos y un lago de agua verdosa que reflejaba el cielo como un espejo irregular.

Allí se tomaron una piña colada antes de irse a caminar un rato por las ferias artesanales donde Paola se compró una bolsa de tela que decía Cuba y le regaló a Sofía un collar de conchas color salmón que, por cortesía, se estrenó al instante.

Decidieron quedarse en una parte de la playa donde no había muchas personas.

Paola se puso los audífonos y se quedó escuchando música sobre una tumbona, aislada en su propio mundo, justo como en el sueño que Sofía había tenido hacía unos días.

Pensó que su subconsciente procesaba bien los patrones de comportamiento para recrearlos en los estados oníricos.

«Solo espero que no aparezca un francés y, por si acaso, no me iré muy hondo».

Se acostó boca abajo sobre una toalla en la arena y dejó que Marcel le llenara los hombros y la espalda de bloqueador, con masaje incluido. El teléfono de ella comenzó a vibrar. Se apartó para mirar la pantalla y vio que era Alberto.

Él también lo vio.

—Sí —dijo Sofía, incorporándose hasta quedar sentada.

Alberto llamaba para avisarle que el lunes no habría conferencias por la mañana pero que él estaría participando en un ensayo clínico de reemplazo neuronal en pacientes con Parkinson liderado por un neurocientífico portugués, cuyo trabajo tenía una parte importante de su universo de estudio vinculada a Cuba.

Le dijo que el ensayo era especialmente interesante y que, si ella llegaba temprano, podría hacerle un espacio para que pasara la mañana viendo de primera mano de qué iba todo aquello.

Sofía asintió varias veces con una sonrisa en el rostro y le dijo que sí, que le parecía una oportunidad increíble, que allí estaría.

Colgó todavía entusiasmada e iba a contarle a Marcel que había estado observándola de soslayo… Pero él habló primero.

—¿Quién era? —le preguntó, acomodando el peso de su espalda sobre las palmas de sus manos apoyadas en la arena.

—Alberto, mi amigo… el doctor que trabaja en el Instituto —respondió ella—. Quiere que mañana vaya a ver un ensayo clínico de Parkinson que es super int…

—¿El mismo que te quita cosas del pelo? —la interrumpió.

La sonrisa de Sofía se borró de golpe.

—¿En serio, Marcel? —Lo fulminó con la vista—. Para ya.

—No me gusta cómo te mira.

—¿Y qué sabes tú cómo me mira, si solo lo viste desde el otro lado de la calle?

—Te invita a almorzar, te quita cosas del pelo, tú le sonríes incómoda, —espetó inclinándose un poco hacia ella mientras se ajustaba las gafas de sol.

—Eso no significa nada.

—Tengo cuarenta años, Sofía —dijo él, en tono relajado, perdiendo la vista en el horizonte—. He sido él muchas veces. Más de las que me gustaría.

Sofía lo miró sin saber todavía qué le molestaba más, si el comentario de hombre celoso o reconocerse en la escena que él acababa de describir.

Porque sí, tenía razón, la tenía toda, pero no había ningún motivo real para preocuparse.

Ella se había entregado entera, sin reservas, y sin cálculos, sobre todo sin cálculos, pero al parecer, él no tenía tan claro hasta qué punto.

Y quiso decirle muchas cosas, todas a la vez, algunas valientes y otras muy torpes, pero entonces vio a Paola, feliz, señalándolos desde lejos, haciendo gestos exagerados para que se acercaran, inmortalizando con fotos cada cosa que le llamaba la atención y decidió no arruinarle el momento.

—Marcel —le dijo al fin—, disfruta a tu hija. Alberto es mi amigo y no es un problema. Da igual si quiere algo de mí o no. Lo que yo quiero está frente a mis ojos—. «Por más que me joda admitirlo».

Él apretó la boca, pero la sonrisa se le escapó igual. Se retiró los lentes de sol y se acercó a acariciarle una mejilla.

—Perdona —le susurró rozándole los labios—. Yo confío en ti, de verdad, pero me jode que te mire así, como si tuviera derecho.

Y era verdad. Alberto siempre la miraba así, como si tuviera derecho.

—Ya sé que es inevitable —añadió él—. Yo mismo no sé si podría algún día mirarte de otra manera.

Paola apareció por detrás justo entonces, interrumpiendo el beso que estaba a punto de ocurrir.

Se coló entre los dos sin pedir permiso, levantó el móvil y disparó un selfie.

Marcel sonreía. Ella sacaba la lengua. Y Sofía…

Sofía arrugaba los ojos por el sol y curvaba los labios hacia arriba sin enseñar los dientes.