L. Fotos de familia #3
—Sofía —le reprochó suave—, eso no es comida. Vete a comer algo decente.
—No tengo mucha hambre.
—¿Por fin saliste a dar una vuelta?
—Estoy en La Habana Vieja, mirando la bahía…
—Se giró a los jóvenes de la guitarra que ahora cantaban efusivos: ♪ Tú dices que te gustan las flores, pero no soportas su olor, entonces me preocupo, mi amor, cuando tú dices que me amas ♪ [46] y les sonrió—.
Tengo concierto en vivo a mi costado. ¿No escuchas?
—Qué bueno —respondió esbozando una sonrisa—, pero trata de regresar pronto. No me gusta que andes sola por ahí de noche. No es seguro.
—Ya lo sé. En un rato regreso —unas nubes oscuras comenzaban a asentarse—. Llámame cuando llegues.
—Cariño —dijo Marcel antes de colgar—, te extraño.
—Yo también te extraño.
Y Sofía no supo por qué, pero una lágrima le resbaló por la mejilla. Hasta el gris fantasmagórico del cielo, parecía alinearse con sus nuevas premoniciones del futuro.
***
Llegó al apartamento cuando ya había oscurecido del todo. Cerró la puerta, apoyó la espalda contra la madera, dejando caer la cabeza hacia atrás y sintió el vacío. En la sala, en la cocina, entre sus costillas.
Lo extrañaba. Lo extrañaba muy a su pesar. «Mierda. Lo sabía». Se dejó caer en el sofá.
Era la primera noche desde que habían llegado a La Habana que la casa estaba sin Marcel y le escocía todo el cuerpo.
Tenía ganas de escribirle cada tres minutos, de preguntarle cualquier cosa, pero el impulso se le cortaba al recordar todo aquello que él había decidido que no era preciso contarle.
Se dio un baño, tomó un poco de jugo de guayaba y se tumbó en la cama.
Puso el seguro al cerrar la puerta de la habitación.
En algún momento sintió ruidos, y miedo, y se levantó para comprobar las cerraduras de todas las puertas.
Los ruidos estaban dentro de su cabeza y él no estaba para cuidarla.
Se había acostumbrado muy rápido a sentirse segura en su presencia.
Los restos de su perfume mezclados con su sudor seguían allí en las sábanas, en las toallas, en la almohada que apretaba contra su pecho para contenerse los latidos.
Cerró los ojos, hizo ejercicios de respiración.
Extrañarlo podía haber sido muy bonito, pero ahora resultaba frustrante.
No podía evitar pensar en el dolor después de la fractura.
«No quiero que nada me duela… No puedo volver a estar ahí».
Sofía le tenía miedo al dolor de los amores que se quedaban a medias.
Y esa noche, en penumbras, de cara al techo y sola bajo las sábanas blancas de aquella cama extragrande, decidió que aprovecharía esos tres días sin él para volver a su soledad, a su ritmo, a ese sitio exclusivo donde sabía estar entera consigo misma.
Sin abrazos cómodos que no le dieran ganas de escapar.
Sin abdominales duros que no la dejaran pensar en otra cosa que perderse debajo de ellos.
Sin cappuccinos solemnes, ni silencios oportunos, ni olor a lienzos húmedos.
Sin que él estuviera en todos los rincones, sin que le hiciera la cena, sin que le resolviera los problemas, sin que la recogiera en el trabajo ni la abrazara por las noches con el corazón desbordado de amor.
Sin esos ojos azules capaces de engullirla y secuestrarla de la vida real hacia otra que, de repente, empezaba a dejar de parecer viable.
Ella necesitaba organizar su mente, aunque aquello no resolviera nada.
Tal vez para echarse la culpa… para echarse la culpa por haberlo querido tan rápido, por haberse dejado querer tan rápido, por sentirse segura tan rápido, por creer que nada se podía romper.
Tal vez para mirarse al espejo y verse sin él, aunque no quisiera hacerlo.
Le daba terror darse cuenta de que ya lo necesitaba, aceptar que ya lo había imaginado, incluso, en sus fotos de familia.
Familia … ¡Por Dios! Esa palabra ya no cabía en ningún pensamiento, en ninguna alucinación. Esa palabra con Marcel ya no era posible. «Pero hay familias de dos…» «Pero yo no quiero familias de dos… Joder».
Sofía necesitaba hacer las paces con todo lo que sí quería para ella y con todo lo que sí había querido con él. Y también con el hecho —tal vez categórico e irreversible— de que eso ya no pudiera ser.
¿Estaría dispuesta ella a desviar sus propias ilusiones por amor ? ¿Sería amor el acto de ceder a sí misma e intentar ser feliz con él explorando otros caminos? ¿Seguiría siendo Sofía si lo hiciese? ¿Marcel sería capaz de pedirle algo así?
Tal vez esos tres días servirían para pausar la perfección que reinaba en la relación que compartían y reconciliarse con un presente que, una vez más, le restregaba en la cara que con el futuro no se jugaba a las suposiciones; que antes de imaginarlo había que preguntarlo.
Porque mañana siempre llegaría con el puñal afilado, dispuesto a masacrar ilusiones que una ni sabía que tenía.
«Y ni siquiera sé cómo molestarme con él sin que me duela más a mí misma».