Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) L. Fotos de familia #2
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L. Fotos de familia #2

Sofía siguió de largo, caminando despacio, el aire frío no molestaba.

Las construcciones conservaban una elegancia cansada, retocadas con un maquillaje barato que no escondía las grietas, pero las hacía pasar por cicatrices nobles.

Pensó que la ciudad se parecía demasiado a alguien que conocía.

A su alrededor percibía voces en todos los idiomas, y cámaras apuntando a fachadas que parecían sostenerse por pura dignidad.

Eran menos los cubanos que caminaban risueños por aquella calle adoquinada.

La mayoría trabajaba, vendía artesanía, traficaba tabacos o terminaba una jornada laboral dominical con cara de … y ahora qué cocino cuando llegue.

La Habana Vieja era un póster publicitario que engullía su realidad y no terminaba de pertenecerle a quienes la habitaban. El olor a carbohidratos fritos y azucarados le llegó enseguida.

—¡Rellenos con leche condensada, natilla y chocolate… para todos los gustos! —gritaba un señor mayor con una sonrisa desprovista de uno de los incisivos superiores.

Y Sofía se compró unos churros, dos sin relleno y dos con leche condensada, y se sentó en unos escalones en una esquina de la Plaza Vieja a disfrutarlos como era debido, entre balcones de colores, palomas picoteando y niños correteando alrededor de la fuente central.

Dio el primer mordisco con los ojos cerrados.

En La Casa del Chocolate había mucha fila, así que pasó del chocolate caliente y le compró una botella de agua a un vendedor ambulante.

Siguió andando mientras se comía el último, dejando que el ruido y el movimiento le llenaran la cabeza hasta que los aires de la bahía comenzaron a reclamarla.

Cruzó hasta el muro del Malecón, y se sentó, como siempre, con las piernas colgando hacia el mar.

Un buque negro enorme por el costado del Castillo del Morro rumbo al puerto le entretuvo la mirada, hasta que un grupo de adolescentes felices con guitarra incluida, se agruparon a unos pocos metros a cantar y liberarse.

♪Ella sueña con Central Park, ser la novia de Superman…

Ella viaja por la red, ella sube 23 de frente.

A la costa se va a pensar, ilusiones de Yemayá… ♪ [45]

Sofía sonrió, y no pudo evitar buscar entre ellos a otra Sofía, a la de hacía unos cuantos años.

A la que sufría por amores que no dolían, a la que se enamoraba mucho y sin calcular los riesgos se entregaba más aún…

a la que paradójicamente casi nunca le salía mal dejarse llevar.

Pero el guiño burlón que aquella Sofía hacía en su imaginación, a esta no le hacía ninguna gracia.

De repente, el vaivén tranquilo del agua frente a ella la devolvió en bucle a la noche anterior. «Vasectomía, vasectomía, vasectomía».

Ella no entendía o no quería entender, por qué esa información la había desajustado tanto, pero lo cierto era que le provocaba la misma sensación que esos sueños en los que una se despierta justo cuando está a punto de abrazar o alcanzar lo que más desea.

Pensar le dolía, y ese dolor se le subía a los ojos y le oscurecía cualquier atisbo de ilusión.

«Una basurita del viento», se mintió, mientras el cuerpo se le contraía y la hacía encogerse entera sobre sí misma, porque había que aceptarlo: en su mente ya se había instalado una esperanza ineludible, una que ella no se había permitido habitar hasta el instante justo en que las palabras de Paola le atravesaron las vísceras.

«Qué disonantes y complejos somos los seres humanos».

Sofía había huido de pensar en Marcel como destino.

No había querido planteárselo en voz alta, ni siquiera rozar la opción, y ahora se preguntaba si aquello de decirse tanto que él solo era un desvío no había sido más que un mecanismo de defensa, una muralla levantada a conciencia para no exponerse.

Al parecer, se le acababa de pasar la anestesia a una ilusión que llevaba tiempo latiendo a un ritmo tan pausado que había conseguido pasar desapercibida.

Era eso. Sofía no había logrado escapar de la trampa inconsciente que jugaba con la posibilidad de que, sí fuera él , el hombre que estuviera en su vida en los días de después .

Y ahora, esa sensación que presumía no conocer, la de no tener que caminar en puntitas cuando se trataba de Marcel, comenzaba a deshacerse en mil pedazos.

«El problema no es que él no quiera tener hijos… el problema es que acabo de descubrir que yo tal vez sí quiera después. El problema es que sin darme cuenta había empezado a imaginar una vida con él que ya no es posible».

«¡Mierda, Sofía, que solo tienes veintisiete años!».

«¡Ya!, pero con esos mismos veintisiete años hace unos días le dije que lo quería y acepté algo serio con él. El problema es que pintó un cuadro porque quiere compartir la vida,  conmigo. El problema no es lo que no me contó… es lo que no me preguntó».

Eso es lo que pasa después de que sabemos la verdad, que no podemos evadirla. El misterio y el desconocimiento nos mantienen a salvo. El timbre en el celular le interrumpió sus pensamientos. Era él.

—Hola, amor. ¿Cómo van? —le dijo ella al contestar.

«¿Amor? ¿En serio, Sofía?». Ella casi nunca le decía así.

—Me gusta cuando me llamas así —reaccionó Marcel desde el otro lado, como si le hubiera leído algo—. Estamos todavía a unas dos horas. Paramos a almorzar hace un rato y ahora llevamos casi cuarenta minutos haciendo fila para gasolina —le contó—. ¿Cómo te sientes?

—Estoy mejor.

—¿Comiste algo?

—Unos churros… y agua.