L. Fotos de familia
El agua estaba más fría de lo que debería para ser el mar Caribe en pleno mediodía, pero ella dejaba que el cuerpo se engullera y los huesos tiritaran, al punto de casi paralizarle los músculos accesorios de la respiración.
Marcel seguía en la orilla, con los pantalones color caqui remangados y la camisa de lino blanca abierta hasta la mitad del pecho.
Hablaba con un hombre delgado, que asentía despacio y miraba el mar de reojo.
Seguro era el coleccionista francés con el que había quedado en verse.
Él estaba sonriendo de esa forma suya, magnética y seductora, esa que le salía cuando algo importante estaba en juego y quería disimular su entusiasmo.
Parecía que hablaban del cuadro grande, del más grande de la exposición, del que no estaba en venta, pero no podía ser…
, no podía ser porque Marcel estrechaba la mano de aquel hombre como si sellara un pacto.
Una ola llegó de lado, más fuerte que las anteriores, y la arrastró sin darle tiempo a reaccionar.
Sofía tragó agua. Intentó apoyar los pies en la arena, pero se había ido tan para atrás que no encontró nada al extender las puntas de los dedos gordos.
El cuerpo se le volvió torpe, lento, no acataba las órdenes de su cerebro.
Pensó que debía gritar, levantar un brazo, hacer algo, pero no lo conseguía. Todo le pesaba demasiado.
Marcel no se enteraba. Seguía hablando, haciendo gestos con las manos, dibujando tamaños en el aire. El francés parecía encantado.
Otra ola más alta. Más agua hacia adentro.
Agua salada. Sofía trató de hacerle una seña a Paola con el brazo derecho, pero ella estaba tumbada sobre una hamaca entre dos palmeras a unos metros de su padre, con los ojos cerrados y los auriculares puestos.
Ajena a todo. Intentó gritar su nombre, pero las palabras se le quedaban trabadas en la garganta. Las cuerdas vocales estaban tensas.
«Que a nadie le importa lo que pasa conmigo… que no me puedo ahogar, joder… tengo muchas cosas pendientes». Flota, Sofía, flota».
—Están jugando con tu mente, Sofía. Ahí tampoco es —la frase le resultaba familiar; y la voz… la voz le atravesaba el pecho con crueldad.
El agua volvió a cubrirle la cara y el cielo se fragmentaba en destellos blancos.
Una mano se extendía hacia ella desde un jetski detenido a su costado.
Sofía conocía aquella mano, la había mirado miles de veces, se sabía de memoria el trayecto de esas venas dorsales ahora salpicadas por el mar, reconocía esos nudillos que se ponían blancos cuando el puño se cerraba fuerte en los estallidos de ira.
Esa mano —la misma que había buscado desde sus noches frías, desde los abrazos a la almohada, desde las renuncias dolorosas, desde el amor que no le había bastado— ahora cerraba los dedos alrededor de su muñeca y tiraba de su cuerpo hacia arriba con fuerza, para que pudiera subirse al jetski y acomodarse detrás.
—Agárrate fuerte, Sofía…, que nos vamos. —Escuchó.
Tosió varias veces y notó cómo el aire en sus pulmones comenzaba a entrar más liviano. La luz del sol la encandilaba cuando el hombre que la había rescatado giró el cuello para encontrarla a su espalda, y le sonrió.
«¡No!, esa risa no. Esto no puede estar pasando».
—Todavía estamos a tiempo, Sofía. Esto no se ha terminado. Vamos a estar juntos… Pase lo que pase.
—¿Tú?, pero ¿tú qué haces aquí…? —dijo o creyó decir, con un hilo de voz que se transformaba en un grito ahogado.
***
—Cariño. ¡Eh, Sofía! —Oyó a lo lejos, en un tono que daba menos miedo, al tiempo que otra mano, más cálida, la sacudía con delicadeza por el hombro—. Cariño, ¿estás bien? —insistió la voz de Marcel, ahora muy cerca—. Tranquila, oye. Ha sido una pesadilla.
Sofía dio un brinco sobre la cama, con el corazón martillando en sus costillas y la respiración acelerada. Abrió los ojos. El techo, la lámpara, la penumbra conocida, el olor de las sábanas, el de él, los ojos azules.
Exhaló despacio, como si acabara de salir a la superficie.
—Joder —murmuró—. Qué manera de soñar tonterías.
Marcel estaba a su lado, despeinado y somnoliento, con una mano apoyada en su hombro.
«¡Qué alivio!» Todo estaba donde tenía que estar. El cuadro grande seguro seguía colgado en la galería, intacto. Ella estaba a salvo y… Adam , Adam permanecía a miles de kilómetros viviendo cualquier vida que no tenía nada que ver con la de ella.
Miró bajo la sábana y se dio cuenta de que estaba desnuda. Marcel le besó el hombro, lento, todavía a medio camino entre el sueño y la vigilia.
—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó, arrastrando un poco las palabras—. Te has movido un montón.
—Pues no lo sé. Tengo náuseas y me duele mucho la cabeza.
—Bebiste bastante anoche. —La abrazó en cucharita bajo la sábana y la apretó con fuerza hacia sí.
Ella notó que él también estaba desnudo. «Muy elegante todo Sofía… No has tocado el tema, ni has perdido el tiempo anoche».
Las imágenes comenzaron a ordenarse en su cabeza, y sí, la noche había terminado con ellos en la cama, haciéndose el amor desaforadamente. Al parecer, había decidido contener la furia saciando los deseos del cuerpo.
El olor a café los alcanzó todavía abrazados. Un olor distinto que no arrastraba rituales.
—Mierda —dijo Marcel al mirar el reloj, incorporándose de golpe y vistiéndose a prisa como podía—. Ya son las nueve.
—¿Y tanto apuro por qué? —murmuró ella—. Hoy es domingo, ¿no?
Marcel se detuvo un segundo y la miró.
—¿Pero es que no te acuerdas?
Sofía rebuscó en su mente, pero el dolor la tenía atontada.
—Mmm… no.
—Que me voy a Puerto Príncipe. A llevar a Paola para que conozca a su abuela y a su tía. Y se vienen Samir y Melissa también, que los pasajes de regreso en bus están imposibles.
Sofía se quejó en voz baja, pellizcándose el puente de la nariz.
—A ver… ¿Me estás diciendo qué te vas ahora a Puerto Príncipe?
Marcel esbozó una sonrisa pequeña, pero rezagada.
—Si te sientes mal, me quedo.
—No, no… no es eso. Es que de verdad no lo recordaba.
—No sé qué pasó anoche, pero en los últimos treinta minutos en la galería te tomaste varias copas de vino —añadió—.
Y hablamos de esto cuando veníamos de camino a casa.
Tú misma convenciste a Paola de que fuera.
Le hablaste de sus raíces, de los tinajones de verdad, de los callejones muy estrechos, de una visita obligada al Templo y hasta del helado frozzen de la calle de las bicicletas…
—¿Lo hice? ¿Le sugerí el frozzen de San Fernando a una italiana? ¡Qué pena con el gelato !
—Joder… —Marcel se pasó la mano por la cabeza visiblemente contrariado—. No me hace gracia irme y dejarte así.
Sofía se incorporó despacio, todavía envuelta en la sábana, con el latido palpitando en la sien.
—No te preocupes, es solo resaca. Me doy una ducha y se me pasa. —Le acarició el pecho—. Prepárame un café bien fuerte… pero hazlo tú. Ese que hicieron no huele igual.
Marcel sonrió aun dudando y se inclinó para besarle la frente antes de salir del cuarto.
Sofía tomó una ducha y, cuando salió a la cocina, ya estaban todos listos para irse. Sobre el desayunador había un vaso de agua, un Tylenol y una taza de café humeando.
—Quiero verte tomarte la pastilla —le dijo Marcel, acercándose.
Sofía obedeció sin protestar y luego se dejó abrazar.
—En serio, si te sientes mal podemos irnos mañana —insistió—. No quiero dejarte así.
—Voy a estar bien —respondió ella—. Anda, váyanse ya.
Las despedidas fueron rápidas, cariñosas. Incluso Paola se acercó a darle un beso.
—Nos vemos en tres días, amiga de mi padre.
—Buen viaje —le deseó Sofía—, y por favor, la parte del frozzen, no la tengas en cuenta.
Todos se rieron y salieron rumbo el ascensor. Marcel le alcanzó las llaves del coche a Melissa antes que se cerraran las puertas, para que fueran acomodando el equipaje y regresó junto a Sofía a abrazarla una vez más.
—Me llamas y doy la vuelta en U —dijo sosteniéndole el rostro entre las manos—. Te juro que me voy con cargo de conciencia.
—Que no es para tanto —repitió ella—. De hecho, igual salgo a caminar un rato por la tarde.
—Vale… pero cuídate, ¿sí? —le rogó él—. Te voy a extrañar mucho.
—Y yo a ti.
Se despidieron con un beso largo… y Sofía cerró la puerta tras de sí.
***
A las tres de la tarde Sofía despertó por segunda vez en el día.
Abrió los ojos sin sobresalto, sin martilleos en la sien, con el cuerpo más ligero, pero con un hambre voraz camuflando toda la resaca emocional que seguía instalada en algún lugar entre el pecho y el estómago, esperando su turno para desbordarse.
Se levantó despacio, pasó por la cocina.
Abrió la nevera y la cerró. Repitió el acto y sonrió con cansancio. «Vale, mensaje recibido».
Se puso unos leggins negros con un suéter ancho color capuchino que le caía hasta mitad de los muslos y unos tenis cómodos; agarró sus lentes de marco negro que se oscurecían con la luz y se soltó el pelo sin mirarse demasiado en el espejo.
El labial rojo iba en el mini bolso, pero no estaba en el mood para usarlo, solo se puso protector para el frío.
No tenía intenciones de impresionar a nadie, mucho menos a sí misma. Solo quería escapar.
Al salir a la calle una brisa fría y agradable la recibió. Levantó la mano y un Chevrolet de los años cuarenta, blanco y rojo, que funcionaba como taxi, frenó frente al edificio.
—A la Habana Vieja, por Obispo —dijo al subir.
El trayecto fue silencioso. El coche la dejó frente al bar Floridita donde un grupo de turistas con sandalias gastadas y mochilas enormes hacían fila para entrar y tomarse el mejor daiquirí de la isla …
o el Daiquirí número 3 , sin azúcar y con más alcohol, que era el que le preparaban a Hemingway cuando iba casi a diario y se sentaba hacia la esquina de la barra donde se había quedado desafiando al tiempo, en una estatua de bronce, ya más gastada por las fotos que por los roces.