Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLIX. Vida…, ¿vida? #3
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XLIX. Vida…, ¿vida? #3

—Disfrútalo —le dijo Melissa bajando el tono antes de retirarse, llevándose a Paola del brazo hacia la barra.

Sofía se quedó allí un rato más, sola, frente al cuadro, intentando acomodar lo que sentía, aunque tenía claro que se le desbordaba el alma en gratitud. Cuando levantó la vista, notó que Marcel se le acercaba despacio con una sonrisa cargada de ternura…

Se colocó a su espalda y la rodeó con los brazos por la cintura.

—¿Te gusta el cuadro? —le susurró al oído.

Sofía tardó un segundo en responder.

—Es hermoso —dijo al fin—. Gracias.

Marcel la apretó un poco más contra su cuerpo.

—Gracias a ti.

La besó en el hombro, sacó su celular del bolsillo.

—Tengo que mostrarte algo —anunció y buscó en su galería la foto que le había tomado aquella tarde frente a la bahía de Matanzas.

La puso frente a sus ojos.

—Joder, Marcel —dijo Sofía con un hilo de voz—, tengo el pecho apretado. No sé qué decir. Ni siquiera me enteré cuando tomaste esa foto.

—No creí que me fuera a dar tiempo a terminarlo —le confesó—. Pero no es para regalártelo… aunque lo haría, si me lo pidieras.

Sofía no respondió. No sabía si podía.

—La verdad —continuó Marcel— es que no lo pinté para ti.

Lo pinté para mí. Es una imagen que quiero conservar para siempre…

Creo que, si me faltara la memoria, me recordaría por qué la vida es tan bonita que, si pasa algo malo, me daría fuerzas para seguir…

Te juro que lo miro y eso es lo que siento: Vida.

Sofía giró apenas el rostro y lo besó sin pensarlo demasiado. Ese beso era la respuesta más honesta que podía darle.

—No obstante —aclaró él, apartándose lo justo para mirarla—, si compartimos el mismo espacio en esta Vida  —enfatizó en la palabra—, entonces este cuadro sería nuestro .

Ella se rio y volvió a acercar sus labios a los de él para besarlo otra vez, en tanto jugueteaba en su mente con la imagen de Vida,  siendo también suya, colgada en la pared       de una casa que aún no existía, pero que tal vez…

***

En lo que restó de noche, varias personas intentaron comprar el cuadro. Cada una que llegaba subía la apuesta. El gestor de la galería insistía, argumentaba, le suplicaba casi, pero Marcel negaba rotundo con la cabeza todas las veces. Todos los intentos fueron en vano.

Sofía se sentó en la barra a esperar a que los invitados se fueran, con una copa de vino, cuando Paola llegó y se acomodó a su lado.

—Otra copa del mismo vino para mí, por favor —le pidió al barman en lo que se giraba       hacia Sofía con una sonrisa torcida —. Quien diría, amiga de mi padre … resulta que tú y yo somos las rockstars  esta noche.

Sofía se encogió de hombros y soltó una risa nasal, sin ganas de protagonismo. No respondió.

—Sé que he sido un poco pesada —continuó Paola, apoyando el codo en la barra—.

Me he acostumbrado a ir por la vida a la defensiva y siempre pienso que la gente va a hacerme daño antes de hacerme bien.

—Dio un sorbo a su copa—. Y así me pasé mucho tiempo pensando que eran las cosas con papá.

Todavía hoy me encojo como un gato cuando me da demasiado cariño…

—Paola apretó los labios y miró hacia abajo—.

No sé por qué siempre tengo la sensación de que no puedo acostumbrarme a eso, de que va a desaparecer de pronto.

Me ha costado mucho darme la oportunidad de conocerlo.

Sofía la observó en silencio. Paola jugueteó con la base de la copa y, sin decir nada más, ambas chocaron suavemente el cristal.

—Salud —le dijo Sofía—. Porque lo sigas conociendo, y porque nadie te haga dudar nunca del ser humano tan grandioso que es.

Paola contempló la bebida roja unos segundos y se mordió las mejillas por dentro.

—Me molesté cuando me escribiste ¿sabes?

—No me lo tienes que jurar —le respondió Sofía—, aunque yo sí te juro que me arrepentí al instante.

—Sabía que era su cumpleaños, pero no lo iba a felicitar… —le confesó—. Estaba más cómoda creyendo que le daba igual que yo apareciera o no.

—Conozco a tu papá hace poco… —dijo Sofía— pero las únicas veces que lo he visto triste es cuando demoras en aparecer.

Paola tragó saliva.

—Me dijo que van en serio.

Sofía sopesó un poco la respuesta… hasta que se dio cuenta que no había nada que sopesar.

—Pues sí —le confirmó—. Me da miedo decirlo en voz alta, pero tu padre es lo más bonito que me ha pasado en el último año. Esto de irlo conociendo por capas ha sido maravilloso. Cada vez descubro algo nuevo que me gusta más.

—Debes de quererlo mucho, Sofía —dijo Paola ensimismada, bebiendo un sorbo de vino—, para decidir quedarte en una relación con él.

—Hizo una pausa breve frunciendo los labios antes de mirarla fijo a los ojos—.

Melissa no lo consiguió. Incluso, sin estar segura de lo que quería para su vida, decidió darse la oportunidad de averiguarlo.

Yo estuve molesta con ella un tiempo por eso.

Era casi una niña y, cuando ella estaba, me sentía más…

confiada. Siempre me dio mucho amor, me escuchaba…

Me costó perdonarla por dejarlo, pero luego la entendí.

Sofía se acomodó en el asiento. Algo dentro de ella empezó a desordenarse, aunque todavía no tenía claro por qué. Paola continuó con la mirada fija en el vino.

—Soy incapaz de pensar en este tipo de cosas por ahora.

Supongo que soy muy joven. Pero no sé si con…

¿veintisiete años tienes tú, verdad? —levantó la vista y vio cómo Sofía asentía—, sería capaz de renunciar a la posibilidad de tener hijos, por estar con alguien a quien quiera.

—Bebió otro sorbo—. Papá fue muy radical y a veces creo que fue por mi culpa.

Nunca debió hacerse esa vasectomía. Fue una decisión apresurada.

La información llegaba tarde. Sofía ya se había quitado el cinturón de seguridad. El aterrizaje de emergencia fue mordaz… y el cuadro grande… Vida , le hacía un guiño maquiavélico desde la pared del fondo.