Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLIX. Vida…, ¿vida? #2
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XLIX. Vida…, ¿vida? #2

Melissa reprimió una sonrisa y le hizo un gesto con la mano, restándole importancia. Ella ya había aprendido a no librar esas batallas con Paola.

Marcel, por su parte, se apartó para saludar a su amigo Fermín, el marchante de artes y gestor de la exposición, que se acercaba desde el fondo del pasillo.

—Llegan tarde —protestó el hombre—. En treinta minutos abrimos.

Marcel y Sofía se miraron conteniendo la sonrisa. Había ocasiones en las que las explicaciones solo empeoraban las cosas.

Ella se apartó a una esquina de la galería para darles espacio, desde donde podía observarlo con tranquilidad.

Marcel se frotaba las manos y caminaba sobre sus propios pasos una y otra vez, incapaz de quedarse quieto demasiado tiempo.

Así que en cuanto se quedó solo, Sofía decidió acercarse y enlazarle el brazo con el suyo.

Él le sonrió y le besó la coronilla.

—¿Estás bien? —preguntó ella, bajando el tono.

—Estoy nervioso —le confesó.

Y era comprensible. La pintura era la forma de expresión más íntima que él tenía.

Exponerla frente a un grupo de desconocidos era como purgar el alma en una subasta.

No había desnudez que diera más miedo que esa.

En cada una de las doce obras colgadas en aquellas paredes había algo profundamente suyo: una emoción, un recuerdo, un anhelo, un temor oculto, algo muy personal que, de repente, quedaba a la vista de todos los que decidieran hurgar.

—Yo también lo estoy —dijo Sofía, aferrándose un poco más a su brazo—. Y no soy la artista. Pero todo va a estar genial.

—Ya lo es —aseguró Marcel, con los ojos vidriosos—. Hoy es un día bonito.

Alzó la vista para mirar alrededor.

—Tengo a Paola —dijo, observándola fisgonear frente a la primera pintura—. A Melissa y a Samir —añadió girándose hacia ellos, que brindaban con unas copas de vino blanco y reían en complicidad—. Y te tengo a ti…, aquí, a mi lado.

Volvió a mirarla. Le tomó la mano y se la besó con cariño.

—Tú te pareces mucho a la vida, Sofía. No me voy a cansar de decírtelo.

La multitud inundó la Fábrica de Arte Cubano como un río crecido esa noche. Era real, ese sitio no podía tener un nombre distinto. A la galería, al principio, llegaron por goteo unos cuantos rostros curiosos que se asomaban con cautela.

Sofía no había tenido tiempo de detenerse frente a los cuadros. Así que cuando vio que Marcel ya comenzaba a hablar con los primeros invitados, decidió recorrerlos con calma, uno por uno, como si entrara en un territorio desconocido repleto de revelaciones peligrosas.

El primero era una mezcla inquieta. Un remolino de trazos que formaban cuerpos abrazados al vacío, pintados en azules, amarillos y verdes pastel.

Sin dudas eso de la emoción pictórica a través de la figura humana, lo había desarrollado muy bien.

Era imposible rescatar una sola sensación.

Había vértigo, impulso, deseo y también algo parecido al caos.

Sofía no intentó entenderlo. Solo cerró los ojos intentando decodificar la imagen…

y lo que sintió, fue libertad. Ella tenía la costumbre de mirar los títulos al final.

Este cuadro se llamaba Albedrío . «Pues vaya que mi sensibilidad artística no anda nada mal».

Siguió avanzando despacio, observando, dejando que cada obra le atravesara las pupilas y luego algo más profundo.

Quizás el alma. Paola estaba detenida frente a uno de los cuadros que quedaban a mitad del recorrido.

Tenía colores tierra y representaba las siluetas de un hombre y una niña de cabello negro y largo, tomados de las manos.

Ambos de espaldas, frente a lo que parecía un lago rodeado de montañas. No había rostros. No hacían falta.

Sofía se colocó a su lado.

—Es hermoso —dijo en voz baja.

Paola la miró. Tenía los ojos aguados, pero no lloraba. Pareció sonreírle.

—Somos nosotros.

Sofía entendió que más que mirando una pintura estaba presenciando un vínculo. Uno que no le pertenecía, pero que le tocaba las fibras de una manera extraña e inevitable. Volvió entonces la vista hacia la cartela y leyó el título: Pienezza.

Se giró hacia Paola despacio, como si temiera romper algo.

—¿Qué significa? —le preguntó.

Paola tardó un segundo en responder. Tragó saliva, tenía un nudo en la garganta y la voz le salió apenas sostenida.

—Plenitud —dijo.

***

Sofía no había terminado de recorrer la exposición cuando Marcel la llamó desde el otro extremo de la galería para presentarle a unos conocidos.

Entre ellos, un escritor que había publicado varios libros en España y que estaba acompañado de su esposa que era editora.

La conversación entre ellos fluyó sin presiones durante un rato.

Hablaron de libros, de ciudades, de procesos creativos.

Sofía se sintió sorprendentemente cómoda. Hasta que Marcel, ufano, lo soltó:

—Ella escribe poesía.

Sofía lo fulminó con los ojos de inmediato, con expresión de eres hombre muerto , pero él se encogió de hombros, para nada arrepentido de lo que acababa de decir.

Y, al final, sí que fue un descubrimiento bonito eso de conectarse con personas nuevas y sentirse parte de algo más amplio.

Marcel también se desconectó por unos minutos de la galería, de los cuadros, incluso del vértigo que todavía le recorría el pecho.

El gestor de la exposición los interrumpió con una copa en la mano, y apartó a Marcel y a Sofía con discreción.

—Ya se han vendido cinco de las doce —le dijo, casi sin creérselo.

Marcel abrió los ojos, incrédulo. Volvió a interrumpirlo unos minutos después.

—Bueno, en realidad seis —frunció el ceño—. Marcel… tenemos un problema. Han vendido Pienezza .

Marcel negó con la cabeza de inmediato.

—Ese no estaba a la venta. Lo dejé claro.

—Lo sé, pero el vendedor no lo tenía anotado y dice que el comprador insistió y pagó muy bien. Ya está hecho.

Antes de que Marcel pudiera responder, Paola que estaba observando con atención se acercó a ellos con una sonrisa amplia y luminosa.

—No te preocupes, papá —dijo con sorna—. Lo he comprado yo.

Marcel la miró arqueando las cejas.

—Paola…

Los ojos se le humedecieron y la voz se le disolvió en el intento de decir más.

—Ya tú y yo hablaremos después —añadió, un poco más tranquilo—. No tienes que comprar nada. Ese cuadro lo pinté para ti. Para nosotros.

Paola negó con la cabeza.

—No creo que exista una obra en la que pueda invertir mejor mi dinero. No he visto cuadro más lindo en el mundo. —Lo miró fijo y, para sorpresa de Sofía, con mucha ternura—. Bueno, aunque el último le hace bastante competencia. Y, por cierto, vi que tampoco está a la venta.

Marcel cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, fue contundente.

—Esta obra no tiene precio, Paola —dijo—. Es tuya.

Se giró hacia Fermín.

—Que le devuelvan el dinero.

Sofía observaba la escena desde la retaguardia, con el corazón encogido por una emoción difícil de ignorar. Aquello era amor en estado puro, generoso y, sobre todo, pleno .

Cuando todo se aclaró, Sofía retomó el recorrido hasta el final de la exposición.

Vio los cuadros que le faltaban. Todos le gustaron.

Cada uno le provocó algo distinto, una reacción breve, una sensación que se quedaba vibrando, incluso, después de dejar la obra atrás, pero cuando llegó al último, se detuvo en seco. Era el más grande de todos.

El fondo de la pintura era un mar. No uno evidente, uno que había que mirar con atención para poder definirlo.

Tenía un azul complejo, un azul de esos a veces playa y a veces océano , como el de los ojos de Marcel.

En un plano anterior, un muro o las ruinas de uno, con piedras ásperas que sobresalían donde una mujer de espaldas al espectador apoyaba las palmas de sus manos, como si se sostuviera ahí para no caer…

o para dejarse ir entera. Llevaba un pantalón ancho, a merced del viento y el cabello oscuro revuelto por la brisa, a la altura de los hombros.

Sofía estaba paralizada, sintiendo muchas cosas a la vez, cosas que no lograba ubicar dentro de su pecho. Sintió un vuelco en el estómago y no pudo evitar que par de lágrimas silenciosas comenzaran a correrle por las mejillas.

—Este cuadro tiene el plus  —dijo una voz a su lado que la hizo sobresaltarse.

Con el rabillo del ojo identificó los rizos rojos en todo su esplendor… y se apresuró a limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano, intentando disimular lo evidente.

—¿Qué plus ? —preguntó, fingiendo ecuanimidad.

Melissa curvó la comisura y le puso los ojos en blanco.

—Eres tú, ¿verdad?

Sofía abrió la boca para responder, pero no le dio tiempo.

—Claro que es ella —interrumpió Paola, acercándose sin titubeos.

—Pues eso, sí que tiene el plus  —insistió Melissa, satisfecha.

—¿Pero de qué plus  hablas? —preguntó Sofía, todavía descolocada.

—Es de esas obras que se pintan desde adentro…

—Gesticuló teatral con las manos—. Si te fijas aquí hay otros cuadros que se pintan desde afuera, desde cosas que se sospechan o se desean, desde momentos que se crean en el imaginarium ,       pero todavía no existen dentro —respondió Melissa—.

Llevo muchos años rodeada de artistas plásticos y de obras difíciles de descifrar.

Le lanzó una mirada cómplice a Samir que las observaba divertido de soslayo, y luego otra hacia donde estaba Marcel, ocupado con nuevos invitados.

—Y a él lo conozco muy bien —continuó Melissa con una risita taimada—. Apuesto lo que sea que este cuadro no está a la venta. Van a intentar comprársela, incluso por mucho dinero, pero él no la va a vender.

En ese momento Paola dio un paso al frente.

—Es cierto, amiga de mi padre.  —Dejó escapar una sonrisa sarcástica—. El cuadro no está a la venta —hizo una pausa breve y enfocó a Sofía—. ¿Necesitas que te traduzca el título?

Sofía parpadeó. Otra vez, no había mirado la cartela aún. Había estado demasiado absorta en el torbellino de emociones que le estaba provocando la pintura. Bajó la vista. No hacía falta traducción. El título estaba en español. Se llamaba Vida .