XLIX. Vida…, ¿vida?
El amanecer de sábado estuvo protagonizado por vasos de aguas y analgésicos para cefaleas inoportunas.
Sofía y Paola tenían ojeras de resaca. Marcel, en cambio, estaba intacto.
Al fin y al cabo, había sido el responsable al volante —según él mismo había sentenciado—, también de dos mujeres muy complicadas, así que no había probado una gota de alcohol.
Habían pasado la noche en un bar de La Habana Vieja, exótico e inverosímil, que estaba ubicado al fondo de un solar deshabitado. Tenía el diseño de una caverna pequeña y angosta, con luces escasas y el techo bajo.
Paola tardó media margarita para dejarse arrastrar por cuerpos masculinos sudados que sabían moverse, resaltando entre ellos con una sensualidad insolente, Sofía se había limitado a mirar desde la distancia mientras tomaba mojitos como si fueran limonada y Marcel demostraba abiertamente todas sus dotes de bailarín, con un par de francesas bastante pasaditas de años que, al parecer, deseaban aprender a bailar salsa.
La verdad era que la habían pasado bien y, para sorpresa de todos, Paola se había comportado.
No se excedió con chistes desagradables ni con comentarios fuera de lugar.
Se acopló al momento sin ponerse intensa.
Llegaron a casa de madrugada y tan agotados que ni siquiera intercambiaron palabras antes de caer rendidos en sus camas.
Sofía y Paola se despertaron casi al mismo tiempo.
Marcel, por supuesto, ya estaba en pie y había preparado un desayuno enorme porque Samir y Melissa estaban por llegar, y se quedarían par de días allí.
Esa noche comenzaba su exposición personal en una de las galerías de la Fábrica de Arte.
Aquello sería una experiencia para Paola, que estudiaba en Florencia para ser curadora y estaba deseando descubrir cómo se vivía este mundo bohemio y artístico en Cuba.
Su primera impresión de La Habana fue intensa y contradictoria, según les comentaba en el desayuno.
Decía que había sido fascinante, pero que también se sentía impactada por una desventura que no pasaba desapercibida.
Incluso en la noche, incluso envuelta en música, baile, y alcohol…
, Paola se había percatado de una oscuridad que iba más allá de lo que sus ojos veían.
Y ese fue el primer momento en el que Sofía comenzó a sentir respeto hacia ella, porque descubrió una sensibilidad que no había anticipado, una manera de mirar su entorno que iba más allá de la pose y de la provocación, e intuyó que en su cabeza también habitaba algo de sentido común y que, por su forma de expresarse, no había nada de ingenuidad ni de superficialidad en ella.
Paola no era tonta… solo se defendía de algo que quizás, ni ella misma sabía qué rayos era.
Era una muchacha joven, sí, pero con carácter y con argumentos.
Y eso, muy a su pesar, terminó agradándole bastante.
Había que aceptar que el respeto no siempre llegaba envuelto en simpatía. A veces llegaba así, incómodo y a destiempo, obligando a una a bajar la cabeza y a replantearse certezas y juicios que creía irrevocables.
El timbre sonó y Marcel se apresuró a abrir la puerta.
Paola salió corriendo en cuanto vio a Melissa y la abrazó con un entusiasmo que no dejaba lugar a dudas.
Eran muy buenas amigas. Se notaba que se entendían muy bien, en la manera en que se reían al separarse y en esa complicidad que no necesitaba explicaciones.
Tenían muchas cosas en común. El arte, el estilo de vestirse…
y sí, también a Marcel. Conservaban entre ellas una química muy especial, que había sobrevivido al tiempo, a las distancias y a las rupturas.
Y sí, una punzada breve, parecida a los celos, le recorrió el cuerpo a Sofía de repente.
Pero pasó rápido. Ella había aprendido a respetar a la ex de su novio y, sobre todo, a sí misma.
Así que saludó a Samir con un abrazo cálido y luego hizo lo mismo con Melissa.
El desayuno se extendió con las conversaciones y los vestigios de tensión se dispersaron pronto. Pasaron la tarde ayudando a Marcel a mover las obras, todas aún cubiertas, sin que nadie pudiera adivinarlas. El único que las vio fue Samir.
—Solo diré que el hombre sin dudas está muy inspirado. —Le hizo un guiño a Sofía y notó cómo Paola le hacía un mohín a Melissa.
—Creo que tenemos a una chica celosa por acá —bromeó Melissa.
Sofía no dijo nada para no incomodar a la joven, y prefirió no suponer. La noche prometía ser importante para Marcel, y quizá… para ella también.
Cada uno se preparaba en su habitación. Sofía se estaba ajustando el vestido frente al espejo cuando escuchó la puerta del baño abrirse.
Marcel salió con el pelo aún húmedo y desordenado y la barba escasa como al descuido, pero sin descuido ninguno.
Ya estaba vestido. Llevaba una camisa clara, abierta en el cuello, y unos pantalones oscuros de lino que le caían con la despreocupación inherente a los que viven rodeados de lienzos y no de cronogramas; su reloj de siempre en la muñeca izquierda y par de manillas de cuero en la otra.
— Wow … ¿en serio? —dijo Marcel al ver a Sofía, llevándose una mano a la nuca—. Creo que tendré que cambiarme esto. De verdad. Tengo que esforzarme más.
Ella lo observó curvando los labios, sabiendo muy bien lo que él estaba haciendo.
—No empieces con la falsa modestia —murmuró.
Marcel se acercó despacio para no romper el momento, y la besó. Primero con suavidad, luego un poco más hasta terminar apoyando la frente en la suya.
—Perdona si no he estado muy presente las últimas veinticuatro horas —le dijo entre dientes.
—¿Estás hablando en serio? —Sofía le acarició el pecho con la yema de los dedos—. Has estado más presente de lo que estaría cualquiera con una hija adolescente recién llegada de otro país.
Le sostuvo la mirada un segundo.
—Pero eso no es lo que me preocupa ahora —dijo Marcel arqueando una ceja con provocación.
—¿Ah, no?
—No. —Le sonrió—. Estás demasiado apetecible… y no tengo mucho tiempo para saciar el hambre que me está entrando.
A Sofía tampoco le dio tiempo a responder.
Marcel estaba estrepitosamente guapo y ella seguía embelesada mirándolo.
Él aprovechó aquella distracción para acercarse y la besó una vez, luego otra y otra más, guiándola despacio hasta que el borde de la cama chocó contra la parte posterior de sus piernas.
Sofía cayó sentada sobre el colchón y la protesta se le quedó a medio camino cuando Marcel se inclinó sobre ella.
Le rozó el cuello con los labios y fue descendiendo despacio hasta el escote deliberado que dibujaba el vestido de satén verde olivo sobre su cuerpo.
Los tirantes finos ya habían empezado a deslizarse por sus hombros cuando volvió a besarla allí.
Sofía tuvo que cerrar los ojos mientras las manos de él encontraban el camino de siempre entre sus muslos, y apartaban su ropa interior con exquisita precisión.
—Marcel, Paola está afuera —le recordó jadeante—, y no tenemos tiempo.
Marcel levantó la cabeza y esbozó esa sonrisa ladeada que siempre aparecía en los momentos más inoportunos. Le selló los labios con otro beso, mientras terminaba de desabotonarse la camisa y dejaba caer el resto de la ropa. A ella se le escapó un gemido que él atenuó con la palma de su mano…
Supieron de inmediato que llegarían tarde, pero ya eso daba igual.
***
—Samir, conduce tú —le pidió Marcel, pasándole las llaves en el ascensor.
—Joder, Marcel. —Su amigo soltó una risa corta—. Pasan los años y todo esto de exponerte al público te sigue poniendo nervioso.
—Anda, déjalo en paz—intervino Melissa, empujándolo suavemente por el hombro—. Él para ser artista siempre ha tenido el ego muy bien dosificado. Eso lo hace más encantador.
—Deberías haberme enseñado antes los cuadros —soltó Paola—. Así te evitabas tragos amargos con los críticos y los curadores.
Marcel se rio con ganas, ladeando la cabeza, aceptando la observación sin sentirse del todo aludido.
Al fin y al cabo, él llevaba más de veinte años estudiando y pintando, y Paola, solo unos pocos descubriendo la teoría.
Apretó la mano de Sofía, que iba a su lado en silencio, sin la menor intención de pasar por impostora.
Frente a las artes plásticas, ella siempre se dejaba llevar.
Si algo le provocaba una sacudida interna, si le despertaba una emoción que no sabía explicar, eso era suficiente.
De técnicas, corrientes y estilos sabía casi nada. Mejor dicho, nada en absoluto.
Llegaron a la galería cuando todavía no estaba abierta al público.
El lugar se escondía al fondo de uno de los pasadizos de la Fábrica.
¡Nada!, que había que merecerlo un poco antes de encontrarlo.
No era grande, de hecho, era más bien pequeña.
Un recorrido en espiral, estrecho y envolvente, que obligaba a avanzar despacio, hasta desembocar en un bar circular diminuto donde se ofrecían cócteles, copas y aperitivos dispuestos con intención.
Las paredes estaban desconchadas en algunos tramos, con zonas donde el ladrillo quedaba expuesto.
Las luces eran bajas e iluminaban solo lo necesario.
En el piano de Harold López Nussa [44] flotaba ♪ Contigo en la distancia , inundando la sala para volverlo todo más inmersivo.
Sofía avanzó despacio, dejando que la magia del lugar la envolviera.
—Es todo muy acogedor y con López-Nussa en vivo, uff… —dijo en voz baja—. No dejas de sorprenderme.
—Tengo algunos amigos —dijo Marcel divertido—. X no podrá venir porque está fuera de Cuba, pero lo coordinó todo para que no faltara la buena música.
Paola miró alrededor con atención, ladeando la cabeza.
—La galería es bonita —concedió—. Pero le falta clase.
Samir cerró los ojos un segundo, crispando el rostro.
—Pero qué chiquilla tan pesadita, por Dios —le comentó a Melissa en un susurro.