XLVIII. A lo mejor duras
Febrero no había sido tan corto esta vez, aunque por fin se acababa a pesar de todos sus excesos.
Era viernes veintiocho y eran también las cinco de la tarde cuando Sofía esperaba a que Marcel la recogiera, en las afueras del hospital apoyada en la barandilla que limitaba con la acera.
Pero fue el sonido de una moto que salía del aparcamiento lo que la hizo levantar la vista y sorprenderse al mismo tiempo.
Nunca lo habría sospechado, pero era Alberto, con esa expresión distraída que lo caracterizaba.
Él la vio en el último momento y sin pensarlo se detuvo en seco frente a ella.
Sofía alzó las cejas y se acercó con una sorpresa divertida dibujada en el rostro.
—Vaya, hemos evolucionado. —Contuvo la risa—. Debes sentirte muy aliviado con eso de no tener que dar pedales para llegar hasta aquí.
—De eso se trata la vida, ¿o no?
—Me alegro por ti —y lo decía en serio.
—¿Quieres que te lleve?
—No, no hace falta. —Se mordió las mejillas por dentro—. Ya me vienen a buscar.
Alberto la miró de arriba abajo, sin disimulo, y antes de que ella pudiera reaccionar alzó una mano para retirarle un trozo de papel que se le había enredado en un mechón de pelo. Lo hizo por puro instinto, pero el gesto resultó lo bastante cercano como para incomodarla.
Y entonces, por supuesto —tal como ocurre en las películas que uno mira con escepticismo y murmura «sí, claro, qué casualidad»— en ese mismo instante, Marcel le ponía el freno de mano a su coche en la acera de enfrente.
Desde allí alcanzó a notar que, aunque la sonrisa comedida en el rostro de Sofía no era precisamente espontánea, tampoco era fingida del todo.
Era una de esas que nacían del nerviosismo y de la contención, una que se vigilaba a sí misma, cohibiéndose, no dejándose ser.
Ella levantó los ojos y lo vio… entonces sí, la sonrisa cambió.
Se abrió, se volvió más libre, aliviada…
y claro que Marcel entendía, sin que nadie tuviera que explicárselo, la diferencia entre ambas.
—Ya vinieron a buscarme —le dijo a Alberto, señalando con la barbilla en dirección a Marcel que bajaba el vidrio y los saludaba con la mano desde el coche.
Alberto le devolvió el gesto, aunque lo hizo más despacio, antes de volver a mirar a Sofía con intención.
—Si este no sabe de tomografías, no tendré oportunidad para decirle que te cuide.
Sofía ahogó una risa breve.
—No hace ninguna falta que le digas nada. Créeme —respondió dejándole una palmadita en el hombro antes de apresurarse a cruzar la calle trotando, con la clara intención de cerrar ese paréntesis de inmediato.
—Nos vemos el lunes —alcanzó él a decirle, alzando el tono, mientras el vaivén del tráfico ocupaba el espacio entre ellos.
Sofía abrió la puerta del coche con rapidez y, al entrar, se inclinó para darle un beso a Marcel.
Él le acarició la mejilla y luego miró hacia al frente durante un instante.
Su postura seguía siendo firme y segura, pero su rostro contaba otra historia.
Algo se le filtraba en la manera de mirarla, a pesar de su intento notable de autocontrol.
Su sonrisa ahora llegaba tensa y la mordida del labio inferior no resultaba tan sensual…
Era como si lo que mordiera entonces fueran palabras que no estaba seguro de querer soltar.
Al fin se giró hacia ella.
—¿Qué tenías en el pelo? —preguntó.
—¿Perdón? —Sofía arqueó una ceja con escepticismo.
La mirada azul de Marcel se oscureció sin soltarla, con una fricción sutil que se impregnaba en el aire dentro del coche. Mantenía una mano en el volante, pero no parecía tener prisa por ir a ningún sitio.
—Vi cómo tu amigo te quitaba algo del pelo —explicó, aún con la mandíbula rígida, aunque sin perder la ternura.
Sofía sonrió de costado. Intentó disimular el asombro, pero no lo consiguió.
—Joder… —se cubrió los labios con los dedos de una mano—. ¿Estás celoso?
Marcel se encogió de hombros y frunció el ceño, incómodo incluso con la posibilidad… pero aquello no era un cuestionamiento tóxico, era un sesgo de vulnerabilidad que, incluso a él, lo tomaba desprevenido y le provocaba una especie de desasosiego e inseguridad.
—¿Debería?
—En absoluto —respondió ella con seguridad, apoyando la mano izquierda sobre el puño con el que él sostenía la palanca de cambios—. Es solo un amigo.
«Solo un amigo con el que hace algunos años tuve una historia intensa.
Un amigo que usa bata de mangas largas y sabe de cerebros, de nervios y de médulas espinales.
Un amigo que resulta peligrosamente apuesto sin esforzarse porque lo atractivo le viene en el ADN y le da igual.
Uno que es casi tan alto como tú, sí, y tiene ese cuerpazo que no presume, porque por debajo de la ropa se le notan los brazos firmes y el abdomen bien resuelto.
Un amigo demasiado guapo y astuto como para explicártelo sin que resulte incómodo…
Y encima es contemporáneo con tus años… aunque su madurez juega en otra liga más infantil».
«¿Ves, Sofía? Ahí lo tienes. Si le cuentas lo inmaduro que es, se relaja…
o tal vez que no sabe pintar, ni tiene esos ojazos azules que te están mirando ahora mismo, ni esa sensibilidad bohemia que tienen los artistas…
Ah, pero no olvides comentar que sigue loco por ti, aunque lo disimule mejor que antes, pero que a ti no se te escapa, que se lo notas…
Es que si Alberto fuera un dios del Olimpo sería Ares.
Sin dudas… ¡No, qué va! Mejor no le cuentes nada. Da igual. Total, ¿qué importa?».
—¿Es el mismo amigo con el que almorzabas el otro día? —preguntó Marcel.
«De hecho, es el mismo con el que he almorzado muchas veces en mi vida y muchos otros días durante el último mes».
«Eso tampoco lo digas, Sofía… ni se te ocurra».
—Sí, el mismo —Sofía lo atravesó con la mirada—. ¿Esto va en serio?
—¿Que si va en serio que me moleste ver a otro hombre tocándole el pelo a mi novia? —se defendió Marcel, tamborileando los dedos sobre el volante—. Pues claro que va en serio.
«Venga, Sofía. No hagas drama. No seas infantil. No formes caos ni uses esto a tu favor. No es que sea inseguro, es que te quiere. ¿Y si fuera al revés, eh...?».
«Uy, no, si fuera al revés, me estaría preguntando muchas cosas. No, no quiero que sea al revés».
—Vale, lo entiendo… —dijo ella al fin, apretando los labios—. Pero no lo hizo con mala intención. Tenía un trozo de papel en el pelo y me lo quitó. Solo eso.
—Solo eso —repitió Marcel, más para sí que para ella—. De acuerdo, entonces.
Sonrió un poco, pero la sonrisa seguía sin alcanzarle los ojos. Soltó el freno de mano para ponerse en marcha.
—Tenemos que apurarnos —le advirtió Marcel—. A Paola tenemos que recogerla a las ocho en el aeropuerto.
Sofía asintió en silencio.
***
Había llegado el día de conocer a su… ¿hijastra?
o a la hija de su novio. Cualquiera de las dos definiciones le provocaba el mismo terror vertiginoso al recordar que su interacción más larga con Paola había sido un intercambio de mensajes tensos y cargados de una prepotencia adolescente que no sabía muy bien cómo manejar.
Las otras poquísimas veces que habían interactuado se habían limitado a saludarse con una risita fingida a través de la cámara de WhatsApp cuando Sofía rondaba de casualidad por la escena, casi siempre difuminada al fondo.
Y sí, era casualidad. Porque cuando era consciente de que alguna llamada con ella estaba en curso, ella ni se asomaba.
Aun así, había dejado lista la tercera habitación, no porque fuera la más alejada de la de ellos, ¡qué va!
... sino porque tenía una luz preciosa en el atardecer y hasta un mini balcón con dos sillitas para contemplar el paisaje.
También le había dejado la cama hecha, toallas limpias, y todo lo que Paola pudiera necesitar en el baño.
Y lo mejor, lo había hecho sin que nadie se lo pidiera.
No había mayor muestra de amor . Eso, por supuesto, le había valido los elogios sarcásticos de sus amigas, que estaban expectantes sumidas en su diversión malsana y encantadas de especular sobre cómo asumiría Sofía el papel de madrastra joven durante esos días.
***
El aeropuerto internacional de La Habana estaba lleno de despedidas más desgarrantes que ruidosas y de reencuentros efusivos, pero Sofía y Marcel esperaban dentro de una especie de burbuja taciturna, en el portal principal de Llegadas.
Él miraba el panel de vuelos como si fuera posible que el estado actual de rodando en la pista cambiara a retornando en cualquier momento.
Aunque no se podía negar que la idea le provocaba a Sofía una especie de alivio.
Un alivio culpable, sí, pero alivio, al fin y al cabo.
Pocos minutos después, Marcel la vio salir por las puertas grandes de marcos rojos que, milagrosamente, todavía se abrían solas y dio pasos apurados hacia ella sin darse cuenta.
Paola avanzaba arrastrando una maleta que parecía no pesarle nada, con una irreverencia que llegaba a ser molesta.
Pero eso era algo que, si alguien no podía criticar, era Sofía.
La chica era una joven esbelta, pálida como una vampira, con una nariz afilada que le daba carácter al perfil y unos ojos azules como los de su padre.
El pelo, liso y largo hasta media espalda, estaba atravesado por algunas mechas color turquesa que no tenían ninguna intención de ser discretas, pero al menos le contrastaban con sus ojos.
Su estilo era un —sin dudas— a mi manera , libre e ingobernable.
Quedaba claro con solo mirarla que ella era de las que no se disculpaban por existir, ni por llegar tarde, ni por exigir que el mundo se adaptara a su imagen y semejanza.
Paola no aceleró el paso, dejó que él la alcanzara.
—Papá.
Marcel abrió los brazos y la abrazó. Al hacerlo, algo en su expresión se aflojó. Paola lo correspondió, aunque sin efusividad y sin desbordamientos, pero la sonrisa que se le dibujó en el rostro parecía genuina.
— Dai, papá… che così non respiro —murmuró con teatralidad.
Sofía no entendió las palabras, pero no hacía falta, era buena descifrando el lenguaje extraverbal.
El tono desdeñoso, la leve presión con la que Paola intentó soltarse...
lo dejaba todo muy claro sin que nadie tuviera que traducírselo.
Aunque la duda de que estuviera en modo defensivo, también ocupó un espacio en su lista mental de posibilidades.
Sofía no había sido una adolescente muy dócil ni muy fácil de entender. Así que trató de empatizar.
Cuando por fin se separó de su padre, Paola se detuvo en seco para clavar los ojos en Sofía, no de forma hostil, pero tampoco amable. Más bien desafiante y deliberadamente provocadora. La evaluó sin prisa, de arriba abajo.
— Ciao, « amica di mio padre » —dijo marcando la frase con las cejas levantadas.
Sofía sostuvo la mirada sin responder. No necesitó entender las palabras para captar la intención.
—Paola, hija —intervino Marcel, con un tono tierno pero autoritario—. Desde aquí hablamos todos en español.
La chica carraspeó despacio. La verdad era que la orden de su padre le resultaba más divertida que autoritaria. Volvió a mirar a Sofía y una sonrisa ladeada se le instaló en el rostro, una que era imposible de confundir con amabilidad.
—Hola, amiga de mi padre —repitió entonces en español, cargando la frase de pedantería, antes de inclinarse hacia ella para darle un abrazo… o algo parecido.
—Ahora soy la novia —respondió Sofía, fingiendo la sonrisa, buscando la manera de abrazarla también sin que resultara un acto sintético y deshidratado—. Encantada.
Y aunque lo de encantada no le salió con mucho entusiasmo, vio de soslayo cómo Marcel sonreía con los brazos en jarra y ya eso hacía que el espectáculo valiera la pena.
—Entonces habrá que ver cuánto te dura el título.
Sofía entornó los ojos meneando la cabeza para no seguirle la corriente. No podía ni siquiera burlarse del acento. No lo tenía. Paola hablaba un español neutro, sin desvíos ni cadencias.
—Paola, por favor. —Marcel abrió las palmas de las manos en un gesto conciliador—. Compórtate.
—Pero si es una broma, papá —replicó ella con ligereza—. Si hasta Melissa la quiere. Eso ya es bastante decir.
Pero volvió a escanearla entera con la mirada, con una risita canalla dibujada en el rostro que no terminaba de ser un halago.
—Parece que tienes potencial. A lo mejor duras.
—Ya basta, Paola —la interrumpió Marcel—. ¿Qué tal el viaje?
—Largo y aburrido. Al menos me terminé Crimen y castigo .
«No me jodas. ¿Dostoievski tiene espacio bajo esa melena estrafalaria?», pensaba Sofía.
Marcel bajó la maleta y comenzaron a caminar en dirección al estacionamiento.
—Vámonos a casa para que descanses.
—¿A casa? —intervino Sofía, tomando la iniciativa desde un lugar más inteligente que competitivo—. Paola tiene diecinueve años. Seguro que prefiere que le enseñes La Habana de noche o que la lleves a alguno de esos bares donde enseñan a bailar salsa.
La chica frunció los labios algo escéptica, y luego asintió con una expresión de aprobación casi imperceptible.
—Vaya… ya me empiezas a gustar un poco —hizo una pausa entrecerrando los ojos—, aunque ya sé bailar salsa. Mi padre me ha enseñado muy bien, ¿a que sí?
Le dio un pequeño golpe en el hombro a Marcel y Sofía sonrió al ver ese destello de complicidad entre ellos, completamente inesperado.
—Pero, cariño, estás despierta desde temprano. Has trabajado todo el día, debes estar cansada —le recordó Marcel a Sofía.
—Ya, pero es que yo tengo veintisiete años, no cuarenta —ripostó, intentando sonar divertida.
Paola soltó una carcajada abierta.
—Uy… pero si muy bien pudieras ser mi hermana mayor.
—Podría… —«En cambio me toca ser el pararrayos emocional de tus malcriadeces y tus pedanterías»—. Pero no lo soy.
Sofía se repetía que lo de Paola no era soberbia ni presuntuosa sofisticación europea, sino una adolescencia tardía mal manejada con un impuesto emocional desproporcionado.
Marcel las miró a las dos, alargó la mano y tomó la de Sofía, anclándola.
—Pues ya está —dijo esbozando una sonrisa—. Ya sé a dónde vamos a ir. Y veremos cuál de los tres se cansa primero.
Sofía apretó su mano antes de entrar al coche. Él le abrió la puerta del copiloto y Paola se hundió en el asiento trasero resoplando por lo bajo, como si acabaran de quitarle un privilegio que ni siquiera sabía que estaba esperando.