XLVII. Sin notas al margen
En el dormitorio, el despertador de la mesita marcaba casi las nueve. La luz que se colaba por la rendija de la persiana no tenía ninguna intención laboral; la mañana tenía olor a sábado, y eso hacía que todas las prisas se evaporaran sin cargos de conciencia.
Sofía se levantó de la cama tal y como estaba, enfundada en su pijama nada favorecedor, ni mucho menos sensual, infantil hasta la desvergüenza, cubierto de estrellitas, nubes y lunas que no pretendían seducir a nadie.
Alguna vez había pensado en tirarlo, pero nunca lo hacía.
Se decía a sí misma que no estaba para gustarle a nadie, pero eso duraba hasta que alguien llamaba a la puerta.
Llevaba el pelo revuelto, enredado en mechones que iban por libres en su insolencia y, así mismo, caminó hacia la cocina en plantillas de medias, arrastrando los pies con ese desgano cómodo del invierno.
Marcel estaba frente a la encimera, concentrado en el tostado preciso de los croissants . Tenía esa manera suya de tomarse el desayuno tal cual defendiera una tesis doctoral.
—Compré unos croissants en la dulcería de la calle Doce, los estoy horneando —dijo sin girarse del todo, pero inclinando la cabeza lo justo para verla por el rabillo del ojo y darle un beso breve de buenos días —. Ahora te lo llevo con tu cappuccino al balcón.
Sofía apoyó la cadera en la encimera para observarlo un poco más, tan resuelto con ese delantal, sonrió sin decir nada y, de camino al balcón, agarró la manta del sofá.
La brisa no era molesta, pero sí lo suficiente fría como para agradecer más tela sobre los hombros.
El cielo no estaba soleado. La luz caía tamizada, suspendida en una especie de promesa incierta.
Un día nublado, de esos que parecen más fríos de lo que son y más tristes de lo que luego resultan.
A Sofía, sin embargo, aquella atmósfera le gustaba.
Tenía algo casi londinense, una melancolía condescendiente que no exigía nada. «Genial para no hacer planes».
Se sentó en una de las butacas y recogió las piernas hasta cruzarlas sobre el asiento, adoptando una posición de loto doméstica que no aspiraba a ninguna iluminación trascendental.
Se envolvió mejor en la manta, dejando asomar apenas las medias.
El frío trepó por los tobillos, lo justo para recordarle que estaba viva, que era invierno y que el café venía en camino.
Desde allí dejó vagar la mirada por el mar distante, que aquella mañana había perdido el azul y casi parecía gris.
Bajó la vista hacia sí misma y se burló de la estampa antiestética con la que se había despertado.
Si alguien la estuviera observando desde el edificio de enfrente, no imaginaría a una mujer misteriosa contemplando el horizonte.
Vería a una nerd desaliñada, aburrida de la vida, a quien el mundo exterior le hacía muy poca ilusión.
Pero Sofía solo estaba relajada —que no era poca cosa— y exactamente donde y con quien quería estar en ese instante.
Una música empezó a sonar. Marcel había puesto su vinilo preferido de Creedence Clearwater Revival que, en aquel sábado de pocos colores venía de maravillas, sobre todo por ese cielo encapotado que amenazaba con romperse.
El cappuccino y los croissants llegaron minutos después.
Marcel los dejó en la mesita baja con cuidado, como si el equilibrio del universo dependiera de no derramar la espuma, y se sentó frente a ella.
Llevaba la camisa a medio abrochar y la barba más tupida de lo habitual, con nuevos reflejos plateados asomando sin ninguna intención de disimularse.
Sofía lo miraba con ese tipo de hambre que poco tenía que ver con el desayuno. Marcel era mucho más guapo cuando se acortaban las distancias. No tenía claro qué le apetecía más, si los croissants , el cappuccino … o él.
—Estos días son buenos para pintar —dijo él acercando la taza a su boca—, los colores se vuelven más frontales cuando no entra mucha luz… nos engañan menos. Parece que va a llover.
— ♪Someone told me long ago there’s calm before the storm. I know it’s been coming for some time… I wanna know, ¿have you ever seen the rain? ♪ [43] —bromeó Sofía, tarareando como podía la canción que flotaba desde el salón.
Marcel soltó una carcajada de esas que le arrugaban los ojos.
—Cantas bonito, pero se te va el ritmo.
—Ya —aceptó ella, encogiéndose de hombros mientras dejaba la taza en el plato—. No todos tenemos tus dotes tan bien codificadas en el ADN. Además, algo malo tengo que tener.
Él sonrió sin entrar al juego y dio un mordisco al croissant mientras se hundía un poco más en la butaca, con la mirada perdida en algún punto impreciso del paisaje.
Así se quedó unos segundos, suspendido entre el silencio, la música y el aroma del café, bajo aquel cielo gris que se le atragantaba sin dejarlo respirar.
Devolvió la mirada hacia ella, y le atravesó las pupilas con ese otro azul que, de repente, parecía tener una necesidad urgente de traducirle el alma de una vez y por todas.
—Sofía —y el tono esta vez ya no era el mismo—, creo que tenemos que hablar.
Y ahí estaba la frase que nunca llegaba de visita.
Sofía dejó que los ojos de él se le metieran dentro, que buscaran lo que tuvieran que buscar.
La cabeza le iba a mil, sí, pero también sabía que Marcel tenía razón.
Dio otro sorbo lento y largo al café, tratando que nada la incomodara demasiado, y no volvió a interactuar verbalmente hasta vaciar la taza.
Luego se comió el último pedazo de croissant de un mordisco .
Ya no quedaba nada que postergar, pero se tomó su tiempo.
—Hablemos entonces —dijo al fin.
Marcel inspiró hondo.
—Esto es difícil para mí —empezó—. Pero la otra noche…
—La otra noche te dije que te quería —lo interrumpió ella.
Marcel se mordió el labio inferior e hizo ese gesto suyo que otras veces utilizaba para provocar y que ahora parecía un intento torpe de contener algo más oscuro. Se cruzó de brazos, y reacomodó la postura en el respaldo de la silla sin dejar de mirarla.
—Te dije que te quería —repitió ella sin suavizarlo—. Y tú pensaste que lo estaba diciendo porque te lo debía, ¿verdad?
Marcel no respondió.
Ella se inclinó hacia delante, apoyando los codos en sus muslos y encajando la barbilla sobre los dedos entrelazados. Lo sostuvo ahí, de frente.
—He tardado más de lo que debería. He tardado porque aprendí que apresurarme con lo que siento puede ser caótico.
—Soltó el aire despacio sin ponerse dramática—.
Y créeme… desde que te conocí, quería quererte…
, quería quererte y que me quisieras, aunque no tenía la más mínima idea de qué hacer conmigo si eso ocurría.
Sofía se recolocó en la butaca y se peinó los mechones desordenados con los dedos, sin demasiada fe en el resultado. Flexionó una rodilla sobre el asiento y, durante un segundo muy concreto, sintió que podría haberse fumado un cigarro. No fumaba. Pero el cuerpo a veces pedía salidas de emergencia.
—La otra noche no te lo dije para agradecerte nada Marcel —continuó—.
No te lo dije por lo que haces, ni por lo que estás sosteniendo —negó despacio con la cabeza—.
Te lo dije porque no podía no decirlo. Porque ya no podía tragármelo más, ni analizarlo más, ni seguir haciéndole autopsias a lo que estoy sintiendo por ti.
Marcel alzó una ceja.
—¿Autopsia dices? —repitió con una risa corta inclinándose hacia adelante—.
Aunque creo que te entiendo. Yo también llevo casi dos meses intentando descifrar qué somos cuando estamos juntos —admitió—.
Dándole vueltas, probando nombres, esquivando otros...
Pero me parece que ya nos toca definir, al menos, qué es lo que queremos ser.
—¿Y te refieres a…? —Sofía dejó la frase colgando—. Porque novios , ya somos. Al menos eso es lo que le dices a todo el mundo cuando me presentas… y creo que estaremos de acuerdo en que casi dos meses de relación no es mucho tiempo.
Marcel apretó la mandíbula y se lamió la comisura en un gesto fugaz. Sabía que Sofía tenía razón, no era mucho tiempo, pero para él había sido más que suficiente.
—El tiempo no siempre define la fuerza que tienen los vínculos emocionales. No siempre es cuestión de tiempo, a veces se trata más de cómo uno se entrega —espetó—. Y en cuanto a lo de novios … Eso es lo que le digo yo a la gente, Sofía. Tú sigues presentándome como Marcel, a secas.
—¿Y eso te molesta?
—No precisamente —negó él, despacio—, pero me confunde.
—Anotado —dijo ella, simulando un guiño.
—Tampoco quiero que te sientas presionada a asumir algo para lo que aún no estás lista.
—¿Sabes, Marcel? Creo que a veces soy una chiquilla malcriada y egocéntrica. —Se encogió de hombros frunciendo el ceño—. De las que creen que se lo merecen todo —agregó peinándose el flequillo con los dedos—. Una princesa egipcia , como diría mi amiga Paula.
Marcel no ripostó y Sofía lo miró, incrédula.
—Ah, ¿por qué no vas a decir nada? —protestó—. Esta es la parte en la que dices que no, que qué va… que yo no soy así.
Marcel se levantó de su silla y se apoyó en la baranda del balcón. Durante unos segundos miró el horizonte distante antes de volver a mirarla a ella.
—Me da igual como seas, Sofía —la atravesó con la mirada—.
Yo te quiero así. Estoy loco por ti. Así, tal cual eres.
Con un vestido sexy, con ropa de correr, con uniforme de guardia, y hasta con este pijama de espanto que traes hoy —inspiró hondo—, y no quiero descifrarte ni exigirte respuestas, ni que me des seguridades.
No me interesa poder completar tus frases, ni saber lo que piensas porque me encanta que digas y hagas cosas inesperadas.
Solo quiero que no me dé miedo hacer planes contigo a largo plazo.
Quiero poder incluirte en lo que deseo hacer dentro de tres meses sin tener que pedirte permiso, sin sentirme tonto por solo pensarlo.
Quiero que podamos hablar de las vacaciones de fin de año.
De conocer a tu familia. De invitar a tu madre a cenar.
De dónde nos gustaría vivir en el futuro.
—Le sonrió—. Quiero que te entregues entera y dejes que pase lo que tenga que pasar.
Quiero que seas mi novia, sí, pero de verdad.
Sofía tragó saliva. Marcel era un jodido corazón abierto ante sus ojos. Había entrado de frente, sin rodeos y sin trampas… proponiendo un compromiso adulto, uno que parecía tan pulcro, que no podía evitar amagar con doler si no salía bien.
Ella se levantó de la silla y se colocó a su lado y también contempló el mismo horizonte, organizando piezas sueltas que entraban en conflicto dentro de su pecho.
—¿Tan difícil te resulta no pensarlo tanto, Sofía? —preguntó Marcel, y en la voz se le coló una ansiedad que ya no pretendía aquietar.
Ella giró el cuerpo hacia él sin responder de inmediato. Le rodeó el cuello con las manos y rozó su nariz con la suya.
—Marcel. —Esbozó una sonrisa pequeña—. No te voy a mentir.
No tengo idea de hacia dónde va todo esto y tengo un problema serio con esto de idealizar el futuro.
—Apoyó la frente en la suya un instante—, pero sí sé una cosa: ahora mismo no hay otro lugar en el mundo donde yo quiera estar.
No hay otra persona en el mundo con la que quiera despertarme.
No hay otro cappuccino que desee probar y no hay otras manos que quiera sentir sobre mi cuerpo.
—Se acercó a su boca un poco más—. Y te quiero, Marcel, te quiero sin notas al margen.
Porque sí, y ya. Soy tan feliz contigo que me da pavor…
No puedo evitarlo. Así que no me pidas más, por ahora.
—Solo déjame entrar, Sofía —susurró contra sus labios sostenién dole el rostro entre las palmas—, déjame ver algún día cómo me ven tus ojos.
Ella se apartó apenas par de centímetros, lo justo para mirarlo con el entrecejo fruncido.
—¿En serio acabas de parafrasear a Cortázar? —preguntó burlona, fingiendo sorpresa.
—Eres imposible.
Y se rieron juntos.
Los ojos de Marcel brillaron distintos. Había algo nuevo ahí, algo más desnudo que la broma reciente.
La emoción le llegó de golpe y él simplemente se permitió habitarla.
Sus dedos se enredaron en el pelo de Sofía y la besó profundo, con ganas, con todas las ganas que le bullían por dentro y no pretendía contenerse.
—Entonces es un hecho… —dijo él con el rostro de ella de nuevo entre las manos—. Somos novios.
—Somos una pareja adulta —aclaró Sofía mordiéndose el labio inferior mientras le acariciaba la nuca con la yema de los dedos—. Y me encanta que eso implique no tener que andar en puntillas para quererte. Porque no tengo que andar en puntillas para quererte, ¿verdad?
Marcel no contestó a su pregunta, se limitó a sonreír todavía a un suspiro de su boca.
—Repítelo.
—¿El qué?
—Eso… que me quieres.
Ella sonrió contra sus labios y los rozó a propósito con las palabras.
—Que te quiero, te quiero, te quiero…
Se lo dijo otra vez, luego otra, y otra más… Y cada vez sonaba más segura.
Marcel la besó de nuevo y, sin previo aviso, la levantó sujetándola por los muslos hasta la altura de sus caderas. Sofía soltó una pequeña exhalación antes de cerrar las piernas alrededor de su cintura. Durante un instante se quedaron así, suspendidos, respirándose muy cerca.
—Este desayuno me ha dejado con hambre —dijo él, y le atrapó el labio inferior entre los dientes.
Sofía resopló.
—Joder, Marcel. ¿Ya has visto la pinta que traigo, verdad?
Él sonrió sin apartarla.
—Por eso mismo —respondió—. Vamos a quitarte ese traje nefasto de una vez.
La llevó hacia la habitación y, allí, el mundo cambió su eje de rotación para girar en torno a ellos.
Solo existía el trayecto de sus manos y sus bocas, el roce impaciente de la piel contra la piel, los besos que dejaban los labios hinchados, las cosquillas que se llevaban el aliento y los pies fríos buscándose bajo las sábanas…
Así se deslizó la mañana sin que ninguno mirara al reloj…
Desnudos por fuera y por dentro, sobre una cama que les quedaba demasiado grande.
Hubo un instante, a media tarde, en que Marcel fue a por una botella de vino antes de poner una película.
Y bastó que se girara desde la puerta y le sonriera para que ella se olvidara de que el fuego quemaba.
Empezó a traspasar las brasas fantaseando en su subconsciente con la idea de ellos juntos en tres meses, en un año, en unas vacaciones que aún no existían; en una cena con su madre; en la idea lejana de construir algo…
más. Y la taquicardia llegó inquisitiva.
Un miedo viejo y áspero, comenzó a rozarle todas sus cicatrices a la vez…
«Qué estás pensando, Sofía… Relájate un poco».
Pero Marcel regresó con un Barolo descorchado y dos copas en la mano. El hilo de sus pensamientos se rompió de golpe. Después de eso, le resultó imposible concentrarse en algo que no fuera ese hombre que tenía delante.