XLVI. No lo digas ahora, por favor #2
—Sarah… Sarah se pasa la vida viendo esas cosas buenas sin ni siquiera proponérselo —le dijo Sofía con la mirada vidriosa mirando la pantalla.
—Apuesto a que es una mujer feliz —dijo él—. Y por eso va a salir de esta. Porque va a saber ver que tiene la fuerza para hacerlo. No seas tú quien la haga dudarlo.
Sofía asintió. La gratitud le coloreaba las mejillas. Conversaron un rato más hasta que él notó que ella se había relajado un poco.
—Sarah va a estar bien —le aseguró con una convicción que no sonaba nada ingenua—. Confía. Tú vas a hacer todo lo que puedas por ayudarla. Y yo también…, porque eres tú . Confía —repitió—. Y sonríe un poco, aunque sea por mí.
El mar y Cesar seguían frente a ella y, el miedo también, pero al menos ya no se sentía tan asfixiada. Le regaló una sonrisa corta, y cerró los ojos un instante.
—Gracias, Cesar —murmuró—, pero no quiero seguir hablando de esto. Creo que me he pasado con la dosis de sufrimiento por hoy.
Él relajó los hombros. Volvía la Sofía de siempre.
—Me parece un plan excelente. —Se acomodó en su cama—. Te cuento que ya me terminé el libro que me recomendaste y, créeme… yo no sé tú, pero yo ya tengo anotado a Bilbao en mi lista, y a Barcelona también.
—Te lo dije —respondió ella—. Las descripciones de ese libro son muy hipnóticas e intrigantes.
—Así es. Gracias por recomendármelo.
—Me gusta darte contenido para tus historias de Marcopolo —dijo ella mirando el reloj en su muñeca, al notar en la pantalla un mensaje de Marcel preguntando si se demoraba—. Y oye, perdona, pero tengo que irme, se está haciendo oscuro y voy a volver corriendo a casa.
—Vale. En cuanto concrete con mi amigo te enviaré su contacto para que le hables. Cuídate, Sofía —le dijo, mirándola bonito—. Ah, y no estás tan despeinada nada. Estás preciosa.
—Cuídate tú también, zalamero.
Colgaron. Sofía bajó el móvil y se quedó un poco más, mirando cómo se deshacían sobre el mar las líneas violáceas del crepúsculo en el azul casi negro del anochecer, dejando que el murmullo de las olas le devolviera el equilibrio, aunque, por alguna razón, que tenía ojos verdes y una mochila repleta de yo me ocupo , de pronto sentía que el peso que venía cargando en silencio durante semanas, se había aligerado bastante.
***
Dos días después, Sofía estaba sentada frente al doctor Ernesto Antuña en uno de los despachos del Instituto de Oncología.
Tuvieron una conversación larga, detallada…
sin maquillaje ni adivinaciones. Él le habló con franqueza, pero también con una calma que no le pareció impostada.
Revisaron juntos el diagnóstico, la biopsia, los resultados de laboratorio, las imágenes…
, contrastaron criterios y desmenuzaron todos los posibles escenarios.
Ernesto coincidía con Maritza en lo esencial y, además, le ofrecía algo concreto y casi definitivo.
—Si tu amiga puede venir a La Habana —le dijo—, a partir del día quince del próximo mes puedo hacerle un espacio para que se haga el tratamiento completo de quimioterapia combinada. Aquí tenemos los medicamentos y los equipos necesarios. Yo mismo me encargaría de supervisarlo todo.
Ella lo escuchaba con atención absoluta, tomando nota mental de cada palabra.
—Sería un tratamiento ambulatorio —continuó—. Solo la ingresaríamos si surgiera alguna complicación, que no es lo esperable en su caso. Pero habría que coordinar bien el traslado, los viajes, los tiempos… y debe venir siempre con un acompañante a cada sesión.
Sofía asentía tranquila, sabía que aquello no era una promesa milagrosa, pero sí un camino más directo y sobre todo inmediato.
—Gracias, doctor. Ella estará aquí el día quince —le aseguró—. De verdad. Muchas gracias por ayudarme con esto.
—Ha sido un placer conocerla, doctora. Lo que sea que necesite, no dude en llamarme. Ya tiene mi contacto. Quienes son importantes para Cesar también lo son para mí —dijo extendiéndole la mano—. No obstante, le confieso que me amenazaron de muerte si no la ayudaba.
Sofía correspondió al gesto con una sonrisa amplia y se incorporó para marcharse.
—Doctora Sofía —dijo Ernesto antes de que saliera por la puerta—, es la primera vez que Cesar me pide un favor para alguien. Debes ser muy especial.
Ella no le respondió, apretó los labios ruborizada y salió de la consulta lo más rápido que pudo. Cuando abandonó el hospital, llamó a Cesar de inmediato para agradecerle.
***
Esa tarde cuando llegó al apartamento soltó el bolso en el sofá y fue directo a la cocina guiada por el olor delicioso de la comida. Marcel ya se había bañado y estaba terminando de preparar una crema de vegetales… Ella lo abrazó por detrás y él se volteó a besarla con devoción.
—Te extrañé hoy un poquito más de lo normal —le dijo él, acercándole una cucharada a los labios para que le diera el visto bueno—. Creo que te demoraste más de la cuenta.
—Mmmm. Esto está delicioso —dijo Sofía saboreándose los labios—. Yo solo le pondría un poco más de queso.
—Apuesto a que lo harías —aseguró Marcel riéndose—. ¿Cómo te fue con el doctor del Oncológico?
Sofía sonrió, sacó el móvil del bolsillo y marcó el número de Sarah en altavoz.
—Ahora se van a enterar los dos a la vez —le hizo un guiño defectuoso de los de ella.
Sarah contestó al tercer timbre.
—Tengo noticias —dijo Sofía en cuanto escuchó su voz.
Le explicó todo con cuidado. Lo que le había dicho el doctor. La posibilidad del tratamiento y los tiempos de duración. Las fechas y las condiciones. Sarah escuchó en silencio al otro lado de la línea.
—Sofi… —dijo al final—. Yo no tengo a nadie allá.
Marcel levantó la vista al escucharla y se acercó despacio al oído de Sofía.
—Dile que te tiene a ti —susurró—. Que puede quedarse aquí.
Sofía sintió cómo se le apretaba el pecho. Qué suerte tenía. Qué hombre tan maravilloso se había cruzado en su vida. Se le aguaron los ojos y le apretó la mano que él había colocado sobre su hombro.
—Sarah —le dijo con la voz casi temblorosa—, puedes quedarte con nosotros. Tenemos espacio en el apartamento.
—No… —Sarah cambió el tono a uno más tímido—. Sofi, eso sería abusar de la confianza de Marcel. Además, tengo que ir con mi mamá.
Sofía lo miró de nuevo, cuestionando con los ojos si estaba seguro de aquello y él le devolvió la mirada con una calma absoluta. Le lanzó un beso con la mano y le susurró con los labios que no había ningún problema, que viniera cuanto antes y con quien quisiera.
—Pueden venir las dos —respondió Sofía sin dudar—, incluso Ariel. Hay dos habitaciones libres.
Hubo un silencio breve.
—Ariel no podrá —contestó Sarah—. Tiene que irse por la beca.
Algo en el rostro de Sofía se endureció al instante.
—¿La beca? —repitió, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí. China.
La respuesta cayó pesada y Sofía sentía que la sangre empezaba a correrle como lava por las venas.
Aquella historia le resultaba familiar e injusta, pero era muy egoísta de su parte cuestionarla en un momento así.
Así que intentó posponer el pensamiento, empujarlo hacia un lugar donde no la irritara tanto y, no dijo nada. Pero Sarah, la conocía demasiado bien.
—Sé lo que estás pensando, Sofía —dejó salir el aire—. Pero no puedo pedirle que se quede. Ese es su futuro.
Sofía apretó la mandíbula.
—No estoy pensando en nada —respondió, con rotundidad—, y sí, es su futuro.
Pero este es el tuyo… y es el único en el que me toca pensar a mí ahora —respiró hondo una vez más—.
No se discute más. Ven con tu madre. Te quiero aquí antes del día catorce.
Vas a quedarte las ocho semanas completas.
Además, estaré cerca. No te estoy pidiendo autorización. —Hizo una pausa mínima—. Es una orden.
Al otro lado de la línea, Sarah sonrió. Sofía pudo oírla.
—Me encanta cuando te pones pesada y autoritaria para cuidarme —dijo—. Gracias… de verdad. Y dale las gracias también a tu novio.
Sofía observó el rostro de Marcel mientras escuchaba la respuesta. Él se limitó a sonreír guiñándole un ojo.
—Aquí estaremos —respondió Sofía.
Cortaron. Marcel volvió a remover la crema con la cuchara de madera, como si no fuera consciente de que acababa de hacer algo que le había desbordado el corazón a Sofía.
Ella se quedó contemplándolo con los ojos cristalizados y no pudo contener las ganas de aventurarse hacia él y abrazarlo con todas las fuerzas de su cuerpo y hasta las de su alma.
Marcel la besó en la frente y, cuando la miró a los ojos, las piernas le flaquearon. Supo que ella estaba a punto de decir algo que él sabía que no merecía escuchar, no en ese momento.
—Marcel —le dijo con los ojos encharcados y el labio inferior temblando.
«No, Sofía, no me lo digas ahora, por favor», suplicaba él para sus adentros con el corazón hecho un puño entre las costillas.
Pero ella le rodeó el cuello y se acercó mucho a sus labios, rozándoselos con la sonrisa.
—Te quiero —le susurró por fin, con la voz fracturada.
Él cerró los ojos solo un segundo, extendió el cuello y apoyó la barbilla sobre su cabeza mientras se dejaba abrazar por ella.
—Ya lo sé, cariño. Ya lo sé.
La apretó un poco más, sin responder directamente a esas palabras, pero sin apartarse de ellas. Porque lo sabía. Sabía que ese te quiero llevaba demasiado peso encima. Demasiado miedo, demasiada tristeza, demasiada angustia. Y él merecía escucharlo cuando naciera limpio, cuando no fuera un ancla.
Los ojos azules de Marcel estaban llenos de te quiero solemnes para ella… pero su boca, en cambio, se vaciaba de esperanzas para decirlos.