XLVI. No lo digas ahora, por favor
Era Cesar, como siempre tan oportuno. Y aunque en ese instante ella no tenía nada bueno que contarle, dejó que la carrera se fuera desvaneciendo primero en un trote ligero, y luego en pisadas apuradas hasta que contestó con un hola jadeante, que apenas dejaba algo de voz.
—Tesoro… ¿cómo estás? —preguntó él en un tono que resultaba de todo menos casual.
Había preocupación en su voz, Sofía lo notó y el rostro se transformó en una expresión de incredulidad.
«¿Cómo lo sabe?» Porque ella no se lo había contado.
No a él. En realidad, no se lo había contado a casi nadie.
Entre ellos dos las últimas interacciones habían sido escasas, apenas mensajes breves, saludos rápidos, y frases funcionales lanzadas entre una cosa y otra. Nada más.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó, antes incluso de responder a la pregunta.
Hubo un silencio intencional al otro lado de la línea.
—Mmm, Rachel —carraspeó él—. Ayer me lo contó.
Sofía aflojó aún más la marcha, hasta detenerse a la derecha de unos señores flacos con camisetas de todos los colores que intentaban pescar algo con anzuelos inventados… y una paciencia que abusaba de la fe.
«Qué cuidado hay que tener con la esperanza», pensaba…
pero en ese mismo instante uno de los hombres dio un tirón brusco.
La caña improvisada se arqueó y un pez plateado no muy pequeño que, por supuesto, ella no sabía identificar, había mordido el anzuelo y se sacudía con más dignidad de la que ella misma había logrado sostener algunas veces.
Todos los pescadores celebraron como si hubieran ganado un premio colectivo.
Se rieron. Se dieron palmadas en la espalda y el afortunado alzó el pez unos segundos, victorioso, antes de desengancharlo.
«¡Toma! A veces la esperanza sí es válida. Deja el pesimismo».
Subió al muro y se sentó con las piernas hacia el mar… Hacía frío. Algunas olas salpicaban con soberbia levantándose más de lo necesario, pero el horizonte se veía limpio, demasiado limpio... y aquello le parecía una tremenda insolencia del universo.
—¿Cómo estás, Sofi? —insistió él, con un tono cuidadoso.
—No lo sé, Cesar —dijo al fin—. No sé cómo estoy.
Su propia voz le sonó extraña, era la voz de otra Sofía arisca que intentaba sobrevivir en segundo plano, a un manojo de miedos para el cual no se había preparado.
—No me he dado tiempo ni permiso para definirlo —continuó—. Siento que ahora mismo yo no soy lo más importante.
Miró el mar, inmenso, indiferente.
—Estoy concentrada en otra cosa —añadió—. Tratando de buscar la manera de traerla aquí, a la capital para que pueda hacer el tratamiento lo mejor y lo más rápido posible, pero aún no encuentro la vía. De momento todo lo demás… —se detuvo— todo lo demás puede esperar.
No dijo el nombre de Sarah. No hacía falta. Cesar no la interrumpió. La dejó hablar todo lo que quiso.
—Ya lo sé —dijo él al rato—. Es por eso que decidí llamarte.
Uno de mis mejores amigos es cirujano oncológico —continuó—.
Tiene un cargo importante en el Instituto Nacional de Oncología y quería preguntarte si te parece bien que hable con él para que coordinen una cita, y conversen entre ustedes…
de médico a médico. No sé, a ver si él puede hacer algo.
A Sofía se le cerró la garganta, pero de una gratitud inesperada. Los ojos se le llenaron de lágrimas antes de poder evitarlo.
—¿Siempre vas a ser como un duendecito salvador? —consiguió decir, con un hilo de voz.
Él sonrió al otro lado, ella lo supo sin verlo.
—¿Para ti? Siempre que pueda —respondió—. Y cuando no pueda… al menos trataré de que sepas que estoy aquí.
Sofía dejó escapar una risa rota, que se mezcló con los sollozos ahogados que intentaba disimular. Inspiró hondo, pero el aire no terminó de entrarle bien.
—Tranquila —dijo él enseguida—. Respira. Todo va a estar bien.
—Tengo miedo, Cesar —admitió por primera vez en voz alta—. Mucho.
Se hizo otro silencio al otro lado de la línea, y Sofía aprovechó para tomar oxígeno, aunque no le sirvió de gran cosa.
—No me he atrevido a decirle esto a nadie —continuó—.
Pero no soy una persona muy valiente ahora mismo…
y encima me siento culpable por sentirme así.
Siento que no tengo derecho. ¿Me entiendes?
—Se sorbió la nariz, pero necesitaba aquello, sentía cómo los músculos de su cuello comenzaban a relajarse—.
No tengo moral para exigirle a ella que sea fuerte mientras yo estoy aterrada.
Las palabras salieron atropelladas, pero sinceras.
—Como amiga… —continuó—, me desangro por dentro solo de pensar que es ella la que tiene que pasar por esto.
Sarah tiene veinticinco años con toda la vida sin estrenar.
Con planes que ni siquiera ha terminado de imaginar.
—Se mordió la uña del anular—. Y, como doctora…
—tragó saliva— lo entiendo todo. Sé que es un Hodgkin, que el pronóstico es bueno, que hay protocolos y estadísticas que juegan a favor. Sé cómo puede salir bien.
Hizo una pausa, porque lo que estaba a punto de soltar era lo que siempre se tragaba.
—Pero también sé cómo puede salir mal, y mi cabeza no sabe situarse. Recorre todos los escenarios. Los buenos… y los otros. Los inevitables. Ya sabes, los que joden mucho.
La voz se le quebró del todo. No podía pronunciar aquella palabra.
—Y el punto más doloroso, Cesar, es cuando me pongo en su lugar.
Cuando pienso en el miedo que debe estar sintiendo de perder el control de su cuerpo, de que se le caiga el pelo...
¡Sarah tiene un pelo tan bonito!, de que su futuro deje de ser una posibilidad para hacer todo lo que sueña.
Solo pensarlo... te juro que me parte en dos.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, pero otras nuevas seguían cayendo. No podía parar de hablar.
—Desde que surgió la duda con el diagnóstico, siento que mi cerebro no se calla nunca —confesó—.
Es insoportable. Incluso cuando hablo, sigo pensando, calculando desenlaces y anticipando complicaciones.
Y estoy cansada… tan cansada… y no puedo estarlo porque esto solo está empezando…
Creo que puedo enfrentar el miedo de perder muchas cosas, pero no a una de mis mejores amigas.
Y ahí estaba… Por primera vez Sofía lo dijo en voz alta. Por primera vez liberó el verdadero terror que llevaba días retorciéndole las entrañas.
Cesar la dejó vaciarse. No se lo dijo, pero cada segundo que la escuchaba hablar hacía más difícil que recordara por qué era una mala idea tomar el primer vuelo a La Habana.
Aquella Sofía sensible y rota era nueva para él.
Le dolía escucharla así y, al mismo tiempo, le despertaba un orgullo difícil de explicar.
Era una Sofía desnuda ante sus enanos interiores y, al mismo tiempo, demasiado orgullosa para pedir ayuda.
Una que creía que no tenía derecho a sentirse como se sentía porque no era ella la que estaba enferma.
Y esa idea, injusta y cruel, le apretó algo en el pecho.
Él cerró los ojos, giró sobre sí mismo y apretó el puño con fuerza, conteniendo el golpe contra la mesa que tenía enfrente. Cuando por fin habló, lo hizo desde lo más profundo de su corazón.
—Sofía, escúchame bien —le dijo con firmeza—. No tienes que ser valiente ni inquebrantable ahora mismo. No te exijas tanto, por Dios. ¿Me escuchas?
La sintió sollozar y se le hizo un nudo en el estómago.
—De verdad. No hoy. No conmigo —su voz sonaba dolorosamente honesta—.
Tú también tienes todo el derecho del mundo a tener miedo.
Y es normal que no puedas sostenerlo sola…
No pasa nada. Yo puedo hacerlo un rato por ti…
si me dejas. Cuéntame todo lo que quieras que si se te gastan las fuerzas yo te presto las mías.
No voy a dejar que te caigas —inspiró profundo antes de continuar—, te lo prometo.
No olvides que siempre voy a estar aquí para ti Sofía.
Soy tu amigo…, decidí quedarme con eso y me da igual lo patético que pueda sonar.
No importa si es del otro lado del teléfono, con el mar por medio y a más de mil millas…
. Voy a estar. Y si necesitas que la distancia desaparezca, solo tienes que decirlo en voz alta. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Él sabía que ella estaba llorando, también sabía que necesitaba hacerlo, pero qué frustrante le resultaba no poder darle un abrazo en ese momento. Dio varias vueltas en el mismo sitio, se pasó la mano por la cabeza impotente… «¿Y si voy a verla?».
Pero sabía que hacer eso, era ser egoísta y ponerla en una situación incómoda e innecesaria. Sabía que a ella le iba bien en su nueva relación y a él también en su vida libre con citas casuales sin promesas y sin ataduras. ¿Para qué complicarlo todo?
—En los últimos días me está costando ver lo bueno de la vida —masculló Sofía, en tono bajo.
No le gustó oírse decir eso, ni un poco, pero así lo sentía. Se hizo un silencio corto y en la pantalla de su móvil, una solicitud de videollamada empezó a parpadear. Sofía ladeó la cabeza y, con una sonrisa maltrecha, aceptó.
Aparecieron los ojos verdes de Cesar y, esa risa suya, más irónica con el karma incluso que la tranquilidad del horizonte.
—Cesar… ¿qué hago contigo?
Él la observó unos segundos antes de hablar.
—¿Te ves en la pantalla? —le preguntó.
—¿Cómo?
—¿Que si te ves en la pantalla en el cuadrito pequeño?
—Ah… sí, claro. Toda despeinada y desastrada… Ahí me veo sí —se arregló los pelos del flequillo—. ¿Por?
—Tócalo, hazme el favor.
Sofía obedeció. Su imagen ocupó la pantalla grande y Cesar pasó al recuadro pequeño.
—Hecho… ¿y ahora qué?
—Nada… que quería que vieras lo bonito de la vida.
Sofía se echó a reír y volvió a tocar la pantalla para agrandarlo a él.
—Vale. Ya estás tú otra vez ahí… y la vida también se ve bonita así.
—Pues eso… Las cosas buenas de la vida tienen menos que ver con que ocurran y más con que sepamos reconocerlas. Pueden pasarte por delante mil veces que, si no estás dispuesta a verlas, será como si nunca hubieran existido para ti.