XLV. Ya tengo los resultados, chicas #4
Resultaba demasiado injusto tener que ser fuerte cuando lo único que quería era romperse; tener que asimilar palabras nuevas — linfoma, Hodking, quimioterapia, radiación — cuando todavía estaba aprendiendo a vivir la vida que quería, cuando quizás ni siquiera la había descubierto.
Pensaba en su madre, en esa forma obstinada de no separarse de ella nunca, de no permitirse un solo gesto de tristeza en su presencia, en cómo el miedo se apoderaría de todo su cuerpo cuando se enterara, y en cómo ella misma debería aprender a gestionar y habitar todo aquello para seguir hacia adelante incluso si las cosas salían bien, porque para nadie era un secreto que muchas de estas enfermedades cuando se van…
luego pueden volver, y eso le dejaría un terror soberbio bajo la piel.
Se llevó una mano al pecho intentando calmar el latido errático que retumbaba en sus costillas.
Sabía —ya lo intuía— que conseguiría sonreírle al mundo, aunque por dentro estuviese librando batallas rompehuesos, que seguiría proyectando una versión suya aparentemente intacta, funcional y valiente en lo que el miedo caminara con ella.
Tenía claro que hacerlo, era su única opción.
Lloró hasta quedarse sin fuerzas. Hasta que el llanto se volvió un temblor residual.
Y en ese agotamiento, en ese punto donde ya no quedaban preguntas ni resistencia, se prometió algo más allá del pánico: seguir viva.
Aunque doliera. Aunque asustara. Aunque no supiera todavía cómo.
Recogió el bolso que había caído al suelo, sacó el móvil y con las manos todavía temblorosas abrió el chat de las chicas.
Dudó unos segundos antes de escribir. No porque no supiera qué decir, sino porque decirlo lo haría real…
y no quería lastimarlas. Sarah le temía más al dolor de sus amigas que al suyo propio.
Sarah:
Ya tengo los resultados, chicas. Es un linfoma de Hodgkin.
Pero no se asusten. La doctora me ha dicho que, de todos los linfomas, es el menos agresivo, y el de mejor pronóstico.
Pulsó enviar y dejó el teléfono a su lado, boca abajo. No estaba lista para mirar aún las respuestas que llegarían enseguida. Cerró los ojos. «Hay esperanza. Siempre la hay», pensó.
***
Sofía acababa de llegar del hospital y se sentó un momento en la cama, para relajar el cuerpo. Marcel estaba en casa cambiándose de ropa frente al espejo, para irse a entrenar.
—Voy al gym un rato —le dijo a Sofía antes de darle un beso suave en los labios—. Vuelvo enseguida y preparo algo para cenar.
—¿Y si me das un masaje en la espalda antes de irte?
Él se disponía a hacerlo sin protestar cuando el móvil de ella vibró a su costado. El nombre de Maritza apareció en la pantalla.
—Es Maritza —murmuró.
Marcel se detuvo y se sentó a su lado apoyando los antebrazos sobre las rodillas, preocupado.
—Querida —dijo Maritza al otro lado—. Te llamo para explicarte todo con calma.
Sofía apoyó una mano sobre el muslo de Marcel buscando ancla y cerró los ojos un instante.
—Dime —respondió tajante—. Te escucho.
—Ya tenemos la tipificación completa —continuó—. Es un linfoma de Hodgkin y el oncólogo considera que el pronóstico es favorable, siempre y cuando el tratamiento se haga bien desde el inicio.
Sofía sabía lo que Maritza estaba haciendo. Enfocarla en buscar soluciones antes de alimentar un dolor que no debía expandirse. Al menos no todavía. Así que la escuchó con atención clínica, aunque desde otro lugar, todo le doliera a rabiar.
—La propuesta es quimioterapia combinada, varios ciclos —explicó Maritza—. Después valoraríamos radioterapia localizada, según la respuesta. Todo dentro de los protocolos actuales.
—¿Estadío? —preguntó Sofía.
—Intermedio… pero se ha detectado a tiempo así que eso juega mucho a su favor.
Hubo una pausa. Sofía supo que venía lo difícil.
—Lo he hablado con el oncólogo, Sofía, y en los hospitales de la provincia estamos muy limitados. Los equipos no siempre están en las mejores condiciones, hay demasiados pacientes y las listas de espera se alargan que no tienes idea. No quiero que pierda tiempo y estoy segura de que tú tampoco.
Sofía apretó los labios. «Joder, estoy hablando de oncólogos y quimioterapia sobre una de mis mejores amigas. Joder. Joder. Joder».
Presionó sobre el muslo de Marcel con más fuerza de la que era consciente. Él no se quejó.
—¿La Habana? —preguntó por fin, con la voz rota.
—Sí. El Instituto Nacional de Oncología —respondió—. Allí hay más experiencia, más recursos, más capacidad de respuesta. Aquí solo hacemos lo que podemos… —se permitió un poco de cinismo—. Ya sabes, presumimos de mucha vocación y mucho cerebro… pero hay muy pocos recursos.
—Sí, nuestra famosa potencia médica —replicó Sofía, sin humor.
—Pues sí —confirmó Maritza—. Y Sarah necesita algo más que intentos épicos. Yo creo que estamos a tiempo de todo, pero necesitamos recursos… y contactos.
—Sí, tienes razón —dijo Sofía con firmeza—. Haré lo que esté en mi mano para conseguir un traslado para acá. Alguien tiene que haber que me pueda ayudar. El Instituto de Oncología está justo al lado del Neurológico así que esta misma semana averiguo a quién puedo llegar.
—Lo sé —respondió Maritza—. Por eso quería hablarlo contigo.
Se despidieron poco después. Sofía dejó el móvil sobre la cama y se quedó mirando un punto fijo; necesitaba unos segundos para sostener toda aquella información sin romperse.
Marcel se giró hacia ella.
—¿Cómo está? —preguntó con suavidad.
Sofía intentó responder, pero la voz se le quebró antes de salir. Los ojos se le llenaron de agua de forma inmediata. Marcel no habló más, solo le tomó la mano en un gesto silencioso.
—Es un Hodgkin —consiguió decir. Tiene buen pronóstico…, pero el camino va a ser duro.
Él apoyó la barbilla sobre su cabeza y la besó sobre el pelo. En ese momento, el móvil vibró otra vez. Ella bajó la vista. Era un mensaje nuevo en el grupo.
Sarah:
Ya tengo los resultados, chicas. Es un linfoma de Hodgkin.
Pero no se asusten. La doctora me ha dicho que, de todos los linfomas, es el menos agresivo, y el de mejor pronóstico.
Sofía apretó los ojos y golpeó sobre su muslo con el puño varias veces. «Mierda. Mierda. Mierda».
Marcel se incorporó despacio y se paró frente a ella.
—Ven aquí —le deshizo el puño en su mano trenzándole los dedos con los suyos. La levantó de la cama y la abrazó fuerte contra su pecho—. Llora, llora todo lo que quieras. No te contengas más.
El abrazo duró mucho, y el llanto devastador de Sofía también. Él, por supuesto, no fue esa tarde al gimnasio.
♪ Dónde está la vida, la que nos gastamos
la que merecemos, la que nos debemos, la que nos confiaron,
la vida que vuelve cuando ya no hay vida,
la vida del otro, que es también mi vida… ♪ [41]