Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLV. Ya tengo los resultados, chicas #3
60%

XLV. Ya tengo los resultados, chicas #3

Ese día Marcel lo recibió con su cortesía habitual y luego de tantear —sin invadir— las intenciones reales del chico con Sofía, decidió preparar una pasta carbonara para la cena.

Después de la comida se quedaron un rato en la sala conversando de música y de lo mucho que le gustaba a Alejandro la vida en La Habana…

Sofía, sin pretenderlo, los observó conversar desde el silencio, estaba deslumbrada con la calma que le producía ver a Marcel formando parte de su mundo e implicándose en él, sin que le resultara invasivo.

Aquella normalidad —esa escena doméstica frente a ella— le provocaba ternura y también, una punzada en el estómago que se traducía en miedo por todo lo que podía salir mal.

Pero había una realidad, su corazón no estaba en taquicardia constante, y eso… eso ya era un premio.

Alejandro se marchó entrada la noche, no sin antes hacer eso suyo de ir por la vida siendo él, pasara lo que pasara.

—Me cae bien tu novio… —le susurró sin disimulo, apoyado en el marco de la puerta—, aunque creo que es un poco mayor para ti.

La sonrisa fue abierta y genuina, en buen plan.

Sofía le hizo un mohín, cerró la puerta tras él y se quedó un segundo recostada a la madera antes de girarse hacia la cocina donde estaba Marcel apoyado de espaldas al borde de la encimera, risueño y relajado, hablando por teléfono con Paola sobre su llegada inminente a La Habana, a finales de mes.

***

Nada se rompía del todo en los días que siguieron, aunque se notaba la fricción.

No había ruido, pero el silencio era mordaz.

La rutina se sostenía con la dignidad mecánica que tienen las cosas que no pueden permitirse colapsar, y el invierno —escaso pero obstinado— terminó de instalarse en la ciudad.

No tanto por la temperatura, que apenas descendía, como por la humedad del Caribe, traicionera, que se colaba bajo la ropa y parecía quedarse a vivir en los huesos.

Se notaba también en el mar. En la furia más tensa de las olas.

En esas brisas ásperas que cortaban la cara y dejaban claro que sí, que eran tiempos fríos, aunque nadie sacara los abrigos.

La presión en el pecho de Sofía no cedía.

Bastaba con que el día se apagara para que todo emergiera.

Cada noche, cuando dejaba encendida la lámpara de la mesilla y se quedaba mirando el techo antes de quedarse dormida, la cabeza se le llenaba de susurros amenazantes: Sarah, la biopsia, la espera, ese diagnóstico que avanzaba con una calma tan punzante que le agujereaba los pulmones.

Hasta que el miércoles llegó… y con él, el resultado definitivo de la biopsia.

XLV. Ya tengo los resultados, chicas

Sarah y Ariel estaban sentados frente al escritorio de Maritza.

La consulta era la de siempre. La misma lámpara inclinada sobre el archivador, el mismo reloj en la pared que marcaba los segundos con una puntualidad ofensiva, el olor típico a hospital que anclaba y no dejaba olvidar. Nada había cambiado allí.

Maritza se acomodó en la silla antes de hablar. Cruzó las manos sobre la mesa y, antes de decir nada, los observó unos segundos con el rostro tranquilo, pero con atención. Con los años había aprendido que el cuerpo sabía anunciar las palabras antes de ser pronunciadas.

—¿Cómo has estado estos días, Sarah? —le preguntó con tranquilidad.

Sarah inspiró despacio antes de responder. Tenía los hombros tensos y la espalda recta en exceso.

—Ansiosa —admitió—. Intentando no pensar demasiado.

Maritza asintió con una leve inclinación de cabeza. No sonrió todavía.

—Es comprensible —dijo tamborileando los dedos sobre la carpeta que tenía sobre la mesa—. Pues bien… ya tenemos los resultados de la biopsia.

El silencio que siguió fue doloroso. Sarah apretó la mano de Ariel.

—Como sospechábamos —continuó—, el resultado ha sido positivo para un linfoma.

La palabra cayó como un trueno nefasto, de esos que ya sabes que vienen y de todas formas te provocan terror cuando escuchas el estruendo.

Sarah se llevó ambas manos a los ojos y bajó la cabeza sin emitir sonido alguno.

Ariel parpadeó, pero logró reaccionar de inmediato rodeando sus hombros y acercándola contra su pecho, tratando de sostenerle al menos el cuerpo, en ese instante tan jodido en el que se le apagaba el resto del mundo.

Maritza estiró la mano por encima del escritorio y agarró con cuidado el antebrazo de Sarah en un gesto breve y respetuoso. Sarah se descubrió la cara como pudo. Ya tenía los ojos enrojecidos, asustados, llenos de lágrimas.

—Si necesitan un minuto, puedo dejarlos solos —dijo Maritza—. Pero me gustaría que, si pueden, me escuchen primero. ¿De acuerdo?

Sarah tragó saliva. Asintió una sola vez.

—Mira, te voy a hablar sin engañarte y con datos objetivos… —suavizó un poco el tono—. Hay distintos tipos de linfoma y el que ha arrojado tu biopsia es un linfoma de Hodgkin.

Hizo una pausa para asegurarse de que la información encontrara su lugar.

—Con los tratamientos actuales, este tipo de linfoma responde muy bien.

Suele ser el menos invasivo —añadió—, y, en tu caso, no compromete el funcionamiento de ningunos de tus órganos vitales, así que considerando tu edad, tus antecedentes y tu estado físico, las probabilidades de una remisión completa son muy altas.

Sarah inspiró despacio para contener los temblores en sus músculos y mantuvo la mirada fija en Maritza, pues no quería perderse ningún detalle.

Pero ella ya lo había investigado todo: diagnósticos posibles, tratamientos convencionales y coadyuvantes.

Todo. Sabía que venía una etapa difícil…

fuera cual fuera el segundo nombre del asunto.

Maritza siguió explicando, evitando los tecnicismos innecesarios.

Habló del sistema linfático, de cómo algunas células comenzaban a comportarse de forma desordenada, de los tratamientos disponibles, de los tiempos.

No se extendió ni hizo promesas grandilocuentes y tampoco evitó la palabra quimioterapia,  pero la utilizó de la manera justa para que a Sarah no le produjera tanto terror.

—No va a ser un camino sencillo Sarah —dijo—, pero es un camino que conocemos bien y no vas a recorrerlo sola.

Sarah no lloró entonces. No todavía. Se limitó a asentir con los labios apretados, mientras Ariel no aflojaba la manera en la que le tenía agarrada la mano.

—Haré lo que sea necesario —dijo al fin, casi sin poder decirlo—. Lo que usted me diga. Solo quiero ponerme bien.

Maritza dejó escapar el primer gesto de alivio de toda la conversación.

Una sonrisa pequeña, pero muy honesta… La reacción de Sarah no era la más común en estos casos.

Por lo general todos los pacientes se rompían, dejándose arrastrar por el dolor y el miedo a un punto que casi no podían escuchar.

Pero se trataba de Sarah, con ella… nada era como se esperaba. Y qué bendición.

—Eso es todo lo que necesitamos ahora —respondió tomándole la mano—. Tu cuerpo escucha las palabras que te dices… Tienes que tratarte bien, con amor y con sabiduría. Eso es muy importante.

Y durante unos segundos, en aquella consulta demasiado blanca y demasiado real, el miedo encontró un lugar donde coexistir, pero sin gobernarlo todo.

Sarah y Ariel salieron del hospital sin decir casi nada. El trayecto hasta la casa transcurrió en un silencio exasperante, solo interrumpido por el ruido del motor del taxi y el vaivén de la ciudad irreverente que seguía funcionando como si nada acabara de cambiar para ellos.

Cuando atravesaron la puerta, Sarah caminó directo al dormitorio, cerró tras de sí con un gesto torpe y se sentó en el borde de la cama.

Las piernas ya no podían sostenerla, apoyó los codos en sus muslos, se cubrió el rostro con las manos y entonces lloró.

Lloró como si se estuviera acabando el mundo, su mundo.

Fue un llanto crudo, caótico, de esos que sacuden el cuerpo entero y dejan el alma en carne viva.

Se encogió sobre sí misma abrazándose las rodillas, dejando que el miedo encontrara por fin una salida sin sentir vergüenza.

Ariel llegó enseguida. Se sentó a su lado y la cubrió con los brazos. Durante unos segundos largos —quizá más— solo existió ese abrazo, los gemidos que se ahogaban y la respiración entrecortada de Sarah buscando espacio.

—Déjame sola un rato… por favor —le suplicó cuando por fin logró articular palabras.

Se lo pidió sin levantar la cabeza. Ariel dudó, pero le besó la coronilla con ternura y salió del cuarto dejando la puerta entornada.

Sarah se quedó allí, sola al fin, y el mutismo se volvió ensordecedor.

Tenía veinticinco años. Joder. Hacía poco había empezado a imaginar su vida futura y había dado por sentado que el tiempo no sería una variable problemática en su ecuación.

Había proyectado planes que aún no tenían forma exacta, pero sí contenían sueños, viajes, rutinas por estrenar…

, planes que consideraban una vida que se abría, no una que amagaba con cerrarse.

Y, de pronto, aquel diagnóstico le ponía sobre la mesa la única verdad incuestionable de la existencia humana, la posibilidad de ese desenlace aterrador que nadie nunca nombra, pero que existía como una sombra amenazante e innegociable: la muerte.

El miedo no era solo al dolor físico ni a los tratamientos agresivos que tendría que pasar.

Era el terror a perder el control sobre su propio cuerpo, a que algo fallara, a que una célula rebelde no respondiera bien y decidiera por su cuenta más de lo debido.

Era la desesperanza que aparecía cuando el futuro dejaba de ser una línea recta y se convertía en un territorio incierto.

Apoyó la frente en las rodillas y cerró los ojos con fuerza. «¿Por qué ahora? ¿Por qué yo?».

Se preguntaba, sin voz… dando golpes con el puño sobre el colchón.