Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLV. Ya tengo los resultados, chicas #2
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XLV. Ya tengo los resultados, chicas #2

La falta de entusiasmo a Sofía le pesaba más en el cuerpo que en el minutero del reloj.

El crepúsculo estaba a punto de caer y ella seguía envuelta con una colcha tejida en el sofá, viendo Meet Joe Black [38]  por décima vez, sin prestar atención a las imágenes…

Más que mirar, dejaba pasar el tiempo. Era lógico, con Marcel deambulando sin camisa, hasta Brad Pitt pasaba a un segundo plano.

Él terminó por fin en el estudio y tras prepararle un café vespertino, se enroscó a su lado bajo la tela.

La besó en el pelo y después de algunas bromas y promesas estratégicas, consiguió convencerla de vestirse y arreglarse un poco para pasar la noche en la Fábrica de Arte Cubano, donde estaría Carlos Varela, un trovador que a Sofía le encantaba, dando un concierto.

Así podría distraerse un rato en ese mundo donde el arte solía ofrecer un poco de tregua y consuelo.

A Sofía, aquello le sonaba infinitamente mejor que volver a alguno de los bares ruidosos y deshidratados del Vedado habanero, así que aceptó sin ofrecer resistencia. Sabía que le haría bien.

Pasadas las ocho de la noche, la Fábrica de Arte Cubano se alzaba ante ellos tan imponente como magnética.

Desde fuera conservaba algo de su pasado industrial en aquellos muros amplios de estética cruda que no intentaba disimular lo que había sido…

Lo que más llamaba la atención era la torre, una de esas chimeneas altas y cilíndricas propias de las fábricas de otro tiempo, que resaltaba a un costado como un vestigio obstinado del pasado.

Ya Sofía había visitado el lugar y, ahora, de nuevo percibía la misma energía infinita de libertad y expansión.

Aquello era un proyecto de arte creado por X Alfonso, [39]  que había transformado un antiguo almacén de la industria pesquera en un territorio híbrido donde convivían, sin jerarquías visibles, distintas formas de expresión artística.

Un espacio vivo, caótico y bello a la vez, donde se podía mirar, crear, bailar y perderse a cuenta y riesgo.

Una especie de refugio cultural para quienes necesitaban del arte casi tanto como del oxígeno.

La fila para entrar era descomunal. Rodeaba parte del edificio y se perdía más allá de lo que Sofía alcanzaba a ver, era como una marea de cuerpos impacientes.

Ella suspiraba, resignándose al flujo lento de gente entrando a cuentagotas.

Antes de comenzar a recorrer la línea para ubicarse al final, Marcel se soltó de su mano un instante y se acercó a la puerta de la entrada principal.

Sofía lo siguió con paso lento sin entender qué hacía, aunque le llegaban sus voces.

—¿Equis está adentro hoy? —preguntó él, casi en susurros inclinándose al guardia de seguridad.

El hombre negó con la cabeza.

—No, hoy no viene.

Marcel asintió, sacó el móvil del bolsillo apartándose unos pasos y marcó un número.

Sofía no escuchaba del todo la conversación, solo veía cómo Marcel sonreía y decía algo en voz baja.

Unos segundos después, el teléfono del hombre de la puerta sonó y, tras atender la llamada levantó la vista hacia Marcel, haciéndole un gesto con la mano para que se acercara.

—Pueden pasar por la entrada VIP —dijo, señalando una puerta discreta a un costado del edificio—. Por aquí, por favor.

Sofía parpadeó confundida, mientras esquivaban la fila interminable y se internaban en el sitio por aquel acceso secundario.

—Eres una cajita de sorpresas —le dijo, dejando escapar la sonrisa por sus comisuras.

Marcel se encogió de hombros apretando su mano.

—Equis       y yo nos conocimos hace muchos años, en una exposición en la Habana Vieja —respondió por lo bajo—. Le regalé uno de mis cuadros y luego me compró varios. Días después me invitó a su casa, y los vi colgados en su sala. Para mí fue un honor.

—Al parecer este mundo del arte es más pequeño de lo que parece —comentó Sofía.

El interior del lugar parecía un pequeño universo en expansión.

Pasaban de un espacio a otro como en un laberinto bien intencionado, en el cual perderse resultaba necesario para disfrutar la experiencia.

Había salas dedicadas a exposiciones de pintura, y otras pobladas de esculturas que obligaban a rodearlas despacio y con respeto.

En un salón más pequeño, un grupo de personas pintaba en silencio, concentradas, ajenas al tránsito constante, envueltas en una burbuja de atención absoluta.

Más adelante, instalaciones hechas con materiales reciclados exigían ser observadas sin prisa.

En una de las paredes, un mapa de la isla de Cuba aparecía incrustado a base de llaves viejas multicolores, que parecían haber sido rescatadas de todos los hogares dejados atrás en ese intento constante de libertad que muchas veces acababa convertido en exilio lacerante.

También recorrieron un salón dedicado al diseño de ropa que mostraba prendas colgadas como parte de una coreografía suspendida.

Después, otro espacio acogía la proyección de películas antiguas donde el traqueteo del proyector vintage  se mezclaba con la música lejana, tejiendo una atmósfera casi hipnótica que invitaba a quedarse sin mirar los relojes.

Sofía caminaba con los sentidos activos, dejándose llevar.

Sentía que en el lugar se respiraba creatividad por cada pasillo improvisado.

Marcel avanzaba a su lado, señalándole detalles y nombres y contándole historias cortas que daban contexto a lo que se iban encontrado.

Después de un rato se detuvieron en una zona más abierta, allí pidieron unos tragos y se sentaron a esperar el inicio del concierto de Carlos Varela.

La música aún no había comenzado, pero la expectativa era muy evidente en el entorno, hablaban de la buena vibra que había cuando una voz grave los interrumpió por la espalda.

—¡Marcel de la Torre!

Él se giró… y sonrió reconociendo al hombre de inmediato. Se levantó de su silla y abrazó a un señor con el cabello gris, esbelto, delgado, con nariz respingada y sonrisa de muchos amigos, que lucía un pintoresco conjunto de lino blanco con bordados en negro.

—Pero cuánto tiempo, Fermín —le dijo Marcel dándole unas palmadas en la espalda—. Qué alegría verte hombre. Mira, ella es Sofía —se apresuró a presentarla en tanto ella se incorporaba a extenderle la mano al desconocido—, mi novia.

Sofía se quedó sin aire por un segundo, pero sostuvo la sonrisa, consciente de un cosquilleo en el pecho que no sabía cómo interpretar, aunque para su sorpresa, el título público comenzaba a resultarle placentero.

El hombre se presentó como curador de artes y gestor de las galerías del lugar.

Marcel lo invitó a un trago y se sentó junto a ellos por un rato durante el cual conversaron de tiempos pasados, de cómo iba la vida…

y de una propuesta para que Marcel presentara una exposición personal a inicios del mes siguiente en una de las salas pequeñas de Fábrica.

Él le agradeció sin apresurarse a aceptar en tanto Sofía lo observaba con el rabillo del ojo, toda orgullosa de estar a su lado.

Marcel le dijo al hombre que se lo pensaría y que le daría respuesta en los primeros días de la semana…

Y allí, rodeados de gente que parecía ser lo que quería sin justificarse, y de buen arte en casi todas sus formas, la voz de Carlos Varela comenzó a aislarlos de todo lo que les hacía interferencias dolorosas.

♪Mirando un álbum de fotos, de la vieja capital… desde los tiempos remotos

de La Habana colonial.

Mi padre dejó su tierra y cuando al Morro llegó, La Habana le abrió sus piernas

y por eso, nací yo.

Habana, mi Habana, si bastara una canción, para devolverte todo

lo que el tiempo te quitó… ♪ [40]

Cantaron hasta quedar afónicos y, por supuesto, esperaron hasta el final para tomarse algunas fotos con él.

—¿A este no lo conocías, verdad?

—No, a Varela no —respondió Marcel riéndose, observando la foto con el trovador en el móvil—. Aunque creo que hemos coincidido en algunos espacios.

Sofía alzó las cejas agarrando su mano y le hizo un mohín cariñoso.

—Lo que nos queda es nada para salir en la portada de una revista de farándula.

***

Llegaron a la casa en la madrugada, desbordados de esa euforia que solían dejar las noches bien vividas.

Entraron besándose con hambre, se despojaron de sus ropas sin tantear las opciones y se hicieron el amor con devoción.

Sofía tenía que levantarse en tres horas, pero no negoció nada, aquel agotamiento feliz no le molestaba.

La noche le había devuelto algo que no sabía que tenía tan adentro, una parte suya que llevaba tiempo anestesiada.

Lo sintió como un soplo de aire fugaz y necesario.

***

La segunda semana en el Instituto de Neurología comenzó con Sofía un poco más adaptada.

Ya no caminaba con la sensación constante de estar ocupando un espacio prestado.

Iba reconociendo los pasillos, los tiempos, algunos nombres.

Saludaba con naturalidad, intercambiaba con sus colegas comentarios breves, tejía red  casi sin darse cuenta.

Se integraba en conversaciones aisladas, recibía gestos atentos y permitía que algunas coincidencias empezaran a transformarse en afinidades reales.

Almorzaba de vez en cuando con Alberto si les coincidían los horarios y él no perdía el chance para convencerla de aceptar una oferta de trabajo allí cuando terminara la Especialidad.

También entró de lleno en la parte más práctica del programa.

El proyecto final dejó de ser una idea abstracta y empezó a exigir decisiones concretas.

Tenía que discutirlo en mayo, al cierre del diplomado, y debía realizarlo junto a otra persona.

Ella y Alejandro se eligieron mutuamente sin dar vueltas ni ofrecer resistencias.

Con él ya todo fluía desde un lugar sencillo, eficaz y sin ruido.

Acordaron que él iría al apartamento el próximo viernes en la tarde para organizarse y dividir las tareas.