Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLV. Ya tengo los resultados, chicas
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XLV. Ya tengo los resultados, chicas

XLIV. Escenas domésticas

Sofía tenía la sensación de que la semana transcurría como una sola jornada larga con ligeras distracciones.

Intentaba seguir su calendario, aunque a veces tomaba atajos, porque le costaba someterse a tanta estandarización.

Conferencias toda la mañana que se sucedían sin descanso de transición, laboratorios de imagen y de neurofisiología por la tarde, y en las horas nocturnas, después de estudiar un poco, le dedicaba dos o tres horas al proyecto en conjunto con la doctora Castillo.

Algunas tardes, cuando conseguía llegar antes a casa, salía a correr sola por el Malecón justo a la hora en que Marcel se iba al gimnasio.

La brisa fresca, el azul confuso del mar, el golpe seco del oleaje contra los arrecifes, el salitre pegándose a la piel, lograban bajarle los decibeles a su ruido interno.

En los ratos libres, tanto en casa como en el hospital, aprovechaba para revisar capítulos del libro que tenía en proceso de edición, corregía textos o potenciaba los temas que le sugería la editora.

Aquellas tareas le servían para mantenerse encapsulada, a salvo de un pensamiento áspero que martillaba en sus entrañas.

Ella era consciente de la trampa que representaba el no me alcanza el tiempo , pero a veces se permitía caer en ella con tal de aliviarse.

La sospecha del linfoma de Sarah permanecía atrapada en un rincón oscuro de su conciencia.

Sofía conocía los tiempos, los protocolos, las esperas.

Sabía que el resultado de la biopsia demoraría una semana más y que, hasta entonces, no habría respuestas definitivas.

Pero en ese suspenso paradójico, lograba hallar una tregua breve y, por instantes, funcional.

Marcel pasaba la mitad de sus días pintando en el estudio absorto en sus lienzos y la otra mitad coordinando tours  para los grupos de turistas que llegaban a La Habana a través de su agencia de intercambio y mercado de artes.

Los guiaba por los rincones más amables de la ciudad, a ver fachadas donde la luz todavía hacía milagros, plazas abiertas al mar y estudios de artistas locales donde el talento y las pasiones seguían imponiéndose al esnobismo con dignidad.

Les mostraba la belleza sin convertirla en postal, sin ocultar las grietas donde crecían helechos resistentes porque, aunque el tiempo, la historia y un gobierno comunista habían dejado rotos irreparables.

Él sabía dónde detenerse para que la realidad no aplastara la experiencia.

La única vez que hablaron de lo de Sarah había sido el lunes por la noche, ya con la luz apagada y el techo convertido en un agujero negro.

Sofía solo dijo lo imprescindible para no parecer que evitaba el tema y lo suficiente para no entrar en él de verdad.

No quería alargarlo ni que el asunto adquiriera connotación.

No quería etiquetar ni decretar nada. Ella todavía se aferraba a las arenas movedizas, donde nada estaba confirmado y, por tanto, todo seguía siendo reversible.

Marcel lo entendía, sin embargo, no había logrado desprenderse de la imagen de ella sentada a su lado en el coche con lágrimas silenciosas deslizándose por sus mejillas.

Aquel quiebre silencioso lo acompañó durante toda la semana, incluso cuando pintaba y mezclaba los colores con la vaga esperanza de encontrar alguno capaz de aliviarle a ella la tristeza, o cuando trazaba líneas que pretendían ser firmes y añadía nuevas capas sobre ellas porque no le parecían suficientes.

Y, por si fuera poco, a la frustración de no poder ahorrarle ese dolor, se le sumaba una razón aún más devastadora: no había nada que pudiera hacer al respecto.

Él iba descubriendo poco a poco la manera en la que Sofía lidiaba con sus miedos y se movía con cautela alrededor de ellos.

Quizás por eso se limitó a vigilar que no se hiciera daño cuando se apretaba demasiado fuerte las manos.

También decidió que las conversaciones que habían quedado pendientes desde la mañana en la que ella descubrió su pintura a medias, podían esperar un poco más.

En vez de provocar sismos, comenzó a hacer cosas para romper la rutina y para cambiar el carril de sus preocupaciones a otro con pensamientos menos avasallantes.

Algunos días se volvía más creativo con las cenas en casa, otros, la llevaba sin planificarlo a lugares atípicos que ella no conocía, la invitaba a un cóctel improvisado o a un café fuera de ruta.

Marcel se dedicó a cuidarla, y aquello no era otra cosa que el equivalente de quererla con locura.

Gracias a eso la convivencia durante los primeros días se sostuvo sin esfuerzo y sin compromisos impuestos.

***

Sarah fue a hacerse la biopsia acompañada por Ariel y Maritza.

Esa misma tarde reunió a todas las chicas en su casa.

No esperó. Prefería atravesarlo de una vez antes de que la imaginación hiciera su propio trabajo, que suele ser mucho más cruel que cualquier diagnóstico.

Frente a ella, cada una reaccionó con una entereza que no coincidía con lo que se les fracturaba por dentro.

Pero, claro, Rachel y Sofía ya las habían puesto sobreaviso el día anterior, en una conversación conjunta que había suavizado el golpe inicial.

—Lo peor de todo es que tendrás a Amber pendiente de todas las consultas y haciendo las últimas investigaciones sobre cuánta hierba se pueda utilizar —bromeó Paula mientras preparaba el café con la misma parsimonia de siempre. Porque nada había cambiado, y nada lo haría. Ella estaba segura.

—Tener a cualquiera de ustedes cerca nunca será malo —respondió Sarah, apretando la mano de Amber a su lado, que permanecía en estado de introspección, quizás pensando en que le quedaban pocos días en Cuba—.

A veces me da la impresión de que esto de poder pensar juntas para tomar decisiones importantes, nos hace más fuertes y más libres.

—Y más poderosas —se apresuró a decir Camila—. Ahora solo tenemos que mantener la calma y esperar las indicaciones de la doctora cuando tenga el resultado. A partir de ahí, hacemos de las nuestras…, pero juntas.

Rachel le guiñó un ojo a Camila y tomó el teléfono para incluir a Sofía en la reunión a través de una videollamada.

***

El domingo amanecía más domingo que catorce de febrero.

Sofía ya le había advertido a Marcel de su aversión por celebrar el amor bajo calendario obligatorio el mismo día que mataron a Valentín de Roma [36]  por casar a los amantes en secreto, y había dejado claro que ese día no quería regalos ni sorpresas.

Demasiada ironía junta para tomárselo en serio.

Pero cuando abrió los ojos, en su mesita de noche, la esperaban una edición especial en tapa dura de Rayuela  y una caja de bombones Ferrero.

Junto a ellas, una cartulina pequeña, salpicada de óleo, con la letra inconfundible de Marcel.

Porque hoy es un día cualquiera, pero me sirve para recordarte que la vida no viene con manual de instrucciones y que llevas una Maga [37]       dentro.

Una que a veces se queda dormida, pero que también prescinde de las sombrillas rotas o de todas las sombrillas en absoluto.

Una a la que no le gusta el amarillo por decreto, pero que desprende todos los colores bonitos de la vida cuando se ríe.

Una a la que ya no me da miedo leerle la palma de la mano, porque me está dejando leerle el alma.

PD: No te preocupes, no te he llenado el escaparte de corazones rojos ni el pasillo de pétalos de rosa.

Y resultaba que, aquel dios griego de ojos azules que dormía con ella cada noche, no solo leía bien; leía fino…

incluso, escribía bonito. Y, para su desgracia —o su fortuna—, la leía a ella también.

Ya él no estaba en la habitación. El lado izquierdo de la cama conservaba el hueco tibio de su cuerpo.

Sofía alargó la mano hacia el móvil antes de levantarse. Tenía que escribirle algo de vuelta.

Sofía:

Ay, Horacio …

Pero tú sí que andabas buscándome, con toda la intención de encontrarme.

No obstante, no tengo para ti regalos ni sorpresas. Bastante me ha costado mantener mi discurso como para traicionarme ahora preparándote una caja con un lazo rojo. Pero, si te atreves… hoy puedo hacer el almuerzo para ti.

Marcel estaba en el estudio, rematando una pintura, cuando leyó el mensaje.

Se le escapó la risa antes de terminar la capa que hacía.

La imaginó escribiéndolo con la solemnidad impostada de quien no pretendía ceder, en tanto se burlaba de su propuesta culinaria de dudosa procedencia.

Dejó el pincel con cuidado, se limpió las manos con un trapo impregnado de trementina y cruzó el pasillo hacia la habitación.

Se recostó en el marco de la puerta, cargado de olores fuertes, mirándola como si evaluase el potencial de riesgo.

—Ni de broma. No tengo intenciones de morir intoxicado.

Sofía bostezó sin prisa, estirándose bajo las sábanas, exagerando levemente el gesto.

—Me subestimas… —dijo fingiendo una dignidad ofendida—. Quién sabe. Igual llevo dentro una cocinera funcional esperando su momento.

Marcel arqueó una ceja mientras se desabrochaba el overall sin dejar de mirarla.

Bajó la parte superior hasta la cintura y la dejó colgando sobre las caderas.

El torso quedó al descubierto, la piel salpicada aquí y allá por restos de pintura, los músculos definidos tensándose apenas con el movimiento.

—No pienso arriesgarme —sentenció consciente, demasiado consciente, del efecto que provocaba—. ¿Quieres café?

Sofía dejó que la mirada descendiera sin prisa, deteniéndose donde sabía que no debía demorarse tanto. «Vaya… servicio completo. Cafeína y barra de chocolate en el mismo paquete. Qué barbaridad».

—Sí, café… para empezar.

***