Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLIII. Un lunes demasiado lunes #2
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XLIII. Un lunes demasiado lunes #2

—No me lo puedo creer —añadió, separándose un poco para mirarlo bien—. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? ¿Vas a tomar también el curso?

—Sí —Alberto esbozó su tan efectiva sonrisita canalla—. Tal vez me quede al frente del departamento de Neurorradiología aquí, en el instituto.

—¡Qué casualidad! —dijo Sofía sorprendida—. Es lo mismo que quiere el director que haga en Puerto Príncipe cuando termine la Especialidad.

Alberto alzó las cejas, desviando la comisura hacia la izquierda en un gesto que ella reconoció al instante. Viejo, suyo e intrigante.

—Quizá tengamos que hablar —añadió—. Pero mejor en el almuerzo. Te invito.

Sofía asintió todavía con la sensación incierta en el pecho que le había dejado el reencuentro.

Una voz a través de los altoparlantes anunció el inicio de la conferencia y el murmullo del salón se fue apagando poco a poco. El anfiteatro quedó sumido en un silencio expectante.

***

Sarah caminaba junto a Rachel con los hombros rectos, pero había algo en su rostro que no lograba disimular del todo y le hacía una sombra sutil a su mirada.

Era miedo. Y aquello no era habitual en ella.

Rachel lo notó enseguida, pero se limitó a acercarse un poco más y a funcionar como escudo o yunque, si resultaba necesario.

El hospital las recibió en medio de su rutina habitual, inquebrantable y saturada. Maritza se levantó al verlas entrar y las saludó con una sonrisa serena.

—Buenos días —dijo haciendo un ademán con la mano para invitarlas a entrar a la consulta.

Les indicó que tomaran asiento y después de entrar en calor las puso en contexto haciendo uso de toda la empatía que había en su ser. Y sin rodeos innecesarios, comenzó a explicarles el plan del día con una claridad que se agradecía.

—Hoy vamos a completar estudios para descartar o confirmar una posible enfermedad linfoproliferativa, o sea, del sistema inmunitario —explicó—. Ya tenemos la hemoquímica general hecha, y el ultrasonido abdominal que nos dio información importante, pero ahora necesitamos ir un paso más allá.

Sarah asentía, atenta, con las manos entrelazadas sobre el regazo.

—Te realizaremos una tomografía con contraste —continuó Maritza—. Ya vienes preparada para eso. Además, te haremos exámenes de laboratorio más específicos que nos permitirán afinar el diagnóstico.

Hizo una pausa breve, midiendo el tono.

—He coordinado con el doctor Javier, que es uno de los mejores en Radiología, para que valore la imagen hoy mismo.

No quiero perder tiempo. Así que mi recomendación es que, cuando termine el estudio de imagen nos encontremos de nuevo aquí y hablemos de los resultados esta misma mañana.

Hay que definir diagnóstico y lo haremos cuanto antes.

Sarah miró a Rachel, respiró hondo y volvió a asentir. Maritza les dedicó una última mirada tranquilizadora antes de levantarse para acompañarlas.

—Vamos a ir paso a paso —añadió—. Pero sin demoras innecesarias.

Sarah era sometida al estudio de imagen y Rachel aguardaba sentada en el salón de espera.

El tiempo parecía avanzar distinto allí.

Más lento y más frío. Cuando Sarah regresó, pálida pero entera, se sentaron juntas sin hablar durante unos minutos en lo que esperaban a la doctora…

hasta que Rachel decidió romper el silencio.

—Sarah… —dijo con suavidad— ¿No le has contado aún a Ariel?

—No —respondió ella desviando la mirada al piso—. Temo que se preocupe demasiado y que esto interfiera en sus planes. No quiero ser egoísta.

Rachel giró el cuerpo hacia ella, seria.

—Pero tiene derecho a saberlo, Sari. —Frunció los labios—. A saber que te están estudiando, que te están haciendo exámenes. Y después... que decida lo que quiere hacer. No puedes decidir tú por él.

Sarah no respondió. Se quedó mirando un punto fijo en la pared, con la mandíbula ligeramente tensa. Las palabras de Rachel habían encontrado un lugar incómodo… pero verdadero.

***

—Cuatro horas —decía Sofía, hundiéndose en la silla de la cafetería francesa de la esquina del hospital—. Cuatro horas en inglés técnico, con alemanes que ni parpadean y unas imágenes de resonancias que parecen sacadas del futuro.

—Pero reconoce que fue impresionante. —Sonrió Alberto—. Neurorradiología básica… pero tecnología de punta. Esto es otro nivel, Sofía.

—Eso no lo discuto —respondió ella—. Las imágenes, los recursos visuales, los estudios… Todo está diseñado para dejarnos claro que estamos jugando en primera división.

—Eso es justo lo que más me entusiasma. Aquí las cosas avanzan de verdad. —Hizo una pausa, como midiendo el momento antes de continuar—. A mí me está yendo muy bien, Sofi. También me han propuesto para el consejo de dirección del hospital.

—¿En serio? —Sofía enarcó las cejas—. Vaya… ¿felicidades?

Hizo la pregunta con ironía porque nunca se lo había imaginado de jefe ni sospechaba que los cargos administrativos le hiciesen alguna ilusión.

—Gracias. —Sonrió él sin falsa modestia—. Pero no lo digo por el cargo. Sino por la forma en la que se trabaja acá, todo está más organizado, hay más recursos, y también... más tiempo libre, o lo que es lo mismo: calidad de vida. Nada que ver con nuestro hospital allá.

—Eso me quedó clarísimo desde el minuto cero —respondió Sofía, con una risita taimada—. Aquí nadie corre, nadie grita, nadie improvisa, nadie se estresa. Pero claro, parece que tampoco llega ningún paciente con un accidente cerebrovascular que estabilizar con urgencia.

—Es que ciertamente, no llegan. —Alberto se rio—. No recibimos urgencias acá. Solo atención terciaria. Se vive más tranquilo, hay menos desgaste.

— No lo sé, Rick  —bromeó ella ladeando la cabeza—, aún no me convenzo de que tanta tranquilidad sea lo que más me guste.

—Normal. Eres Sofía… pero igual piénsatelo —insistió él—. Cuando te gradúes, podrías valorar quedarte aquí. Yo podría ayudarte. Hay muchas oportunidades, Sofía. Trabajar desde este instituto te abriría puertas que desde allá costarían el doble de esfuerzo y el triple de suerte.

Ella lo miraba con atención y justo iba a responderle. Le sonrió e iba a responderle cualquier cosa cuando notó su móvil vibrar sobre la mesa. Era Marcel.

—Perdona. Tengo que contestar.

—Claro —asintió él—. Atiende.

Ella tomó el teléfono y se levantó despacio.

—Ahora vuelvo.

Y Alberto se quedó observándola alejarse, con la sensación incierta de haber dicho algo importante… justo antes de que la vida interviniera.

—Cariño —dijo Marcel al otro lado de la línea—, ¿quieres que te busque para almorzar antes de que empieces las clases de la tarde?

Sofía sonrió sin darse cuenta.

—Ya estoy almorzando con un amigo —respondió—, pero cenamos juntos luego en casa, si tú cocinas, claro está.

Hubo un segundo de silencio.

—¿Con un amigo? —repitió Marcel, en un tono nuevo.

Sofía frunció el ceño. Le extrañó la pregunta viniendo de él, pero no le dio mayor importancia.

—Sí. Un amigo de Puerto Príncipe que ahora trabaja aquí.

—Ah… vale —su voz sonaba seca y un tanto retraída—. Entonces avísame cuando termines y voy por ti.

—De acuerdo, te aviso —contestó Sofía haciendo una pausa discreta—. Te mando un beso.

—Otro para ti, cariño.

Sofía guardó el teléfono y volvió a la mesa con Alberto.

—Te veo feliz —le dijo él, sonriéndole con esa expresión de siempre, franca y cínica al mismo tiempo.

—Lo estoy —confirmó.

Y antes de que él pudiera decir nada más, lo interrumpió, casi riendo.

—Y no me preguntes. No me preguntes de más.

Alberto levantó las manos en gesto de rendición.

—No lo haré.

***

Maritza observaba la tomografía con contraste en silencio con los ojos fijos en la pantalla. Los ganglios aumentados de tamaño eran evidentes en el mediastino y en el cuello… distribuidos de una forma que no le gustaba en absoluto.

Desde su sitio, sin levantarse siquiera de la silla, tomó el teléfono y coordinó una biopsia para finales de semana.

No dudó ni esperó porque lo que estaba observando no admitía demoras.

Terminó de discutir la imagen con el radiólogo intercambiando impresiones técnicas, y coincidiendo en cuanto a lo que ambos veían.

Tomó aire para volver con las chicas… Esos eran los momentos en los que más desafiada se sentía por su profesión.

Pero tenía que hablar con Sarah y con Rachel.

Por fin empujó la puerta de la consulta y se sentó frente a ellas apoyando los antebrazos en su escritorio, con las manos entrecruzadas y la expresión neutra.

—Ya tengo el resultado de la tomografía, chicas.

Sarah se enderezó en la silla y Rachel se recolocó a su lado, instintivamente más cerca.

—En la imagen se observan ganglios aumentados de tamaño —explicó Maritza—. En el cuello y en el mediastino. No es algo que podamos ignorar.

Hizo una pausa breve. Era duro, pero necesitaba…, tenía que ser honesta.

—Estos hallazgos pueden corresponder a una enfermedad linfoproliferativa. Para confirmarlo o descartarlo, es imprescindible realizar una biopsia.

Sarah notó cómo algo se le tensaba por dentro. Los músculos del cuello se le endurecieron, la mandíbula se cerró, una garra invisible le estrujaba los pulmones dejándola sin aire. Sus ojos comenzaron a cristalizarse a pesar de su esfuerzo por mantener la compostura.