Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLIII. Un lunes demasiado lunes
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XLIII. Un lunes demasiado lunes

El lunes, a las siete de la mañana, Sofía llegaba por primera vez al Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de La Habana.

Era su primer día e iba impecable. Bajo la bata blanca, el pantalón alto y oscuro de pata ancha le recogía la cintura con una precisión que agradecía, y la camisa clara, metida con cuidado, mantenía un equilibrio delicado entre ir correcta y seguir sintiéndose ella.

Los tacones, puntiagudos de un beige discreto, no alcanzaban una altura incómoda, aunque sí la suficiente como para obligarla a pensar cada paso.

Sin dudas prefería andar en tenis para correr sin tener que negociar con su propia estabilidad dentro del hospital, pero ya le habían advertido que, en aquel hospital nadie corría.

No obstante, esos zapatos solo estaban destinados a la primera buena impresión  y a la presentación del proyecto final. Nada más.

Marcel la dejó frente a la entrada principal y ella se despidió con un beso rápido antes de bajarse. Apenas había rodeado el auto cuando él bajó la ventanilla.

—Suerte —le dijo, guiñándole un ojo.

Ella se acercó de nuevo, apoyó una mano en la puerta y se inclinó para besarlo otra vez… quedándose con esa sonrisa de paz que ya se le estaba volviendo costumbre.

Marcel no arrancó de inmediato. Permaneció unos segundos observándola hasta que la vio detenerse en el umbral del edificio.

Sonrió al notar cómo encajaba en su elemento, tal vez algo nerviosa, pero con control.

La vio saludar a otro médico —Alejandro—, demasiado encima y demasiado entusiasmado para esa hora, dándole un abrazo teatral que se alargaba un poco más de lo necesario.

Tamborileó con los dedos sobre el volante y le lanzó una última mirada…

«Vale», pensó en voz alta e inspiró profundo.

Liberó el freno de mano y comenzó a alejarse despacio para iniciar su propio día.

***

A la misma hora en que el sol desperezaba la mañana en la capital, otra luz más rezagada, anunciaba que el día vendría con intensidad en la antigua ciudad de Santa María del Puerto del Príncipe.

Rachel estaba de pie frente al espejo del baño, con el cabello recogido practicando yoga facial con la intención de poder controlar su lenguaje extraverbal durante las próximas horas en la consulta con Sarah.

Inhalaba hondo, retenía el aire unos segundos y luego lo soltaba despacio.

Rafa la observaba desde la cama sin interrumpirla, pero pendiente de sus emociones…

, porque Rachel era mucho más sensible de lo que aparentaba.

La noche anterior, apenas había conciliado el sueño.

Un mensaje de Sofía la devolvió al presente.

Sofia:

Gracias por hacer esto, Rache. Porfa, mantenme al tanto de todo por mensajes porque no podré contestar el teléfono cuando esté en clases.

Rachel:

No te preocupes. Te escribo en cuanto terminemos. Estoy bastante nerviosa,

Pero, te prometo que me voy a comportar. Espero que todo salga bien.

Sofía guardó el móvil en el bolsillo, y se estiró la bata con un movimiento automático para atravesar aquel pasillo nuevo, donde el murmullo de voces técnicas y pasos apresurados comenzaba a llenarlo todo.

El anfiteatro del instituto se desplegaba ante sus ojos con una amplitud que la hacía sentir en casa ajena.

Era un espacio generoso, pensado para ser habitado sin urgencias, elegante y estéticamente perfecto.

No pudo evitar pensar en las prisas de su hospital, en las coreografías matutinas que había que montarse para que todo fluyera en tiempo, en las batas arrugadas, los crocs  gastados de los cirujanos, los tenis funcionales que a veces no combinaban con nada, el café derramado y el maquillaje vencido por las guardias.

Pensó en la gente corriendo, llegando tarde, sobreviviendo.

«Joder… esta gente no sabe lo que es la adrenalina. Esto es un hospital en cámara lenta».

Ella no estaba acostumbrada, pero eso era lo que solía suceder en los centros especializados de atención terciaria.

Las prisas sobraban. Las personas que pasaban frente a ella emanaban una elegancia de vitrina.

No corrían. No alzaban la voz. Caminaban pausados, con zapatos bien lustrados, camisas bien planchadas, y batas que parecían usadas por primera vez. Demasiada clase… demasiado postureo.

Avanzó unos pasos y buscó puesto en una zona todavía algo desocupada, a mitad del anfiteatro. Alejandro se unió unos minutos después y se sentó a su izquierda inspeccionando el sitio con curiosidad.

—Me gusta la vibra que hay aquí —le dijo asintiendo con los labios fruncidos.

—Claro que te gusta. —«Eres residente de Radiología, te pagan por estar sentado frente a una computadora en un área climatizada el día entero»—. No tengo dudas.

Para Sofía ya iba siendo obvio el esnobismo casi sensual de su compañero. Pero no lo juzgaba, aquello quizás le hacía las cosas más fáciles.

Estaba consultando el cronograma del día cuando una voz femenina interrumpió el murmullo a su alrededor.

—Disculpa… ¿está ocupado el asiento? —preguntó una doctora de cabello castaño con acento extranjero.

Sofía levantó la vista. La muchacha señalaba la silla a su derecha.

—No —respondió—, adelante.

La joven sonrió y se acomodó con la seguridad de quien habitaba su propio territorio antes de extenderle la mano.

—Mi nombre es Jimena. Soy residente de Neurocirugía de cuarto año, aquí en el instituto.

Sofía le devolvió el gesto de inmediato.

—Encantada. Soy Sofía. Y soy residente de Neurología de tercero, del hospital universitario de Puerto Príncipe.

Jimena sostuvo su mano y la observó con intención. Luego la soltó, pero seguía detallándola con una intriga demasiado evidente, tratando quizás de ubicarla en algún mapa invisible dentro de su cerebro.

—Espera… —le dijo al fin—, ¿nos conocemos? Te he visto antes, ¿verdad?

Sofía negó despacio.

—No lo creo —respondió con calma—. Es mi primera vez aquí. Vine para la certificación de Neurorradiología y también para mi primera rotación de Neurofisiología.

La doctora no dijo nada enseguida, pero volvió a mirarla, esta vez con más atención hasta que de pronto, sonrió, como si algo finalmente hubiera hecho clic.

—Ya… claro —murmuró—. Vos sos Sofía, ¿no? La Sofía de Adam, ¿verdad?

Sofía parpadeó desconcertada.

—¿Perdona?

«La Sofía de quién… pero…».

— Sí, sos vos. La de las fotos —repitió Jimena—. La novia del doctor Adam.

El aire se tensó, Sofía apretó tanto el puño que podía sentir sus uñas clavándose como dardos en la palma de su mano.

—No… esa no soy yo.

—Ay, perdón... Disculpa si fui indiscreta —se apresuró a decir Jimena, que había leído algo de decepción en su expresión—. Lo que pasa es que creo que te vi en una foto cuando Adam vino el año pasado a hacer la rotación. Yo también soy argentina. Somos amigos desde la facultad.

Sofía asintió despacio, pero su rostro se volvía cada vez más rígido.

—Pues no. Ya no soy la novia del doctor Adam —«y, a día de hoy, no tengo muy claro si algún día realmente lo fui»—. Tomamos rumbos diferentes.

Jimena se ruborizó un poco.

—Oh, qué pena... Lo siento mucho —suspiró, ladeando la cabeza—. Pero bueno, ya sabés cómo es esto. Uno apuesta por la carrera y termina dejando otras cosas por el camino —dejó caer los hombros y se hundió en su silla—. Pero de verdad te digo que hablaba de vos con una pasión... y con mucho orgullo.

«Pero… ¿y este exceso de confianza…? ¿y estas declaraciones tan fuera de lugar?

». Sofía notó una presión incómoda instalada en su garganta, como cuando algo no encaja, pero tampoco apetece señalarlo en voz alta; no tenía claro qué le molestaba más, si el tono, el contenido o la ligereza con la que lo había soltado, no obstante, eligió sostener la amabilidad.

Contó en silencio del uno al diez mientras perdía la vista en el techo.

«La madre que te parió, Universo o quien sea que esté       moviendo las fichas por allá arriba, pero aquí estamos…

¿cómo era director? Ah, tejiendo red … Tejiendo red de los cojones… ».

La sala comenzaba a oscurecerse al mismo tiempo que lo hacían los recuerdos de Sofía y, de pronto, las ganas de saberlo todo —¿qué tanto había hablado de ella, qué fotos había enseñado, qué idea absurda sobre ellos había dejado flotando en aquel hospital tan distante?— se apoderaron de su cabeza.

Aquello era inconcebible y profundamente frustrante.

Solo pensarlo le cortaba el oxígeno. Por Dios.

Adam había estado todo ese tiempo con Julia.

Todo ese tiempo. ¿Y a pesar de ello hablaba de ella con sus colegas como si fuera lo más normal?

¿La nombraba? ¿La llevaba consigo en conversaciones ajenas, en fotos, en recuerdos que ella nunca autorizó?

Cómo era que la vida podía ser tan irónica, si ese hombre nunca había tenido el valor de asumir lo que sentía.

Los pensamientos inoportunos comenzaron a ocuparlo todo, se colaban en forma de imágenes que Sofía no tenía intención de volver a mirar…

Todas las preguntas llegaban tarde, desordenadas e insistentes, y lo único que hacían era reavivar una rabia vieja y enquistada.

Su cabeza siguió en ese bucle un momento más, hasta que otra voz a su espalda, esta vez más grave y bastante conocida, la sacó de golpe de aquella burbuja dolorosa.

—¿Y tú no pensabas avisarme que ya estabas aquí?

Sofía se volteó de golpe.

—¡Alberto!

Se levantó sin pensarlo y se inclinó sobre el asiento para abrazarlo, sin importar la estrechez del espacio ni las miradas alrededor.

Lo abrazó de verdad y encontró en aquel impulso un alivio inesperado.

Sintió que de pronto, llegaba algo de oxígeno limpio y que tenía algo seguro a lo que anclarse.

Algo que, a pesar de sus grises, al menos había logrado transformarse en un cariño real.

Qué ironía que en ese instante fuera Alberto, precisamente Alberto, su algo seguro  dentro de aquel hospital.