Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLII. Un pedazo de noche en La Habana #3
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XLII. Un pedazo de noche en La Habana #3

Había mucha gente. Demasiada. Grupos de jóvenes ocupaban el lugar con esa seguridad fingida que a Sofía siempre le resultaba nauseabunda.

Celulares de última generación y llaves de coches bien visibles sobre las mesas, risas altas, exposición de novias impecables con cuerpos tensos y labios aumentados que, de tan iguales, parecían repartidos en serie al nacer.

Presunción por todas partes, pero muy poca autenticidad. Cero silencio interior, cero esencia.

«Dime de qué presumes y te diré de qué careces, diría mi abuela», pensaba Sofía intentando ahogar una risa sarcástica.

La Habana nocturna, en ciertos lugares, se mostraba así: con mucha farándula sintética y muy poca alma. A Sofía aquello no le gustaba ni un poco. La música, sin embargo, tenía otra intención. Era pegajosa, diseñada para instalarse en el cuerpo y relajarlo por un rato.

Marcel se adelantó un paso y resolvió un lugar acogedor sin que ella se diera cuenta.

Pagó por una mesa más apartada, en una zona amplia, con margen para moverse sin empujones ni excesos de miradas encima.

La condujo hasta allí con la mano apoyada en su espalda baja y le apartó la silla para que se sentara, y se le acercó.

—¿Te parece bien si te elijo yo la bebida?

Sofía asintió. Le gustaba delegar en ese terreno en él.

A los pocos minutos Marcel regresó con un trago de licor en la mano y lo acercó inclinándose hacia ella hasta quedar peligrosamente cerca de su boca.

—Es suave al entrar —se humedeció el labio con la lengua—. Luego se desliza lento y deja un calor persistente en la mucosa. No golpea fuerte, al menos al principio.

Sofía se mordió la parte interna del labio inferior conteniendo una sonrisa que tenía poco de inocente.

—También tiene avellanas, vainilla… —continuó explicando él, en tanto ocupaba la silla a su lado y le acariciaba la mano con una lentitud deliberada—. Lo preparaban los monjes italianos.

—¿Y cómo se llama la bebida? —preguntó ella, alzando la copa para observar el licor a contraluz.

—Frangelico —respondió Marcel—. La botella tiene forma de fraile. Dicen que el nombre está inspirado en Fra' Angelico, un fraile dominico del Renacimiento, aunque la leyenda del licor habla de antiguos monjes del Piamonte que elaboraban recetas con avellanas silvestres.

Sofía ladeó la cabeza, frunciendo los labios.

—Contigo no hay paso en falso, ¿verdad? —Soltó una risita—. Siempre te sabes el detrás de cámara… y sabes muy bien qué hacer con eso.

Se llevó la copa pequeña a los labios. El licor le cubrió la lengua con una densidad amable, y sin dudas cálida. Cerró los ojos un instante.

—Se queda —confirmó, curvando apenas la comisura—, pero no es tan suave al entrar.

Marcel soltó una carcajada y se cubrió la boca con los nudillos para disimularla con una expresión divertida.

Apoyó la mano en su muslo de una forma que, desde fuera, podía parecer casual e inconsciente, pero la presión que ella sentía sobre su piel le dejaba muy claro que aquel gesto estaba cargado de intención.

La música subió un poco y la pista empezó a llenarse.

—¿Bailamos? —propuso él.

Sofía no respondió. Se levantó primero. En medio de aquel bar saturado de lentejuelas, egos bien peinados y miradas ruidosas, ellos dos empezaron a moverse primero al ritmo de un reguetón lento y envolvente.

Al rato llegó la salsa, y ahí Marcel se transformó.

Bailaba sin pensar en los pasos dejando que el cuerpo recordara por sí solo.

Sofía lo siguió sin resistencia, impresionada con lo bien que lo hacía.

Se alternaron entre descansos breves, tragos nuevos, otra salsa más intensa…

Y cuando comenzó a sonar un tema de esos que se deslizaba entre la salsa latina y el pop tropical,       [34]  los dos se dejaron llevar.

Ambos sonrieron con ganas al escuchar el inicio de la canción y se la pasaron muy bien bailándola.

Sofía terminó con el cabello rozando el suelo y la espalda arqueada en un dip , sostenida con firmeza por el antebrazo de Marcel.

Cuando se incorporaron, la cercanía borró cualquier resto de espacio entre ellos.

Ya no había público, ni música, ni bar. Marcel respiraba algo más deprisa de lo normal y apenas podía apartar los ojos de ella.

Solo quería besarla. Así que le apoyó una mano en la nuca y fue exactamente eso lo que hizo.

Pero en ese instante el DJ comenzó un mixing — ♪ Porque la noche de anoche fue…

algo que yo no puedo explicar ♪ [35] — …

y aquel beso amenazaba con transformarse en algo mucho más peligroso.

Ella empezó a moverse lento, de espaldas a él con los ojos cerrados.

Rozaba la tela de su pantalón, con sensualidad y provocación, disfrutando de su efecto al mismo tiempo.

Marcel no tuvo tiempo de pensar demasiado.

Le tomó la mano y tiró de ella atravesando con prisa el murmullo del bar hasta llevarla a una esquina más oscura.

Sofía apenas reaccionó cuando sintió la dureza de la pared contra su espalda y el torso de Marcel sobre su pecho dejándola sin espacio ni para pestañear.

—Me tienes loco, Sofía —le susurró junto al oído, con la palma de una mano contra la pared y la otra abriéndose camino por debajo de la falda de ella—. Me tienes loco.

La piel de ella se erizaba al sentir su aliento en el cuello y, mientras cerraba los ojos, sentía cómo los dedos de él ascendían por su entrepierna, rozando el encaje de sus bragas lo justo para que empezara a temblar y a perder autocontrol.

Sentía cómo el pulgar en un trazo lento y despiadado, le provocaba gemidos inesperados que él se encargaba de ahogar con su boca, al tiempo que apartaba la tela y dejaba sus dedos a merced de toda la humedad que comenzaba a desbordarse.

Ella apretaba los muslos para inhibir las contracciones en su vientre y, cuando no pudo más, solo atinó a rodearle el cuello con las manos, tirar de él con fuerza y morderle el labio inferior hasta casi hacérselo sangrar.

—Vámonos de aquí…, ¡vámonos ya! —le suplicó con la voz jadeante.

Él hundió sus dedos un poco más dentro de ella y, antes de retirarlos con una calma obscena, la besó de nuevo. La tomó de la mano y salieron de inmediato del bar.

El trayecto hasta el edificio fue una sucesión de caricias y respiraciones entrecortadas. Se besaban con hambre en las esquinas, sin importarles si los miraban. En el ascensor, Marcel no podía hacer otra cosa que tocarla por todas partes… y Sofía, no podía hacer otra que dejarse llevar.

Cerraron la puerta del apartamento con torpeza.

Él le subió los bordes de la falda hasta las caderas y la alzó por los muslos, colocándola a horcajadas sobre él.

Así la llevó hasta la habitación, donde la bajó sin apartarse, la sostuvo por las muñecas y la apoyó de espaldas a él y de frente a la pared.

Sus dedos volvieron a buscar el elástico de sus bragas y lo apartaron de golpe.

No había tiempo, no podía aguantar, no alcanzaba a ser romántico.

Buscó un preservativo en el bolsillo trasero, rasgó el envoltorio con los dientes, se lo colocó sin perder tiempo y se hundió en ella sin preámbulos.

Segundos después, Sofía se rendía a la fuerza que ejercía el cuerpo de Marcel sobre su pelvis, recibiéndolo por completo.

Ella también lo necesitaba. Ese clímax. Esa burbuja de placer. Esos segundos en los que sentir con el cuerpo solía ser suficiente para pausar el mundo. Después, ya habría tiempo para continuar.

Cuando sus respiraciones se calmaron, Sofía se giró despacio, sosteniéndose en sus brazos.

Las piernas aún le temblaban. Los latidos desbocados de su corazón martillaban contra sus costillas.

Marcel la miró en silencio, profundo, apoyado con sus palmas en la pared.

Besó sus párpados y pegó su frente a la de ella dejando que le acariciara el rostro con solemnidad.

—Gracias —susurró Sofía rozándole los labios—, me siento… aliviada.

Él sonrió y la envolvió en un abrazo largo antes de llevarla cargada hasta la cama para terminar de desvestirla, ahora con todo el tiempo y la paciencia para poder recorrerla entera, desde los dedos de los pies, hasta sus rincones más explosivos.