XLII. Un pedazo de noche en La Habana #2
Siguieron por la Avenida Línea, después descendieron por la calle Diez y, tras girar a la izquierda en Primera, se detuvieron frente a un edificio de construcción americana de los años cincuenta.
Cuatro plantas, líneas sobrias y fachada color marfil.
Tenía ese aire funcional y elegante de las cosas pensadas para durar, aunque el tiempo ya hubiera empezado a negociar con ellas.
—Llegamos —dijo Marcel, alzando la mirada—. Ahora nos toca rezar para que el elevador funcione. Es en el tercero.
Sofía abrió la puerta del auto y se incorporó despacio.
La brisa húmeda de la costa, a menos de doscientos metros, le dio la bienvenida.
Alzó la vista hacia el edificio, intentando calcular la altura precisa a la que estaría viviendo con Marcel —y solo con Marcel— durante los próximos cuatro meses.
Se le encogió el estómago. Las palmas de las manos comenzaron a sudarle, pero lo disimuló con éxito.
El elevador sí funcionaba. Lograron subirlo todo en un solo viaje. Al llegar a la tercera planta, las puertas se abrieron en un pasillo estrecho, con dos puertas contiguas a cada lado. Al final, un balcón redondeado se asomaba a la calle.
—Es la segunda puerta a la derecha —indicó Marcel mientras rebuscaba en el bolsillo de sus vaqueros hasta dar con la llave.
Abrió. El olor a limpio, mezclado con el de un ambientador suave de orquídeas, los envolvió de inmediato.
—Bienvenida —dijo, avanzando hacia el interior mientras descorría unas cortinas color crema que cubrían una puerta corrediza que se abría a un balcón—. Creo que la señora que limpia se esmeró hoy con el aroma.
Sofía lo siguió sonriente… y se quedó extasiada cuando se dio cuenta de que, desde aquel tercer piso de La Habana, entre copas de árboles y tejados irregulares, el azul del océano volvía a asomarse, sereno e inmenso.
— Wow —murmuró, todavía sin apartar la mirada—. La vista desde aquí es… espectacular.
Marcel sonrió acomodando los sillones apoyados contra la pared.
—Y el cappuccino en este balcón también —añadió.
Sofía se volteó a observarlo, entrecruzó sus manos detrás su cuello, y se estiró un poco para besarle los labios… suave.
Él la envolvió con sus brazos y se encargó de que aquel beso durara un poco más. Luego la tomó de la mano y le dio un tour breve por el apartamento, intentando que se sintiera cómoda y parte de la intimidad de la casa.
Empezaron por la sala. Un espacio amplio y luminoso, con techos altos y una sensación de aire constante. El suelo, cubierto por grandes losas blancas satinadas, reflejaba la luz natural que entraba sin esfuerzo.
La decoración era minimalista, sin excesos ni artificios. Un sofá amplio ocupaba el centro del salón, flanqueado por dos sillones enfrentados, y junto a una de las paredes descansaba otro tocadiscos de vinilo que parecía haber estado allí desde siempre, ajeno al paso del tiempo.
En las paredes, algunas de sus pinturas rompían la sobriedad con color y carácter.
No imponían su presencia, pero se integraban en el espacio con toda la intención de inquietar.
A medida que avanzaba por el corredor, Sofía fue descubriendo otras.
Se sucedían sin un orden aparente y, sin embargo, cada una parecía exigir unos segundos de atención antes de permitirle seguir adelante.
—No pienses que es exceso de ego… —dijo Marcel, rompiendo el silencio con un tono más defensivo de lo que pretendía—. A veces alquilo el apartamento y dejo las pinturas por si a alguien le interesa comprar alguna.
Sofía sonrió. La explicación sobraba, no había nada que justificar. Todo era genial. Había algo en aquel lugar —en la forma en que el arte convivía con lo cotidiano— que decía mucho más de Marcel que lo que él mismo estaba dispuesto a presumir.
A un lateral del pasillo, contiguo a la sala, estaba el comedor, espacioso y sereno, bañado por la luz que se filtraba a través de un gran ventanal de carpintería americana original.
La cocina quedaba separada por una pequeña barra de mármol blanco pensada para desayunos lentos y conversaciones casuales.
En la parte de atrás, a la izquierda se abrían las habitaciones. Primero el dormitorio principal, con baño en suite . Más adelante, dos habitaciones contiguas que compartían un baño intermedio.
Al final del corredor, una puerta con bandas de cristal daba paso a una terraza muy bien diseñada.
Mitad techada, mitad al aire libre. Pequeña, acogedora, llena de plantas, con un juego de muebles de mimbre y, en un rincón, un estudio-taller de pintura pequeño que parecía vivir en su propio caos creativo.
Al abrir la puerta, el olor a artista plástico , como decía Sofía, fue imponente.
Ella apenas parpadeó, ya se había acostumbrado.
Par de caballetes mal situados, lienzos a medio pintar apoyados contra las paredes, tarros de cristal con pinceles usados, manchas de color en el suelo que nadie se había molestado en borrar.
—Este es mi lugar preferido del apartamento —dijo Marcel risueño, apartando un caballete para hacerle espacio a ella.
Sofía notó primero que el lugar estaba climatizado.
Sin embargo, Marcel cruzó hasta la pared del fondo y abrió hacia fuera una ventana estrecha, de dos hojas.
La luz entró de golpe… y, por un instante, parecía que se abría otra pintura más.
Ella se quedó quieta, con la sensación de que aquel lugar tenía más magia que la que se creaba dentro.
—Llegamos justo a tiempo. —Sonrió él, moviéndola con suavidad un paso hacia atrás antes de rodearla con los brazos por la espalda—. Ven, párate aquí… y observa.
La puesta de sol sobre el mar más allá de los tejados, encajaba divina en aquel marco improvisado, como si alguien lo hubiera colocado ahí a propósito. Tal vez, así lo hicieron.
—Es precioso —dijo Sofía sin despegar la vista, entrelazando sus dedos con los de él sobre su abdomen—. Gracias por recibirme.
Marcel se inclinó un poco y acomodó el rostro en el lateral del cuello de ella, con esa ternura tan suya, que a veces Sofía terminaba sintiendo como un reproche por no saber estar a la altura.
—Gracias por aceptar quedarte conmigo —le susurró besándole el pelo—. ¿Estás muy cansada?
—La verdad es que no… —respondió ella al girarse hacia él, con los ojos curiosos—. Ir de copiloto resulta bastante relajante.
Marcel esbozó una sonrisa enmarcándole el rostro entre las manos.
—Es que pensaba si… te gustaría salir un rato a bailar esta noche.
—¿A bailar? —Sofía arqueó las cejas—. ¿Lo dices en serio?
—Sí. Hay un bar bastante de moda a unas pocas cuadras. Podemos pasar un rato… pero solo si te apetece.
Sofía le sostuvo la mirada con picardía.
—No soy mucho de bailar —«Y sigo sin entender de dónde sacas tanta energía después de una noche tan corta y casi nueve horas al volante con cuarenta años en las costillas»—, pero me despierta mucha curiosidad que tú sí lo seas.
Se mordió el labio inferior. La indecisión duró lo justo.
—Así que sí. Vamos.
Durante la siguiente hora se acomodaron en la habitación principal.
Dejaron las cosas en su sitio, abrieron maletas a medias y decidieron qué cosas podían ignorar hasta el día siguiente.
Cuando terminaron, rozaban las ocho y decidieron tomar una ducha juntos.
Ya estaban empezando a distraerse más de la cuenta cuando Marcel tuvo que salir apresurado del baño, envuelto en una toalla, para abrir la puerta.
El sushi llegó puntual y oportuno, igual que casi todo lo que tenía que ver con él. Cenaron sin solemnidad y después de un espresso corto, comenzaron a vestirse para salir.
Sofía eligió un jersey de cuello alto, gris, ajustado al cuerpo.
La tela marcaba la línea de sus hombros y bajaba con precisión hasta la cintura.
Lo combinó con una falda corta de vinilo, negra y ceñida, que capturaba la luz en cada movimiento y unas botas negras y bajas, que dejaban al descubierto sus piernas pálidas y firmes, convirtiéndolas en una declaración silenciosa.
Dejó el cabello suelto al ritmo de sus ondas irregulares que ya caían a la altura de sus clavículas, y unos aros dorados, de tamaño mediano, en las orejas.
El último gesto fue automático, sacó su labial rojo just in case y lo aplicó despacio frente al espejo.
Marcel la contemplaba silencioso. Él también llevaba un jersey de cuello alto gris, pero más oscuro, que contorneaba su torso y la anchura de sus bíceps con demasiada sensualidad.
Los vaqueros oscuros, bien cortados, encajaban en sus extremidades largas y masculinas, sosteniendo una postura tan elegante como sensual.
Él siempre decía que no buscaba atención, porque claro, al parecer, la atención tenía la mala costumbre de encontrarlo a él.
Sofía lo observó a través del espejo con orgullo durante unos segundos que le resultaron embriagadores. «La verdad es que me encanta este hombre».
Marcel la recorrió con la mirada, de arriba hacia abajo, sin disimulo, deteniéndose en el brillo oscuro de la falda, en la piel expuesta de sus piernas y, de nuevo…, en el rojo irresistible de sus labios.
—Estás preciosa —dijo extendiéndole una mano sin apartarle la vista.
Sofía le sonrió. Aceptó su mano sin prisa y se fueron juntos hacia la noche.
Cuando ellos andaban de la mano eran una imagen preciosa e intimidante. Encajaban con una naturalidad que despertaba miradas ajenas, de esas que solían quedarse un rato más, con insolencia, buscando la grieta sin poder encontrarla.
Después de un trayecto corto llegaron a aquel bar del Vedado donde se respiraban todos los excesos posibles.
Espacioso, elegante hasta la ostentación, con muebles sólidos, tapizados en rojo y negro, bien cuidados y con una iluminación diseñada para que las botellas brillaran más que las personas.
Detrás de la barra se alineaban bebidas importadas, sin faltar el ron Habana Club, ni las cervezas Cristal y Bucanero, expuestas con orgullo, casi como trofeos.