Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLII. Un pedazo de noche en La Habana
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XLII. Un pedazo de noche en La Habana

El azul del mar Caribe a la derecha les marcaba el rumbo y, a la izquierda, las montañas del Valle del Yumurí empezaban a alzarse en un verde espeso y generoso.

Sofía bajó un poco el vidrio al notar que la lluvia había decidido no hacer acto de presencia, y dejó que el viento húmedo acariciara sus mejillas y enredara los mechones de su cabello suelto, cuando se percató de que ya estaban a más de cien metros sobre el nivel del mar cruzando el Puente de Bacunayagua.

—Es una lástima que haya que pasar tan rápido por aquí —dijo Sofía, perdiendo la mirada en la línea que el océano dibujaba entre las siluetas de las montañas recostadas en la costa.

—Almorcemos allá arriba, en el mirador —sugirió Marcel, señalando con la barbilla el cartel de un restaurante criollo en lo alto de la loma.

—Vale…, pero al almuerzo invito yo.

Marcel no respondió. Tomó la salida a la derecha y comenzó a ascender en espiral hasta llegar al aparcamiento.

En cuanto llegaron al mirador, Sofía fue directa a una de las mesas de la terraza desde donde se abrían las mejores vistas.

Marcel pidió dos piñas coladas que, según decían, eran las mejores que se hacían en la isla.

A los pocos minutos regresó con dos piñas naturales abiertas con el cóctel servido dentro, y se sentó junto a ella a contemplar el paisaje.

Aquel era uno de esos lugares donde Cuba se volvía una postal.

El mundo se reordenaba en contrastes de verdes profundos y azules lejanos.

De un lado, el mar asomando entre montañas que parecían custodiarlo; del otro un valle, riachuelos serpenteando, palmares infinitos y parches de cultivo que respiraban una vida lenta y fértil.

—¿Sabías que este puente es el más alto de Cuba y que muchos lo consideran una de las grandes obras de la ingeniería de la Isla? —comentó Marcel mirando hacia el vacío—. Tengo entendido que fue bastante complicado construirlo.

—Algo de eso he oído... —suspiró Sofía—. Además de que lo inauguró Fidel Castro pocos meses después del triunfo de la Revolución.  —Torció la boca con repulsión—. Ni que lo hubiera levantado él con sus propias manos.

—Los Castros nunca han construido nada valioso en sus vidas.

—Marcel soltó una risa amarga en tanto seguía consternado con el paisaje—.

Todo lo que queda decente en este país se construyó antes de que ellos llegaran.

Fidel destrozó un país entero y, más de medio siglo después, sigue habiendo gente que lo recuerda con devoción como si fuese un dios.

—Sí, claro, el mismo dios que ha conseguido que ahora casi todos quieran irse de aquí.

—Sofía arqueó una ceja—. Y mira esto... —Señaló el paisaje—.

Nuestro país es hermoso, pero la miseria acaba colándose por todas partes.

Llega un punto en que ya no te deja ver nada más.

Y, encima, hay que aguantar que vengan algunos europeos a explicarte lo bien que funciona el comunismo.

—Bueno… igual creo que cada vez hay más gente dispuesta a escuchar lo que ha pasado de verdad.

El viento le cruzó a Sofía unas hebras de cabello por los ojos… pero la notificación de un mensaje en el móvil desvió su atención. Era de Paula, respondiendo al ¿qué tal amaneces hoy?  que Sofía le había enviado temprano, preocupada por su situación emocional.

Paula:

Estoy triste, Sofi. Impotente y con rabia. Lo extraño y me siento culpable por eso. No se lo merece, ya lo sé, pero no puedo evitarlo. Ahora mismo tengo muchos sentimientos feos a la vez…

pero quería decirte que la noche de ayer fue genial. Saber que las tengo me da mucha paz.

Agradece a Marcel el doble de mi parte, por la comida y por los minutos que me dedicó.

Se ve que le importas mucho.

Cuídense… cuídalo, que estoy segura de que William Levy no cocina así de rico ni podría quererte tanto.

Paula:

Aaah, y no te preocupes demasiado por mí. Ya iré encontrando mi sitio.

Un día a la vez, como siempre dices. Buen viaje y avisa en el grupo cuando llegues.

Ah, mira a quién tengo aquí.

Paula:

(Archivo multimedia adjunto)

Era una foto de Paula abrazada a Tote en la terraza.

Sofía sonrió.       Había que darle crédito a Amber.

Era verdad que ella tenía unas maneras extrañas de expresar amor y que no era abiertamente buena en eso, pero en los momentos más dolorosos siempre encontraba la forma de hacerlo.

Esta vez con Paula, y la idea de que cuidara a su perro, había sacado la pelota del campo.

Sofía se volvió hacia Marcel, que tenía la mirada perdida en el entorno, y lo empujó con suavidad en el hombro.

—¿Qué tal si me cuentas cuáles fueron esos minutos que le dedicaste ayer a Paula para que se convirtiera, de repente, en tu fan  número uno?

Marcel hizo la broma de sacudirse el hombro con sorna.

—Nada… coincidimos un instante en la cocina. Le dije que había hecho los canelones para ella y me quedé a escucharla.

—¿Solo a escucharla? —quiso saber Sofía alzando una ceja.

Marcel curvó la comisura de los labios y esquivó el asunto. Entendía que, si Paula quería dar detalles de aquella conversación, debía hacerlo ella. A él le correspondía ser leal a sus confidencias.

—¿Y qué me dices de ese valle? —preguntó él cambiando el tema con naturalidad, poniéndose de pie con la piña aún en la mano. Se acercó al borde del muro de piedra para admirar mejor las vistas—. Nunca me había detenido a mirarlo con calma.

Sofía lo imitó y se acomodó a su lado, cediendo a su intento de evasión. «Ya lo hablaré con Paula después».

—Es el valle del Yumurí —dijo ella, señalando el río del mismo nombre—. Ese río nunca se seca. Ni siquiera en las sequías más duras. Siempre encuentra la forma de seguir. Es hermoso.

Marcel la observó a ella, contemplativo y luego a los mogotes del valle.

Se sintió agradecido por estar allí. Pero, para él, lo mejor no era el paisaje.

Era eso que se despertaba en Sofía cuando algo la apasionaba.

Esa luz serena que siempre le traía la promesa de una nueva pintura, de un próximo momento compartido.

De algo que —estaba seguro—quería cuidar.

Le sonrió, aunque ella no lo notó, pero eso no importaba.

Él solo quería estar… y mirarla. Mirarla así.

Almorzaron allí mismo. Sofía pidió yuca con mojo criollo; Marcel, tostones rellenos.

Compartieron el congrí y un plato para dos de carne de cerdo asada.

Se rieron cuando él insistió en que su elección había sido más acertada, acercándole un tostón para que probara.

Ella le devolvió el gesto, pinchando un trozo de yuca bien bañado en mojo con el tenedor y llevándoselo hasta la boca.

Comentaron la comida, el lugar, cualquier cosa.

Se distrajeron absortos en ese pequeño paréntesis que los alejaba de todo, hasta que las gotas de lluvia que al parecer se habían contenido solo para darles una tregua, comenzaron a salpicar la terraza, tímidas al principio, pesadas y más apuradas después.

—Voy un momento al baño antes de irnos —dijo Sofía, levantándose con prisa.

Cuando regresó, Marcel se había adelantado a pagar la cuenta y la esperaba apoyado a la barra, aprovechando el techo de guano para cubrirse de la llovizna. Ella tardó poco en darse cuenta.

—Oye… te dije que el almuerzo iba por mí —protestó, más por reflejo que por convicción real.

—Lo siento. —Sonrió él—. Lo olvidé por completo.

Sofía negó con la cabeza, pero no le dio importancia. Sabía que Marcel se debatía siempre entre su caballerosidad aprendida y ese clasicismo que le salía en automático. Allí mismo se bebieron unos cafés cortaditos para sellar y, tomados de la mano, corrieron hacia el coche para seguir camino.

Era verdad. Aquella era una de las carreteras más hermosas de Cuba. Incluso así… Incluso cuando tantas cosas se iban desmoronando sin remedio en sus contornos.

***

La silueta roída de la ciudad de La Habana comenzó a revelarse cuarenta y cinco minutos después. Era imponente, a pesar de sus quinientos años. El túnel de la bahía abrió paso a ese azul contenido que guardaba siglos de llegadas y despedidas… y que separaba familias y sueños sin puentes al alcance.

A un lado, el Castillo del Morro se alzaba firme, recortado contra el cielo, eterno centinela de piedra.

Al otro, el mar golpeaba con su cadencia añeja el muro gastado del Malecón, por cuya avenida avanzaron con el agua a un lado y la ciudad al otro que se extendía baja, horizontal, interrumpida solo por unos pocos edificios altos que dominaban el espacio sin hacer ruido visual, resaltando entre ellos la torre del antiguo Hilton de la etapa republicana, ahora llamado Habana Libre, en una Habana que, de libre , ya no tenía nada.

Pero a Sofía siempre le había gustado aquella ciudad ecléctica y presumida, imposible de imitar, porque latía al ritmo de una historia que no cabía en ningún otro sitio. Buscó una canción que le encantaba para acompañar el trayecto… y le dio play .

♪ Tiene una luz que enamora, y un dolor en el semblante…

Habana, desnuda, pasiones de un lugar, donde la vida se esfuma

Si la vas a enamorar, siente.

Si la quieres olvidar… no te enamores.

Si la llegas a besar, terminas… aprendiendo a respetar su suerte.

Habana cansada de volver a empezar… y de que no pase nada. ♪ [33]

—No había escuchado esa canción —comentó Marcel con curiosidad.

—Mejor. Ahora puedes escucharla y vivirla al mismo tiempo. —Sonrió ella con suficiencia—. Es de Raúl Paz.

El auto continuó su curso hasta girar a la izquierda en la Avenida de los Presidentes, y luego a la derecha, adentrándose en El Vedado.

Allí las calles se ensanchaban y la vida parecía respirar de otra manera, amortiguada por la abundancia de árboles que en las tardes soleadas proyectaban sombras generosas sobre el asfalto.