Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLI. Road Trip #5
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XLI. Road Trip #5

—En este minuto… sí. Gracias por traerme.

—Este minuto es todo lo que importa. —Le besó la coronilla—. Ahora cuéntame, ¿por qué este lugar es tan especial para ti?

Sofía tardó unos segundos en responder.

—Cuando era niña venía a pasar mis vacaciones con mi tío, que vivía muy cerca de aquí, antes de irse del país. Yo era muy pequeña, tendría ocho o nueve años… y por las tardes, cuando empezaba a caer el sol, me entraba una nostalgia que, de solo recordarla, te juro que me duelen hasta los huesos.

Marcel la besó en la nuca, pero no dijo nada. La dejó continuar.

—Extrañaba a mi madre, a mis abuelos… creo que hasta a los adoquines de mi ciudad.

Bueno, de la nuestra —aclaró—. Lloraba sin poder evitarlo.

Decía que quería volver a casa. Entonces mi tío agarraba una bicicleta y nos llevaba, a mí en la parrilla y a mi prima más pequeña, en el marco delantero.

A veces nos traía a una playita, una pequeña ensenada que queda allí delante.

—Señaló con el dedo—. Justo al lado de aquellos barcos anacrónicos.

Y otras veces veníamos aquí, a sentarnos a mirar el mar.

—Respiró hondo—. Y, entonces, todo se calmaba.

Creo que encontraba un equilibrio… entre las ganas de regresar y las de quedarme disfrutando de esto.

Marcel se recostó en el muro, de espaldas al mar, quedando al lateral de ella, pero con contacto visual, muy cerca.

—Estás triste. —Se cruzó de brazos—. Y necesitabas un poco de ese equilibrio. ¿Por eso hemos venido aquí?

—Por eso… y porque quería regalarte uno de mis lugares favoritos.

—Ven —dijo él, tomándole las manos y acomodando el cuerpo de ella entre sus piernas antes de rodearla con los brazos por la cintura—. Respira, cariño. Mira al frente… y respira.

Ella lo abrazó también. Acomodó su rostro sobre el hombro de él y por unos minutos soltó su alma frente a ese mar donde vivían sus ancestros, frente a su primer horizonte lejano, frente a la inmensidad de un océano que siempre, de alguna manera, la había salvado.

Y aquel abrazo —el de Marcel—, fue más oportuno, íntimo y reparador que cualquier otro instante de desnudez que hubieran compartido. Durante esos minutos, sus latidos, por fin, parecían haber encontrado el ritmo basal.

Se quedaron allí por un rato, contándose historias de vida, de lugares y de sueños, hasta que el teléfono de Sofía comenzó a sonar. Era Rachel.

—Tengo que contestar. Lo siento.

Se apartó unos pasos y, en ese acto, todo el equilibrio que había logrado canalizar, empezó a desprendérsele de cada célula.

Sofía le contó a su amiga con sumo cuidado, todo lo que sucedía con Sarah.

No pudo escapar de la voz temblorosa ni de los ojos anegados.

Rachel no daba crédito. No encontraba las palabras.

No lograba aceptar la posibilidad. Era una de sus muchachitas  frente a la sospecha de un diagnóstico difícil, con apenas veinticinco años recién cumplidos.

El miedo la dominó. No. El miedo no…, el terror.

—Rachel —dijo Sofía, esta vez con la voz fuerte—.

Necesito que te centres. Deprimirnos ahora mismo es un lujo innecesario.

Me hace falta que la acompañes el lunes al hospital.

Maritza la va a llamar para avisarle de unos exámenes y luego conversará con ella en consulta sobre todas las posibilidades.

Ella no tiene idea de esas posibilidades.

¿Me entiendes? —enfatizó—. Necesito que estés allí con ella y le sostengas la mano. ¿De acuerdo?

Rachel se tragó las ganas de llorar. Se aclaró la garganta y adoptó su rol sobreprotector de inmediato.

—No te preocupes. Ahí estaré. La llamaré y le diré que está atascada conmigo el lunes, que yo estoy libre —le aseguró—. Luego intentaré llevármela a almorzar, aunque dudo que quiera.

—Es Sarah…, con Sarah, lo menos probable casi siempre es lo que termina ocurriendo. Quizá sí quiera ir.

Rachel dejó escapar una sonrisa que sonó más turbia que las nubes que comenzaban a enmarañar el cielo. Eran casi las tres de la tarde, la hora preferida de los aguaceros en el Caribe.

—Te tengo que dejar. Voy a seguir carretera. Aún estoy en Matanzas.

—Joder… y que hayas tenido que irte justo ahora.

—Todo va a estar bien —dijo Sofía, sin estar ni un poco convencida de sus propias palabras—. Te quiero mucho.

—Te quiero, doc. Hablamos luego.

—No le cuentes nada a las demás por el momento.

—No lo haré.

Rachel colgó y dejó caer el teléfono sobre la cama. Entonces, se deshizo. Lloró de miedo, de impotencia, de esa incertidumbre que no avisaba y lo desordenaba todo por dentro. El mundo se le había oscurecido en un segundo, y no sabía dónde poner las manos.

Rafa había estado a su lado desde el principio de la conversación, cuando notó que la expresión de su cara cambió, se acercó a ella sin decir nada y le tomó la mano. No preguntó ni la interrumpió. Solo se quedó… y cuando ella terminó de romperse, cuando ya no pudo sostenerse más, la abrazó.

Rachel apoyó la frente en su pecho y respiró. Luego le devolvió la mirada, agradecida.

—¡Qué suerte la mía de tenerte!