Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLI. Road Trip #4
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XLI. Road Trip #4

Sofía volvió a quedarse muda. Cualquier respuesta posible parecía llegarle demasiado tarde para ser manifestada. Marcel lo notó.

—Venga —dijo al fin, en un intento de torcer el instante—. Dime si te gusta esta… buscó en Spotify  y pulsó play  para que se reprodujera en el coche.

♪Ooh I, I just woke up from a dream where you and I had to say goodbye

And I don't know what it all means but since I survived, I realized

Wherever you go, that's where I'll follow. Nobody's promised tomorrow

So I'ma love you every night like it's the last night, like it's the last night ♪ [32]

***

Ya pasaba un poco del mediodía cuando se acercaban a Matanzas, una de las ciudades preferidas de Sofía en toda la Isla.

Quizá era por su bahía de barcos tristes y cansados, anclados como si hubieran decidido rendirse allí, por sus puentes patrimoniales, por los ríos que desembocaban en el mar sin pudor, a la vista de todos, sin secretos que ocultar, o tal vez —y esto era lo más probable— porque aquellas tierras le corrían por las venas, heredadas sin elección, tatuadas en la memoria familiar desde mucho antes de que ella aprendiera a habitarlas.

—¿Te molesta si nos salimos de la autopista y entramos a Matanzas? —le preguntó Sofía con sutileza, al notar una señal de próxima salida.

—¿Que si me molesta? —repitió él—. ¡Qué va! Si no tenemos apuro. Además, seguro que allí encontramos un buen sitio para almorzar.

—Luego podemos seguir por la Vía Blanca… es la carretera más bonita de Cuba. Las vistas son espectaculares.

—Me parece genial.

—Pero antes quiero que vayas conmigo a un lugar —añadió Sofía, dedicándole una de esas miradas misteriosas suyas…

Él entrecerró los ojos y la estudió con cuidado.

—¿A dónde? ¿A Varadero? —bromeó.

—No —Sofía curvó los labios—. Aunque nadie puede discutir que Varadero sea una de las playas más lindas del mundo… Matanzas es mucho más que Varadero, y casi nadie lo sabe.

—Tienes que ir un día a la costa amalfitana… y vivir un poco esos pueblos colgantes y ese mar azul profundo —comentó Marcel.

—Como tus ojos.

Él intentó ahogar la sonrisa que aquella frase le provocó, pero no pudo.

—No dudo que aquellas playas sean de postal —afirmó Sofía—. Las he visto en fotos y videos, pero… seamos francos: son más para la estética que para la relajación. En eso de disfrutarlas de verdad, el clima tropical le gana al mediterráneo. Además… dime algo de la arena.

—La costa allá tiene piedras pequeñas.

—Y la arena de Varadero es…

—Única —la interrumpió—. Vamos a escaparnos un fin de semana para ir. Solo estaremos a dos horas.

Y sin más, tomó la siguiente salida a la derecha, atravesando los naranjales eternos de otra carretera más angosta que conducía hasta la ciudad.

Desde que entraron a Matanzas, el mar los acompañó durante todo el recorrido.

La ciudad se derramaba en colinas bajas de cara a las olas alrededor de la bahía, con edificaciones neoclásicas de herencia francesa conviviendo con otras más recientes y apretadas que se sostenían unas a otras como podían, resistiendo en silencio a su propia historia.

Las calles eran estrechas y empinadas, trepaban el paisaje sin concesiones y tenían la belleza y la incomodidad de lo complejo, dificultando incluso, el andar en bicicleta.

Llegaron al punto que Sofía había señalado en el GPS, un paseo marítimo que corría paralelo a una avenida ancha.

Ella le pidió que buscara algún sitio donde aparcar mientras observaba el entorno con melancolía.

No había demasiado que mirar. Aquel rincón carecía de un atractivo evidente, no ofrecía nada a lo que aferrarse ni prometía una belleza capaz de justificar sus ganas de estar ahí o, al menos, eso parecía.

Sofía fue la primera en bajarse del coche. La brisa marina le rozaba la piel del rostro con suavidad engañosa en tanto Marcel continuaba dando vueltas en busca de un hueco donde dejar el auto. Ella avanzó unos pasos hasta la acera del paseo y se detuvo.

El muro que lo bordeaba era bajo y no intentaba disimular las heridas del tiempo.

Erosionado por las olas, había perdido cualquier rastro de esplendor hasta quedar reducido a una versión áspera de sí mismo.

Estaba casi en ruinas, demasiado gastado, demasiado ordinario  como para pensar siquiera en restauraciones.

Siempre se hacía tarde en Cuba para salvar cualquier cosa…

y los sitios terminaban muriendo, lenta y dolorosamente, con sus historias a cuestas sin que a nadie le importara demasiado, salvo cuando formaban parte de algún decorado patrimonial destinado a los turistas que sostenían la economía y, claro estaba que este lugar no era el caso.

De todas formas, seguía cumpliendo su función.

Todavía quedaban algunas franjas de piedra menos hostiles donde sentarse y mirar el mar sin prisas.

Algunas palmeras caribeñas se alineaban sin demasiado orden, más ornamentales que vivas, y unas pocas personas permanecían dispersas, cada una encerrada en su propio silencio.

Aquel lugar invitaba más a la introspección que al entretenimiento.

Sofía permaneció allí, quieta, apoyando las palmas de sus manos sobre la piedra tibia, dejando que el paisaje hiciera su trabajo, consciente de que no había elegido ese sitio por lo que ofrecía, sino —precisamente— por todo lo que le faltaba.

Del otro lado del muro, más abajo, los arrecifes rompían las olas en espuma blanca. A poca distancia, los barcos tristes , antiquísimos y casi oxidados, permanecían anclados en el puerto desde sabría Dios cuánto tiempo. Ya eran estructuras museables.

El cielo estaba despejado, la brisa era exquisita, y el pantalón beige  ancho de lino que Sofía había elegido para el viaje se agitaba con el viento, casi tan libre como ella.

Marcel se acercó sin hacer ruido y se detuvo a pocos metros a observarla. Parecía nutrirse solo de estar allí, de vivir aquel instante sin tocarlo. Sacó el móvil y le tomó una foto sin que ella lo notara. Luego avanzó y la abrazó por la espalda, posando la barbilla sobre su hombro.

—¿Estás bien? —preguntó, rozándole el oído.