Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLI. Road Trip #3
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XLI. Road Trip #3

Él no pudo contener la carcajada, pero se arrepintió al instante.

Fue de prisa hacia ella, se agachó a sus pies, le quitó la sandalia y cubrió con su mano los últimos dedos, presionando lo justo para que el cerebro desplazara la percepción del dolor por la de la presión, y la punzada se dispersara un poco.

Luego liberó los dedos, le alzó un poco el pie, y le dejó un beso en el meñique.

—Tranquila… duele mucho, pero dura poco.

—Ya no duele —le sonrió Sofía.

—Qué suerte la tuya —ironizó él, colocándole de vuelta el zapato con delicadeza.

Ella se incorporó y él la envolvió entre sus brazos. Se balancearon abrazados un instante, sin que ninguno pareciera dispuesto a soltar al otro.

—Gracias —le dijo Sofía sosteniéndolo por la nuca, y antes de que pudiera responder, le cubrió los labios con los suyos y lo besó.

Fue un beso profundo…, largo. De esos en los que se sueltan cosas que no se pueden liberar con las palabras.

—¿Nos vamos? —preguntó ella al separarse de él, tomando la caja de pinceles.

Marcel le rodeó el cuello con el brazo y le sonrió una vez más.

—Vámonos.

Y aunque ella por fuera parecía tranquila, por dentro…, por dentro, todavía estaba temblando.

***

Sofía llevaba un buen rato provocando a Marcel para que abandonara, de una vez, aquel desfile de hits  de los sesenta y se decidiera por algo menos previsible.

Habían dejado atrás unos cien kilómetros y cruzaban el centro de la isla cuando por fin sonó I don’t want to miss a thing , de Aerosmith, irrumpiendo con la clásica intensidad noventera.

Sofía le lanzó una mirada que no terminó de sostener.

—Esa era la canción que iba escuchando la primera vez que te vi —le confesó.

Marcel giró la cabeza con una sonrisa que se le escapó por la nariz.

—Vaya… que te acuerdes de ese detalle tan específico es casi lo mismo que si me hubieras escrito un poema.

Sofía sonrió hacia dentro, tuvo que morderse la lengua para no responderle por impulso que ya le había escrito un par, pero al fijarse en la hora en la pantalla, toda su mente se resintonizó. Eran las ocho de la mañana.

—Dame un minuto, ¿sí? —le pidió a Marcel, mientras sacaba el móvil de su bolso.

Él asintió sin protestar y pausó la música.

Sofía marcó el número de Maritza. El teléfono dio cuatro timbres antes de que contestara.

—Buen día, Sofía. Ya leí el preliminar.

—¿Y? —La esquina de la uña de su dedo meñique pasaba a mejor vida.

—Estoy bien, gracias por preguntar —respondió Maritza, con ese tono suyo que alternaba la ironía y cariño con elegancia—. Hablé con el doctor Javier para ver el ultrasonido juntos esta tarde. Pero hay que pensar en todo.

Sofía apoyó la frente en el cristal de la ventanilla.

—Dime la verdad, Mari, ¿cuál es tu impresión?

—Hay que enfocarnos en hacer el diagnóstico rápido. Eso es lo más importante ahora —explicó—. Aquel día, cuando la examiné, noté una adenopatía axilar un poco grande…, pero preferí no comentártelo hasta tener más elementos.

—Contra, Maritza —protestó Sofía—, debiste decírmelo.

—¿Para qué? —replicó calmada—. Mejor agradece que te he ahorrado una semana de estrés. Ya tenías bastantes asuntos en la cabeza.

Sofía cerró los ojos un segundo.

—¿Llegaron los laboratorios?

—Sí.

—¿Y? —insistió—. ¿Por qué no argumentas?

—Tiene una anemia leve, la eritrosedimentación está acelerada y los linfocitos bajos. Hay que completar el resto de los exámenes, pero ya me pongo con eso para que el lunes venga lista, incluso para el estudio de imagen.

—Mierda.

Sofía apretó con fuerza el puño libre hasta casi encajarse las uñas en la palma. La voz volvió a atascarse en ese nudo de ansiedad que le bloqueaba la garganta.

—Ya lo sé —dijo Maritza, más suave—. Pero tienes que calmarte. Aún no tenemos diagnóstico. Hay que esperar.

—Tengo que decirle que van a hacerle un estudio por la anemia… que vaya preparada. Yo no puedo explicárselo, Maritza. No puedo hacerlo sin mirarle a los ojos.

—No te preocupes. Aquí estoy yo. —Hubo una pausa breve—. Si es importante para ti, también lo es para mí. Tu amiga está en buenas manos. Confía en mí.

Sofía tragó saliva, ya con los ojos encharcados.

—Gracias, Mari. De verdad…

—Trata de estar tranquila, Sofi. Vayan con cuidado.

Colgó. Durante unos segundos se perdió la vista en la carretera. Marcel no le dijo nada en ese instante, pero el brillo en los ojos se le apagaba solo de verla así.

Sofía desbloqueó el móvil y escribió un mensaje a Rachel.

Sofía:

Llámame en cuanto puedas. Es muy importante.

Pulsó enviar, apoyó el teléfono sobre el muslo y se quedó en mutismo durante casi diez minutos hasta que Marcel redujo la velocidad y giró hacia la derecha, entrando en el camino hacia una cafetería escondida entre la arboleda.

Se detuvieron frente a una construcción amplia, abierta, de madera oscura y techo alto de guano.

Una especie de ranchón criollo que encajaba perfecto en el paisaje.

Alrededor crecían almendros frondosos, ceibas jóvenes y algunos jagüeyes de raíces largas y caprichosas entre los que se alzaban varias palmas reales, elegantes y solemnes, que parecían custodiar el lugar.

En los jardines laterales, flores silvestres —campanillas, mariposas blancas, pequeños hibiscos y girasoles— se imponían sin orden ni pretensión.

—¿Por qué nos detuvimos aquí? —preguntó Sofía un poco confundida.

—Porque solo tenemos un espresso  en el estómago y necesitamos desayunar.

—No tengo hambre.

—Igual algo tendrás que comer, cariño —respondió él con ternura, haciéndole un guiño de ojos—. No tienes opción.

Sofía hizo un mohín que le salió del alma y era puro reflejo de su estado de ánimo. Sin embargo, no protestó cuando Marcel bajó del coche, le abrió la puerta y le tendió la mano.

Caminaron por un sendero de piedras irregulares hasta subir unas escaleras pequeñas de mosaicos rojizos. Eligieron una mesa en la esquina, desde donde se veía casi todo el lugar y la brisa llegaba libre.

—Esto parece un sitio fantasma —dijo Sofía, inspeccionando alrededor—. No hay nadie.

—Mira —Marcel señaló el cartel de madera junto a la entrada—. Se llama Oasis.

Sofía arrastró un poco la sonrisa.

—Es entendible. Con los precios que tiene, ningún cubano puede desayunar aquí.

—Yo soy cubano —bromeó Marcel.

—Nacionalizado en Italia así que no cuentas en mi comentario —replicó ella—. Y eres consciente de que, sin ánimo de exagerar, nuestro desayuno aquí podría ser fácilmente la mitad, o más, del salario mensual de un profesional en este país, incluso del mío. Lo sabes, ¿verdad?

—Claro que soy consciente —asintió él, abriendo las palmas de las manos—. Mi hermana es una profesional aquí. Y solo puede permitirse cosas así con el dinero que genero yo trabajando fuera.

Lo dijo sin orgullo, pero con rotundidad. Aquello era una verdad que molestaba, pero que ya no sorprendía a nadie. Aunque, muchos turistas seguían creyendo que era algún tipo de chiste.

Sofía bajó la mirada hacia la mesa. El entorno seguía siendo hermoso, casi indecente en su irreverente calma, y por un momento, todo —el miedo por Sarah, la sensación de estarse alejando de ella en un momento crucial, la revelación de Marcel en la mañana, la incertidumbre en cuanto a sus propios sentimientos—, se mezclaron en un mismo silencio.

Por fin la camarera dejó su celular sobre la barra y se acercó a ellos sonriente, vestida de campiña con sombrerito de guano, camisa de cuadros y unos vaqueros algo gastados.

—Buenos días. ¿Desean algo de tomar?

—De momento, dos botellas de agua y dos cappuccinos,  por favor —pidió Marcel.

La muchacha asintió y dio media vuelta.

—Sin canela —añadió él.

La chica se detuvo y giró sobre sí misma.

—¿Sin canela? —pestañeó sorprendida—. ¿Están seguros?

—Cien por ciento —confirmó Marcel muy serio.

Sofía soltó una carcajada. Al fin.

—Pero qué pesado te pones, hombre… ¡Por Dios!

Marcel sonrió y le acarició los dedos de una mano sobre la mesa.

—Si con eso te devuelvo la sonrisa…, pues prepárate para verme en modo ogro —le susurró casi más con los ojos que con los labios—. No sabes la impotencia que me da verte triste y no poder hacer nada.

Sofía no respondió, pero entrelazó sus dedos con los suyos.

—Todo esto de Sarah ha sido muy inesperado y ahora mismo me supera. No sé cómo gestionarlo —alcanzó a decirle apretando su mano—, pero mejor hablemos de otras cosas.

—¿Y de qué te gustaría hablar? —le preguntó, intentando recuperar un tono ligero.

—Me apetece un desayuno mediterráneo.

—Es la mejor opción del menú… ¡que sean dos! —la secundó él sin pensarlo—. Por cierto… sepárame la mitad de tu sueldo este mes.

—Hecho —respondió Sofía dando una palmada en la mesa.

Justo se lo pidieron a la camarera cuando dejó los cappuccinos .

Sofía se apresuró a probar el suyo, pero apenas dio el primer sorbo, la mueca que se le dibujó en el rostro fue un premio silencioso para Marcel. Al verla, en una reacción automática, él deslizó su taza con delicadeza hacia el centro de la mesa y levantó la mano para llamar de nuevo a la chica.

—Dos jugos de naranja, por favor.

—¿Pero qué me has hecho? —protestó Sofía, carraspeando aún—. No puedo tomarme esto. Está infumable.

—Para que aprendas a valorar lo que tienes en casa, cariño.

Ambos se rieron. Sofía, a medias. «En tu casa, querrás decir».

Terminaron de desayunar riéndose por cualquier cosa y dejando que la conversación se les diluyera en temas triviales.

Marcel pagó la cuenta y la acompañó hasta el coche.

Le abrió la puerta, y esperó a que se acomodara antes de rodear el vehículo y sentarse de nuevo al volante…

Se tomó unos segundos, giró el cuerpo hacia ella y le sostuvo la barbilla entre los dedos.

Le rozó los labios con el dorso del pulgar y, cuando ella levantó la vista, por fin se lo dijo.

—Cuarenta y dos días contigo en mi vida, Sofía… —atrapó el labio inferior entre los dientes antes de dejarlo escapar de a poco, con ese gesto inconsciente tan suyo—, y no deja de acompañarme esta sensación de que me he pasado la vida eligiendo a las personas equivocadas.