Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLI. Road Trip #2
51%

XLI. Road Trip #2

Era una composición dominada por tonos tierra, casi sepias, atravesados por sombras más profundas que daban volumen y silencio a la escena.

Un retrato paisajístico —si es que podía llamarse así— en el que se definía a una mujer de perfil con el rostro aún sin terminar y el cabello corto y oscuro rozándole los hombros.

Estaba recostada en un sofá amplio, rodeada de lo que parecían ser cojines a medio pintar, con las rodillas flexionadas y, sobre los muslos, un portátil abierto.

La mujer parecía concentrada, inclinada apenas hacia delante, con una mano suspendida sobre el teclado, como si acabara de detenerse en mitad de una oración.

Sus dedos se definían casi perfectos notándose un lunar marrón en el dorso del anular izquierdo.

Aquella mujer no posaba, no miraba al espectador.

Aquella era una mujer que, simplemente, estaba viviendo.

«Esto es —Sofía tragó saliva—… una mujer escribiendo ».

Se le encogió el alma cuando reconoció cada detalle.

La postura, la manera de sentarse, incluso ese gesto inconsciente de fruncir apenas el ceño cuando entraba en introspección.

Se miró las manos y se detuvo par de segundos en el dedo anular de su mano izquierda. «Joder… esta soy yo».

Sofía había visto a Marcel pintar varias veces, y siempre se limitaba a disfrutarlo desde el umbral.

Nunca irrumpía en su proceso. Le gustaba verlo en su elemento con el mono salpicado de óleo, las manos manchadas y ese gesto tan concentrado que lo volvía ajeno e imponía cierta distancia, como si todo lo importante ocurriera en un lugar muy suyo al que nadie más tenía acceso.

Parecía dejarse llevar por emociones que brotaban de rincones propios y se le quedaban impregnadas en las manos.

El mundo se le reducía a esas cuatro paredes: cuadros a medio hacer, mezclas improbables y una búsqueda constante de colores insospechados que le abrieran nuevas puertas.

Él siempre cubría las pinturas que no estaban terminadas.

Le gustaba sorprender a la gente con el resultado final, mostrarles la obra cuando ya no había vuelta atrás, cuando la emoción estaba completa y cerrada.

Pero…, ¿quién podría interponerse entre el destino y sus caprichos inesperados?

¿Quién podría evitar que aquello que necesitaba ser visto encontrara la manera de mostrarse, incluso por accidente?

Sofía se sentía desorientada en el centro del estudio.

Aquel lienzo tiraba de todas las emociones que había mantenido amarradas con tal de permanecer en esa zona segura donde no necesitaba explicar lo que sentía, donde no era necesario exponerse.

El corazón le retumbaba con fuerza. Los ojos le centelleaban, húmedos.

Las manos le sudaban incapaces de sostener las verdades inminentes.

—Supongo que olvidé cubrirlo —murmuró de pronto Marcel a sus espaldas.

Ella levantó la vista de la pintura y se giró. Él estaba recostado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa tranquila pero consciente —sin dudas— del enredo emocional que aquello estaba a punto de desatar en la cabeza de Sofía.

—Iba a ser una sorpresa para cuando volviéramos.

Sofía no respondió. No podía. Porque algunas verdades, cuando son mostradas, no permiten mirar hacia otro sitio.

Marcel se acercó despacio y se detuvo frente al lienzo. Lo contempló unos segundos en silencio…

—Llevo pintándolo desde la primera vez que te vi escribiendo en la terraza —dijo al fin—. Me guardé esa imagen en la cabeza.

Luego la miró a ella… incrédulo, pero con la satisfacción silenciosa de haberla dejado sin palabras.

—No sé si lo has notado, pero…, siempre que comienzas a escribir me quedo unos segundos observándote.

—Esbozó una sonrisa de esas, casi resignadas—.

Me ha costado mucho llegar hasta aquí. Es frustrante.

He empezado este cuadro varias veces y nunca termina de salir todo lo que me transmite esa imagen tuya.

Volvió la vista al lienzo.

—Esto es lo más cerca que he estado.

Sofía sintió que algo dentro de ella cedía. Él no hablaba solo de la pintura… y ella lo sabía.

—Es hermosa —logró decir Sofía con un hilo de voz.

—El pincel me tiembla en la mano cada vez que intento avanzar —exhaló largo, antes de inclinarse para recoger la tela de lino del suelo y volver a colocarla sobre la pintura—. Esto no le hace justicia a lo que me haces sentir. Se me hace muy difícil hacerte existir dentro de una pintura.

—Ya —Sofía relajó un poco los hombros antes de hablar—, es que no me estás pintando a mí, sino a lo que crees que siento cuando estoy escribiendo. Estás tratando de pintarme por dentro. Eso no debe ser fácil.

—Yo diría que trato de pintar lo que yo  siento al imaginar lo que tú sientes cuando escribes… —Marcel hizo un gesto desdeñoso con la mano—. No me hagas caso que me enredo, pero yo me entiendo.

—Tal vez deberías tratar de volcar la imagen en una pintura abstracta, como esas que hace Samir y parecen decir tantas cosas. Al final uno nunca sabe la verdad… pero siente con intensidad según lo que lleva por dentro —espetó Sofía, intentando distorsionar la intensidad que inundaba el aire.

—Sí. El abstracto es el estilo del misterio, de los secretos… el de Samir. —Se rio al mirarla—. Pero tú eres demasiado transparente para eso —volvió a contemplarla entera—. ¿Recuerdas cuando te digo que tú te pareces mucho a la vida?

Sofía asintió, con los ojos empañados.

—Pues eso. No logro volcar eso en ese cuadro. No aún.

Ella trató de ahogar un suspiro y se giró hacia él, rodeándole el cuello con las manos.

—No sé qué decir.

—No tienes que decir nada.

Entonces se perdió en aquellos ojos azul océano que siempre le hacían sentir que el amor era bonito y que no daba miedo… en esos ojos que parecían leerla entera sin juzgar absolutamente nada, y dejó que los latidos, por fin, encontraran su sitio.

—Supongo que esto le pasa a todo el que crea algo —dijo ella más tranquila—. A mí me sucede cuando intento escribir algunos poemas. —Curvó las comisuras hacia arriba—. Nunca me funcionan por encargo. No basta con querer escribirlos… hay que esperar a que salgan. Tal vez, un día, de pronto…

—No, Sofía. Ni siquiera es eso —la interrumpió Marcel.

Le tomó la mano con cuidado, temiendo romper algo frágil, y la guio hasta el lado izquierdo de su propio pecho. La cubrió con la suya, obligándola a sentir el pálpito desbocado de su corazón.

—¿Lo sientes? —preguntó casi en un susurro.

Ella bajó la vista hacia su mano y confirmó sin palabras. Marcel aprovechó aquel silencio y, con la mano libre, buscó la línea de su mandíbula. Los dedos se demoraron allí, dibujando una caricia lenta que a Sofía le apretó algo por dentro.

—Yo creo que lo que pasa es que lo que tengo ahí dentro ya no cabe en un lienzo tan pequeño. —Hizo una pausa y le apretó más la mano contra su pecho—. Y lo siento. Sé que es muy pronto, sé que no estás lista para escuchar lo que te voy a decir

—Marcel —se apresuró a interrumpirlo Sofía, pero él le selló los labios con su dedo índice.

—Creo que me estoy enamorando de ti.

Sofía sintió un temblor soberbio recorrerle todo el cuerpo. Las palabras se le quedaron atrapadas en algún punto entre el pecho y la garganta. Los ojos no le respondían. Quería desaparecer y a la vez…, a la vez quería abrazarlo.

Marcel lo notó. Se acercó despacio y besó sus labios con suavidad. Al separarse, la miró con los ojos brillantes e inmensos.

—Te quiero, Sofía. No sé cómo dibujar todo eso.

Sofía tragó saliva. Par de lágrimas amenazaban con desbordarse, buscando esconderse en algún lugar —sin dudas— cercano al corazón, cuyos latidos ya habían entendido algo que su cabeza aún no se atrevía a nombrar.

«No puedo, Marcel. No estoy lista para decirte que también me estoy enamorando.

Porque no lo sé. Te juro que no lo sé. Pero sí sé que te quiero.

Te quiero de una forma bonita que todavía no entiendo del todo.

Y no voy a decírtelo ahora solo para cumplir con el quid pro quo .

Quiero que, cuando lo diga, sea un te quiero  mío, no uno reactivo. Ojalá tengas tiempo».

Aquella declaración a Sofía le había llegado anticipada. Había surgido por accidente entre óleos y lienzos en los que ella no debía husmear. «Si no hubiera venido a buscar los pinceles…».

Y entonces sintió miedo, sí. Miedo a no saber sostener lo que él le estaba ofreciendo, a no poder lidiar con la presión de tener que ponerle nombre a lo que ella sentía antes de poder comprenderlo, a perderlo a él a su propio pesar.

Porque la realidad era simple y compleja a la vez.

Ella no sabía con exactitud qué era lo que sentía, al menos no con la claridad que exigía una confesión de ese calibre.

Pero, por primera vez, fue consciente de una ilusión genuina y hermosa recorriéndola entera sin pedirle permiso. Y eso bastó.

Lo abrazó con fuerza porque, ¡por Dios!, claro que ella también lo quería.

Lo apretó un poco más, hundió el rostro en el hueco de su cuello y se perdió un poco en ese olor que la mantenía a salvo.

Con él no tenía sustos y, por razones obvias, eso lo agradecía mucho.

Intentó decirle algo. Algo sencillo. Algo como eres muy especial para mí , o qué suerte he tenido de encontrarte .

Pero el universo —sabio y a veces bastante oportuno— decidió manifestarse justo antes.

Sofía dio un pequeño paso hacia un lado, intentando separarse para mirarlo mejor.

Pero no calculó la distancia y, en un gesto torpe y muy cotidiano, el dedo meñique del pie derecho chocó de lleno contra la base de acero del caballete.

El dolor llegó al instante. Violento e innegociable.

Se dobló sobre sí misma soltando un gemido ahogado, maldiciendo por haber elegido las sandalias en lugar de los tenis para viajar y, por puro instinto, se dejó caer en el taburete que Marcel usaba para pintar.