Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XLI. Road Trip
51%

XLI. Road Trip

Sofía caminaba en plantillas de medias de un lado a otro de la habitación de Marcel, estirándose la piel de la frente con los dedos, tratando de acallar todas las voces lógicas y desesperadas que le susurraban dentro de la cabeza.

Minutos antes había logrado camuflar su preocupación frente a las chicas, fingiendo una migraña repentina por el exceso de queso .

Marcel se ofreció a pedirles un taxi, pero todas terminaron siendo rescatadas por sus respectivos príncipes.

Todas, excepto Paula, que se fue custodiada por Rachel y Rafa hasta la puerta de su casa.

—Sofía, cariño, tienes que calmarte —Marcel la tomó por una mano y sin apartarle la mirada le trazaba círculos lentos en el dorso con la yema de su pulgar—. Tú misma has dicho que hay varias opciones. Hay que esperar.

—Es mi amiga, Marcel —Sofía exhaló despacio—. No puedo calmarme.

Él se limitó a abrazarla. Un abrazo largo de esos que se completaban con besos suaves en la coronilla.

—¿Te preparo un té?

—Ya te he dicho que no me gusta el té —soltó, áspera.

—Pero hace frío, necesitas dormir… Tenemos que levantarnos en seis horas y nos espera un viaje largo.

—Lo dices como si en vez de té, quisieras prepararme una infusión de tila —Sofía arqueó una ceja.

Marcel la apartó con ternura para conectar con su mirada y le guiñó un ojo.

—¿En serio? ¿Tila? —farfulló ella con expresión ceñuda.

—De la del patio… anda, déjame intentarlo. Te va a hacer bien.

Sofía por fin accedió. Sabía que necesitaba resetear su mente hiperactiva y que nada sería mejor que un sueño reparador antes de salir de viaje.

Aunque eso no pudiera apagar del todo el pálpito exagerado que le cortaba la respiración al pensar en aquella línea de texto, tatuada en su corteza visual: Los hallazgos descritos pueden corresponder a procesos de origen inflamatorio, infeccioso o linfoproliferativo .

«Linfoproliferativo-linfoproliferativo-linfoproliferativo». La palabra seguía resonando en su cabeza con un eco perturbador. No tenía sentido. Sarah era joven, saludable. No había presentado ningún indicio de nada parecido… ¿o acaso sí?

No era menos cierto que en los últimos meses se había mostrado más cansada de lo habitual, con dolores inguinales que había achacado al período y falta de ánimo…

Pequeñas señales dispersas, a las que siempre se les buscaba una causa emocional o una explicación evidente, cualquier cosa que no obligara a preocuparse demasiado, cualquier cosa que mantuviera los latidos basales.

Marcel llegó con una taza de porcelana humeante en la mano y se sentó junto a Sofía en el borde de la cama.

—Dime algo —dijo, observándola dar el primer sorbo sin protestar—. Si fuera una paciente cualquiera a la que estuvieras valorando y te llegara este resultado, ¿qué pensarías?

—No es una paciente cualquiera —se apresuró a responder Sofía.

—Ya lo sé… —Marcel curvó la comisura izquierda hacia abajo—. Pero, si lo fuera. Respira hondo y dime qué pensarías. ¿Qué le dirías?

Sofía dudó un segundo, apretó los labios y trató de tragarse el nudo de angustia que tenía en la garganta.

—Pues… pensaría que la posibilidad de que fuera un linfoma existe —admitió al fin en voz alta con los ojos cristalizados—, pero también valoraría que, de ser así, las probabilidades de tratamiento exitoso serían altas, teniendo en cuenta el contexto clínico y la precocidad del diagnóstico.

Y, al mismo tiempo, consideraría que todavía hay causas menos graves que pueden explicar estos hallazgos radiológicos—.

Alzó la mirada, se limpió la mejilla y dejó salir el aire—.

Y entonces, le diría que está en el lugar correcto y en las manos correctas, que hemos detectado los signos a tiempo y que hay que ir paso a paso… Un día a la vez.

—Pues eso. Un día a la vez, entonces —asintió Marcel, señalando la taza de tila—. Hasta el final, ¿eh? Esa infusión es tu presente ahora mismo.

Sofía sonrió. Después de beber la infusión y de hacer una lista mental exhaustiva de las llamadas que haría a primera hora de la mañana, se dejó abrazar en la cama por aquellos brazos fuertes y cálidos que parecían encapsularla y protegerla del ruido del mundo.

Se durmió allí durante un rato, hasta que, en la inconsciencia del sueño profundo, dio un par de vueltas buscando espacio y amaneció del otro lado de la cama, suelta, libre, entera… pero todavía a salvo.

***

Sofía sintió la alarma a las 5:30 a. m. y remoloneó unos segundos antes de enfrentarse a la realidad.

El gran día había llegado. La esperaba un viaje de casi nueve horas para comenzar otro capítulo de su vida, uno que le exigiría volcarse de lleno en el estudio, pero que también le abriría muchas puertas.

En paralelo al diplomado de Neuroimagenología, tendría que seguir trabajando mano a mano con la doctora Niurka en los artículos sobre el sueño del proyecto que llevaban a cabo juntas y, además, implicarse en su rotación de Neurofisiología con profesores nuevos, seminarios, proyectos de investigación y los exámenes correspondientes.

Sin embargo, nada de eso la inquietaba tanto como la idea de tener que convivir con Marcel tanto tiempo.

No tenía ni idea de lo que podía surgir de ahí. No sabía si iba a ser bueno.

Se suponía que conocer de verdad a la pareja era un anhelo inalienable y necesario, pero para Sofía ese proceso tenía que darse a un ritmo propio, nunca forzado.

Convivir era una decisión que debía venir después de muchas cosas, no antes, ¿o no?

Y, en este caso, la convivencia había sido consecuencia de las circunstancias, no una elección romántica.

Esta vez no había llegado de forma inevitable ni había sucedido con naturalidad.

Sería una prueba, un caso de ensayo y error que podía jugar muy en contra de todo lo que aún no había sucedido entre ellos.

«Pero bueno…, ¿y si sale bien? ». Eso le había dicho Paula una tarde pasada, cuando todavía creía que lo poco probable también podía ser honesto, cuando aún estaba en un buen momento de su relación con Oscar y no sabía que la estaban traicionando.

Ahora la frase le volvía con un filo agudo, menos ingenuo y más ácido, como todo lo que sobrevive después de una decepción.

«Marcel es un tipo distinto». Se lo dijo a sí misma con tan poca convicción que no pudo evitar sentirse tonta e incauta al segundo siguiente. Pero tampoco consiguió pensar lo contrario. No tenía nada en su contra. Nada. Aunque ella tampoco había buscado mucho.

—Buenos días, remolona. —Irrumpió Marcel en la habitación con una taza de café—. ¿Cómo dormiste?

Ella se incorporó en la cama, apoyándose en el respaldo, y agarró la taza casi con urgencia. Necesitaba olerla, impregnarse de aquella bebida negra cuanto antes.

—Pues bien. Siento que descansé. —Le sonrió—. ¿Y tú?

—De maravilla —respondió él, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Hasta que te desprendiste de mí y te fuiste a dormir sola al otro extremo de la cama.

—Es un acto inconsciente. —Se encogió de hombros—. Supongo que por costumbre.

—Ya lo sé… —asintió Marcel—. Es como cuando te vas sin despedirte.

—Nunca me voy sin despedirme —parpadeó sorprendida.

—Algunas veces sí lo haces —replicó él con calma—. Nunca dices por qué. Solo te vas y ya.

—Te doy un beso… o te digo hasta luego  o… —dudó—. No lo sé. Pero yo sí me despido cuando me voy.

—¿Lo haces? ¿Estás segura? —Le quitó la taza vacía de las manos y le rozó los labios con un beso—. Al menos últimamente siempre te duermes cuando te abrazo, y ya me dejas besarte antes de lavarte los dientes. Así que el hecho de que no te despidas es más tolerable.

—Que sí me despido… —masculló Sofía, levantándose de la cama camino al baño—. Me doy una ducha y nos vamos.

Marcel ya estaba vestido y colocaba el equipaje en el coche en tanto Sofía terminaba de arreglarse. Cuando ella lo alcanzó en el porche, él le pidió que fuera a su estudio a buscar su estuche de pinceles Borghi que había dejado secando la noche anterior.

Ella dejó la mochila en el asiento trasero y regresó al estudio.

Era la última habitación de la casa al final del pasillo y tenía, además, una puerta que comunicaba con el patio.

A Sofía siempre le había parecido un territorio aparte, una especie de refugio donde Marcel se encerraba a solas consigo mismo y con todo aquello que no decía en voz alta.

El espacio tenía algo místico. Quizá era el silencio, o la forma en que la luz entraba por la pequeña ventana orientada al norte y se deslizaba sobre las paredes sin imponerse.

Iluminaba lo justo, respetando los colores y dejando los lienzos a salvo del sol directo.

Las paredes, de un marfil desgastado e irregular, conservaban manchas antiguas y huellas del tiempo.

En una esquina descansaba un sofá azul oscuro que había dejado de cumplir su función original hacía mucho tiempo.

Estaba cubierto de recortes, bocetos y cartulinas con pruebas de color.

Cerca había una nevera pequeña y un tocadiscos rodeado de vinilos apilados en columnas inestables, esperando su momento.

El estudio era una locura, pero una locura con alma. El desorden ahí dentro era una especie de estado mental necesario para la explosión del caos creativo.

Sofía localizó los pinceles enseguida, estaban con las puntas hacia arriba sobre la mesita auxiliar, junto al caballete italiano de madera de haya, cubierto con una tela blanca de lino. Al acercarse para recoger el estuche, pisó sin querer un pliegue de la tela que rozaba el suelo.

El lino se deslizó y el lienzo que había debajo quedó expuesto. Sofía quedó frente a la pintura inmóvil, parecía que presenciaba una revelación.