XLIII. Un lunes demasiado lunes #3
Rachel sintió el miedo como un golpe seco en el estómago y apretó la mano de su amiga con fuerza por debajo de la mesa.
—¿Qué significa eso en lenguaje terrenal? —preguntó Sarah con la voz más firme de lo que se esperaba.
—Significa que hay que valorar la posibilidad de un linfoma —respondió Maritza, sin rodeos, alzando la mano un instante—. Pero quiero que quede algo muy claro: todavía no hay un diagnóstico definitivo.
Les expuso con palabras sencillas qué era un linfoma. Que se trataba de una enfermedad del sistema linfático, que había varios tipos y que ya existían tratamientos bastante eficaces. El pronóstico dependía de muchas variables que aún no conocían —aseguró.
—Por eso no quiero que se adelanten —añadió—. Primero necesitamos la biopsia.
Sarah la oía como a un ruido lejano, pero en algún punto dejó de escuchar.
La palabra linfoma no le decía demasiado.
Intuía que debía ser grave, que no se trataba de algo menor.
Pero no lograba procesarlo del todo. La idea de que aún no hubiera un diagnóstico definitivo la dejaba suspendida en un lugar extraño, entre la esperanza y el terror.
No dijo nada en voz alta. Inspiró despacio, contuvo el nudo en el pecho y entonces, fue que habló.
—Haré lo que usted diga, doctora.
Rachel apretó aún más su mano.
—De momento —continuó Maritza—, tú sigue viviendo igual. No cambies tus rutinas, ni mucho menos te aísles. —Hizo una pausa, y suavizó el tono—. Nos veremos el próximo viernes para la biopsia. Yo misma te acompañaré. Tengo el día libre.
***
Rachel y Sarah salieron del hospital sin decir una sola palabra. Caminaron juntas, con las manos aún entrelazadas en tanto el mundo seguía girando, como si nada corriese el riesgo de cambiar.
Cuando llegaron a la parada de los taxis, Rachel se giró hacia ella.
—¿Estás bien? —preguntó, mirándola de frente.
Sarah negó despacio. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—No lo sé —respondió—, tengo miedo.
—Ya lo sé… —susurró Rachel—. Ven aquí.
Y la abrazó fuerte, con el pánico presionándole las costillas y los ojos a punto de estallar. Durante unos segundos no hubo nada más que aquel contacto entre ellas. El cuerpo de una sosteniendo a la otra.
—Pero todo va a estar bien —añadió Rachel agarrándola por los brazos para enfocarla con la mirada—. Eres tú, Sarah… Tienes una energía bendecida.
Ella se apartó con cuidado y secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Hablaré con Ariel hoy.
—Me parece justo —asintió Rachel y le acomodó con ternura los mechones despeinados detrás de la oreja. Había demasiados. Siempre los había—. ¿Te apetece que vayamos a almorzar algo juntas? Sé que no estás de ánimo, pero…
Sarah enlazó su brazo con el de ella.
—Que sea pizza —espetó.
Porque sí, a Sarah no le gustaba sufrir… pero menos le gustaba que la gente que quería sufriera por su culpa.
***
Eran las cinco de la tarde cuando Maritza escribió el nombre de Sofía en la lista de llamadas.
Hasta ese momento, los mensajes de Rachel se habían limitado a decir que todo marchaba según lo planeado, que los estudios se habían realizado, que Maritza la llamaría después para explicarle bien cuando tuviera los resultados pues ella no entendía los tecnicismos y todo aquello la superaba. Así que tomó distancia.
Sofía iba en el coche contándole a Marcel sobre su día cuando entró la llamada.
Maritza le explicó con calma que había una sospecha con grandes probabilidades de que se tratara de un tipo de linfoma, y que estaba enfocada en definir el diagnóstico lo antes posible.
Sofía no dijo una sola palabra. Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas…
Agradeció la llamada, colgó… y se giró hacia Marcel.
—¿Puedes parar un momento? —le pidió—. Y dejarme en cualquier parte del Malecón.
Él no preguntó nada… giró a la derecha para adentrarse en la avenida que bordeaba el mar y, en cuanto pudo se detuvo.
—Déjame aquí unos minutos —le suplicó—. Volveré andando. Necesito estar sola un rato.
Marcel asintió y, muy a su pesar, la dejó allí.
—Llámame si lo necesitas, por favor —fue lo único que dijo antes de continuar solo.
Ella caminó unos pasos y se sentó en el muro áspero frente al agua, durante algunos minutos que resultaron demasiado largos. Luego desbloqueó el móvil con los dedos temblorosos y marcó el número de Sarah.
Ella contestó al segundo timbrazo.
—Sari… ya estoy al tanto de todo —le dijo con un hilo de voz—. ¿Cómo estás?
Del otro lado, Sarah suspiró.
—Con miedo —admitió—, pero no me voy a anticipar. Soy joven, soy fuerte… y las tengo a ustedes. —Hizo una pausa—. Dicen que Dios no le da cargas a quien no las puede soportar.
A Sofía se le contrajeron las entrañas. No le salía la voz. No sabía qué decir.
—Te quiero mucho —susurró al fin, con el alma encogida.
—Yo te quiero más —respondió su amiga.
Y el mar siguió allí, inmenso, indiferente… mientras a una mujer de veinticinco años se le caía el mundo sobre los hombros y otra de veintisiete, sentía que no le alcanzaba la fuerza en sus costillas para sostenérselo.