Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XL. Una noche eterna #3
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XL. Una noche eterna #3

Paula salió a garantizar la próxima ronda y Amber retomó su explicación. Incluso Rachel, a regañadientes, empezó a prestarle atención, intrigada.

—A ver —dijo Amber, dejando la copa sobre una mesita auxiliar con su clásica sonrisita cínica—, antes de que alguien se atragante con las letritas, tranquilas todas. BDSM no es una secta ni un culto extraño.

Hizo un gesto con la mano, como si estuviera explicando algo muy obvio.

—La B es de Bondage (ataduras, pero consensuadas, no secuestro express ).

La D puede ser Disciplina o Dominación, según lo creativa que se ponga la pareja.

La S es Sumisión o Sadismo, que suena fatal, pero básicamente va de quién manda y quién se deja mandar…

con gusto, y la M es Masoquismo, que no es sufrir por sufrir, sino disfrutar lo justo.

Alzó las cejas, entusiasmada, antes de continuar su exposición.

—Todo muy organizado, muy hablado y con más normas que una comunidad de vecinos. Nada de violencia loca ni cosas turbias. Aquí el lema es: Si no hay consentimiento, no hay fiesta .

Volvió por su copa y concluyó:

—Vamos, que dicho fino es un juego de poder entre adultos responsables. Dicho sin metáforas, se trata de gente que sabe lo que quiere… y cómo pedirlo.

—Tú no puedes estar bien de la cabeza… —murmuró Sofía, virando los ojos.

—Yo lo que las saco de su zona de confort… y las hago que se cuestionen sus vidas tan aburridas —arqueó la ceja y una expresión burlona le tensó las comisuras—. Así que valgo cada dolor de cabeza que les doy. A mí hay que quererme con ibuprofeno en el bolso.

—Y a dosis alta —concluyó Sofía.

—Oye… —Sarah se le acercó un poco, bajando la voz—. ¿Y usan alguna palabra de seguridad como en Cincuenta sombras  o algo así?

Amber la miró un segundo, evaluándola, y luego le sonrió perversa.

—Claro que sí. Esto no va de improvisar ni de hacerse la valiente. Todo se habla antes. Todo. Qué sí, qué no, hasta dónde y cuándo parar.

Rachel asintió de inmediato, aprovechando la rendija.

—Eso es lo mínimo. Los límites tienen que estar clarísimos.

—Por supuesto —continuó Amber—. En esto no puede haber sorpresas heroicas ni escenitas de película. Tiene que haber confianza, comunicación y una palabra que lo frena todo si algo deja de gustar. La palabra de nosotros es garbanzos .

—¡La madre que me parió...! —soltó Sofía sin poder dar crédito, en tanto las otras se morían de la risa—. Joder, Amber. A eso no hay erección que sobreviva.

—La de él lo hace —se defendió.

—¿Y…? —Sarah dudó—. ¿Y a ti te gusta todo ese rollo de verdad?

Amber no respondió al instante. Se encogió de hombros y volvió a beber de su copa.

—Me gusta, claro. Por eso lo hago —respondió al fin, mirando fijo a Sofía—. Porque tengo el control, incluso, cuando lo cedo, y porque sé con quién estoy jugando.

—Mira, siempre y cuando no me pidas opinión ni participación, yo voto por seguir bebiendo vino, igual que Paula —sentenció Sofía—. Pero agradezco la clase avanzada.

***

En la cocina, Paula luchaba con el corcho de un vino cuando gracias al cielo a Marcel le dieron ganas de beber agua y se la encontró forcejeando con la botella.

—Hola, Paula —se acercó para saludarla con un beso en la mejilla—. ¿Te ayudo?

—Ay, por favor… te lo agradezco. —Le tendió el instrumento—. No se me da muy bien lo de sommelier.

—Yo me encargo —respondió Marcel, sonriéndole con ternura.

—Gracias por recibirnos. Tienes una casa muy bonita —le dijo Paula con sinceridad—. Y por cocinar para nosotras. Es un gesto muy bonito por tu parte. Sofi debe gustarte mucho.

Marcel terminó de sacar el corcho y comenzó a retirarlo del espiral del abridor, girándolo con cuidado en sentido contrario hasta liberarlo por completo. Apoyó después el antebrazo en la encimera y se lo tendió a Paula con amabilidad.

—Sofía es… —hizo una breve pausa desviando la mirada hacia la nada— una mujer muy especial. Y te quiere mucho. Bueno, a todas.

—Todas nos queremos mucho, la verdad. —Paula alzó las cejas y suspiró—. A pesar de ser tan distintas. Todo sería más difícil si ellas no estuvieran, aunque no se los diga demasiado.

Marcel percibió la grieta en su expresión. Fue sutil, pero estaba ahí.

—¿Estás bien? —preguntó con cautela.

—Aún no… pero estaré mejor. Es cuestión de tiempo, supongo.

Él la miró, confuso. Dudó. No sabía si debía cruzar esa línea y transgredir su privacidad.

—No te preocupes —continuó ella, anticipándose—. Sé que estás al tanto de todo… que conocías la historia de Oscar desde antes y que imaginaste que yo también lo sabía. Era lo más lógico.

Marcel inspiró hondo y su gesto se volvió serio.

—Es más fácil desahogarse con extraños, ¿verdad? —comenzó a descubrir las masas, consciente de que, detrás del tono de broma que había utilizado, estaba diciendo la verdad.

—No podemos engañar a quienes nos conocen bien… —respondió Paula—. Y eso hace que sea más difícil callar cuando tienes tantas cosas dentro.

—Si me permites… —le sonrió con cierta culpa— y espero que Sofía no se entere jamás de que estas palabras salieron de mi boca…, no creo que Oscar lo hiciera a propósito. No creo que sea mala persona.

Paula dejó escapar el aire despacio.

—Ufff… gracias. No sabes cuántas veces me he sentido mal conmigo misma por pensar así. Por seguir creyendo que es un buen ser humano a pesar de todo.

—Es que no hace falta ser mala persona para lastimar los sentimientos de alguien.

—Ya lo sé —admitió ella—, pero su falta de responsabilidad afectiva abre una brecha muy cuestionable entre su edad biológica y su edad mental. Y, la verdad es que sí me lastimó, y sí me hizo daño.

—Te entiendo —Marcel cruzó una pierna sobre la otra y se cruzó de brazos apoyado en la encimera—.

Yo mismo creo que he tenido que llegar a los cuarenta para que esas dos edades, por fin, se me sincronicen un poco.

Y no creas que estoy justificando lo que hizo…

—midió las palabras antes de continuar—, pero piensa que el hecho de sentirte ahora tan traicionada puede ponerte en riesgo de convertirte en alguien profundamente desconfiada, y, créeme, no vale la pena vivir a la defensiva.

Oscar no es una referencia de los hombres que puedan quererte como te mereces.

—Ya sé que no… —Paula negó con la cabeza—. Pero qué jodidos estamos como sociedad si no invertimos en aprender a cuidar los sentimientos de los demás.

Marcel alzó las cejas reflexionando con aquellas palabras.

—Bueno… Tú tómate el tiempo que necesites para sanar —le sugirió—. Dicen que uno acaba encontrándose mejor en los sitios vacíos.

Paula frunció los labios y le dedicó una sonrisa cansada.

—Ojalá. Y mejor me voy… —agarró la botella de vino— que esto de ponerme filosófica no es lo mío.

—Me parece muy bien —Marcel se abrochó el delantal para preparar la lasaña y los canelones—. Pregúntale a las chicas cuándo desean cenar. Por cierto, he hecho unos canelones especialmente para ti.

— Wow … —Paula abrió los ojos— ¡Qué honor!... ¿Rellenos de qué?

—Los canelones son de carne de res, ricotta  y espinacas. Y la lasaña, también de carne, pero con bechamel y parmesano.

—Madre mía… suena delicioso. Algo bueno tiene que tener ser la deprimida del grupo. Ponlos ya, que aquí hoy la que decide soy yo.

—Pues no se diga más, signorina  —respondió Marcel, guiñándole un ojo antes de ponerse en ello— Y me encanta cómo te queda el nuevo look .

Paula le agradeció y se apartó sonriendo.

***

—Por Dios, Sofía… —exclamó Paula, teatral, nada más llegar al portal donde todas seguían enfrascadas en una intensa reflexión sobre los últimos desvaríos de Amber—. ¿De dónde lo has sacado?

—¿Perdona? —respondió Sofía confusa.

—A tu novio —aclaró Paula—. Ese hombre nos está preparando una cena que no sé si merecemos.

«Novio, ¿novio?, ¡novio!»

Sofía pa rpadeó. Ya no tenía mucho sentido huir de la etiqueta.

—El destino que ahora conmigo está siendo bondadoso… ¿Qué te puedo decir? —bromeó al fin.

—Le dije que empezara a hornear ya —añadió Paula—, porque en cuanto me mencionó el menú se me hizo la boca agua.

Sofía se asomó por la puerta y lo vio a lo lejos, concentrado, moviéndose con naturalidad entre la encimera y el horno. «Se supone que sí… soy muy afortunada».

—¿Te sientes bien con él, Sofi? —preguntó Sarah de repente.

—Mucho —respondió sin pensarlo ni un poco—. No tengo muy claro en qué punto estamos, pero me siento tan en paz con él… El amor o lo que sea que esté pasando aquí, es tan bonito, tan calmado, tan fácil… que a veces pienso que estoy dentro de una burbuja…. O que no es amor.

—No estás en una burbuja —intervino Rachel con serenidad—. Estás en una relación sana con un hombre maduro.

—A mí me encanta verte con él —añadió Sarah—. Después del terremoto con Adam, imagino que esto debe sentirse como un mar en calma.

—La pregunta es —intervino Rachel—, ¿hasta dónde piensas llegar con él?

—Pues hasta donde llegue.

—Vale. Júrame por William Levy que no te has enamorado —soltó Rachel entre carcajadas.

—Si te fijas —respondió Sofía riendo—, él está mejor que William Levy. Y no, no me he enamorado.

—¿Te das cuenta de la contradicción enorme en esa oración que acabas de pronunciar, verdad? —insistió Rachel.

—¿Por?

—Porque llevas media vida obsesionada con William Levy. No hay hombre que compita con ese avatar tuyo… y acabas de decir que otro, del que además no estás enamorada , es más guapo que él.

Todas se rieron.

—¿Y no lo es? —cuestionó Sofía, encogiéndose de hombros.

—Están ahí, ahí —dijo Paula por fin risueña, bajando un poco la voz—. Y yo le creo. Ella no está enamorada. Al menos no todavía.

Sofía hizo una reverencia exagerada.

—Tú ten cuidado —intervino Camila—. A veces el amor llega cuando menos se nombra.

— A vicis il amir lligui …  —la imitó Sofía con teatralidad—. Perdona si no me tomo muy en cuenta tus consejos sentimentales. Tú te enamoras muy seguido. Tu corazón es tan grande que no te cabe en el pecho.