Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XL. Una noche eterna #2
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XL. Una noche eterna #2

Marcel ladeó la sonrisa y asumió el esquive.

—Salvada —dijo— literalmente por la campana.

Ambas llegaron sonrientes, con sus suéteres de invierno ligero y el cabello suelto.

Rachel, con su rubio claro casi platinado, y Camila, con mechas doradas que atrapaban la luz del crepúsculo.

Marcel acompañó a Sofía a recibirlas, las invitó a pasar y a sentirse como en casa, dejando abierto el portón para cuando llegaran las otras.

Ellas decidieron esperar a las demás en el portal y él entró a descorchar un vino para que fueran entrando en calor.

Marcel llevaba un jersey de punto fino, azul marino idéntico al de sus ojos esa tarde.

Lo combinaba con un pantalón gris claro, de corte recto y moderno que le daba ese aire ambiguo entre lo clásico y lo contemporáneo.

Su cabello azabache en su desorden sensual de siempre y en su barba de pocos días, se dejaban entrever algunos destellos plateados, delatando los años que no aparentaba tener.

—Es verdad que no se puede negar que siempre has tenido buen gusto, doc —bromeó Rachel acomodándose en el columpio.

—Habla bajo —la regañó Sofía, con un puñetazo sutil en el hombro.

—Dudo que él no lo sepa —acotó Camila asomándose por la puerta de la casa para observarlo de lejos—. Pero no es solo lo guapo que es. Encima es gentil, agradable… te presta su casa para traer a tus amigas.

—Y cocina para ellas —añadió Sofía risueña al verlo regresar con la botella de vino en una mano y tres copas en la otra.

Sirvió con calma y, antes de volver al interior, le pidió a Sofía que le avisara cuando llegaran las que faltaban para saludarlas pues estaría en su estudio pintando, para no molestarlas y darles privacidad.

—¿Crees que venga Pau? —preguntó Rachel cuando se quedaron solas, con un tono de preocupación en la voz.

—Estoy convencida de que vendrá —aseguró Sofía—. Ella sabe que, si falta hoy, no se librará de visitas rotativas de más de dos horas cada día de la semana. Y ya sabemos que la presión social no la maneja muy bien.

—Venir hoy es un sacrificio necesario —bromeó Camila.

—Creo que, después de todo lo que hemos pasado juntas en los últimos años, nos queda más que claro que, tras un trauma emocional de estos, la soledad hay que dosificarla —masculló Rachel soltándose los tenis y doblando las rodillas hasta hacerse un ovillo en el columpio—.

Cuando este tipo de cosas nos duelen estando aisladas, los efectos colaterales pueden ser más profundos…

y a veces irreversibles. Es importante que ella sepa que no está sola.

—Tú siempre tan sabia —asintió Sofía.

—El problema con Paula es que es más estoica que Marco Aurelio, y se cierra demasiado —añadió Camila cruzándose de brazos—. Es un ser solitario por naturaleza. Tenemos que ser cuidadosas, porque si siente que la invadimos, se aparta.

—Sí, eso es cierto —confirmó Sofía, levantando la vista al ver a Sarah y a Amber cruzando el portón y saludando con las manos.

Se apresuró a recibirlas.

—Qué casa tan bonita —dijo Amber, con un gesto de sorpresa—. Percibo prosperidad y abundancia en este espacio.

Sofía la ignoró. Sarah la empujó con discreción por el brazo para que se callara. Se acomodaron en los asientos restantes del portal y Sofía fue a por tres copas más, contando a Paula, que seguro llegaría pronto.

Estaban las cinco entretenidas eligiendo la música, cuando la voz de la susodicha en cuestión, las paralizó a todas.

—¡Imperdonable! —gritó desde el portón—. Empezaron a beber sin mí.

Todas se miraron, aliviadas de escucharla, y sorprendidas del nuevo corte de pelo que traía sobre los hombros. Sofía le hizo un gesto para que avanzara, sonriendo. Era obvio que la entendía mejor que nadie.

Paula apareció con un vestido de rayas en tonos tierra, de mangas largas y ajustado al cuerpo.

Llevaba su pelo recién cortado  suelto, entre café y miel, y ni una gota de maquillaje.

Intentaba sonreír, aunque la expresión no terminaba de cuajar.

Las chicas estaban de pie, todas excepto Rachel, mirándola sin el menor disimulo.

—Ay, no —protestó Paula enseguida, poniendo los ojos en blanco—. Pensé en no caer en el drama de cortarme el pelo, pero fue inevitable. Me lo hice yo misma… Y ya dejen de mirarme como si fuera un cachorrito abandonado. Cero presión social, por favor.

—Eso fue justo lo que dije —le susurró Camila a Sofía al oído, antes de girarse de nuevo a sincronizar el altavoz inalámbrico con su móvil.

—Hazme un hueco, Rache —pidió Paula tras darle un abrazo breve—. Estoy exenta del resto de los abrazos y los besos hoy, ¿verdad?

—A ver, ericita … que no queríamos que nos abrazaras —soltó Amber, frunciendo los labios—. No te creas tanto.

—Mejor así —concluyó Paula con una risa más ensayada que espontánea—. ¿Qué me cuentan?

—Pues aprovechando que estamos todas, tengo que hacerles un anuncio —intervino Sarah, con un gesto apagado que no era precisamente por su hemoglobina baja—.

Ariel y yo vamos a tener que posponer  la boda.

Ayer le llegó la carta de aprobación de una beca que había solicitado para un máster de idiomas en China. Tiene que irse antes de mayo.

—Joder —bufó Rachel—. ¿Y tú sabías que estaba esperando esa respuesta?

—Sí, me lo había contado —admitió Sarah—, pero sin demasiadas esperanzas. Hizo la solicitud hace casi dos años.

—¿Y por cuánto tiempo es la beca? —preguntó Camila, bajando el volumen de la música.

—Un año.

—¿Y qué importa por cuánto tiempo sea la beca… —soltó Paula, abriendo los brazos—, si aquí todas sabemos que lo más probable es que se quede allá?

A Sarah el corazón le dio un vuelco.

—¡Paula! —la reprendió Rachel de inmediato.

—¿Qué? —Paula abrió los ojos y se cruzó de brazos—.

Ustedes son demasiado sensibles a la verdad.

Viven esquivando al elefante fucsia en la habitación.

Hay que asumir la realidad para que después el golpe no sea tan brutal —soltó, tajante—.

Si Ariel tiene la posibilidad de quedarse, se va a quedar.

¿Saben por qué? Porque en este país de mierda ya no hay mucho más que hacer que negocios por la izquierda para sobrevivir a medias, y habitar casas de setecientos años divididas por la mitad, para rascar un poco de privacidad, porque hay tres generaciones hacinadas en el mismo espacio…

Sarah tenía los ojos aguados y la vista baja. Paula dirigió la mirada hacia ella.

—Lo siento, Sari. No quiero lastimarte con lo que te estoy diciendo —dijo, suavizando el tono—. Es solo que… tienes que estar preparada. Y no puedes juzgarlo si eso es lo que decide… es completamente entendible.

Todas permanecieron en silencio, perplejas ante la lucidez y la agudeza de Paula. Nadie se atrevía a cuestionarla porque, más allá de sus heridas abiertas y de lo enfadada que podía estar con la vida en ese momento, había una verdad irrefutable en todo lo que había dicho.

—¿Entendible? —saltó Rachel, indignada—. ¿Y dónde queda la promesa de casarse? ¿Y el amor que le ha jurado a Sarah todo este tiempo?

Sarah exhaló despacio y se secó la lágrima que se le había escapado.

—No estoy molesta, Pau —dijo casi en un susurro—. Sé que tienes razón. Él ya me insinuó esa posibilidad y, aunque me puse un poco histérica al principio, enseguida sentí que estaba siendo egoísta por no entenderlo.

Sofía se sentó a su lado y la rodeó con un brazo, atrayéndola hacia sí.

—Egoísta él —insistió Rachel—. Es muy fácil hablar de amor, coño, pero qué difícil es asumirlo.

—Bienvenida a la vida real, cariño mío —concluyó Amber, alzando la copa—. Salud… porque, a pesar de todos los desastres, seguimos juntas aquí.

En el gesto del brindis, una brisa cruzó el portal y le apartó a Amber el cabello que le cubría el cuello. Durante un segundo quedó al descubierto un hematoma oscuro, violáceo, en el lateral. Era la excusa perfecta para cambiar la conversación de foco.

—¡Amber! —la inquirió Sofía—. ¿Qué es eso que tienes en el cuello?

Ella reaccionó al instante, llevándose la mano y devolviendo el pelo a su sitio.

—Nada… —respondió en voz baja—. Tengo las plaquetas bajas.

—¿Las plaquetas? Amber, no me jodas… —Sofía frunció el ceño—. Eso es un golpe. O… —se quedó pensativa, con el gesto endurecido— ¿alguien te ha hecho daño?

—Que no, que nadie me ha hecho daño. ¿Qué dices?

Todas se removieron en sus asientos, acercándose para intentar ver mejor. Amber resopló y volvió a apartarse el pelo dejando que desfilaran una a una frente al hallazgo.

—Busquen una regla y lo medimos, intrusas —protestó—. ¿Ya están contentas?

—¿Fue Nelson, Amber? —preguntó Rachel, visiblemente cabreada—. No nos mientas.

—Sí. Fue Nelson.

El silencio cayó de golpe. Todas se quedaron rígidas, con los ojos muy abiertos. Todas excepto Paula, que ladeó la cabeza desde el columpio, alzando una ceja, como si sospechara todo lo que vendría a continuación.

—Pero… ¿está loco? —protestó Camila.

Sofía se cruzó de brazos, esperando una explicación. Sarah seguía inmóvil, con expresión asustada.

—¿Loco? —repitió Amber—. Qué va. No se imaginan lo que me ha costado que llegue a este punto.

—Ya sabía yo… —bufó Paula, mordiéndose el interior de la mejilla.

—¿Cómo que te costó? ¿De qué hablas? —preguntó Rachel, confusa.

—Nadie me ha maltratado… —explicó Amber—. ¿No me conocen? ¿De verdad creen que lo permitiría?

Ladeó la cabeza de un lado a otro y luego se dio un sorbo tranquilo a la copa.

—Lo convencí para practicar rough  sex.

—Manda cojones —soltó Rachel, sin filtro.

—¿ Rough  qué? —preguntó Sarah, como era de esperar.

—Prácticas sexuales con violencia discreta y siempre consentida, santa Sarah de la Inocencia —ironizó Amber, paseando la mirada por todas—. Ay, dejen ya esas caras de inquisidoras. ¿Nunca han oído hablar del BDSM?

—¿Del B-D qué? —preguntó Camila, acomodándose de nuevo en su sillón.

—Ay no, tú —interrumpió Paula—. ¿Dónde hay más vino, Sofi? Se acabó esta botella y yo no puedo con tanta intensidad.

—Al fondo, sobre la encimera, hay tres botellas más. El sacacorchos está al lado —le explicó Sofía.