XL. Una noche eterna
Marcel estaba preparando una masa para lasañas cuando Sofía le sugirió, en tono de súplica teatral, que hiciera también algunos canelones, porque eran los preferidos de Paula.
A él le divertían aquellos intentos de manipulación que no engañaban a nadie y disfrutaba de su faceta de chef italiano tanto como Sofía disfrutaba de la de espectadora.
Ella estaba en la gloria. Copa de vino tinto en mano, observándolo cocinar sin camisa y desenvolverse en la labor con una soltura que le seguía resultando fascinante.
Se recostó en la encimera y sonrió para sí.
A veces le costaba creer que aquel hombre estuviera allí, a su entera disposición.
Subió el volumen de la música que sonaba de fondo, al tiempo que se acercaba a él y lo abrazaba por la espalda.
♪Y si te quieres venir…
Tráete una copa de vino, una sonrisa al carmín
Y un malecón de suspiros. ♪ [29]
—Gracias por ser tan especial conmigo —le dijo, apoyando la mejilla entre sus omóplatos.
—¿Y en serio crees que el especial soy yo? —Marcel flexionó un poco el cuello hacia atrás. Se sacudió las manos en el delantal y giró sobre sí mismo para atraparle el rostro entre ellas.
—Siento harina en mis mejillas… Esto no era necesario —protestó Sofía, fingiendo incomodidad.
—Es romántico. ¿No lo has visto en las películas?
—Pues por eso. Lo que pasa en las películas casi nunca es romántico ni factible en la vida real.
Marcel le dio un beso corto y volvió a lo suyo.
—¿A qué hora llegan las chicas?
—Les dije que a las siete, pero con ellas nunca se sabe.
—Tenemos tiempo entonces —continuó cortando la masa—. Termino esto y, en lo que la dejo reposar, ¿tomamos una ducha juntos?
—Tendrás que convencerme…
Sofía dejó la copa de vino en la encimera y se colocó a su lado. Sin pensarlo demasiado, apoyó la palma en el rastro de harina que quedaba sobre el mármol y, al girarse, le acarició la barba incipiente con las manos blancas de polvo como si fuese el gesto más romántico del mundo.
—¿Pero qué haces? Me has llenado la cara de harina.
—Para que veas lo romántico que es —y dio un pequeño salto para sentarse en un espacio limpio de la encimera—. Esta es la parte en la que, en las películas de las que hablas, los protas empiezan a tirarse harina, ensucian toda la cocina y no dejan de sonreír. ¿Lo intentamos?
—Ni se te ocurra —respondió Marcel curvando sus labios hacia arriba, apenas entreabiertos—. Ganaste. Solo de pensarlo me dan palpitaciones. Definitivamente es más estresante que romántico.
¡Y Dios! Esa sonrisa suya no era humana. Tenía poderes hipnóticos, paralizantes. Sin dudas el tiempo había sido generoso con él. Sofía daba fe cada vez que recorría sin discreción —y sin ninguna culpa— aquel torso esculpido de cuarenta años bien vividos.
Marcel era un hombre hermoso, sí. Pero había algo más.
En el azul profundo de sus ojos habitaba una melancolía estática, un cansancio viejo que siempre parecía pedir tregua, una esperanza que se le había quedado dormida ahí dentro…
y que, al parecer, encontraba refugio en la presencia de Sofía.
Tal vez porque ya había atravesado suficientes dramas como para confundir la intensidad con el amor.
Ella no solo era una mujer que le fascinaba físicamente; era también una que sabía llenar sus espacios íntimos —y no tan íntimos— sin invadirlos y sin hacer ruidos innecesarios.
Con Sofía, todo le parecía posible sin tener que forzarlo.
Y mientras volvía a la masa, con restos de harina aún en el rostro y con Sofía, inamovible, observándolo con hambre desde la encimera, Marcel empezó a sospechar que estaba tanteando un terreno que podría desear habitar de forma indefinida.
—¡Eres tremenda! —interrumpió sus propios pensamientos—. ¿Alguna noticia de la editorial?
—La editora me ha mandado algunas cosas para revisar… pero aún no me hablan de la fecha de publicación. Tengo entendido que todo el proceso de edición suele demorarse unos meses.
—¿Nunca has pensado en publicar un libro de poemas? —se giró hacia ella, apoyándose en el borde de la meseta y cruzándose de brazos—. Los que me has dejado leer son espectaculares.
Sofía alzó las cejas y meneó la cabeza … Comenzaba a arrepentirse de esas noches en las que el exceso de endorfinas y serotonina la volvía más espontánea de la cuenta, y le leía alguno de sus poemas cuando se quedaban abrazados en la cama.
—¿Qué dices? —Chasqueó la lengua—. Escribo para relajarme, para mí. Es una afición.
Y ahí estaba ella otra vez, escondiéndose en una modestia aprendida, tan automática que ya no distinguía dónde terminaba la defensa y empezaba el miedo. Llamarlo afición era más seguro y menos peligroso que admitir que escribir, era lo único que la desnudaba completa.
—Creo que ni tú misma tienes idea de lo mucho que disfrutas escribiendo —replicó él—. No puedes verte cuando lo haces. Pero yo sí te he visto.
A Sofía le gustaba la terraza de Marcel para cazar musas.
Alguna que otra tarde se sentaba en el sofá, con el portátil en el regazo o una agenda entre las manos.
Cuando él lo notaba, se quedaba unos minutos apoyado en el umbral, sin interrumpirla, y la observaba en silencio, para grabarse aquella imagen en la memoria y tenerla de repuesto los días en los que no estuviera.
—¿Y tú? —dijo ella al cabo de un momento—. Deberías montar una exposición personal con tus cuadros. Son increíbles. Estoy segura de que los venderías todos.
—Exposiciones ya he hecho varias, pero muy pocas en Cuba —le contó él—. Pero ahora que lo pienso, se me ocurre que tal vez podríamos hacer algo juntos. Tú escribes los poemas, yo los interpreto y pinto algo a partir de cada uno… Podríamos hacer una especie de dossier .
«Hacer algo juntos. Un proyecto compartido…
Poemas. Pinturas». Un escalofrío le recorrió el cuerpo a Sofía, porque todo sonaba bonito.
Demasiado bonito. Y, precisamente por eso, poco sensato.
Aquello se parecía mucho a hacer planes, planes con implicación emocional.
A algo más íntimo de lo que se creía lista para asumir.
Todo lo que pensó debió reflejársele en el rostro, porque…
—¡Eh! No entres en pánico. Era solo una idea random —le dijo sin darle importancia antes de girarse para terminar de cortar las masas—. Aunque confieso que me encantaría pintar esta escena, inmortalizar tu rostro de terror —bromeó.
—No… si la idea no me parece mal —«Pero me da miedo.
Y siento que ya vamos a mil. Y vamos a pasar cuatro meses viviendo juntos, y ni siquiera hemos hablado de qué somos o qué queremos el uno del otro.
Y no quiero estropear la calma que siento cuando estamos juntos.
Y no sé qué significaría esto. Tu nombre y el mío en un dossier …
a solo un mes de haber empezado lo que sea que tenemos…
¿En serio?»—. Solo que tendría que dedicarle mucho tiempo y ahora mismo no lo tengo. Además, mis poemas no son tan buenos.
—Listo —dijo Marcel, recanalizando con suavidad la energía que se había vuelto incómoda—. Las salsas y los rellenos los preparo una hora antes de que vayan a cenar.
Le sonrió con ternura.
—¿Nos bañamos?
***
Sofía y Marcel esperaban a las invitadas en el columpio del portal con la música baja, envueltos en esa luz indecisa de los atardeceres que hace que todo parezca más sencillo de lo que realmente es.
Hablaban de planes y paseos por la capital, cuando el móvil de él vibró y le dibujó una sonrisa que no estaba en la conversación.
Sofía lo miró con curiosidad.
—¿Y esa cara de felicidad?
Marcel le dedicó la sonrisa esta vez a ella.
—Es Paola… Me ha enviado una foto de un pasaje para La Habana el 28 de febrero. Por fin ha decidido venir.
Le mostró la pantalla del móvil.
— Wow , Marcel. Es una noticia increíble. Me alegro mucho por ti.
Se incorporó y le tendió la mano para ayudarla a levantarse del columpio.
Ella fue hacia él sonriendo, dejándose llevar hasta que su rostro se acomodó casi bajo su barbilla.
Marcel la apretó contra sí y luego comenzó a marcar el ritmo de la salsa que sonaba al fondo.
Él tarareaba en su oído la letra de la canción y ella podía sentir como la vibración de su voz le provocaba un corrientazo entre sus piernas.
♪ Deja que nos miren,
cuando te enamores no te quejes,
deja que mi alma brille
(…)
Tú eres la casualidad más hermosa que me trajo el cielo… ♪ [30]
Ella le siguió la corriente y cantó también, con un entusiasmo que ni ella misma había visto venir.
Él aprovechó el momento para acomodarle el pelo detrás de la oreja y besarle la mejilla con una ternura que, aunque era habitual en él, en ese instante resultaba bastante embriagadora.
Luego le sostuvo la barbilla entre los dedos, obligándola a alzar un poco el rostro.
—Gracias —le dijo muy cerca de sus labios.
—¿Gracias por qué?
—Por lo que hiciste. —Le rodeó el cuello con los brazos—. Sé que le escribiste a Paola el día de mi cumpleaños…
Sofía se quedó paralizada. No se lo esperaba. «Joder con estos adolescentes impulsivos».
—Perdona, Marcel —se apresuró a decirle, sosteniéndole la mirada con un dejo de vergüenza—. Sé que no tenía derecho a meterme en tu vida privada, pero ese día sentí mucha impotencia. No sé… solo quería que pasaras el día feliz.
—He intentado no pensar en los motivos por los que lo hiciste.
—Le besó la frente y la atrajo más hacia sí—, para no alimentar ilusiones que quizá no debo…
Pero sí, me hizo muy feliz la llamada de Paola ese día y más enterarme después que había sido gracias a ti.
Sé que entre nosotros las cosas han pasado un poco rápido, y siento que estamos en buen punto, pero a veces no sé muy bien qué papel juego yo en…
El rostro de Sofía comenzaba a tensarse, atrapado en el terror de una conversación en la que no quería participar aún, pero justo entonces vio a Rachel y a Camila tocando el timbre en la puerta de hierro del jardín.
—Llegaron las chicas —lo interrumpió, pasándose la mano por la nuca.