XXXIX. Algún día iré a Bilbao
El martes por la noche, desde la cama, Sofía contestaba mensajes y correos atrasados.
La semana venía cargada de estudio, trabajo y de los múltiples frentes abiertos del proyecto que llevaba con la doctora Niurka.
Sin embargo, había algo que no podía incumplir, no podía irse el viernes sin despedirse de su tribu.
Todas andaban bastante desincronizadas esa semana.
Había horarios imposibles, audios pendientes y promesas de cafés que no llegaban a concretarse.
Marcel le había propuesto una solución sencilla y sin segundas intenciones, que las invitara a su casa el jueves por la noche.
Él se encargaría de prepararles la cena y pasaría el tiempo pintando en su estudio para no molestarlas.
Así, ella podría despedirse y pasar un rato tranquilo con sus amigas.
Sofía dudó, claro que dudó. Aquello implicaba asumir, de forma más o menos explícita, que la relación se estaba volviendo seria pero, aunque la idea le imponía respeto, no le disgustaba tanto como para rechazarla.
Al fin y al cabo, iba a pasar cuatro meses conviviendo con él casi a tiempo completo.
Y, además —pensaba, con una media sonrisa—, cuando sus amigas probaran las pastas de Marcel, entenderían muchas cosas.
Abrió el chat .
Sofía:
Arpías… Me voy el viernes a la capital. Las quiero a todas a las 7:00 p. m. el jueves, en casa de Marcel, para despedirnos.
No quiero bromitas. Les envío la ubicación.
El escribiendo apareció casi al mismo tiempo con nombres diferentes… seguro que para hacer algún comentario sarcástico sobre lo serio que se había puesto todo tan pronto entre ellos.
Paula:
Ahí nos vemos!!! Ah, y para quienes aún no lo saben: Oscar y yo terminamos.
No estoy lista para hablar del tema, así que obviémoslo por esta vez.
Si quieren saber detalles, pregúntenle a Rachel o a Sofía por privado.
De pronto, todos los escribiendo… desaparecieron. Efecto Paula conseguido, intimidación masiva al instante.
Unos segundos después, el resto confirmó su presencia con emojis de manos con el pulgar hacia arriba o con un escueto ahí nos vemos . Se conocían muy bien entre ellas y sabían que escribir lo siento sería tentar al demonio. Eso, definitivamente, no iba con Paula.
Los mensajes privados no tardaron en llegar, pero Sofía se limitó a responder lo mismo a todas: que Paula hablaría cuando estuviera lista, que no tenía muchos detalles.
Amber no indagó en lo que había pasado, solo preguntó cómo estaba Paula.
Ella siempre había sido así, incómoda, frontal, experta en terapias de choque y verdades sin anestesia, pero incapaz de mirar hacia otro lado cuando alguien a quien quería, estaba roto por dentro.
No le interesaban las causas ni los culpables; solo el estado del daño.
Y, a su manera abrupta, eso también era una forma muy honesta de cuidado.
Después de la charla incómoda, Sofía decidió relajarse.
Tomó el libro Origen , la novela que le había prestado el profesor Fernando en la que ciencia, arte y misterio se entrelazaban con preguntas capciosas sobre el futuro de la humanidad.
La historia la tenía completamente enganchada y expectante.
El inicio se desarrollaba en Bilbao, con una descripción del Museo Guggenheim tan vívida que casi podía recorrerlo con los ojos.
Sofía pensó en Cesar. Él hablaba de los museos con fascinación; decía que el Guggenheim de Nueva York era como un lugar sagrado.
Le escribió un mensaje.
Sofía:
¿Has estado en Bilbao?
Cesar:
No, todavía no conozco España. ¿Por?
Sofía:
Ayyy… Como te oiga un vasco llamándolo español, te cae una buena bronca. Tienes que leerte este libro.
Le envió una foto de la portada y un fragmento subrayado.
Sofía:
Sospecho que este museo de Bilbao tiene mucha magia.
Léete la parte de la escultura de la niebla. ¿Será eso posible?
Cesar:
No me crees nuevas necesidades, Sofía… que todo lo que implique aviones y lugares nuevos a mí nunca me parece mala idea.
Cesar:
Por cierto, ya estoy comprando el audiolibro .
Sofía:
Algún día iré a Bilbao. Es la tierra de mis bisabuelos.
Me plantaré frente al Guggenheim y caminaré entre esa niebla…
Cesar:
Seguro que lo harás.
¿Pero sí son españoles no? Los vascos digo…
Sofía:
Geopolíticamente sí…
Pero la identidad no siempre se corresponde con los mapas.
Cesar sonrió al otro lado del teléfono. Abrió Google Maps , buscó Bilbao y dejó caer un pin en el destino. Luego anotó algo, quizás una palabra clave, para no olvidar el motivo.
«¿Por qué ella siempre es así de sensible? ¿Por qué consigue volver extraordinaria cualquier idea que se le cruza por la cabeza?», pensaba.
Escucharla hablar, sentir cómo actuaba desde la pura pasión era para él una descarga de energía, un golpe de suerte, un suplemento de vitaminas, sobre todo en esos días en los que la vida se le volvía un poco gris.
Justo entonces estaba recogiendo algunas cosas en el apartamento.
Se había separado de la chica con la que salía.
La convivencia había sido caótica y ella empezaba a exigirle un nivel de compromiso para el que él no estaba —ni quería estar— preparado.
Dudó si contárselo a Sofía. Días atrás, ella le había confesado que también estaba saliendo con alguien. Así que, en lugar de eso, escribió otro mensaje.
Cesar:
¿Y cómo vas? ¿Todo bien con tu pintor?
Sofía:
Sí. Todo va bien.
Cesar:
¿Estás enamorada?
Cesar hizo en automático una mueca de arrepentimiento. Los dedos se le habían ido solos y la prudencia no tuvo tiempo de alcanzarlos.
Sofía suspiró. No le gustaba esa pregunta, pero con él no había demasiado margen para esquivarla.
Entre ellos, lo habitual era la transparencia, incluso cuando irritaba un poco.
Cesar se había ido colocando en ese lugar de amigo leal que acompañaba sin exigir nada de vuelta.
Siempre tenía una solución al alcance su risa; y esa facilidad suya para hacerse cargo de cualquier enredo con sus constantes yo me ocupo —también en la distancia— terminaba por volverlo casi necesario.
Sofía había logrado mantener a raya esas pequeñas chispas de esperanzas y de por si acasos, que se le desprendían sin avisar, pero él nunca se escondía, iba de frente con la vida y por eso ella pensó que merecía la verdad...
o, al menos, algo bastante cercano a ella.
Sofía:
Pues no lo sé, aún es pronto… Pero estoy bien. Me siento tranquila y él… me cuida.
Cesar:
Cómo podría no hacerlo.
Sofía apretó los labios y se los mordió por dentro. Miró al techo, agarró aire.
Sofía:
¿Y tú? ¿Qué tal las cosas con tu novia?
Cesar observó el reguero sobre la cama, la ropa a medio doblar, las maletas abiertas, el espacio desordenado que lo rodeaba.
Cesar:
Estamos bien. Ahora mismo estoy recogiendo equipaje que nos vamos unos días a la nieve, en las montañas de Colorado.
Mintió. Mintió porque no tenía sentido mostrarse disponible.
Ni dar explicaciones. Ni decirle que nada terminaba de funcionarle y que seguía pensando —con una insistencia que ya rozaba lo obsesivo— que era a ella la única mujer con quien le gustaba imaginarse la vida a largo plazo.
Mintió porque no iba a confesarle que detestaba el compromiso, las ataduras, el exceso de control…
y que, todo eso dejaba de importar, si ella se incluía en la ecuación.
No tenía sentido. No lo tenía porque los separaban más de dos mil millas y unas probabilidades ridículas —casi insultantes— de coincidir en la misma línea espacio-temporal como para poder construir algo juntos.
Él sabía ser romántico con intención, detallista cuando valía la pena, pero…
ingenuo, no. El autoengaño y la autocompasión no eran lo suyo.
Sin embargo, no dejaba de pensarla ni de desearla.
Quizá por la frustración de lo que no había podido ser.
O tal vez por algo más profundo, una intuición muda que desafiaba todo su pragmatismo y su impecable coherencia.
Sofía:
Genial. Pues no te interrumpo más. El libro te va a encantar.
Vas a querer ir a Bilbao, ya verás.
Cesar:
Ya quiero!!!
«Pero contigo», pensó.
***
El miér coles, Sofía llegó bien temprano al hospital.
Estaba de estancia [28] y debía responder a todas las interconsultas de Neurología que surgieran desde cualquier servicio hasta las cuatro de la tarde.
Cuando llegaba con tiempo, se organizaba con más calma y —decía ella—, las cosas fluían mejor.
A media mañana, mientras evaluaba una tomografía de Urgencias, se cruzó con Alejandro. Iba de civil, sin la bata sanitaria. Se veía bastante apuesto la verdad, pero el brillo divertido de sus ojos nunca conseguía hacerlo parecer del todo serio.
—¿No deberías estar en casa recogiendo maletas para el viaje? —le dijo él, apoyando el brazo en el escritorio desde el que ella observaba la pantalla en tanto escribía en un historial—. Es un subdural. Ese caso no es tuyo, llama a Neurocirugía.
—Me gustaría decirte que aprendes rápido —se burló Sofía con un fuego irónico en la mirada—, porque es verdad, el caso no es mío… pero es un epidural, si lo miras bien.
—Fue lo que pensé. Solo hablé más rápido de lo que debía.
—Eres radiólogo. —Cerró ella la carpeta—. No deberías hablar más rápido de lo que debes cuando se trata de plantear diagnósticos.
— Touché.
—¿Y tú? ¿Ya recogiste?
—Ya me voy a casa. Me liberaron desde hoy.
Sofía enarcó una ceja. «Ventajas de ser residente de Radiología y sobrino del director».
—Pues nos vemos el lunes en el Instituto —se despidió ella, levantándose de la silla para ir a ver a su paciente.
—¿Y al final dónde te quedas? —se apresuró él a preguntar, igualándole el paso hacia la salida.
—No tengo ni idea, pero seguro que será un buen sitio.
—Tan misteriosa como siempre —chasqueó la lengua—. Oye… ¿y qué tal tu amiga? ¿Por qué no me pasas su número?
Sofía se detuvo en seco. Lo fulminó con los ojos.
—Pero ¿qué manía tienes con andar pidiendo números de teléfono como si fueran caramelos? —protestó—. ¿Ya tienes el resultado del ultrasonido?
—El informe oficial aún no está —aclaró él—, pero vi cuando estaban comentando el preliminar. Creo que van a sugerir una TAC contrastada porque vieron algunas adenopatías inguinales inflamadas… aunque no estoy del todo seguro.
Sofía parpadeó.
—¿No estás seguro?... Joder, Alejandro. Ni siquiera porque te lo pedí… Que es importante para mí. ¡En serio!
—Lo siento —respondió enseguida—. Había estudiantes y no quise molestar al profesor.
Pero mira… —Abrió la app de notas en el móvil—.
Sé que se llama Sarah García, tiene veinticinco años y que el número del ultrasonido es USG-2357.
Te prometo que mañana, que vengo a un seminario por la tarde, te busco todos los detalles del preliminar y te llamo.
Le hizo un guiño y alzó la mano en señal de despedida. Sofía se enredó entre los dedos los mechones que le caían sobre la frente, y los reacomodó hacia atrás. Cerró los ojos con fuerza y se negó a evaluar todas las posibilidades que comenzaban a pasarle por la mente.
Sarah no era su paciente. Sarah era una de sus mejores amigas. No le correspondía a ella hacer conjeturas ni activar el pensamiento clínico racional. Eso le tocaba a Maritza. Ella, como doctora, solo podía pensar en los escenarios más benignos… ni siquiera en los más comunes.
«Podría ser una vulvovaginitis. Algún quiste. Una ITS. Un herpes, quizá…».
Un nudo molesto se atoró en su garganta, pero ella se negó a nombrarlo. Así que giró sobre sus pasos y volvió a Urgencias para derivar al paciente que estaba valorando a Neurocirugía, refugiándose en el trabajo como en una suspensión momentánea de la realidad.
***
El día iba a mil por minuto, como solía suceder cuando había demasiado trabajo. Pero en la pausa inevitable del café, Sofía se dio cuenta de que no sabía nada de Paula desde el día anterior y, dada la situación actual, había que tenerla a buen ojo. Así que la llamó.
—Dime, Sofía… —respondió Paula virando los ojos del otro lado de la línea—. Escondí las sábanas y las cuerdas; los cuchillos están bajo llave y el contacto de Lord Voldemort ha sido bloqueado. No hay riesgo de suicidio ni de homicidio ¿Algo más?
—No se nombra a Lord V … —Sofía hizo un gesto vago con la mano—. O sea, a ese mismo. No se nombra, según los hechiceros de Hogwarts. —Encendió la máquina del espresso .
Paula hizo un mohín al otro lado del teléfono y se le escapó una risita de esas a medias.
—Me gusta el reporte —dijo Sofía—, pero me faltan cosas.
—Espérate —suspiró Paula, dejándose caer en el sofá—. Ya me senté. Dime.
—¿Has comido algo? —preguntó humeando su café—.
Soy consciente de que la anemia en tu nevera es crónica y de que la responsabilidad de ser una humana funcional, en tu caso, es casi nula—.
Rasgó un sobre de azúcar con los dientes y lo volcó en la taza.
—Dime la verdad. ¿Hay algo en el refrigerador? Si no, paso cuando salga de aquí.
—Puedes irte tranquila a preparar tus maletas. Rachel se te adelantó. Me dejó hasta chícharos hechos —respondió Paula presionándose el puente de la nariz—. No tenía hambre, pero el olor me convenció. Y repetiré más tarde. ¿Feliz?
—Al menos más tranquila —admitió Sofía—. Te veo mañana.
—Seguro.
—Te quiero, arpía.
—Ay, no… sin excesos, ¿eh?
Ambas se rieron y cortaron la llamada a la vez.