XXXVIII. La intuición no es solo ruido #3
—Déjame arreglarlo. Las cosas no son como las estás imaginado. Te lo juro. —Se presionó los lagrimales haciendo una pinza con el índice y pulgar sobre el puente de la nariz.
Paula negó con la cabeza, despacio. Cada movimiento le costaba un esfuerzo extra.
—Las cosas entre tú y yo nunca han sido como me las imaginaba. Nunca.
Oscar bajó la mirada, tenía los ojos vidriosos…
y la agarró por los brazos con desesperación, sabía que soltarla significaría perderla para siempre.
Paula sintió el tacto y, como reacción inmediata, las lágrimas que había intentado contener por horas se le escaparon todas.
No quería llorar delante de él. Pero lloró…
hasta que se dio cuenta y soltó sus manos con brusquedad.
—Vete de aquí —dijo con la voz rota pero contundente—. Vete de mi casa y no vuelvas nunca más.
Inspiró hondo y largo.
—No me llames. No me busques. No aparezcas.
—Paula, por favor…
Ella levantó la cara, húmeda, exhausta, rota.
—Vete a la mierda.
Oscar pestañeó, avergonzado. Una piedra enorme se le instaló en el centro del pecho y una lágrima se le escapó, sincera.
Pero Paula ya le había dado la espalda y había pulsado el botón que abría la puerta.
Entonces él comprendió que ya no había remedio, que lo había echado todo a perder y bajó las escaleras con un dolor nuevo entre las costillas. La puerta se cerró a sus espaldas.
El eco que dejó el portazo le fracturó a Paula la mañana —y hasta la vida— en mil pedazos.
Se dejó caer en el sofá, se cubrió la cara con las manos y lloró…
abrazada a un cojín, aceptando que, otra vez, se había equivocado.
«¿Y si la del problema soy yo? Al final soy la que los escojo…
Pues claro que no lo soy. Yo soy la mejor mujer que ha pasado por su vida».
Y volvió a llorar.
La tentación de autoflagelarse era fuerte, hacía casi dos años Iván, ahora Oscar…
y la carga emocional esta vez era exponencialmente más intensa.
Pero, ella no había hecho nada mal, solo darle a alguien, que decía quererla, la oportunidad de hacerlo bien…
No podía cargar con la falta de responsabilidad afectiva de los hombres que llegaban a su vida.
No era su culpa que ellos fueran así. Por supuesto que no lo era, pero…
sí lo era el hecho de sentirse capaz de cambiarlos.
Reconocer aquello la convertiría en una fiscal impiadosa para consigo misma.
Ahora vendría una racha de blindaje y autopreservación extrema. Inevitable.
Fue difícil porque, a pesar de todo, Oscar la había hecho sentir amada…
y una nunca piensa en la otra cara de la moneda del amor, en esa que corta en cuanto la realidad deja de sostener a la fantasía.
Se venía un duelo. Un duelo soberbio. Y ella no estaba lista para vivirlo.
La vida le había dado un parón imprevisto mientras ella andaba a toda velocidad, y no le dio tiempo a ver el muro contra el que era inminente estrellarse.
Antes, eso no habría importado tanto… pero ahora sí.
Porque esta vez se había dado entera, había apostado y, aunque quizá nunca lo reconocería en voz alta, sí había fantaseado, varias veces, con la posibilidad de un futuro con él.
Para rematar, la madurez emocional que había alcanzado, funcionaba como una jueza implacable dictando sentencias lacerantes: «Has perdido tu tiempo, Paula». Y era difícil perdonarse por eso.
La rabia que experimentaba hacia sí misma era brutal.
Por haberse dejado manipular, por darse cuenta de que nunca lo había tenido de verdad, por haber cedido a cosas que en el fondo no quería ceder, por haberse perdido desayunos con sus amigas, por…
«Ay, Dios… eso sí que fue una traición solemne a mí misma».
Se secó la cara con el dorso de la mano y perdió la vista por las ventanas abiertas del balcón.
Y es que ella estaba en ese punto de la vida, en el que como mujer empezaba a darle muchísimo más valor a su tiempo.
No tenía que ver con la edad, sino con las experiencias que, al acumularse, le reconfiguraban su percepción del mundo.
Y asumir que lo había perdido — el tiempo — le provocaba un sentimiento feo y doloroso, que corría el riesgo de convertirse en la decisión definitiva de no jugar, nunca más, a ensayo y error con el corazón.
Paula aún no lo sabía, pero Oscar acababa de ponerle punto final a una etapa de su vida.
A la fuerza y a sangre fría. Comenzaba a cerrar un ciclo que la colocaría al otro lado de sus miedos; que la obligaría a hacerse ese inventario interno que marca un antes y un después en nuestras vidas.
Y quién podría saber si… quizás un día, en algún universo improbable, terminaría agradeciéndole por ello.
Aunque, ¡qué va! En ese instante, eso no parecía posible ni en una novela de ficción.
El dolor la contraía entera. Y reconciliarse con la Paula que se había equivocado le tomaría más tiempo del que podía imaginar.
♪ Red flag andante
Tremendo desastre
Dirá que no fue él
que fue su doppelganger. ♪ [27]