Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXXVIII. La intuición no es solo ruido #2
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XXXVIII. La intuición no es solo ruido #2

Cuando volvió, Maritza había terminado el interrogatorio y el examen físico, y estaba indicándole análisis de laboratorio y un ultrasonido abdominal.

—Sofi, no sé quién estará de turno en Radiología, pero intenta que le hagan el ultrasonido hoy para que no se atrase —le dijo Maritza—. Así podré reevaluarla el próximo lunes con todos los resultados.

—¿Y qué te impresiona?

—Bueno…, me atrevo a asegurar que tiene una anemia. Ahora hay que averiguar por qué.

Sofía miró a Sarah.

—A ver si empiezas a comer más carne roja y menos galletitas, cariño.

—No sé si por falta de hierro, quizás algún síndrome de mala absorción —continuó Maritza, mirando a Sofía—. Pero tiene ganglios inflamados en el cuello y en la ingle, y también quisiera descartar algo viral antes de pedir otros estudios.

Maritza le lanzó esa mirada de asuntos internos, la de hay que investigar más…  pero la mente de Sofía, no lograba ser demasiado racional en ese instante. Sarah era joven, fuerte, enérgica… y, además, una de sus mejores amigas.

—¿Mono?

—Bien podría ser…, pero necesito los resultados.

—Joder… —Atravesó a Sarah con una mirada cómplice y notó que su amiga se encontraba, increíblemente, algo preocupada—. Hum, tranquila, que no te vamos a preguntar nombres, Sarah. Todavía.

—¿Nombres de qué?

—De la gente que andas besando por ahí.

—Ariel está bien —respondió con una sonrisa que no llegaba a serlo—. Él es el único.

—Que sepamos —dijo Sofía bromeando, y le agradeció a Maritza—. Después te veo. Me la llevo a Radiología.

En la estancia de Radiología estaba Alejandro, muy orondo como siempre, junto al doctor Javier. «Esta es mi oportunidad», pensó Sofía al verlo.

—Doctor Alejandro —lo saludó extendiéndole la mano, con una sonrisa pletórica que casi nunca le dedicaba.

—Doctora Sofía —él completó el saludo, enarcando una ceja. Luego desvió la vista hacia Sarah—. Buenos días, señorita.

Sarah le devolvió la sonrisa.

—Ah, ella es Sarah —aclaró Sofía—. Una de mis mejores amigas. Y ahora mismo necesito que hagas algo por ella.

Alejandro no había apartado la mirada ni un solo segundo de los ojos grandes y almendrados, casi tristes de Sarah; de su cabello negro, largo y desordenado; del vestido blanco con flores azules y cinturón vintage que marcaba su cintura, de su sonrisa.

Sarah siempre sonreía, y sus labios gruesos y definidos hacían que esa expresión tuviera una sensualidad involuntaria.

—Lo que sea —respondió Alejandro sin dejar de mirar a su amiga, en un tono bastante coqueto para el gusto de Sofía.

Pero no era el momento para reclamarle nada; necesitaba que colara a Sarah en la lista de ultrasonidos para que no tuviera que esperar una semana. Así que…

—Genial, entonces —dijo Sofía, tomándole la palabra—. Necesito que le hagas un ultrasonido abdominal. Aquí está la orden…, y que el informe oficial esté listo antes del lunes.

Se hizo un silencio un tanto incómodo. Cuando Sofía miró a su amiga, la encontró tan consternada como él… Sarah también estaba mirando a Alejandro, con demasiada atención.

Claro. Clarísimo. Alejandro era el prototipo de crush que Sarah había tenido de toda la vida: rubio, de piel clara, ojos carmelitas casi amarillos… y esos espejuelos que le daban un aire intelectual irresistible.

— Hellooo  —intervino Sofía, alternando la mirada entre los dos.

Sarah bajó la vista, mordiéndose el labio inferior, incapaz de colocar la comisura en una expresión neutra.

—Claro, vengan conmigo —dijo por fin Alejandro, señalando con la mano hacia la puerta del departamento.

Sofía se quedó afuera esperando, mientras Alejandro conducía a Sarah con el técnico de Ultrasonografía.

Él no pudo quedarse porque tenía el día cargadísimo de trabajo; aun así, le prometió a Sofía que se ocuparía personalmente de revisar el estudio con el especialista y tener el informe listo antes de que terminara la semana.

Sarah salió de la habitación estirándose el vestido con las manos. Miró a Sofía y sonrió.

—Venga, mujer… disimúlalo un poco mejor —le dijo Sofía enarcando las cejas.

—¿Qué dices?

—Que has puesto cara de idiota cuando viste a Alejandro.

—¿Quién, yo? —Sarah fingió indignación—. Ideas tuyas.

Sofía le dio un empujón cariñoso con el hombro y la acompañó hacia la salida del hospital para buscar un taxi.

—Tú tranquila, que te guardo el secreto —bromeó Sofía.

—No hay ningún secreto que guardar —respondió Sarah, haciéndose la ofendida.

— Okey, okey … haz reposo esta semana y, porfa, aliméntate bien. Paso en cuanto pueda a verte —terminó Sofía, cerrándole la puerta del taxi.

***

En la habitación de Paula, las luces del nuevo día se filtraban imprudentes por las rendijas de la ventana, dejando claro que el mundo no tenía la decencia de atenuarse cuando una se desmoronaba. Oscar estaba por llegar. Ya había enviado un mensaje y tocaba enfrentarlo.

La noche anterior ella había tomado tilo y una difenhidramina para arrancarle al insomnio un par de horas de sueño, pero ni siquiera eso había funcionado.

Se sentía gelatinosa y frágil. Su cuerpo era como un cascarón sostenido por toda la rabia que contenía.

Apenas tuvo tiempo de lavarse los dientes cuando el timbre sonó.

Era él. No había dudas, el sonido tenía su insolencia tatuada.

Acomodarse un poco el pelo fue relativamente fácil; el pulóver ancho de dormir incluso podía tener un punto sexy si ella estuviera de humor para verse sexy. Pero las ojeras, esas, en cambio…

Se acercó a la escalera y, desde arriba, pulsó el botón que abría la puerta.

Allí estaba Oscar, casco en mano y esa sonrisa irreverente que ya a ella no le hacía ninguna gracia.

Él cerró la puerta tras de sí, subió corriendo, como siempre, y fue directo a besarla.

Pero Paula no se movió. Ni los labios, ni el cuello, ni una célula de su cuerpo cedió un milímetro.

El beso se estampó contra un muro invisible.

Él se quedó suspendido delante de sus labios, confundido.

—¿Pau… estás bien?

Ella lo fulminó como si acabara de preguntarle si el fuego quemaba.

—Tú qué crees.

Oscar abrió la boca para responder, pero no hizo falta. El mundo se le vino abajo con solo percibir su tono, su postura y la frialdad en su mirada.

—Voy a matar a Rachel —escupió él, con la mandíbula tan apretada que parecía a punto de partirse.

Paula soltó una risa seca, incrédula.

—¿A Rachel? ¿En serio?

Él se apresuró a dar un paso hacia ella, pero Paula retrocedió otro. La distancia entre los dos se volvía un abismo.

Oscar levantó las manos, en un gesto de redención, intentando demostrar algo que ni él mismo tenía claro.

—Pau… espera, por favor. No es lo que piensas, te lo juro.

Yo… yo no sabía nada, no entendí lo que estaba pasando.

Mi ex apareció con esa historia del embarazo y yo me quedé en shock , igual que tú.

Habíamos terminado, no planeé nada con ella.

No quería un hijo, no quería una familia con alguien que ni siquiera…

—Tragó saliva, torciéndose—. No voy a irme Paula. No definitivo. No así.

Paula lo miró sin parpadear. Él continuó, se veía cada vez más aterrorizado.

—Déjame explicártelo bien —continuó—. Dame un chance, uno solo.

Tú sabes cómo soy, sabes que a veces hago las cosas mal, que soy egoísta, que no pienso ni veo más allá de mis narices, pero contigo…

contigo ha sido diferente. No sé cómo quererte, pero te quiero.

Te quiero de verdad, Paula. Y todo esto…

todo esto se salió de control. Por favor, escúchame. No me sueltes así.

Ella cerró los ojos un segundo, cada palabra le caía como plomo sobre el pecho.

Cuando habló, la voz le temblaba, pero sonaba tan definitiva como el sonido de una puerta cerrándose.

Se movió un poco, alejándose hacia la sala que estaba al lateral para lograr así, apartarse del instinto de empujarlo escaleras abajo.

—Lo que más me duele… —hizo una pausa, concediéndose una inspiración profunda— no es perderte en mi cama.

Abrió los ojos, y su mirada fue un golpe seco.

—Es perderte en mi día a día. Es perderte como amigo.

Oscar se quebró un poco.

—Entonces no lo hagas, Paula. No lo hagas. Lo que tenemos es de verdad.

Ella apretó los labios, sintiendo cómo el corazón le latía en la garganta.

—Lo que tenemos es una mierda, Oscar. Y me jode —se rio con sarcasmo— porque sé que sí me quieres… pero eres tan imbécil… tan jodidamente imbécil…

Él dio otro paso y ella no retrocedió esta vez, solo lo miró fijo, sin pestañear, con los ojos rojos y encharcados. Y eso dolía más que cualquier grito.