XXXVIII. La intuición no es solo ruido
XXXVIII. La intuición no es solo ruido
Una mujer siempre lo sabe, incluso, cuando quiere hacerse la ciega.
Pero, claro, una no va por ahí diciendo creo que me estás tomando por tonta , sin tener pruebas, porque después el cartelito de loca e intensa se vuelve intransferible.
Así que nos callamos, nos empequeñecemos y hasta llegamos a convencernos de que nuestra intuición es solo ruido.
Pero esta vez no lo era… y, créanme, casi nunca lo es.
Lo que pasa es que nos han entrenado para meter la intuición en un cajón con tal de no parecer histéricas. Mientras ellos, desde su pedestal lógico y pragmático, se las arreglan para darle la vuelta a la tortilla y terminar haciéndonos creer que las locas… somos nosotras.
¿A que sí? ¡Maravilloso! Paula se había quedado congelada.
No porque la noticia fuese un meteorito emocional —que también—, sino porque llevaba tiempo oliéndose algo.
Sin embargo, cuando llegó el golpe final, no pudo evitar hundirse en el agujero negro que se abría bajo sus pies.
La noticia no solo la despedazaba; también validaba la existencia de una fisura que llevaba meses intentando ignorar.
Las palabras de Rachel le retumbaban como un autorreclamo nefasto por no haberse escuchado a sí misma.
Sabía que estaba transitando el momento bisagra de aquella historia que para todas había sido una incógnita…
pero que ella había vivido con la piel ardiendo.
Nunca logró definir la línea fina entre lo que él proyectaba hacia ella y la realidad, pues con demasiada facilidad, conseguía que su exceso de control pareciera protección.
Siempre estaba pendiente de cada detalle que la hacía feliz…
y se encargaba de darle un poco de eso cada día, como una ofrenda generosa.
Un gesto bonito en apariencia, un anzuelo en realidad.
Era el clásico terrorista emocional … pero no se le notaba.
Paula seguía en la misma posición, hundida en la silla de la cocina, con los ojos rojos y el teléfono lo bastante lejos como para no cometer la estupidez de llamarle y desatar un caos inminente para el que todavía, no tenía fuerzas.
No pensaba con claridad, y era consciente de ello.
Ya eran como las dos de la tarde cuando, por supuesto, Oscar la llamó.
Ella entrecerró los ojos, se mordió el labio, apretó el puño. Pensó en no contestar… pero decidió que justo ese día no tenía energías para ninguna guerra.
—Dime, amor… ¿cómo estás hoy?
Aquella era Paula siendo Paula.
Al otro lado del teléfono, Oscar relajaba los hombros y se acomodaba en el respaldo de la cama.
En su cabeza quedaba muy claro que Rachel no había ido, así que dispondría del tiempo suficiente para llamarla, convencerla de que estaba equivocada y, de paso, pedirle perdón por haberle cerrado la puerta en la cara.
Le daría una explicación más elaborada de lo que, en realidad , pasaba.
Con un poco de suerte —y ojitos de gatito con botas—, ella le creería.
Y quizá hasta acabaría sintiéndose culpable.
—Pues he dormido la mañana y he visto una película —«claro que lo has hecho, cabrón de mierda…»—. ¿Qué te parece si pasamos la tarde juntos y me quedo esta noche contigo?
«La noche la vas a pasar con la madre que te parió…».
—Me encantaría, pero mis padres están aquí hoy y se quedan hasta mañana. Creo que mejor nos vemos para desayunar. Te espero para un brunch a las once, que trabajo por la tarde.
—Genial. Siempre que el brunch tenga postre.
«Ya verás el postre, hijo de la gran p…».
—Claro que habrá postre. Siempre hay postre.
Colgaron y ella por fin consiguió levantar el cuerpo y arrastrarlo hasta la cama de su habitación, donde permaneció las siguientes horas.
Solo se levantó para ir al baño, beber agua y coger una galleta rancia untada con mantequilla…
El resto del tiempo solo intentaba hallar la forma de abrazarse a sí misma, de volver a ser ella, de volver a ser suya.
La imagen que tenía de él empezaba a desdibujarse.
Ella sabía —porque la vida ya le había dado para aprenderlo— que todos llevábamos sombras dentro, ¡todos!
y que, la diferencia estaba en lo que cada uno hacía con ellas.
Algunos se las trabajaban, con más o menos acierto, intentando que no se les escaparan.
Otros, en cambio, las liberaban sin pudor… y que aguantara quien estuviera cerca.
Oscar era del segundo grupo y por su manera de asumir la vida lo tenía mucho más fácil: él era así, y punto , solía decir.
Sin matices, sin el mínimo atisbo de revisarse por dentro.
El clásico: Lo tomas o lo dejas . Y si Paula se quedaba ahí un poco más, acabaría haciendo lo que hacemos todos cuando algo nos duele pero no tenemos el valor de alejarnos: se acostumbraría a las sombras. Terminaría amaestrada.
***
El lunes, Sofía amaneció en la cama de Marcel…
Aquello se estaba volviendo usual, cómodo e implícito.
La noche anterior se había quedado con él para terminar de definir los detalles del viaje a La Habana, que ya sería el viernes siguiente…
y, por supuesto, para todo lo demás también.
Habían planeado salir temprano, disfrutar las ocho o nueve horas de carretera atravesando Cuba sin prisa y convertir cada parada improvisada en parte de la experiencia compartida.
Irse mientras Paula estaba en plena crisis emocional la desconcertaba. Pero no tenía opción. Ya se las ingeniaría para inventarles a sus chicas una escapada de fin de semana y encontrarse todas en la capital para hacer de las suyas… con chofer garantizado.
Con Marcel todo era fácil. La relación fluía sin arquetipos y sin esas etiquetas que solían complicarlo todo.
Él vivía para pintar y para que ella se sintiera bien, y Sofía recibía lo que él le entregaba, sin analizarlo mucho.
No habían hablado de amor, pero… ¿acaso hacía falta?
Marcel cumplía cada cosa que prometía, y a veces hacía otras que ni siquiera mencionaba, actuaba como si verla feliz y tenerla entre sus brazos fuera el único premio que persiguiera.
Y lo cierto —pese a que pensarlo le sonara a frase de taza motivadora de desayuno— es que Sofía comenzaba a creer que a veces las relaciones sí podían ser sanas, luminosas, capaces de sacarle a una la mejor versión sin exigir nada a cambio, que sí podían ser un vínculo que sumara en vez de restar.
Aunque, para ser sinceros, lo extraordinario de la salud emocional es que mientras una se hace la que se lo cree, ya tiene agendada la cita con el terapeuta, por si acaso .
Porque la paz también asusta un poco, sobre todo cuando llega sin especificaciones al margen.
Somos un experimento complicado, la verdad es que sí.
Y claro… a Sofía tanta calma le resultaba casi una anomalía.
Ella no era torbellino en esta historia.
Su corazón latía tranquilo, su mente estaba despejada, su ansiedad contenida y su angustia en pausa.
De repente, la vida la había puesto en modo avión y no podía sabotearse a sí misma.
«Lo que vaya a pasar mañana ya lo pensaré mañana», se repetía como mantra. Y, ciertamente, lo que fuera a suceder ni siquiera le rozaba la conciencia. No todavía.
Marcel le había regalado un estado de armonía invaluable. Y, bueno…, era el tipo de hombre que con solo mirarla la dejaba levitando. Ni hablar del resto de los placeres que provocaba… Ojito, que hablo de los cappuccinos y las pastas italianas.
No obstante, algo dentro de ella seguía teniendo miedo a tanta felicidad.
La idea de que seguía siendo demasiado bueno para ser real le traicionaba el subconsciente.
Por mucho que intentara alinearse con esas leyes de abundancia del universo que estaban tan de moda, la duda seguía arañándole por dentro, como esa gotita que cae constante y delicada sobre una superficie de metal, en medio del silencio.
Era su último lunes en el hospital antes de marcharse a La Habana para el diplomado de Neuroimagenología y su rotación clínica en Neurofisiología. Nuevos retos. Nuevas aventuras.
***
Sarah la estaba esperando en Urgencias para una consulta rápida con Maritza.
Llevaba días con malestar general, dolor abdominal ligero y una pereza monumental…
Lo típico para cualquiera conviviendo con estrés contenido, mala alimentación y dos cafés más o menos de los necesarios.
Tenía un popurrí de síntomas que podían ser desde un resfriado con ínfulas hasta un virus pasajero empeñado en fastidiarle la semana.
Nada grave. Nada urgente. Nada épico… si no se tratara de Sarah, porque Sarah nunca se quejaba.
Y lo cierto era que llevaba una racha larga sin recuperar el ánimo, arrastrando el cuerpo como si alguien hubiera desconectado su batería interna.
Aunque Sarah… bueno, Sarah era despistada por naturaleza.
De esas personas que no le daban importancia a nada que no les pareciera trascendente.
Podía estar con fiebre, mareos y ojeras de mapache sin plantearse siquiera que algo pudiera ir mal.
Todo controlado , diría entre risas, aun cuando estuviera desmoronándose.
Al verla, Sofía la notó más pálida de lo normal… La agarró por el brazo con cariño y la acompañó hasta la oficina de Maritza que recién había llegado y estaba acomodando su escritorio cuando entraron por la puerta.
—Buenos días para mi clínico preferida —dijo Sofía haciéndole un guiño chueco.
—Me jode mucho que, para poder verte el pelo, tenga que sentirse mal alguien que te importe —respondió Maritza después de abrazarla—. Y, a la vez, me alegro, porque sé que estás haciendo cosas grandes.
—Deja el drama, Maritza… nos vimos hace dos días —respondió Sofía, virando los ojos—. Mira, ella es Sarah.
Se saludaron y Sofía le explicó todo lo que estaba pasando. Dejó a su amiga en buenas manos y subió a su sala a marcar la entrada y pedir permiso para regresar a acompañarla.