XXXVII. Patrones repetidos
Rachel daba vueltas por la habitación de Sofía con la expresión crispada. Cada paso era una carga de tensión que amenazaba con explotar. Las dos sabían que lo que se venía para Paula no iba a ser una simple decepción, sería un golpe devastador.
—Esto no puede estarle pasando a ella… —Rachel apretaba los puños mientras caminaba—. Paula no se merece esto. No es sumisa, no es floja, solo le dio una oportunidad a este idiota con la esperanza de… —resopló— ¡ay, qué rabia!, con la esperanza de cambiarlo. Siempre hacemos lo mismo.
Sofía sintió que un nudo en la garganta la inmovilizaba. El oxígeno parecía no alcanzar en el espacio que compartían. Ambas podían imaginar cómo sería el momento preciso en que Paula se rompería y, conociéndola, ellas no podrían hacer más que apartarse.
Rachel se dejó caer en la punta de la cama, clavando la mirada en el suelo.
—Vale. Tenemos dos opciones.
Sofía levantó la vista, sus dos cejas casi se unían en el centro de la frente. Conocía ese tono; sabía que la furia de Rachel era como un volcán en erupción… incontenible.
—¿Y cuáles serían?
—O voy ahora mismo a casa de Oscar, de camino a la mía, y le digo que lo sé todo para que sea él quien se lo diga… o voy directo a casa de Paula y no le doy al imbécil ni el chance de hablar que, a fin de cuentas, es lo que se merece.
Un escalofrío recorrió a Sofía por todo el cuerpo. Las dos alternativas eran caóticas, pero ¿qué era peor? ¿Intervenir? ¿O dejar que Paula se estrellara sola contra la verdad demasiado tarde?
Su abuela siempre decía que entre parejas nadie debía meterse, pero en ese punto todas las reglas parecían haberse roto.
—Rache, yo creo que primero hay que resp…
Rachel ya estaba agarrando el bolso.
—Tú quédate aquí… y espera a que te llame. Si te digo vamos , nos vemos en la entrada de la casa de Pau.
El portazo resonó con fuerza, como si sellara un destino que ninguna de las dos quería ver cumplirse.
—¡Rachel! ¡Espera! ¡No hagas locuras! ¡Racheeeel!
Sofía quedó sola tras la puerta de su casa.
«mierdamierdamierda» Cerró los ojos… y se dejó caer en el asiento más cercano.
Sabía que la desilusión que le esperaba a Paula sería demasiado grande para que ellas dos pudieran amortiguarla.
Paula había cumplido la profecía, había encontrado el amor y le había dejado el camino limpio a ese amor para que…
la destrozara. Estaba a punto de saberlo.
***
Oscar abrió la puerta y se recostó contra el marco, conteniendo un bostezo, con un cigarro entre los dedos.
—Rachel… ¿qué haces por acá? Paula no me dijo que vendrías.
—Tú te crees muy listillo, ¿verdad?
Él arqueó una ceja.
—¿Te pasa algo?
—Lo que me pasa, pedazo de cabrón, es que hoy mismo Paula va a enterarse de que te vas en agosto a Estados Unidos al nacimiento de tu hijo… con tu esposa.
Cuando Rachel pronunció la palabra esposa , algo en el rostro de Oscar se tensó antes de que pudiera controlarlo, parecía entrar en conflicto con una versión muy suya que llevaba meses ignorando, con la conciencia rota de haber cavado profundo en dos vidas paralelas sin saber cómo sostener ninguna.
Pero se enderezó rápido, tiró la colilla a la acera y la aplastó con fuerza.
Quiso responder con su habitual tono relajado, pero la voz le salió tróspida y a la defensiva.
—A ver, Rachel… las cosas no son como las dices y…
—No lo intentes, Oscar. De verdad, conmigo no —lo interrumpió, tajante—. O vas y le cuentas todo para que ella decida si bajo estas condiciones quiere estar contigo…, o voy y se lo digo yo. Tú decides.
Él se enderezó para recuperar el equilibrio intentando mostrar algo de control.
Las imágenes de Paula —riéndose en su cocina, hablándole de sus planes, creyéndole cada palabra— se apoderaban de su mente de una forma perturbadora.
Le dolía… claro que le dolía y, a pesar de eso, mintió.
Mintió por inercia, por cobardía, por ese instinto absurdo de protegerla .
Y qué ironía ¿verdad…? ¿Cómo podría protegerla de él?
—No te metas, Rachel… Las cosas no son así. Yo estoy enamorado de Paula, tenemos planes juntos. Nada me importa más ahora mismo que ella. Vas a lastimarla por gusto.
—No creas que me quedé con el primer chisme que llegó a mis oídos, Oscar. Ya sé que es verdad… Ya sé, incluso, quién es tu esposa.
Oscar respiró hondo y rodó los ojos… mientras se pellizcaba los labios con el ceño fruncido.
—Mira, es sencillo —insistió Rachel—. Ve y cuéntaselo a Paula tú. Incluso la misma mentira que te gustaría contarme a mí. Ve y díselo todo… incluye si quieres, la parte absurda en la que dices que estás enamorado. Y deja que ella elija si creerte o no. Pero díselo.
—Estás muy equivocada si crees que puedes venir a mi casa a decirme lo que tengo que hacer.
Yo no voy a decirle nada a nadie… no tengo nada que decir.
Si quieres, ve tú y cuéntale lo que te plazca.
Vuélvela loca con tus suposiciones y esta película mental que te has hecho.
Si va a sufrir, va a ser por tu causa, no por mí.
Escucharlo nada más a Rachel le daba escozor. Su cuerpo comenzaba a hacerle alergia a su presencia.
—A mí no vengas a manipularme, Oscar. A mí no…—Soltó una risa seca—. Pero como prefieras.
—Si es todo, te dejo. Me hiciste parar en la parte más entretenida de la película. Que tengas bonito día.
Y le cerró a Rachel la puerta en la cara, cayendo en cuenta de que el verdadero desastre, no era tener que probar su amor por Paula —dudoso e incompleto— sino la incapacidad de poder elegir una vida sin destruir la otra.
El verdadero desastre era el miedo de perder a una mujer que, quizás sí amaba, pero jamás había sabido merecer.
Un patrón repetido, una tragedia demasiado común: hombres que llegaban tarde a sus propias verdades.
Nada nuevo, un clásico de la contemporaneidad… o de todos los tiempos.
Rachel quedó del otro lado, quieta un segundo, roja de ira, con las venas del cuello ingurgitadas y el corazón martillando fuerte contra las costillas. El cinismo de Oscar era demasiado para tolerarlo un segundo más.
Sacó el teléfono y llamó.
—Dime, Rach… —alcanzó a responder Sofía.
—Vamos.
«Ay madre… Joder. Se viene el apocalipsis. ¿Qué hiciste, Rachel? ¿Qué hacemos ahora?».
***
Se encontraron en la entrada de la casa de Paula.
Rachel tenía los ojos rojos, y Sofía llevaba un mundo atorado en la garganta, uno que no lograba deshacer por más hondo que respirara.
No estaba lista para lo que venía. No tenía valor para mirarle los ojos a su amiga y ver cómo se le oscurecerían otra vez.
Paula ya llevaba algunos meses con Oscar, más tiempo incluso del que ellas habían imaginado, pues al principio había mantenido la relación en secreto para no hacerla oficial hasta no estar segura de que iba en serio .
Quizás aún no lo había visto como el hombre de su vida o el padre de sus hijos, pero nadie descartaba que le estuviera dando tiempo para convertirse en una posibilidad.
Se veía enamorada, casi feliz… y ahora, dos de sus mejores amigas estaban frente a la puerta de su casa, a segundos de pulsar un timbre que le cambiaría todos sus planes.
Ambas se miraron, en el lenguaje de sus ojos no había errores gramaticales ni de comprensión. Terminaron compartiendo un silencio lleno de miedo… pero ya no había vuelta atrás.
—Se va a romper —susurró Sofía, con la mirada nublada.
—Que sea a tiempo para que tenga remedio. Las inyecciones duelen, pero curan… ¿No es así, doctora?
«Siempre tan sabia, pero…».
—Rache, a mí no me van a salir las palabras —masculló Sofía.
—Tú limítate a abrazarla cuando haga falta. Ya hablaré yo.
—¿Abrazarla? —Sofía alzó una ceja— Ni muerta. ¿Desde cuándo Paula se consuela con abrazos?
Paula abrió la puerta, aún en piyamas , tirando de una cuerda desde el segundo piso. Las miró con recelo y les indicó que subieran y cerraran bien. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y la expresión cansada.
—¿Y ustedes en qué andan? —preguntó, algo rígida, desviando la vista de inmediato a Sofía pensando que quizá le había contado a Rachel el motivo de su ausencia en el desayuno de la semana pasada.
Pero Sofía le devolvió un gesto evidente con los ojos de que no había dicho nada. Paula frunció los labios. Se conocían tan bien que pudo leer los subtítulos —en negritas y con subrayado— en el rostro de Rachel.
—¿Hacemos café? —se limitó a preguntar con escepticismo.
—Sí, vamos a la cocina —respondió Rachel.
Sofía intercambió una mirada con Rachel. «Esto no es buena idea. Vámonos de aquí», pero la otra la ignoró. Cuando Paula comenzó a poner el café molido en la cafetera italiana, Rachel habló.
—Paula…
Ella se volteó soltando la cuchara mientras un poco del polvo negro se esparcía sobre el mármol de la encimera.
Rachel se removió en la silla. Tragó saliva, buscó la postura y también las palabras. Necesitaba que Paula la mirara a los ojos, pero en cuanto lo hizo comprendió que no existían frases bonitas para adornar aquello, que no existía una forma amable de hacerlo.
—Venga, suéltenlo ya —dijo Paula colocándose una mano en la cadera—. ¿A qué vinieron realmente?
Rachel dejó salir todo el aire que tenía atascado y disparó las palabras sin pausa, mirando fijo a los ojos de su amiga.
—Oscar está casado. Va a ser padre. Y en agosto… se va a vivir a Estados Unidos —hizo otra pausa, apretó los labios— con su esposa.
Sofía la fulminó con la mirada. No hubo anestesia, ni preparación, ni una mísera señal de advertencia. «La madre que te parió, Rachel… Así no» .
—¿Que Oscar qué…?
Las palabras entraron en su oído como si atravesaran un túnel demasiado estrecho, rasgándose al paso. «Casado… Padre… Agosto… Estados Unidos» . Las frases se desordenaron dentro de su cabeza, chocando unas con otras como fragmentos de un cristal que todavía no sabía que estaba roto.
Una punzada caliente le subió por el pecho, no de rabia… todavía no. Era esa otra sensación la que llegaba primero: la de la incredulidad torpe e ingenua.
«No. No puede ser. No conmigo. No después de todo lo que…
», pensaba Paula. Pero la negación duró apenas un latido.
La siguiente emoción fue otra punzada más profunda: vergüenza.
Una vergüenza que no venía del engaño, sino de la imagen de sí misma confiando, apostando, creyendo.
«Madre mía. Esto no puede ser verdad. ¿Cómo pude no verlo?
¿Qué parte de mí se empeñó en buscar amor en un espejismo?
Ese no es Oscar. No es mi Oscar. ¿Mío?».
Se apoyó con la palma de una mano en la mesa, y deslizó la silla con la otra para sentarse…
Sentía el impulso de gritar, de llamarlo, de exigir explicaciones y hasta de mandar a Rachel a la mierda.
Pero el cuerpo no le respondía; el dolor aún no encontraba nombre, ni forma para explotar, pero comenzaba a expandirse, líquido y silencioso, ocupando cada rincón.
Su mente quería aferrarse a algo —un recuerdo bueno, una frase de Oscar, una duda razonable— pero todo se contaminaba como una plaga indetenible.
Absolutamente todo. Sentía que cada respiración era un intento fallido de no quebrarse frente a sus amigas.
No podía hacerlo, no sin lograr entender qué rayos era todo aquello.
Cuando Sofía murmuró lo siento y le agarró la mano, algo dentro de Paula se contrajo.
Un hilo invisible se rasgaba de golpe confirmándole que la noticia era real e irreversible.
Todo su presente comenzaba a olerle a derrota.
Su dignidad —esa armadura fina que siempre sostenía sin esfuerzo— temblaba. Le faltaban cimientos para sostenerla.
Paula retiró la mano para cubrirse el gesto que se le dibujaba en los labios. No quería que la tocaran. No quería que la miraran. No quería que la descubrieran así. La herida aún no ardía, pero ya estaba abierta. Y el dolor que prometía… era un monstruo que reconocía demasiado bien.
Rachel intentó acercarse a abrazarla, pero ella la esquivó con un gesto seco y reactivo, como un animal herido esperando el próximo disparo. Ni siquiera consideró un roce. No podía, no quería ser sostenida por nadie y de repente, sus ojos comenzaron a humedecerse, traicionándola.
—Váyanse —les pidió, casi sin voz.
—Pau… —intentó Rachel.
—Que se vayan coño —repitió, más firme, dándose la vuelta para ocultar las lágrimas que se le escapaban sin permiso.
Vergüenza. Rabia. Frustración. Vergüenza otra vez y un dolor asomándose, ya perceptible, que empezaba a morderle los pulmones.
Sofía le hizo una seña a Rachel para que saliera de la cocina. Paula necesitaba quedarse sola. Para romperse, para gritar, para llorar, para vaciar todo lo que estaba a punto de desbordarla.
Rachel y Sofía bajaron las escaleras en silencio y cerraron la puerta detrás de ellas, dejando a su amiga en medio de una tormenta recién nacida, que pronto ganaría la fuerza suficiente para desbaratarlo todo.
Sofía dio el primer paso fuera de allí con todas las vísceras encogidas.
La impotencia le trepaba por el pecho como un viejo fantasma.
No podía hacer nada más por Paula, y ese nada le dolía en las cicatrices que sus propios dolores le habían dejado.
Aquella escena la devolvió a sus grietas antiguas, a un no te vayas sofocado contra el teléfono, a un nos casamos que le partió la vida en dos. Ella había roto pactos con la mentira hacía tiempo; sabía muy bien cuánto quemaba, y no quería ese fuego para Paula.
Rachel caminaba a su lado contenida, respirando como si el aire también doliera.
—Mierda… qué rabia siento —escupió—. Por esta misma acera te dije aquella vez que esto iba a ser un desastre.
Sofía se pasó las manos por la cara, tratando de borrarse el temblor.
—Joder, Rachel… me duele como si fuera yo. Tiene que estar destruida.
—Es un mal necesario, Sofi —aseguró su amiga, aunque la firmeza se le quebraba por dentro—. A mí también me duele el pecho. Sabes cómo la quiero, pero ella es fuerte. Y merece algo mejor. Él no sirve como pareja. Nunca sirvió.
Siguieron caminando sin hablar, cada una atrapada en su propio nudo en la garganta. Pero lo que ellas sentían solo era una sombra incipiente, un sismo leve comparado con el terremoto que comenzaba a agrietar el suelo bajo los pies de Paula.
Había dolores que no podían compartirse, y este era uno de esos.
Las chicas podían imaginarlo, podían recordar heridas propias, podían lamentarlo…
pero no podían habitarlo. Ese espacio, ese derrumbe, ese silencio que vendría después, pertenecía únicamente a Paula.
Y quizás eso era lo más frustrante, tener que acompañar desde fuera, sabiendo que la amiga que tanto querían, estaba rompiéndose en un lugar al que ninguna de las dos tenía acceso para entrar.