XXXVI. De antigüedades y clásicos #3
La cena transcurrió sin estridencias, como si todos hubieran firmado un pacto implícito de buena conducta.
La paella de Vicky estuvo fenomenal —tanto que hasta su madre sonrió un par de veces, lo cual debía constar en actas—, aunque Sofía apenas probó bocado, todavía con el eco incómodo de las noticias del bar rondándole por dentro.
Marcel, en cambio, estaba radiante; se le notaba en los ojos, en la voz, en la paz que transmitía.
Cuando el reloj marcó las once y Melissa y Samir se despidieron —otra vez juntos, otra vez rumbo a la misma cama, aunque insistieran en un constante no es lo que parece — la casa recuperó su silencio expectante.
—Al fin solos —dijo Marcel, rodeándole la cintura desde atrás.
—¿La has pasado bien? —preguntó ella flexionando su cuello hacia el costado para quedar alineada en diagonal con el rostro de él.
—Genial. No me faltó nada.
«Paola no ha mencionado mi nombre. Good girl ».
—Pues te queda una última sorpresa.
Sofía fue hasta uno de los cajones de la habitación donde tenía escondido el regalo que Samir había conseguido en tiempo récord con un coleccionista de antigüedades. Estaba envuelto en una bolsa de papel envejecido, de ese que cruje cuando se desdobla.
—Espero no llegar tarde… y haber acertado —dijo, extendiéndole la bolsa.
—¿Qué has hecho, Sofía?
Ella se encogió de hombros.
—Nada heroico. Quizás arruinarle a Samir la tarde del sábado.
Marcel empezó a deshacer el envoltorio con delicadeza. Cuando por fin lo abrió, se quedó quieto. Volvió los ojos hacia ella, incrédulo.
—Joder… ¿de dónde has sacado esto?
Era un cuaderno de bocetos francés antiguo, de tapa de cuero gastada, con las esquinas vencidas y las hojas marfileñas, manchadas por el tiempo.
Tenía ese olor a papel viejo, a óleo seco y a ácaros rancios dignos de estudio.
Las páginas tenían bordes oscurecidos, algunas onduladas, otras con pequeños rasgones en las esquinas.
—Era de un profesor de pintura francés de los años treinta —explicó Sofía— que se vino a Cuba por ocio y… luego no quiso volver a su país —suspiró desconfiada—. Al menos eso es lo que me ha contado Samir que le ha dicho el coleccionista.
Dentro había varios retratos de una misma mujer, repetida en distintos ángulos, paisajes empezados y nunca terminados, apuntes sueltos y páginas en blanco esperando algo. Hojeándolo, era fácil sentir que se abría una puerta al pasado.
El rostro de Marcel era poesía pura. Sostenía el cuaderno con vehemencia, pasaba los dedos por el lomo, lo acercaba a la nariz para aspirar el olor, leía en voz baja una pequeña frase en francés escrita a pluma en la primera página:
— La peinture ne conserve pas les instants, mais ce qu'ils nous ont fait éprouver.…
«Ah porque también hablas francés… ¿Cuál es tu problema? Acaba de decirme qué es lo que haces mal… Cuando me dejes caer de esta nube…». Parpadeó a propósito para interrumpir sus malos presagios.
—¿Qué significa? —preguntó Sofía.
Él levantó la vista hacia ella, con esa sonrisa lenta que le aflojaba las rodillas.
— La pintura no conserva los instantes, sino lo que nos hicieron sentir.
Sofía se olvidó de respirar y tuvo que obligarse a romper la hipnosis.
—Hay algo más —le señaló el papel de envolver.
Marcel rebuscó y sacó un segundo libro. Este era un manual de dibujo anatómico italiano, de mediados del siglo xx , con ilustraciones minuciosas de manos, hombros, torsos, perfiles.
—Pero qué maravilla… —Pasó las páginas con avidez—. ¿Has visto esto? Esto es… —Negó con la cabeza, todavía sonriendo—. Gracias, Sofía. No tenías que… Esto debe haberte costado...
Sofía se tragó la mueca y no la escupió.
En la gracia de querer estar presente para él y compensarlo — o, a sí misma— por haberse olvidado de su cumpleaños, se le había ido todo el salario simbólico del mes como doctora en Cuba…
y un buen pellizco de lo que le pagaba Niurka.
Pero no le importaba. Cada minuto que él le dedicaba a ella le parecía invaluable.
No veía mejor manera de gastar su dinero, al fin y al cabo, él ya le estaba ahorrando bastante en pizzas, pastas, cappuccinos y transporte público.
—Se vale decir que tus amigos te conocen bien —comentó ella, apoyándose en la cómoda.
—Se vale decir que, si no te importara lo suficiente, habrías resuelto con un perfume —replicó Marcel, levantando la mirada hacia ella.
«Si supieras hasta dónde he llegado, si supieras que metiche soy, si supieras…». Pero, en cambio, chasqueó la lengua y soltó una risita corta.
—La verdad es que no es tan importante… No te creas demasiado —respondió, rodando los ojos.
Marcel ya tenía vasta experiencia como para saber lo que significaba que una mujer dijera no es importante , aunque con Sofía aún no lograba ver más allá. Dejó el manual y el cuaderno con cuidado sobre el escritorio, se acercó y la acorraló suavemente entre él y la pared.
—Todavía no son las doce —murmuró, apoyando una mano a cada lado de su cintura—. Aún es mi cumpleaños… y tengo ganas de probar la whipped cream.
Le tendió la mano y la llevó con él hasta la cocina. Sofía frunció el ceño.
—¿Qué tramas?
—Quizás no me gusta porque no la he combinado bien… —dijo, tomando a Sofía de la mano y guiándola hasta la cocina.
Abrió la nevera y sacó el bote. Con una mano sostuvo la crema; con la otra, tiró de Sofía por la cintura hasta pegarla a su cuerpo.
Le deslizó un tirante de la camiseta y dejó caer un pequeño remolino de crema sobre su hombro desnudo.
El contraste frío sobre la piel caliente la hizo jadear bajito mientras él inclinaba la cabeza y le pasaba la lengua por la curva del hombro, robándose el trazo blanco.
—Mmm… —murmuró—. Todavía no me convence.
El segundo tirante también fue desplazado.
—Marcel… —Sofía se rio, atrapada en un cosquilleo inquietante—. Sé que estás intentando ser sensual, y casi lo estás consiguiendo, pero lo único que vas a lograr al final es que me muera de la risa. Este tipo de prácticas, conmigo, como que no funcionan bien.
Él dejó el bote de la crema sobre la encimera sin apartarse ni un centímetro. La cercó con sus brazos, clavando la mirada en sus labios y luego en sus ojos.
—¿Ah, sí? ¿Estás segura? —Marcel recogió con la lengua una gota que quedaba en el borde de su clavícula—. Lo que pasa es que no has tenido este tipo de prácticas con la persona indicada.
La vibración de la voz sobre la piel de ella le recorrió el cuerpo en un escalofrío. Aprovechó el momento para dejarla atrapada entre su torso, el mármol frío y una intención que no dejaba mucho espacio para la cordura.
—Cierra los ojos —ordenó, bajando la voz hasta volverla casi un roce.
Ella obedeció… pero nada. Ni magia, ni epifanía, ni revelación sensual. Solo un silencio largo que terminó rompiéndose cuando ambos se echaron a reír y acabaron rodando hasta la cama.
Entre cosquillas, quejas fingidas y un ¡oye, eso no vale! Sofía decidió que ya era hora de tomar el control y le quitó el bote de crema con solemnidad.
—A ver si así sí funcionan tus prácticas —y sin darle tiempo a reaccionar, le untó la crema por el pecho trazando un recorrido exquisito.
Él se quedó inmóvil, sorprendido y, quizá, un poco derrotado, pero eso no era lo importante.
—Eso no estaba en mi plan —dijo él, intentando recuperar la dignidad .
Pues ahora sí —ripostó ella, inclinándose para retirarle la espuma de nata con la lengua, pero se tomó su tiempo para disfrutar cada milímetro del recorrido.
Total. Alguien tenía que reinventar los ingredientes de los cafés italianos.
Los clásicos estaban muy sobrevalorados, lo creía con una convicción casi automática de tanto que se lo había repetido…
pero todo aquello se fue abajo cuando se detuvo a mirar a Marcel sin camisa.
Tan deliciosamente dispuesto, tan peligrosamente sencillo…
tan todo que la idea de despreciar lo clásico se desmoronaba con la misma lentitud traicionera que lo hacía la whipped cream dentro de su boca.
«Bueno… lo de sobrevalorados, no tanto», decidió, consternada y fascinada a partes iguales. Porque Marcel era muy clásico y, no cabía la menor duda de que eso lo hacía irresistible. Así que sí. «Bendito sea lo tradicional».