Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXXVI. De antigüedades y clásicos #2
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XXXVI. De antigüedades y clásicos #2

Al levantar la vista vio a Samir y Melissa llegando por el camino, ajenos, por supuesto, al estado de su presión arterial. Y siguió con los soliloquios mientras se disponía a recibirlos.       «Bueno… Bomba detonada. Esto se va a poner interesante».

Melissa venía con su cabello más rojo que nunca y los rizos más genuinos del planeta.

Sin hablar de las sandalias de tacón fino y el vestido color sangre de tirantes delicados y sin sujetador que le moldeaba la figura con maldad calculada.

Abrazó a Sofía con una efusividad que por seguro era ilegal en varios países, y Samir apareció detrás, poniendo los ojos en blanco con una bolsa en la mano que Sofía se apresuró a arrebatarle y esconder antes de que Marcel saliera del baño.

Él estuvo listo, por suerte, unos minutos antes de que llegaran Vicky y su madre.

Sofía seguía en el portal, charlando con Melissa y fingiendo una calma que no sentía, cuando llegó el momento más esperado y, con seguridad, el más peligroso.

Todos estaban pendientes. Victoria traía una sonrisa de júbilo; su madre, en cambio, estaba más seria que un general pasando revista.

—Mamá, te presento a Sofía —anunció Marcel, acercándola con una expresión bastante indulgente—. Mi novia.

El retumbe que sintió Sofía en el pecho hizo que su mirada se agrandara en tanto la señora se giraba primero hacia Marcel, luego hacia Victoria y, por último, hacia Melissa, que se tapaba la boca para contener una risita canalla.

—¿No era tu doctora? —preguntó, entrecerrando los ojos y apretando la boca.

—También, mamá, también —intervino Vicky, guiñándole un ojo a Sofía mientras tomaba a su madre del brazo para arrastrarla, con elegancia estratégica, hacia el interior de la casa.

Melissa enganchó a Sofía por el codo casi al mismo tiempo.

—Me gustaría decirte que vas a librarte de su ira, pero sería mentirte en la cara —susurró divertida haciéndole un gesto de confidencia—. Estaré cerca para apoyarte. Silvia es una suegra compleja, no se encariña fácil.

«¿Suegra? Ay, no… no, no, no. No quiero suegras ni cuñadas ni hijastras… ¿Hijastra?  Jamás podría ser mi hijastra, si solo tiene ocho años menos que yo… —Exhaló despacio todo el aire que tenía atrapado—. Que lo que queda de día termine rápido… por favor».

La madre de Marcel no perdió el tiempo. En cuanto la vio sola, se plantó delante con actitud de interrogatorio oficial. Tenía tono y cara de fiscal en juicio televisado; solo le faltó pedirle la talla de ropa interior. Y seguro estaba a punto cuando Marcel apareció para rescatarla.

—Mamá…, respira —dijo, situándose entre ambas—. Necesito que me prestes a mi novia un momento.

La madre arqueó tanto la ceja izquierda que el rubor exagerado en su mejilla subió casi a donde debían comenzar los ojos.

«Ay, Dios… si se parece a Cruella , pero con curvas. ¡Qué miedo!», pensaba Sofía.

—No le hagas caso —susurró Marcel, inclinándose hacia ella—. Cuando te vaya conociendo, se le pasa.

«Es que no quiero que me conozca, no quiero conocerla, no la quiero cerca, no…».

—Estoy bien, no te preocupes —mintió, la verdad era que estaba al borde de un ataque de pánico… pero vio a Melissa cortando unos quesos en la barra de la terraza y sus ondas cerebrales cambiaron la frecuencia—. Voy a echarle una mano a Melissa.

Abrió una botella de vino, buscó dos copas limpias —una para Melissa, otra para ella— y se acercó.

—¿Te ayudo? —preguntó.

—No hace falta… ya casi termino.

—Pues qué bueno, porque eso de cortar los quesos con tanta precisión no es lo mío —respondió Sofía, dejando que la mirada se le escapara hacia Marcel, que conversaba con Samir con un gesto más serio de lo habitual.

—Sofía —Melissa dejó el cuchillo, se cruzó de brazos y se giró hacia ella con ligereza—. ¿Tú sabes que lo haces feliz, verdad?

Sofía frunció el ceño.

—Antes de responderte —la encaró—, tengo que preguntarte directamente: ¿es normal que tú y yo hablemos de él así, sin que sea raro?

Melissa sonrió divertida.

—Me halaga que te preocupe… Solo espero que sea porque soy bonita e imponente, y no porque dudes de que él está derretido por ti ni porque estés pensando que todavía siente algo por mí.

A Sofía se le escapó una risa corta.

—Es porque eres bonita e imponente —«y sensual, con cuerpazo de modelo, piel de porcelana, y cabello exótico.

Porque encantas a la gente solo con existir, eres culta, elegante, y traes ese vestido que puede desajustar a cualquiera que se sienta un poco hombre, porque me intimidas un poco...

y porque, en fin…» —y además me caes muy bien para ser su ex.

—Eso me deja más tranquila. —Brindó Melissa, chocando su copa con la de Sofía—. Aunque he de admitir que en tu lugar me pasaría lo mismo.

Las dos rieron a la vez.

—¿En serio crees que está feliz? —preguntó Sofía, sin disimular el peso de la duda.

Melissa apoyó los antebrazos en la barra, bajando la voz.

—A ver… Marcel tiene un pequeño problema con la felicidad. Y te lo digo porque es información que debes tener a tu favor. Cada vez que se siente feliz empieza a inquietarse pensando que no va a durar… y sabotea el asunto. Lo ha hecho toda la vida y no sabes hasta qué punto.

—No puedo juzgarlo —susurró Sofía—. Es un mecanismo de defensa.

—Ya, pero no me has entendido —replicó Melissa—. Muchas personas piensan que es un hombre gris… y no solo por el buen gusto al vestir.

—Pues a mí me parece de todo menos gris.

—Justo ese es mi punto, a ti te ha dejado verlo en todos sus colores. Esta vez no se está recortando, está dejando que pase. Debes gustarle bastante.

—Pues tampoco lo juzgo —bromeó Sofía.

Melissa soltó una carcajada.

—Eres increíble. Si es que tiene un patrón el muy cabrón… ¿Qué signo eres?

—Sagitario, de noviembre. ¿Y tú?

—¡Ahhhh! Eso lo explica todo. Sagitario también, pero de diciembre. —Le dio un golpecito en el hombro, como si fuera muy obvio que habría simetrías astrales entre ellas.

—Y entonces, ¿por qué terminaron ustedes?

A Melissa se le cerró un poco la expresión. Parecía que una brisa de melancolía le arrebataba de repente la sonrisa.

—Yo estaba muy enamorada de él, ¿sabes? —Lo miró de soslayo—, pero no supe lidiar con las decisiones que había tomado con su vida antes de mí, pues de forma indirecta afectaban a la mía. Nos fuimos distanciando y cuando me di cuenta de que juntos no íbamos a llegar a ningún sitio decidí terminar.

—¿Y él estuvo bien con eso?

—Supongo. —Se encogió de hombros—. En aquel momento solo se limitó a decirme que me entendía.

La que no comprendía muy bien era Sofía, pero deducía que ese pasado era un sitio en el que a ella, de momento, no le convenía escarbar, así que cambió de carril.

—Melissa… —le dio un mordisco a un trozo de queso—, quería preguntarte por Oscar. Marcel me dijo que lo conocías.

—¿Hidalgo?

—Ajá.

El rostro de Melissa volvió a torcerse en una mueca desdeñosa, de esas que llevan años de decepción acumulada.

—Lo conozco y lo detesto. Es el esposo de mi prima.

—¿Perdón? —Sofía se irguió—. ¿Es… o era?

—Es… —confirmó Melissa—. Para desgracia de ella… Si hasta están esperando un bebé. Él se va en agosto a esperar el nacimiento y se quedará a vivir con ellos en Estados Unidos.

Melissa llevó el índice a la boca en un gesto de asco que no intentó suavizar.

—Ese hombre se cree que se merece el mundo —resopló—. Nunca la ha querido en serio. Pero ves las fotos de ellos en la playa hace unos meses y parecen Romeo y Julieta.

—¿En la playa? —repitió Sofía con toda la intención de obtener más información.

—Sí, ella vino hace poco más de un mes...

y se pasaron una semana en la playa como si todo no fuera un desastre.

Ahí fue que le dio la noticia del embarazo…

y él —se mordió los carrillos y continuó con ironía—, él se puso… tan feliz .

La sangre a Sofía comenzaba a helársele. Sentía que su cuerpo se volvía liviano y que el suelo se inclinaba bajo sus pies sin encontrar dónde sostenerse. Tuvo que apoyarse en la barra para disimular el cubo de hielo que acababa de caerle encima.

«Oh, no, Paula. No. Otra vez no… Hijo de la gran p… Te mato, desgraciado».

—¿Pasa algo, Sofía? Te has puesto pálida —preguntó Melissa.

—Un mareo… creo que el vino ya está haciendo efecto. Ya se me pasa.

—¿Y tú? —insistió Melissa—. ¿De dónde conoces a ese personaje tan controversial?

Sofía estaba a punto de inventar una mentira, cualquier mentira, cuando Marcel pasó justo frente a ellas con el móvil en la mano.

—¿Paola? Hija… qué alegría escucharte.

Sofía sintió que un rayo de alivio —mínimo, pero real— le recorría por las venas. Aunque lo del hielo con Paula seguía paralizándola.

—Has sido tú, ¿verdad? —susurró Melissa, mirándola con las cejas levantadas.

—¿Perdona?

Melissa sacó su móvil del bolsillo y le mostró en la pantalla una notificación de WhatsApp  sin abrir.

Paola:

Me puedes decir quién es la doctora Sofía que acaba de escribirme por Insta par…

El mensaje se cortaba ahí.

—No lo he abierto para que no le aparezca como leído —confesó Melissa—. Quería preguntarte primero en qué demonios estabas pensando.

Sofía apretó la mandíbula.

—Él estaba triste. Supuse que era por ella.

—Te arriesgaste bastante… —advirtió Melissa ensombreciendo su expresión—. Esa es su debilidad más grande. Esa es la raíz de todas sus decisiones apresuradas.

Sofía bebió un trago largo de vino. La verdad era que, en ese momento, Paula le preocupaba mucho más que su tocaya italiana, que Marcel y que todo…

—Necesito usar el baño —dijo, dejando la copa vacía y dirigiéndose a la habitación de Marcel.

Entró. Se sentó en la punta de la cama. Encendió el móvil con manos temblorosas y abrió el chat  de Rachel.

Sofía:

Mañana tenemos que vernos. Es muy importante.

Nos vemos en mi casa a la hora que puedas.

Rachel:

Después de almuerzo. Como a las 2:00 p. m. estoy ahí.

¿Es sobre Paula, verdad?

Sofía:

Sí.

Rachel:

Lo sabí a.

***