XXXVI. De antigüedades y clásicos
—No puede ser tan difícil, Samir. Ponte creativo —murmuraba Sofía, encerrada en el baño de la habitación de Marcel, con la puerta entornada y el móvil pegado a la oreja. Parecía que en lugar de pedir un favor estaba organizando un atraco.
—No es que sea difícil —replicó él al otro lado, con ese tono de drama innecesario que se gastaba—, es que me estás pidiendo que lo consiga en dos horas.
Sofía miró su reflejo en el espejo empañado y levantó la barbilla, como si estuviera negociando con un proveedor y no con su amigo.
—No te lo pediría si no supiera que puedes lograrlo. Llama a tu amiga Evelyn. Estoy segura de que ella tiene contactos.
Dejó bien enfatizado el amiga , porque lo de Samir y Evelyn —una curadora de arte— era, como mínimo, un expediente confidencial.
Él resopló tan fuerte que a ella le molestó en el oído.
—De verdad, Sofía…
—Samir, por favor. Solo esto. Luego te debo una. Grande.
Hubo un silencio corto, ese en el que ella sabía que él estaba poniendo los ojos en blanco y calculando cuánto drama y cuántas llamadas de emergencias por faldas, podía sacarle al favor después.
«Si hay alguien en este planeta capaz de conseguir algo imposible en tiempo récord, es Samir», pensó, apretando el móvil con más fuerza.
—Vale —cedió al fin—. Pero si termino llegando tarde a la cena por tu culpa, te delato.
—Genial —susurró, sonriente—. Nos vemos luego.
Colgó tranquila. Sabía que Samir lo resolvería. Siempre lo hacía.
Cuarenta minutos después, cuando ya estaba en su casa buscando la ropa, el móvil vibró.
Samir:
Lo tengo. Y es espectacular.
Sofía sintió un cosquilleo absurdo en el estómago.
Sofía:
Sabía que lo ibas a conseguir. Envuélvelo con algo de decencia.
Y que no te vea cuando me lo des.
Samir:
Qué intensa eres mujer
Sofía sonrió.
Sofía:
Yo también te quiero. Te debo una.
Agarró de su closet la primera camiseta negra decente que encontró —informal, sencilla, con ese aire de no voy a impresionarte, pero igual lo haré — y un pantalón beige de lino de cintura alta y pata ancha, que le caía como si estuviera hecho a su medida.
Se peinó con los dedos y salió del cuarto tan rápido como había entrado.
—Ya toca que me lo presentes —le gritó su madre desde la cocina, sin perder la oportunidad de dejar caer la bomba.
Sofía hizo una seña vaga de ya veremos, pero no me agobies , y le lanzó un beso en el aire antes de cerrar la puerta.
En cuanto volvió a subir al auto, donde Marcel la estaba esperando, notó una tensión poco habitual en su rostro.
Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en la pantalla del móvil con una expresión que no le había visto antes.
O quizás sí. Había algo de aquella misma dureza contenida, de aquella misma preocupación silenciosa…
la noche en que le abrió la puerta a esas partes de su pasado que no solía enseñarle a nadie.
Algo le había congelado la alegría y lo había bloqueado de golpe. Vio cómo apagaba el teléfono y lo dejaba caer con cierto desdén en el compartimento central.
—¿Te pasa algo? —preguntó ella, suavizando la voz, como si intentara no espantar a un animal herido.
—Para nada… —respondió él tratando de sonreírle—. ¿Nos vamos?
—Sí, vamos.
Pero Sofía lo observó un segundo más. Había una fractura minúscula en su mirada, como una ralladura casi invisible en un cristal. Una sombra que no estaba allí cuando ella se había bajado al llegar a su casa.
«Nostalgia… o vacío», pensó, sintiendo cómo se le activaba ese radar emocional que cargaba desde niña y había perfeccionado con sus estudios sobre el cerebro.
Era buena leyendo gestos, miradas, silencios.
Sabía meterse en la cabeza de la gente sin hacer ruido.
A veces destapaba pequeñas cajas de Pandora, solo para asegurarse de que no contenían tormentas.
Y luego las cerraba con el mismo sigilo, sin que nadie lo notara.
Pero, en ese instante solo dejó que su mano izquierda buscara la que él tenía libre sobre la palanca de cambios.
Apenas rozó sus dedos, él respondió de inmediato entrelazándoselos con una ternura que contrastaba con toda la tensión que llevaba encima.
Marcel la miró entonces, despacio, asegurándose de que seguía ahí. Poco a poco la dureza fue abandonándosele en los ojos y, en su lugar, regresó ese brillo tranquilo que Sofía asociaba con él. Debajo, sin embargo, seguía latiendo algo endeble.
***
—Voy a ducharme rápido —le dijo Marcel a Sofía alcanzándole una copa de vino tinto en el columpio—.
Victoria y mi madre ya vienen en camino.
Y Samir y Melissa seguro que también… —estiró los brazos sobre la cabeza—.
Hoy me libro de la cocina. Victoria va a preparar una paella marinera que te va a encantar. Es su especialidad.
Sofía sonrió, pero apenas él desapareció por el pasillo, algo en su interior tomó el control.
Una intuición que no le pedía permiso ni respondía al reiterado intento de ella por callarla.
El columpio se movía apenas, y la calma del jardín chocaba con su propia inquietud.
Se dio un trago de vino y colocó la copa en la mesita de al lado.
«No lo hagas Sofía». Pero, aun así, lo hizo.
Abrió Instagram. Escribió en el buscador Marcel de la Torre . Fue el primer usuario en salirle. La foto de perfil era el de brazos cruzados con esa sonrisa radiante mirando hacia al vacío.
«Joder… madre mía de la vida…» Le dio seguir, y se cuestionó no haberlo buscado antes.
No obstante, evitó mirar las fotos del feed .
No era necesario torturarse; lo tenía en carne y hueso completo para ella y no estaba husmeando allí para eso.
Fue directa a los Following . Buscó Paola . Aparecieron dos cuentas públicas:
@paola_picswithoutfilters : un perfil lleno de fotos aleatorias de paisajes, obras de artes, comida y cosas sin rostros humanos.
@hello_this_is_paola: un perfil más humano, con fotos reales y estética bien cuidada.
La stalkeó . Esta Paola era una chica joven de ojos azules profundos y cabello oscuro corto con par de mechas color turquesa. Una belleza limpia y salvaje, de las que no necesitan filtros para incomodar.
Rodó por el feed. Y un poco bastante hacia abajo… encontró una foto con Marcel.
Un abrazo… o bueno, un casi abrazo. De los que parecen quedarse a medio camino por circunstancias que nadie se toma el trabajo de explicar, pero que igual dejan clarísimas las ganas de haberlo apretado un poco más.
Sonrisas insinuadas en los perfiles de sus rostros, mientras el flash interrumpía algo que, tal vez, no estaban seguros de querer compartir.
Abajo, un comentario de una pelirroja con un guiño de ojos remató la escena: @melissa84_is_bussy Me encanta verlos así.
No había dudas. Esa Paola era la hija de Marcel. Y la expresión que él llevaba minutos antes —esa sombra dulce, culpable o simplemente rota— encajaba demasiado bien con lo que estaba viendo.
Así que Sofía, con el corazón latiendo rápido y ninguna certeza de si estaba a punto de ser coherente o imprudente, buscó los mensajes privados.
Abrió el chat vacío. Tragó saliva e hizo lo que nunca hubiera hecho si se hubiera escuchado a sí misma, cuando explicaba en su propio libro la solemne frase de: No reacciones, responde.
@dra.SofíaRob17:
Hola Paola, soy amiga de tu padre. ¿Prefieres inglés o español?
No hablo italiano, pero necesito decirte algo importante.
Pulsó enviar sin ni siquiera editarlo. El columpio crujió bajo su peso.
Sofía acababa de abrir otra de esas cajas de Pandora que, esta vez, quizá no podría volver a cerrar tan fácil.
Cambió el móvil por la copa de vino y se bebió casi todo el contenido de un trago.
«¿Qué mierda has hecho, Sofía? Que has escrito un capítulo de trece páginas para que la gente no haga estas cosas, mujer».
Cuando estaba por levantarse a servirse más, una nueva notificación hizo vibrar el móvil sobre la mesita.
@hello_this_is_paola:
Hola, «amiga de mi padre». Escribo, hablo y hasta canto perfectamente el español. ¿Qué es lo que quieres?
Sofía parpadeó, no estaba nada sorprendida por el tono, sí por la rapidez de la respuesta.
@dra.SofíaRob17:
Pues nada, es que no sé si sabías… Hoy es el cumpleaños de tu papá.
Por si te has olvidado de felicitarlo.
El «escribiendo…» apareció enseguida.
@hello_this_is_paola:
¿Y a ti por qué te importa?
Sofía no tenía una buena respuesta para eso. Ni para casi nada de lo que estaba haciendo, a decir verdad.
@dra.SofíaRob17:
A mí, la verdad, es que no me importa nada. Pero estoy segura
de que a él sí. Y mucho.
@hello_this_is_paola:
Pues yo lo que creo es que eres muy metiche. Y que no lo conoces lo suficiente porque ya sabrías lo mucho que detesta que se metan en su vida privada.
Ya quiero verle la cara cuando se entere de que me has escrito.
A Sofía de repente se le encogió el estómago.
Llevaba solo un mes saliendo con él; se habían compenetrado, sí, pero…
era cierto que este asunto no le competía en lo absoluto.
Y Paola tenía razón. No tenía derecho a meterse.
Ahora la idea de que él pudiera verla como una intrusa en su vida comenzaba a alterarle las pulsaciones, pero…
se le vino a la cabeza la imagen de Marcel hacía unos minutos, cerrando los ojos, conteniendo la rabia, apretando la mandíbula…
@dra.SofíaRob17:
Pues, aunque a mí eso me da bastante igual, la verdad…
lo mejor sería que no se lo contaras y que solo, no dejes que acabe su día
sin estar presente para él.
@hello_this_is_paola:
Debería delatarte, pero lo guardaré para un mejor momento, uno en que me sea más útil. Bye.
Sofía abandonaba el chat e inspiraba hondo, arrepintiéndose al instante de cada letra que había enviado… cuando otra notificación iluminó la pantalla: @hello_this_is_paola ha comenzado a seguirte.
«Mal rayo me parta… Ni modo. Hecho está».