Y Mientras Tanto, Sofía (Mujeres que me habitan 2) XXXIII. Las señales del Burnout #2
40%

XXXIII. Las señales del Burnout #2

—Es normal que te ilusiones con un tipo así —replicó Rachel—. Tan detallista, tan maduro, tan oportuno. Súmale que es alto, con un abdomen de infarto, esos ojos… y encima, cocina como los dioses. Es un artista taciturno que está bueno de cojones. Deberían penalizarlo.

Sofía rio, con un orgullo que no intentó disimular.

—¿Y dónde está la trampa aquí? —intervino Amber fiel a su papel—. No me miren así… Perfecto ni Dios.

—Pues yo estoy de acuerdo en que algo debe haber, engendro del mal —apuntó Sofía fulminando a su amiga, con un rictus de resignación—, pero ahora mismo eso no es importante.

—¿Y si es bisexual?

—¡Amber! —la reprendió Rachel—. ¡Cállate ya!

—Pues ignoraré el detalle —zanjó Sofía, encogiéndose de hombros—. La parte hetero funciona de maravillas.

Camila soltó una carcajada.

—Y bueno… ¿ya definieron lo que quieren el uno del otro?

—Esa pregunta aún no se ha puesto sobre la mesa. Ahí vamos viendo —respondió Sofía—. Por cierto, me insinuó que también tiene que viajar a La Habana.

Hicieron un coro de oh-oh  cargado de ironía.

—Qué romántico —canturreó Rachel.

—Sofi, antes de que lo olvide… ¡Gracias! —interrumpió Camila, tomándole la mano a su amiga sobre la mesa—. Raúl está más animado desde que empezó a trabajar con tu madre.

—No es nada. Ojalá escale allí. Es un trabajo bonito.

—Lo veo mejor —añadió Camila—, aunque a veces se apaga… y no deja de decirme que no me merece, que soy demasiado extraordinaria y esas cosas para empequeñecerse.

Sofía alzó una ceja. Sabía que eso no era buena señal y que fácilmente podía ser el preludio de… «Ni lo pienses, Sofía. Ni lo pienses. Todo va a estar bien. Camila necesita paz y tranquilidad».

Minutos después habían desviado la conversación hacia el viaje a España de Amber, y aquello empezaba a parecer un juego de pistas porque Amber no soltaba prenda. Sofía se distrajo del asunto al notar la pantalla del móvil encendida con una notificación.

Marcel:

Cariño, ¿ya terminaste de desayunar con las chicas? Tengo ganas de verte.

Sofía sonrió sola.

Sofía:

Yo también tengo ganas de verte. Solo me queda un poco de whipped cream  en la taza.

Marcel:

Qué horror. Voy por ti, ¿dónde estás?

Sofía le compartió la ubicación y se giró hacia las chicas.

—Mi avatar viene en camino, así que yo también me voy en plan conejito.

Rachel le guiñó un ojo en señal de aprobación.

Mientras lo esperaba, Sofía abrió el chat  privado con Paula.

Sofía:

Pau, te extrañamos hoy. Escríbeme luego, por favor.

El mensaje se marcó como recibido, pero no leído.

Las cuatro se levantaron casi al unísono y se quedaron conversando en la entrada del bar. El sol del mediodía les molestaba en los ojos, justo cuando el rugido de una moto comenzó a acercarse por la calle.

Sofía tuvo que mirar dos veces. El motor se apagó y, ahí mismo, el universo le hizo zoom  a su suerte.

Era Marcel. La escena parecía que ocurría en slow motion .

El casco negro, el brazo elevándose, los dedos aflojándolo, el cabello despeinado cayéndole hacia la frente, el giro mínimo del cuello mientras la buscaba a ella.

Y entonces, la sonrisa. Esa maldita sonrisa que le activaba todo su sistema nervioso.

«Ay, no… Mierda. No me mires así, no delante de ellas.

Corre, Sofía, vete, no lo mires, no lo mires… Joder… ¿cómo no lo vas a mirar?».

Se dio cuenta de que sus amigas habían dejado de hablar. Rachel tenía la boca entreabierta; Camila arqueaba una ceja con expresión de descarada aprobación; Amber —incluso Amber— parecía impresionada.

Por fin bajó los escalones hacia la calle.

Intentó mantener un paso normal, pero sentía las miradas de sus amigas clavadas en la nuca, empeñadas en ponerle difícil cualquier atisbo de naturalidad.

Se acercó a Marcel y le dio un beso corto en los labios.

Él sonrió contra su boca antes de bajarse de la moto para saludar a las chicas.

Sofía se despedía de sus amigas en tanto Marcel le colocaba el casco con esa delicadeza lenta que tenía para tocarla. Él se acomodó primero sobre la moto, luego ella detrás, con las manos dudando un segundo en el aire hasta que escuchó su voz.

—Abrázame.

Y entonces se fueron.

La idea de andar en moto no le desagradaba; lo que le incomodaba era que el hecho de andar       en moto con él , por toda la ciudad, a plena luz del día, le daba connotación pública a algo que no habían definido aún.

Era como admitir, sin palabras, que ellos  ya eran algo que funcionaba en plural.

«Pero con el casco y las gafas de sol nadie me reconocerá…

¿verdad?», pensaba, en tanto se rendía y apoyaba la mejilla sobre su espalda.

El camino a la casa de Marcel se hizo corto. Muy corto. Entraron directo a la cocina… él se acercó para ayudarla a quitarse el casco y después la rodeó por la cintura, atrayéndola suavemente hacia sí.

—Por Dios, qué bien hueles —murmuró contra su cuello.

Ella sonrió, lo abrazó también, y besó su pecho por encima de la tela del jersey  negro que llevaba puesto.

—Y a ti qué bien te queda el negro.

Marcel le besó la frente, después le sostuvo la cara entre las manos y la besó en los labios, suave al principio, profundo luego, con pasión, siempre.

—Tengo muchas ganas de ti —le susurró al oído.

—Y yo de ti —respondió ella, separándose un poco—. Pero necesito una ducha… estoy muy sudada.

Él le rozó la mejilla con el pulgar, sin borrar la sonrisa.

—Ya sabes dónde está. Siéntete libre.

***

El cristal de la ducha, cubierto de vaho, apenas lograba difuminar la silueta de Sofía bajo el agua.

Marcel la observó unos segundos desde la puerta del baño.

Ella no se había dado cuenta de que estaba allí, así que él se quitó la ropa sin hacer ruido y entró en la bañera.

Sofía se sobresaltó al notar el contacto de unas manos en su cintura, pero enseguida dejó escapar el aire que había retenido en el pecho.

—Me has asustado.

—Era la idea —murmuró él junto a su oído.

Y ella tuvo que flexionar el cuello ante la sacudida inesperada que aquel roce le provocaba.

Marcel alargó el brazo hasta el gel de coco y dejó caer un poco en la palma.

El aroma dulce se mezclaba con el vapor mientras comenzaba a extenderlo sobre la piel de ella.

Los hombros, los brazos, la espalda, los senos…

Ella apoyó la cabeza hacia atrás unos centímetros, descansando contra él y pensó que ese instante compartido se parecía bastante a la felicidad. No tenían prisa ni nada que demostrar.

Cuando Marcel la giró para quedar frente a frente, Sofía levantó la vista hacia él y pasaron algunos segundos mirándose fijamente, abrazados bajo el agua, sin decir una palabra.

Luego, él le apartó un mechón mojado que se había pegado a su mejilla y le sonrió de esa forma tranquila que siempre conseguía extrapolarla, mientras bajaba con los dedos a su entrepierna haciendo que un gruñido grave le vibrara en la garganta.

Lo que siguió fue un encuentro con la gloria divina detrás de un vidrio velado que los aislaba del mundo

Media hora después, Sofía estaba envuelta en una toalla, buscando qué ponerse en tanto Marcel, elegía una película desde la cama, aún con gotas de agua atrapadas en el cabello.

—Puedes usar lo que quieras —le dijo sin mirarla haciendo un ademán hacia la silla del escritorio—. Ese polo blanco que está ahí es muy cómodo, si quieres.

Ella se lo puso y se metió en la cama. Él la abrazó enseguida y volvió a besarle el pelo. Le encantaba hacer eso; ella ya lo había notado.

—¿Cuándo tienes que irte? —preguntó Marcel, con indiferencia, pero haciendo conjeturas inevitables.

—¿Qué?

—A La Habana. ¿Cuándo te vas?

—Ah…, el ocho de febrero tengo que estar allí.

Él asintió, todavía sin mirarla.

—¿Te gustaría que fuéramos juntos?

—¿Cómo? —Sofía parpadeó.

—Es que yo tengo que ir de todos modos y tengo un apartamento amueblado allá, con todo a tu entera disposición. Sería un crimen que busques otro sitio y gastes dinero en alquiler. No tiene sentido.

La frase cayó como una piedra preciosa y peligrosa. El tono calmado de él no ayudaba. No estaba haciendo un drama… pero era una propuesta que podía reescribirles a ambos sus estilos de vida, al menos temporalmente.

—Hey… no entres en pánico —añadió Marcel, poniendo en pausa la película española que estaba por comenzar—. Eso no significa nada. Solo que pasaremos más tiempo juntos.

—Marcel… no lo sé. No tenemos ni un mes juntos. Todo está pasando muy rápido. —Dejó escapar el aire en un suspiro largo—. ¿Qué rayos estamos haciendo?

Él se giró hacia ella y le pellizcó la cintura para sacarla del trance.

—Conociéndonos. Pasándola bien. Teniendo orgasmos. Y, en tu caso, mejorando tu cultura culinaria. Eso nada más. No le pongas etiquetas. Vívelo y ya.

Un mensaje en la pantalla de Sofía, la sacó de la órbita… era Paula.

Paula:

Lo siento, Sofi. He tenido una mañana difícil.

¿te puedo llamar?

Y ahí estaba la otra vida… la de los incendios ajenos de sus amigas, que siempre le ardían como propios.